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lunes, 9 de junio de 2025

Los gozos y las sombras

 Cuando se ama, hace falta el cuerpo o/y una pantalla de cine


 


No soy de ver series, un consumo que se ha puesto de moda desde hace algunos años con las plataformas de streaming de contenidos. Las series me recuerdan a la institución del matrimonio: mucha inversión de tu vida para que, al final, no sea satisfactoria, pudiendo acabar en divorcio a la primera o segunda temporada. Por eso, sigo manteniéndome fiel a la fórmula de echarse una amante, de relación breve e intensa: el filme. 

En esta ocasión les voy a hablar de una serie española que me parece de lo mejorcito que se ha rodado, con permiso de Patria o Antidisturbios que vi en el incomparable marco del Kursaal 1 del Zinemaldia. Me refiero a Los gozos y las sombras (1982) dirigida por Rafael Moreno Alba. Bueno, más que de la serie en sí, del libro en tres tomos que escribió el ferrolano Gonzalo Torrente Ballester.

La serie se estrenó en RTVE en 1982 y recuerdo que me marcó. ¿O mejor sería decir nos marcó? Protagonizada por Carlos Larrañaga, Eusebio Poncela, Charo López y Amparo Rivelles, el Círculo de Lectores tuvo el buen ojo –tras ver el éxito de la misma– de sacar una edición especial en tres volúmenes titulados: El Señor llega, Donde da vuelta el aire y La Pascua triste.

Sabía que cuando los compré no los iba a leer de inmediato. En aquel tiempo, había un agente de El Círculo de Lectores que te traía una revista bimestral y el pedido que habías hecho en la anterior visita. Me hizo ilusión la edición porque venía en un estuche y era más cuidada que la inmensa mayoría de las publicaciones de Bertelsmann. Tenía demasiado fresca las imágenes y la historia  como para meterme entre córnea y retina las más de mil páginas de la edición no abreviada. Así que durante 42 años los tres volúmenes han estado durmiendo en un estuche el sueño de ser leídos. 

Desde hace algún tiempo suelo subrayar aquellos pasajes en los que aparece alguna referencia al cine. Y en Los gozos y las sombras hay varias. Lo que he descubierto, como algo casual o premeditado de Torrente Ballester, es lo que me ha motivado a escribir este artículo.

La novela transcurre en Galicia durante varios años de la II República. El arranque es así: "La venida de Carlos Deza (Eusebio Poncela) a Pueblanueva del Conde, si bien se considera, no fue venida, sino regreso. La precedieron anuncios, y aun profecías, especie de bombo y platillos con los que se quiso , como de acuerdo, rodearla de importancia". El autor ya nos augura que la llegada de Carlos, tras haber estudiado psiquiatría en Viena, es algo así como la llegada al pueblo de un pistolero revestido de sabiduría, donde esperan que se enfrente a Cayetano Salgado (Carlos Larrañaga), de educación inglesa, socialista y dueño de un astillero, que representa el nuevo poder. Ya se lo advierte doña Mariana Sarmiento (Amparo Rivelles) en su primer encuentro –el otro contrapoder de Pueblanueva–: "Será la primera persona de quien te hablen en el pueblo, antes que de mí, porque a mí me odian, pero a él le temen".





En ese duelo entre los dos bandos (Churruchaos frente a los Salgado), Carlos Deza no querrá verse involucrado. Sin embargo, la atracción que siente por Rosario la Galana, amante de Cayetano, hará que Deza no pueda evitar verse involucrado en un enfrentamiento. 

Carlos también se verá atraído por otra mujer: Clara Aldán (Charo López), pobre, con no buena relación con sus dos hermanos y harta de cuidar a su alcoholizada madre . Será ella la que tenga el privilegio de ser invitada un domingo al cine por Carlos Deza. En mi época de juventud, los años ochenta, cuando invitabas a una chica al cine era como una declaración. Sólo la llevabas al cine si ya te habías declarado o se daba por hecho que había algo entre los dos. Raro era ir con una "amiga" sin que hubiera lecturas secundarias sobre las pretensiones de uno. Curiosamente, en aquella época de los años de la República que cubre la novela, también llevar a una mujer soltera no estaba bien visto si no eran novios.

