CERRAR LOS OJOS "ONCE"
Créanme que cuando me siento a escribir un artículo en este blog, siempre tengo la sensación de que por más que uno se esfuerce esto que escribo no le interesa y, lo que es peor, no le servirá a nadie. Supongo que al menos me ayudará a combatir la melancolía y el tedio vital, o tal vez recordando a Ingmar Bergman, la angustia vital de los sesenta tacos.
Ante la barra del bar Stop, le pregunto a Cecilia que qué tal se encuentra de humor. Ella me sonríe con cara de sospechar que hay gato encerrado en la pregunta inhabitual en mí. Me dice que bien, gracias. Y entonces recuerdo lo que decía el director José Luis Garci a la hora de preparar un cóctel:
«Nada más que las personas buenas y en paz consigo mismas obtienen con sus combinados el milagro de congelar tu vida durante un instante».
Porque al igual que Garci también creo que «lo que uno anda buscando en los tragos es la memoria de un mundo feliz». Y ya perdido, añado a la cita.
Le pido a Cecilia que me prepare un dry martini. Me mira y señala la botella azul como tratando de confirmar (como pareja dueña/cliente a los que no les hace falta más que mirarse para entenderse) qué tipo de ginebra me pone. «Hoy tenemos Bombay Sapphire», me informa. Y añade: «La que prefieres». Hago un gesto afirmativo y se gira a por ella para prepararme ese cóctel que me congelará por un instante.
Llevo desde ayer con el anuncio del fallecimiento del músico Glen Hansard dándome vueltas, como las moscas del Stop en este verano, que no le abandonan a uno hasta salir del local. Hansard me acompañó en un momento de mi vida. Le descubrí en 2007 o tal vez en 2008 cuando fui a ver Once de John Carney en los todavía existentes Multis de Bilbao.
Era un tipo alto, barbado, con cara bobalicona y con aspecto de músico callejero, pero al que al mirarle te provocaba unas ganas de abrazarlo. No se sabe muy bien por qué. Supongo que a otros espectadores les habrá pasado lo mismo. Hansard se topa con una chica checa que vende flores por las calles de Dublín. Se conocen y al día siguiente él le confiesa que una novia de hace muchos años le engañó y luego se marchó a Londres". Se pone a cantar en ese momento "Broken Hearted Hoover Fixer Sucker Guy". Ahí descubrías que ese aspecto tristón y apagado se debía a que estaba pasando por una ruptura sentimental. Supongo que eso provocó en mí que me identificara con él al ver que mi pasado asomaba su cabeza. Pero lo que hizo Once conmigo fue hacer que el futuro también se asomara. Porque Markéta Irglová, la chica checa, le gustaba la música y componía letras de canción como él, aunque no se arrancase a cantarlas en la calle. Juntos entablarán una hermosa relación componiendo y cantando esas creaciones musicales antes de convertirse en disco. Y el acierto del filme de Carney es que su relación no acabe de concretarse en algo trillado como el happy end.
Me quedaban dos años para conocer a una chica que tenía una voz maravillosa de jazz y que me rompió el corazón con notas amargas en do, mi, sol. Así que lo mío tampoco cuajó. Me quedo con el recuerdo de ver Once con ella. No sé si me agradecería el gusto al menos.
Mientras me ventilo el dry martini y me como la aceituna, me llega del grupo de whatsapp de los seminceros otra luctuosa noticia a la que acompañan comentarios como: «¡Joder, qué putada! Era de mis favoritos», «Creo que tenía cáncer, qué pena», «Vaya sorpresa tan triste», «¡Ostras, qué lástima!» o «Joder, se nos van los buenos»: el actor Manolo Sordo acababa de fallecer.
En el mundo de ayer, esto sería como estar en el entierro de un buen amigo y que, de pronto, se acercase alguien en plena misa funeral para susurrarte que acababa de fallecer otro conocido más. Sin embargo, estamos en la posmodernidad del siglo XXI y ahora las cosas son más electrónicas y rápidas. Son como los telediarios que pasan a informarte de los cincuenta y tantos migrantes que se han ahogado al tratar de llegar a las costas españolas y, sin corte de continuidad, pasamos a los goles del Athletic Club que le aúpan en la Liga al primer puesto. El cerebro debe estar ya saturado de esas ruletas emocionales.
