¿Por qué 13 mujeres abrieron la puerta de buena gana al estrangulador de Boston?
No sé cómo contarles esta historia. Porque hay días en que uno se encuentra abatido, con una mente tan aturdida y espesa como el juego dubitativo y cansino de la selección española en este Mundial 2026. En ocasiones, en lugar de frecuentar el bar Stop, me cobijo en la biblioteca municipal en busca de paz y silencio, o como rezaba en ciertas inscripciones de las colecciones de libros helenísticas y egipcias: el lugar de la cura del alma. Otros acuden al camposanto a "visitar" a los muertos.
Allí me topé con LJ, un compañero de la época del cineclub de Algorta (Bizkaia). Ahora frisará los 60 tacos. Hace años la vida laboral se le truncó: de tener un buen curro empezó a alternar con otros en los que salió mal parado y de ahí a cobrar la RGI. Listo, con idiomas (era el único en el cineclub que se percataba de que los subtítulos no coincidían con los diálogos), poco atractivo pero verbalmente torrencial, LJ dejó de frecuentar el cine y buscar refugio también en la biblioteca para pasar el tiempo... y no gastar el dinero que no tenía.
Le vi con un DVD y pregunté qué película era.
—Se titula "El estrangulador de Boston" de Richard Fleisher.
—¡Ah, la de Tony Curtis y el policía Henry Fonda! —le señalo que la recuerdo.
—Sí, es la caza policial de un tipo que se llama Albert DeSalvo, un fontanero que llamaba a las puertas de mujeres con la excusa de que iba a revisar alguna fuga de agua. El tipo estaba casado y tenía dos hijos. Era un tipo de familia tradicional, que cuida a sus retoños y se reúne a cenar con los tres después de trabajar.
—Sí, era muy interesante el personaje, escindido en un tipo "normal" y luego esa otra personalidad "monstruosa" que violaba y asesinaba a mujeres de todo tipo de edad —reflexiono.
Y continúo:
—Me gustaba la estructura narrativa. Durante la primera mitad del filme, el espectador asiste a la investigación policial sin conocer la identidad del asesino, viendo fragmentos de estos 13 asesinatos a través de la técnica de pantalla dividida.
—Sí, en inglés split-screen se llama —me ilustra LJ.
—¿De alguna manera no crees que esa doble pantalla también alude a su mente fragmentada?
—¡Vete tú a saber! —y se giró dirigiéndose al mostrador a devolverla. LJ era más de cosas mundanas y sencillas: la pasta, el precio de la cesta y llegar a fin de mes.
Me senté en una mesa que daba a la plaza Santa Eugenia. Desplegué un libro de título "Big Time: la gran vida de Perico Vidal". ¿Quién fue Vidal?, se preguntarán. Pues según leo fue ayudante de Welles en "Mr. Arkadin", luego con Mankiewicz estuvo en el rodaje de "De repente el último verano", trabajó con David Lean en "Lawrence de Arabia", "Doctor Zhivago" y "La hija de Ryan". Tuvo gran amistad con Frank Sinatra en Hollywood y con Christian Marquand en París. No es poca cosa.
Hago una pausa y me fijo en la ventana que tengo delante. Por alguna extraña razón, la imagen que observo la relaciono con la película de Fleischer. Mejor dicho, con la mente de Tony Curtis interpretando a Albert DeSalvo. Ahí está la franja central: la única que permite ver con claridad meridiana la realidad; luego tenemos el resto de la plaza vista a través de los paneles de metal perforados; por último, hay zonas en que jamás podremos atisbar qué hay detrás, como esas barras oscuras que nos impiden ver la realidad oculta.
Volví a Perico Vidal, un tipo con aire corsario: barba y cabello blanco, ojos taladradores y llenos de vida. Su gran dominio de varios idiomas le permitió relacionarse con la farándula extranjera y nacional de los años 50, 60 y 70 principalmente. Tenía un famoso ático en la madrileña calle Príncipe de Vergara donde ahí entraban todos los artistas que caían por el Madrid de esos años. Se casa con un bellezón llamado Susan Diederich, morena, de ojos azules y felina. Tienen una hija llamada Alana mientras trabajan en el rodaje "La hija de Ryan". En el ático, la niña vivirá rodeada de música: jazz y soul, samba y bossa nova, la banda sonora de sus padres. Vidal cada día bebe más y las peleas con Susan son más frecuentes. Se divorcian y, claro, Alana está a caballo entre Nueva York y Madrid. Pero su padre llega a una fase en que ni se levanta por el alcoholismo. Susan decide "arrancar" a la hija de esa situación y se la lleva a Nueva York. Hasta los 18 años su madre le prohíbe a Alana ver a su padre. Así que al cumplir la mayoría de edad, Alana llama a su padre: era la última llamada que imaginaba recibir Vidal. Le envía una cinta en la que le pide perdón a su hija, que ha estado en Alcohólicos Anónimos. Vidal viaja en avión a EE. UU. y desde el aeropuerto de JFK la llama. Alana va a la cita. "Y él no se presentó. Y no volvió a llamar. Yo estaba desesperada, con una ansiedad terrible. No me cabía en la cabeza que pudiera faltar a la cita, porque (...) significaba faltar a su palabra". Alana no pudo verle. Desaparecido. Y ella al psiquiátrico.