Clara ve la invitación como una oportunidad de acabar siendo la novia o querida de Carlos Deza, una salida a su miseria. Él no entiende la obsesión que tiene Clara por la ropa, pero ella le confiesa que sólo dispone de "unas bragas y una camisa, cosidas y remendadas, ése es todo mi ajuar. Cuando las lavo y tardan en secar, como hoy, hay que aguatar sin ellas, y dormir vestida". Sabe que todas sus desdichas le vienen de tener un cuerpo bonito, y sabe también que si le sucede algo bueno en este mundo, será por lo mismo.

No es extraño que Clara le confiese su mayor deseo, que es el de ir al cine. Está tan cansada que sueña con meterse "allí y ver cómo otros viven y sufren". No sabe por qué eso descansa tanto, y queda una tranquila. Las películas eran así un escapismo ante las vicisitudes de la vida. Clara le relata que en una ocasión un muchacho le invitó y "me dejé llevar, pero, en cuanto apagaron, quiso meterme mano. Es para eso para lo que me quieren".

El domingo en que van Carlos y Clara al cine, la mujer del boticario, doña Lucía, cuidadora de la virtud de las jóvenes vírgenes de Pueblanueva para que no caigan en el pecado, se acerca a Carlos para increparle por la compañía que lleva al cine. "¡Y yo, que había elegido para usted una de mis amigas! Claro que son chicas de las que no van al cine solas con un hombre". 

Si a menudo oigo que uno no va al cine por la mala educación de los espectadores, Torrente Ballester describe que en la República la educación no era muy distinta: "El público de las butacas alborotaba. Se tiraban cáscaras de cacahuetes, bolas de papel; se llamaban a voces; los niños de las filas delanteras disparaban flechas, se insultaban o se agredían. Un acomodador (...) daba gritos en vano". La diferencia entre el hoy y el ayer se inclina a favor de esta, pues "sosegaron al apagarse la luz. En la pantalla apareció Gary Cooper, oficial de lanceros bengalíes. Cuando mató, de un tiro, a una serpiente, todos exclamaron: ¡Oooh!". Hoy cuando se apagan las luces, se encienden los móviles...

Por cierto, aunque el autor gallego no lo indica, la película que ven Carlos y Clara es Tres lanceros bengalíes (1935) de Henry Hathaway.





La otra mención a la sala oscura, tiene lugar cuando don Baldomero, el boticario, y su mujer, doña Lucía, invitan a Carlos Deza a ver una película de Jean Harlow. Baldomero le confiesa un día a este que podría ser santo si no fuera por las mujeres. Le gustan con las tetas en punta, bien duras. "Es una especie de obsesión", le revela. Pero el boticario sufre porque se casó con una mujer que "no tiene tetas. ¿Ha visto usted todo ese armatoste que se gasta? Postizo. Me engañó. Me dio el puñetero pego con unos cucuruchos de algodón en rama". Al menos don Baldomero se consuela gracias a la existencia del cine. "No piense que estoy del todo contra el cine", le admite a don Carlos un día. "Mire, en cierto modo, es un remedio. Ahí tiene a mi mujer. Gracias al cine, los domingos por la noche se siente cariñosa. Claro que no piensa en mí, sino en un tío guapo que se llama no sé cómo, pero es igual". Si la mujer de don Baldomero se le arrima, él sabe que a quien se arrima en realidad es al tío guapo del cine. Admite de buena gana, al menos, el adulterio mental. 

El día que los tres van al cine, Lucía observa de refilón cómo su marido "tenía los ojos saltones y alargaba hacia adelante el labio superior, mientras clavaba los dedos en el brazo de la butaca". Y el escritor pone en la cabeza de ella una observación sino desternillante sí provocadora de un rictus en la boca del lector: "También eran ganas de engañarse: el brazo de la butaca es duro, y no puede de ninguna manera sustituir a las piernas, o a lo que sea, de Jean Harlow. Pero los hombres son así de ilusos. Van al cine dispuestos a creer que lo que ven es cierto...".