Nos llega esa edad en la que cada semana, cada mes se acumulan fallecimientos. Si solo fueran familiares uno podría asimilarlo mejor, pero en el mundo de hoy nos hemos acostado, besado, abrazado, trabajado, almorzado y casado con tantos actores, músicos... artistas y famosos que en el cementerio ya no hay tierra suficiente. Menos mal que como hace mi amigo X. Durán y Durán, cada vez que alguien fallece lo pone en su avatar de whatapps... hasta que le sustituye otro. Son los nuevos cementerios virtuales.
Y, claro, le pido otro dry martini a Cecilia. Con Bombay Sapphire bien agitado. Y me llega esta imagen a la cabeza de Sordo, un actor que tiene cara de ciudadano gris, oficinista o funcionario tristón de ocho a tres, soltero o como mucho en viudedad perpetua. Y la imagen que me asalta es de 2023, cuando se presentó Cerrar los ojos de Víctor Erice en la sala de prensa del Zinemaldia. Manolo Solo hacía de Garay, un director de cine que hacía años que estaba apartado... como Erice.
Trato de recordar el momento en que estando en la sala de prensa con mi cámara hice clic frente a su rostro bovino, con bolsas de cansancio vital bajo sus ojos. Retengo en la retina ese momento de Solo mirando a mi objetivo y clic, clic. Es difícil en la sala de prensa que te mire a la cámara cuando decenas de periodistas tratan de capturar los ojos de los actores protagonistas. Pero estoy seguro de que la tengo en mi cámara.
La riada en X se sucede: «Una auténtica bestia parda», «Adoptó su apellido artístico Solo porque su padre murió cuando él tenía 15 días y le empezaron a llamar Solo en su infancia», «Un secundario de lujo», «Años de trabajo silencioso con tantas escenas robadas sin haberlas reclamado»... Y yo sigo creyendo en la existencia de esa foto en el Zinemaldia, con su mirada directa. Y acabo con el segundo (¿o tercero?) dry martini.
La pena se me intensifica, sí. Porque recuerdo que en 2023 salía con una chica a la que su madre siempre le comentaba que la mejor canción de western era la que se oía cantar a Dean Martin en Río Bravo: "My Rifle, My Pony and Me". Casualidades o milagros de la vida, ¡vaya usted a saber!, Miguel Solo en Cerrar los ojos también cogía la guitarra y a la lumbre de una noche sureña cantaba aquello de "The sun is sinking in the west...". La llamé para contárselo, como si fuese un reconfortante que arreglaría nuestra deteriorada relación. No lo logré.
Pedí el cuarto quizás dry martini. La imagen del actor secundario Manolo Solo también se me hizo visible en Una quinta portuguesa, otra historia que pude recuperar en Made in Spain del Zinemaldia en los cines Príncipe. Solo encarnaba a Fernando, un profesor de Geografía cuya vida se derrumba por la muerte de su esposa. Contra toda lógica, decide dejarlo todo y marcharse a Portugal. Por azar acaba asumiendo la identidad de otro hombre fallecido. La casualidades de la vida, milagros lo llaman otros, hizo que me sentara aquella noche de domingo a las 22:00 junto a una buena amiga... que no llegó a ser pareja porque descubrí, como a C. C. Baxter le ocurría en El apartamento, que ya tenía quién le calentase la cama en las noches gélidas mientras él se tomaba dry martinis para no morir congelado... y olvidar.
Con el quinto o sexto dry martini, maldecía yo ya un poco a Solo y a Hansard por hacerme aflorar todas esas relaciones sentimentales, cuajadas o no, que contravenían el efecto de los cócteles que me estaba tomando en la barra del Stop. Y clic, clic, clic seguía mi memoria fotográfica recordando a Solo con cara de buen tipo que no se come una rosca como Woody.
Al regresar a casa no pude recuperar la fotografía de Manolo Solo: no existía más que en la cabeza mía. Y recordé que Cerrar los ojos trataba de que el director Miguel Garaya emprendía una búsqueda de un actor que hacía años desapareció sin dejar huella, que era tanto una investigación sobre la desaparición de su amigo como una reflexión sobre el paso del tiempo, la memoria, la identidad y el propio cine. La película alternaba el presente con los recuerdos del pasado y exploraba cómo las personas reconstruyen su vida a partir de lo que recuerdan o han olvidado.
Y si cierro los ojos once, veo la inexistente foto a Manolo Solo en el Kursaal o ese momento en que veía con M. J. sentados en un sofá Once. O eso creo recordar. Cuando muera yo, Manolo y Glen volverán a fallecer. Y mi amigo Durán y Durán estará en duda de si ponerme a mí, a Manolo, a Glen o a los tres. No importa, la tumba digital admite un espacio mayor que el cementerio de mi pueblo: Astrabudua.