Levanto la vista del interesante libro y vuelvo a posarla en lontananza. Alana estaría como yo mirando esas franjas negras, que le impiden saber por qué no apareció su padre. Sin embargo, algo sucede. Veo deslizarse una góndola en la que un operario separa el panel para poder limpiar mejor el vidrio. Y continuo con la lectura. Ahora vemos claro.
Tiempo después, Blanca Marsillach, la actriz, le contó a Alana lo que sucedió. Marsillach, que le acompañaba en aquel viaje, y Vidal estaban en una barra de un restaurante antes de encontrarse con la hija. Acababa de salir la Coronita al mercado y al verla Vidal le dijo: "¿Sabes qué podríamos hacer? Comprar una rosa y llevársela a mi hija en esa botella". Y, claro, detrás de la primera vino la segunda y la... Blanca le acompañó a rastras al hotel. La culpa le reconcomió y decidió volver a España y no verla.
Alana no volvió a saber nada de su padre durante los dos años siguientes.
El operario vuelve a colocar la estructura delante de mí. Y las zonas claras, las menos nítidas y las ocultas reaparecen como antes ante mis ojos.
Alana cuando cumplió los 21, se dijo que si él no venía iría ella. Él le empezó a pedir disculpas y su hija le interrumpió: "Escúchame. Sólo quiero saber si has dejado de beber y si quieres que vaya". Y fue.
LJ regresa del mostrador para despedirse. Me cuenta que le ha impactado una escena de la película de Fleischer, aquella en la que DeSalvo está en un centro psiquiátrico y se ofrece de buena gana a ayudar a esclarecer los asesinatos a las autoridades. Me cuenta que el diagnóstico médico apunta a un caso de personalidad múltiple (la presencia de dos identidades diferentes dentro de un mismo cuerpo, que se sirven de él indistintamente).
—Un médico advierte de que el paciente podría caer en un estado catatónico irremediable en el caso de someterse a un interrogatorio demasiado agresivo.
Me le quedo mirando expectante a su conclusión y su mirada es aún más penetrante.
—Henry Fonda, el investigador Bottomly, está decidido a hurgar en la psique del detenido sin importarle que pueda romperse definitivamente.
Y sigo mirando expectante, tratando de saber cuál es su reflexión, ir más allá de esas franjas negras del ventanal que no me dejan saber.
—En la sala donde tiene el interrogatorio hay un espejo en el que vemos a menudo el reflejo de DeSalvo, pero también se refleja a Bottomly, que no me parece a mí ese hombre íntegro e intachable como aparecía en "Doce hombres sin piedad".
—¿Por qué? —pregunto intrigado.
—Porque le hace ver con nitidez el monstruo que no podía descubrir en su interior. Digamos que le fuerza a esa introspección.
Y en una demostración de memoria supina me larga: "Bottomly cuando llega a casa le dice a su esposa:
"A estas horas de la noche, te miras a ti mismo y ves la verdad como si estuviera en la alfombra, ahí, delante de ti. Disfruto de esto. Es terrible descubrir a mi edad que no es uno como habría imaginado ser".
—DeSalvo había ejercido la violencia individual, pero Bottomly en su búsqueda de la verdad de los asesinatos de esas 13 mujeres había ejercido al violencia de estado.
Y LJ se despide con un gesto de mano. Me quedé un tiempo más para acabar "Big Time: la gran vida de Perico Vidal" de Marcos Ordóñez. Al concluir, alcé la vista y lo vi todo negro. Había caído el sol y enviudado el día. Vidal, mientras abría la puerta de su ático a todo artista de la época de los 50 y 60, dejaba entrar también al monstruo del alcoholismo. Y no lo vio. Las trece mujeres que abrieron sus puertas a un hombre vestido de operario de calderas creían ver. Y no vieron. Como yo ahora que ya no veo más que sombras en la Plaza de Santa Eugenia o ¿tal vez sea la mente de Toni Curtis reviviendo el dolor cometido?