La modernidad en la vida sentimental de Pueblanueva del Conde entra a través de lo que se ve en la pantalla: el cine de Hollywood de los años 30 sin la censura del código Hays todavía. No es extraño que mientras ve la película, doña Lucía se ve sacudida en su moral católica tradicional al ver cómo Jean Harlow quería "divorciarse. ¡La muy pécora! Era de esas que piensan que lo acabado, acabado, y ahí queda eso, como si no hubiera moral". Torrente Ballester en unas pocas líneas nos muestra la hipocresía de la esposa de don Baldomero: ella, una infeliz en su matrimonio, tísica y sin más finalidad en la vida que salvaguardar la moral de las jovencitas del pueblo. Pero cuando ve ante la pantalla todo lo que ella desearía tener, la moral se viene abajo. Jean Harlow, de noche y por las calles de Nueva York, es cogida por la cintura por un galán –que no es su marido– y la besa en la boca. "¡Dios mío, con qué delicadeza!", piensa Lucía. El beso le sacude los nervios hasta la punta de los pies, sintiéndose invadida y arrebatada, "como si el cuerpo de Jean Harlow, todavía abrazada (...), se saliese de la pantalla y envolviese el suyo, lo asumiese y lo llevase consigo, incorporado al beso, al abrazo y a la ternura del galán".

Como dice Gonzalo Torrente, doña Lucía no estaba sentada junto a su marido y Carlos, sino "hecha luz en la pantalla. Sus ojos abiertos sorbían las imágenes que, en su interior, se trasmudaban en vida propia y la hacían reír, llorar, gemir o desvanecerse de dicha. Se olvidó de sí misma".

Así que cuidado si usted todavía es joven y le invitan al cine, puede que encuentre novio o novia o puede que se deshaga en la pantalla. Algo parecido a lo que le sucedía a Mía Farrow mientras veía La rosa púrpura de El Cairo en un cine de Nueva Jersey justamente en 1935, año en el que transcurre una de las mejores novelas españolas del siglo XX.

martes, 18 de julio de 2023

El antídoto a veces funciona

El verano grisáceo y la alegre depresión

 

No crean que pretendo fastidiarles el estío con la lectura de este artículo. Pero lo que les voy a relatar es auténtico. Un trozo de vida. Un recorte que bien podría aparecer en la columna de “noticias humanas” de cualquier periódico si ustedes leyesen periódicos hoy en día. Y si a mí me publicaran.

Hace poco quedé con un buen amigo de la universidad. Omito su nombre por respeto. Gordo –en estos tiempos diríamos con exceso de vida gastronómica acumulada–, casi ciego de un ojo –disminución visual en un 50%–, con madre enferma –no hago bromas–, con contrato fijo discontinuo –más de esto que de lo fijo– y con una novia con algún trastorno, me manifestaba, entre sorbo de café y mirada desfallecida, que estaba deprimido. Sí, deprimido. Lo extraño, pensé, es que no estuviera suicidado.

 Como hacen los amigos, escuchan, asienten y callan… mayormente. Me contaba que al preguntarle la psiquiatra qué es lo que sentía, mi amigo me revelaba que todo le daba igual. “La depresión es como ir al cine en verano, a ti que te gusta tanto –me dice con amago de sonrisa–. Te hallas en la sala a oscuras en la sesión de insomnio, la de la noche. No hay aire acondicionado. ¿Para  qué?, ya no va nadie. Y las pelis de estío son… Mientras la pantalla está iluminada, te agarrás a la vida. En cambio, llega el momento de los títulos finales y el apagón. La pantalla está en blanco pero extrañamente se decolora al color de la viudedad. Tú crees que el proyeccionista encenderá las luces. Pues no. Hoy todo está automatizado. Algún fallo se ha producido. Tal vez en tu cabeza. Y ahí estás, mirando el pasillo central iluminado como si fuera una pista de despegue… a la vida mundana. Y te orientas para buscar la puerta de salida pero las luces de emergencia, ya sabes cómo están hoy las salas, no funcionan. Así que palpo las paredes negras, pisando con cuidado el piso enmoquetado negro y respirando con angustiosa negritud como si estuviera en un cuadro de Jackson Pollock”. Silencio.

