Jueves de pasión (de sufrimiento, aclaro)
Tras haber asistido al visionado de anteriores propuestas del cine español en la Seminci (alguna deplorable), hemos podido ver en el teatro Calderón «Un hombre en un puente», que ha constituido a la postre lo más reseñable de una floja jornada. La película de David Martín De los Santos relata la caída de Andrés. A lo largo del metraje vamos asistiendo cómo nada le sale bien: la pérdida de trabajo, la falta de ayuda de su hermano, las deudas, el fallecimiento de su mejor amigo… Gracias al actor Roger Casamajor, el director le permite sacar petróleo en una puesta en escena bastante plana. Eso y los encuentros (especialmente con una amante interpretada por Belen Cuesta) cara a cara con los diversos personajes que se encuentra en su regreso a su pueblo natal es lo más reseñable.
La ausencia de apoyo en momentos jodidos hace, a pesar de que Andrés no es trigo limpio del todo (“me metí a representante sindicalista porque se trabajaba menos”, confiesa) que como espectador quieras que algo le salga bien. El título es una metáfora de lo que va a ser la historia de este tipo que quiso dar el pelotazo en plena pandemia de COVID metiéndose a agente inmobiliario. Al salir de la proyección, tuve que explicarle a un conocido ex responsable de la Seminci que el título alude a la situación cuesta abajo de Andrés. Si alguien lee “Un hombre en un puente” la mente lo asocia con la siguiente imagen: lanzarse por él al agua. Tendrán que ver si la película acaba por sendas tan desesperanzadas.
Es una producción pequeña y eso, como pasa últimamente con el cine español, juega en su contra.
Me resulta sorprendente que a estas alturas un director japonés, Shinya Tsukamoto, se embarque en una historia de un marine negro que participó en la guerra de Vietnam. Explora la devastación de la guerra en los soldados que participaron en ella. Basada en el testimonio de Allen Nelson, un joven negro reclutado para parcipar en esa contienda que tantas cicatrices dejó en la sociedad americana. Tsukamoto aborda de un modo poco convincente en mi opinión la vida rota de Allen, sus esfuerzos por recuperarse con conversaciones terapéuticas con un psiquiatra (Geoffrey Rush) y recuerdos en forma de flash back de las encarnizadas enfrentamientos con los vietnamitas. En sus sesiones con el psiquiatra, este le pregunta “Mr. Nelson, Did you kill people?”, título de la película, y la respuesta es que porque estaba en una guerra. La profundización en el tema le hará ver que, como les pasó a muchos norteamericanos de origen humilde, volcaban su odio y frustraciones en matar a los chinos amarillos como les llamaban despectivamente a los del vietcom.
Creo que Tsukamoto está más acertado en las escenas bélicas que en la trama que sucede en Estados Unidos con un soldado que sufre lo que posteriormente se llamó estrés postraumático.
Una de las películas más flojas dentro de la sección a concurso es «Un hombre de nuestro tiempo», incomprensiblemente galardonada en Cannes con el premio a Mejor Guion. Película de 158 minutos al que le sobra metraje y le falta una narración más coherente y con mayor sentido. En 1940 Hemri Marre, ingeniero entusiasta del mariscal Petronas, deja a su esposa e hijos en Paris, ocupada ya por los nazis, y viaja a Vichy para unirse al gobierno colaboracionista.
Tiene tintes autobiográficos del director Emmanuel Marre pero la manera de narrarnos las peripecias de su abuelo se hace pesadísima e incomprensible por momentos. La introducción de la voz en off de su esposa leyendo las cartas que le envía no mejora mucho más el interés por una obra que se nota la falta de presupuesto.
Supongo que los franceses (algunos) tienen la espina clavada de no haber plantado frente a Hitler. Esa postura meliflua sigue supurando en estos tiempos en que parece que Europa se escora hacia el conservadurismo. Y quien sabe si hacia algo peor.
Por último, la noche me dispuse a ver un documental titulado «Cameron Winter at Carnegie Hall» de Paul Thomas Anderson. Que lo dirigiera él y que durase 71 minutos a estas alturas del festival es lo que me motivó. Filma en 35 y 16 mm la actuación en solitario de un chaval de 23 años llamado Camerón Winter. No tenía ni idea de su existencia. Compruebo que es el líder de un grupo musical llamado Geese y autor del celebrado Hesvy Metal. El escenario es el Carnegie Hall de Nueva York donde uno se hace mayor artísticamente. Me sorprende que las interpretaciones de las canciones lo haga no de cara al público sino de espaldas a él.
Thomas Anderson rueda el concierto del cantante delante de un piano con pocas cámaras y de manera muy austera. Nada que ver con el festival de Eurovision, se los aseguro.
Su forma de cantar como si fuera un indio arapahoe con letanías alargadas y en tonos agudos a mi me deja frío. Pero reconozco que el tipo toca bien el piano y tiene buena voz. No es mi música.



