Muere Fernando Esteso, un cómico grande, único y libre
Llega una edad en la que las conversaciones con tus coetáneos se visten de luto, sufrimiento y penalidades diversas. ¡Bendita infancia! Esta mañana mientras degustaba una magdalena de sexo convexo, mojada en el café, me dispuse a escuchar por la radio la final del Open de Australia entre Carlos Alcaraz y Novak Djokovic, 16 años de diferencia, la juventud versus la madurez deportiva.
Quien haya leído un relato breve titulado Por un bistec, escrito por Jack London, recordará que trata de un boxeador llamado Tom King al que le ofrecen un combate de boxeo contra un joven venido de Nueva Zelanda, donde gozaba de gran popularidad. Pero como en Australia no le conocen, le enfrentan con el viejo Tom King, ya en franco declive.
En la radio no es frecuente que transmitan un partido completo de tenis. Así que los locutores se las ven y se las desean para narrar el intercambio de raquetazos entre Djokovic y Alcaraz. El primer set cae del lado del serbio y, por un momento, parece como si llegar a los 25 Grand Slam a sus 38 años estuviera al alcance de su raqueta.
En Por un bistec, Tom King es el único de la familia que ha podido comer un plato de gachas antes del combate. Había mandado a los niños a la cama antes de la hora acostumbrada para que con el sueño no recordaran que no habían cenado. Nadie le había querido fiar para poder tomar un bistec antes del crucial combate. Era un viejo que sólo quería ganar una bolsa para pagar al casero y a los tenderos.
El Open de Australia de esta mañana no se teñía del dramatismo de la pobreza ni de la necesidad acuciante en que transcurría el relato de London, pero sí se mascaba el dramatismo por la gesta heroica de saber si Djokovic se erigía no ya como el tenista con mayor número de Grand Slam, sino si lograría superar a Margaret Court, tenista con la que empataba en títulos y, lo más importante, si lograba vencer a la Juventud.
A Carlitos Alcaraz las cosas no le iban bien en ese primer set. Algún comentarista revelaba lo que podía ser la clave del partido: «Si Carlos logra alargar el partido a cinco sets, entonces más probabilidades tendrá de que la final caiga de su lado».
Al boxeador Tom King, mientras acudía andando dos millas al Gayety Club donde tendría lugar el combate, le vino a la memoria «la imagen de la juventud, de la juventud gloriosa, pujante, exultante e invencible, la juventud de músculos ágiles y piel satinada, de corazón y pulmones que no conocían la fatiga, de la juventud que reía del ahorro del esfuerzo».
Djokovic sabía que tenía que golpear desde el principio y lo hizo. Pero después, Carlos Alcaraz lograba ganar el segundo set por 6-2 y dar la vuelta al partido en el tercero imponiéndose por 6-3. No sé en qué momento, tal vez cuando me alejaba de la radio ubicada sobre la mesa de la cocina, haciendo quehaceres hogareños, me percaté de algo: aunque no lograba entender las palabras de los locutores con nitidez, me iba dando cuenta de qué lado caían los puntos. La explosión de júbilo del público asistente en el Rod Laver Arena era más intensa cuando el serbio Nole lograba ganar un punto que cuando el de El Palmar lo sumaba. Bueno, Novak es el rey de Australia (10 títulos) frente a un veinteañero que no lo había logrado ganar todavía. El cariño del público estaba claro.
El sonido es mucho más sugerente que la imagen, es más connotativo frente a la imagen, que es habitualmente más denotativa. Y ahí me quedé pensando en ello mientras sostenía la escoba entre las manos y el griterío me connotaba que el público quería que la Vejez se impusiera ante la Juventud. El sonido en muchos casos transmite emociones, sensaciones y contextos más allá de su significado literal. Un sonido puede tener una connotación emocional: por ejemplo, el sonido de un trueno puede connotar peligro, tensión o incluso terror, dependiendo del contexto; las notas o acordes pueden crear una atmósfera, transmitir melancolía, alegría, ansiedad, etc. El sonido grave de un violonchelo puede connotar seriedad o tristeza. Así que, en general, el sonido suele apelar más a lo emocional, simbólico o abstracto, que a lo literal. Esa es la fuerza, su poder.