En ese momento rompí su narración por temor a un mayor descenso. Me vino a la cabeza una escena muy apropiada a lo que me contaba que, pensé, le haría reír. Se trataba del personaje Allan Félix. Un matrimonio amigo le presentan a varias chicas pero sin éxito. En un museo aborda a una visitante joven que está contemplando ensimismada un cuadro. 

 

Sueños de un seductor (1972) - Filmaffinity 

 

– Es un Jackson Pollock precioso –afirma él.

– Sí, lo es –dice ella con una voz a punto de saltar por el acantilado.

– ¿Qué te sugiere? –se hace el interesado.

– Reafirma la negatividad del universo, el terrible vacío, la soledad de la existencia… la nada, el suplicio del hombre que vive en una eternidad estéril sin Dios como una llama diminuta, que parpadea en un inmenso vacío, sin nada salvo desolación, horror y degradación, que le oprimen en un cosmos negro y absurdo –aquí recité de memoria la frasecita con tono cansino, mortuorio y con aroma a velatorio–.

– ¿Qué haces el sábado por la noche? –verónica de Allan.

– Suicidarme.

– ¿Y el viernes por la noche? –insiste. Ella se va.

Nos miramos mi amigo y yo. Ni rastro de media sonrisa. Tras una pausa algo incómoda, me dice: “Yo tengo un Jackson Pollock en la habitación”. Mi amigo está deprimido y es verano.

Ah, por cierto, la escena cuyos diálogos me sé de memoria corresponden a Sueños de un seductor (Play It Again, Sam, 1972) de Herbert Ross. Por si se sienten deprimidos. A mí en ocasiones, me funciona.

miércoles, 8 de marzo de 2023

El 8M... día de Woody Allen

A PROPÓSITO DE MIA FARROW Y EL 8 M

 
Woody Allen no pudo asistir al Zinemaldia de 2020. Su obra Rifkin's Festival inauguró la 68º edición

En una conversación casual, una compañera de trabajo juzgó en unos segundos (por su aspecto) que Woody Allen era culpable de haberse casado con su hija adoptiva y de haber hecho cochinadas con otra hija llamada Dylan.

Ahora que estamos en el 8 de marzo, bien está recordar el padecimiento que tuvo que soportar el bueno de Woody Allen por las falsas acusaciones de la que fuera su compañera sentimental Mia Farrow.

En mayo de 2020 salía la 1ª edición de la autobiografía de Woody Allen titulada “A propósito de nada”, editada por Alianza Editorial. De las 439 páginas, unas 140 tienen relación con el caso y sus explicaciones exculpatorias.

La relación con Mia Farrow duró trece años y dio fruto a numerosas colaboraciones entre director y actriz: desde 1982 con “La comedia de una noche de verano” hasta su 13ª y última con “Maridos y mujeres” (1992). Como le dijo en una ocasión su terapeuta, Woody no era más que un mecenas en esa casa. Había empleado a Mia en trece películas, había contratado a su hermana, a su hermano, a su madre, le había regalado un millón de dólares libres de impuestos para que pudiera mantener mejor a todos esos pobres críos, no sólo los de Allen.

 

FAMILIA NUMEROSA

La primera señal de alarma que inadvirtió fue que se metía en una familia con tres hijos biológicos y otros cuatro adoptados. Lejos de frenar, Mia quiso tener otro con él pero al final, tras infructuosos intentos, adoptó a otra llamada Dylan. Al poco Mia se quedó embarazada de Satchel, que, en realidad, era fruto del encamamiento con Frank Sinatra, aunque el padre “oficial” fuera Allen.

A la Farrow, según opinión de él, “le encantaba la reputación de santa que le confería el entusiasmo de adoptar, pero no le gustaba criar a los niños y, en realidad, no se ocupaba de ellos”. Dos de sus hijos adoptados terminaron suicidándose. Un tercero contempló esa posibilidad, y una hija, rebasado los treinta, murió de sida en un hospital una mañana de Navidad sin nadie a su lado.

 

FAMILIA DESESTRUCTURADA

Otra señal que no vio fue de qué tipo de familia provenía la actriz. Tenía “tres hermosas hermanas y tres hermanos. Uno murió a los mandos de un avión; otro se suicidó con un arma de fuego; el tercero fue declarado culpable de abusos sexuales a niños y enviado a la cárcel”. Woody reflexiona: “¿cómo es que no me largué de allí, fingí mi propia muerte y empecé de nuevo en una situación menos proclive a la combustión emocional? (…). Sólo sé que una personalidad encantadora y unos grandes ojos azules pueden lanzar mil barcos a la mar”.

El origen de las acusaciones hechas por la actriz de que Allen violara a la hija adoptada en común, Dylan, fue por un descubrimiento casual. En pleno rodaje de “Maridos y mujeres” (1992), Soon-Yi, otra adoptada por Mia Farrow previa a la relación con el neoyorquino, y éste iniciaron una aventura. Ella tenía 22 años. Una tarde de fin de semana la pareja de tortolitos se hacen unas fotos eróticas con una cámara Polaroid, “calculadas para subir la temperatura de la sangre a cien grados”. Por descuido algunas quedan en la repisa de la chimenea, fuera de la vista. Mia tuvo que ir el lunes al departamento de Allen y allí descubrió esas fotos olvidadas. La venganza comenzó.

Como dice Moses, otro adoptado por Mia, “los niños se daban cuenta de que era algo poco ortodoxo, pero la relación en sí no fue para nada tan devastadora para nuestra familia como la insistencia de nuestra madre en constituir esa traición en el centro de nuestra vida a partir de ese momento”. 

 

SIN PRUEBAS CONDENATORIAS

A pesar de que las dos investigaciones hechas por la Clínica de Abuso Sexual Infantil del Hospital de Yale-New Haven y por el Centro de Bienestar Infantil del estado de Nueva York concluyeron que Dylan “no fue sexualmente abusado por el señor Allen”, la caza de brujas continuó años más tarde.

Como afirma Allen, “todavía hay gente que piensa que la audiencia de custodia era una especie de juicio y que yo conseguí librarme de una acusación criminal. Todavía hay dementes que piensan que me casé con mi hija, que Mia era mi esposa, que yo adopté a Soon-Yi, que Obama no era estadounidense”.

 

EL GREMIO ARTÍSTICO LE ACUSA

Woody tuvo que afrontar una acusación falsa, a medios de prensa en contra, ingentes gastos legales, millones invertidos en tratar de ver a su hija Dylan en vano. Como en un buen final dramático, años después Dylan, siendo ya una mujer de más de treinta y que todo lo que sabía de él desde que cumplió siete años fue lo que le enseñó Mia, no sólo se negó a ver a Woody Allen sino que escribió una “carta abierta” declarando que él había abusado sexualmente de ella aprovechando la ola del #Me too. Y ¡cómo no!, ante la oleada feminista, muchos actores decidieron apoyar a Dylan y atacarle sin tener un conocimiento exacto de si había abusado o no de ella. Lo sincero y prudente habría sido escuchar al gremio artístico, al que le cuestionaban por tales hechos, que en realidad no conocían todos los detalles, de modo que no podían juzgar.

Desde la honda tristeza, el director de Manhattan afirma en su libro que esperaba un poco más de apoyo por parte de sus compañeros de profesión, “nada excesivo, tal vez algunas protestas organizadas, quizá algunos colegas enfurecidos marchando brazo con brazo, unos pocos disturbios, puede que algunos coches incendiados”. 

 


 

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