En el cine recuerdo una película vista en la Seminci titulada The Guilty (2018) del danés Gustav Möller sobre un oficial de policía que ha sido relegado a operador del servicio de emergencias. Durante un turno de noche recibe la llamada de una mujer que está en una situación delicada, pues dice estar secuestrada en un auto por su marido. Möller tiene el acierto de que durante los 85 minutos que dura la historia jamás traslada la cámara ni el punto de vista a otro lugar que no sea la propia sala de emergencias donde está el agente. La conversación y los ruidos que oímos a través de los auriculares del policía es connotativo, nos impele a imaginarnos la situación desesperada en la que vive la protagonista. Es la fuerza del sonido ausente de toda imagen que le acompañe. La pueden ver en RTVE gratis por si quieren comprobarlo.
La fórmula se repite en otra película que se ha estrenado hace tiempo en salas y que está nominada este año a Mejor Película Internacional en los Oscar. Se trata de La voz de Hind de la tunecina Kaouther Ben Hania. Relata cómo el 29 de enero de 2024 los voluntarios de la Media Luna Roja reciben una llamada de emergencia. Se trata de una niña de seis años que está atrapada en un coche en Gaza que ha recibido el fuego del ejército israelí y suplica ser rescatada. Se da la circunstancia de que Ben Hania no tiene el menor escrúpulo de haber utilizado las grabaciones auténticas de la voz de Hind Rajab como material de audio para su obra. Ben Hania, como ya lo hiciera Möller, no abandona la sala de emergencias y se vale del sonido y de las palabras de la niña para connotarnos su situación dramática.
El partido entre Djokovic y Alcaraz afronta el cuarto set. En esos momentos, se ve interrumpido por un boletín informativo de la SER en el que se nos informa de que el actor Fernando Esteso ha fallecido a los 80 años. El cómico llevaba dos días ingresado en el hospital universitario de La Fe por una insuficiencia respiratoria. Fue conocido en los ochenta por rodar películas de carácter machista junto a Andrés Pajares.
Ya en el informativo de las 14:00, Aida Bao nos hacía un breve: «Lo hemos confirmado apenas hace una hora, ha muerto Fernando Esteso, famoso actor del destape a los 80 años. Alcanzó la fama en las décadas de los 70 y 80 junto a Andrés Pajares con el que formó dúo cómico. Esteso nació el 14 de enero de 1945 en Zaragoza y ha muerto esta madrugada en Valencia a los 80 años. Hacía tiempo que tenía problemas respiratorios».
El cuarto set caía del lado de la Juventud. Alcaraz se imponía a la Vejez por 7-5 y ganaba por primera vez el Open de Australia.
Con la imagen evanescente de Esteso imitando a voces de cantantes de los 70 en RTVE, me vino a la cabeza mientras notaba en mi cuerpo la artrosis en las muñecas, el dolor de espalda y la polaquiuria, aquellas palabras del relato de Jack London: «Sí, la juventud era Némesis, la diosa de la venganza. Destruía a los viejos sin darse cuenta de que al hacerlo se destruía a sí misma. Se dilataba las arterias y se aplastaba los nudillos, y con el tiempo era a su vez destruida por la juventud. Porque la juventud era siempre joven; sólo envejecía la vejez».
Y ahora escuchaba por la radio el júbilo de los locutores, la exaltación de Alcaraz, el griterío de parte del público del Rod Laver Arena y las palabras exultantes de sus más allegados que creía verlos abrazarse a él. Es lo que tiene la radio, que es connotativa. Y Tom King, a su regreso al hogar, no llevaba en los bolsillos ni un sólo centavo. Se hacía viejo. Lo más duro, pensaba, mucho más que haber perdido el combate, era comunicarle a su mujer el resultado.
Y en la lápida sonora de la SER, la infamia de reducir a Fernando Esteso, vencido por la Vejez, como un cómico que hizo películas machistas y adquirió fama por ser actor del destape. D.E.P... la SER.

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