¿Y si a la primera, la vencida?
![]() |
| Werner Herzog y Orlando Bloom |
Perlas
![]() |
| El director Aitor Arregi no se quiso perder “Minotauro” en Teatro Victoria Eugenia |
CINE con un poco de LITERATURA. Blog de Iñaki González Beltrán, Sígueme en: https://twitter.com/LNA47
![]() |
| Werner Herzog y Orlando Bloom |
![]() |
| El director Aitor Arregi no se quiso perder “Minotauro” en Teatro Victoria Eugenia |
![]() |
| Glaxo de Benjamín Nahistat, una de las participantes en la Sección Oficial |
El Zinemaldia 2026 transcurrirá del 18 al 26 de septiembre y dirá adiós definitivo a su director, José Luis Rebordinos, que durante 16 ediciones ha comandado con habilidad el certamen señero cinematográfico. Durante todo este tiempo, la gestión le ha minado su salud —"llegué sano y ahora soy diabético, hipertenso y tomo pastillas para el colesterol"—, comentó a varios medios.
Él no será protagonista, sino una amplia representación de cineastas, intérpretes, productores y guionistas de todo el mundo que acudirá a la 74ª edición del Festival de San Sebastián. Como en estos últimos años todo ha ido tendiendo al gigantismo, el certamen ofrecerá un total de 263 títulos procedentes de 47 países. Como haría un buen taxidermista, estos títulos se clasifican en variadas secciones para que, parafraseando las cinco leyes de la biblioteconomía del indio Ranganathan, "a cada espectador, su filme y a cada filme su espectador".
Así tenemos la Sección Oficial, en la que se concede la Concha de Oro y otros premios de relumbrón, Perlas de otros festivales, Horizontes Latinos (películas hispanas recientes, algunas apoyadas por el festival), New Directors (un riesgo, pues puedes hallar joyitas y bodrios diarreicos de directores que dan sus primeros pasos), Klasikoak (obras restauradas para la divulgación como son esta edición "El desencanto" (1976) o "Alguién voló sobre el nido del cuco"), Zinemira (cine actual vasco como "Las ciegas hormigas" de Igor Legarreta o "Un tal Karlos" de Arantxa Aguirre) y otras tantas más para no dejar a nadie defraudado como en un gran bufet.
En la rueda de prensa celebrada el pasado viernes 4 en Tabakalera, el director del Festival, José Luis Rebordinos, y la subdirectora Maialen Beloki dieron a conocer un listado de nombres que harán las delicias de los que se apostan durante horas, sin tener mejor cosa que hacer, en el Teatro Victoria Eugenia o en la alfombra que conduce al Kursaal 1. Así tienen prevista su llegada, entre otras personalidades, Orlando Bloom, Marion Cotillard, Penélope Cruz (abonada al Hotel María Cristina como yo a la pensión Milagros), Ricardo Darín (cartel de este año), Eduard Fernández, Dolores Fonzi, Jeremy Irons, Vincent Lindon, Rami Malek (¿seguirá con el gesto facial a lo Freddie Mercury que le valió un Oscar?, Noémie Merlant, Mercedes Morán, Lena Olin, Nahuel Pérez Biscayart, y, por su puesto, Brad Pitt.
Habrá más pero por mi longeva edad ya no los pongo cara por ser o demasiado jóvenes, demasiado guapos e inalcanzables para los mortales o demasiado mediocres... como yo, que cruzo el puente de la Zurriola sin ser molestado.
También acudirán a San Sebastián a presentar sus películas directores como Fatih Akin, Beth de Araujo, Lukas Dhont, Jesse Eisenberg, Nicole Garcia, Pablo Larraín, Diego Luna, Valentina Maurel, Martin McDonagh, Tsai Ming-Liang, Cristian Mungiu, Hans Peter Moland, Olivier Nakache y Eric Toledano, Pawel Pawlikowski, Ira Sachs y Andrey Zvyagintsev. La mayoría como ven podrán pasear a lo largo del Urumea o tomarse un baño entre los demás donostiarras en la playa de la Concha sin ser molestados, salvo por algún petardo cinéfilo chancletón o, ya menos, alguna golfilla con ganas de plano en su próxima película.
El cineasta Ira Sachs presidirá el jurado compuesto por el director Genki Kawamura, la guionista Catherine Paillé, las actrices Alice Braga y Patricia López Arnaiz, el actor Bill Skarsgård y el productor Mike Goodridge.
Además, recibirán el Premio Donostia el cineasta alemán Werner Herzog, que presentará junto al actor Orlando Bloom su nuevo largometraje, Bucking Fastard, y la actriz Naomi Watts, protagonista de la película The Housewife (La esposa perfecta) dirigida por Ben Shirinian, a quien también acompañará la intérprete Lena Olin. Bloom entregará el Premio Donostia a Herzog y el cineasta J.A. Bayona, a Naomi Watts.
![]() |
| Naomi Watts, actriz que recibirá uno de los dos Premios Donostia |
![]() |
| Segundo Premio Donostia, al director alemán Werner Herzog |
![]() |
| Fotograma de Ghost Song de Fatih Akin |
Llegado uno a cierta edad, tan sólo si se han cultivado algunas aficiones o puedes aún mantener cierta amistad con algún ser de este mundo, te permite no hundirte del todo. En mi caso, de lo último me escasea y no siempre está disponible, pero de la primera todavía puedo mantener el idilio con el cine y, con más fatiga, la literatura. Cine y Literatura.
Hay gente que se entrega a la melatonina, a la raíz de valeriana o a la pasiflora; otros buscan algo más fuerte: el lorazepam, el diazepam o el alprazolam; en mi caso, busco calmar el insomnio y la fatiga de la vida con la ficción acompañándola con algunas gotas de alcohol.
Por eso bendigo a dos medicamentos del alma llamados Johnnie Mortimer y Brian Cooke, ambos guionistas ingleses. Parieron unas cuantas sitcom, comedias de situación, para la televisión británica de los años 60 y 70 del siglo pasado. Mortimer falleció en 1992 a los 62 años, con lo que la pareja, dibujantes de viñetas y cómics en origen, se vio truncada.
Ahora que estoy revisitando Un hombre en casa (Man About the House, 1973-1976) me he dado cuenta de que los quiero aún más. ¿Por qué? Bueno, diremos antes que esta serie narraba las vicisitudes de tres jóvenes veinteañeros (Chrissy, Jo y Robin Tripp) que convivían en el piso de arriba de una casa en la que los caseros vivían en la planta baja (los Roper). La fórmula era sencilla: presentaban situaciones de enredo, diálogos breves, chispeantes, ágiles, a veces mordaces pero nunca hirientes, uso de anfibología o juego de palabras; el amor/sexo siempre flotaba en el ambiente (Robin solía cortejar sin éxito a Chrissy, cuya virginidad trataba de poner a salvo) mientras que Jo era la que, pareciendo tonta, tomaba el pelo a los demás, y las situaciones se cerraban siempre poniendo una sonrisa en los labios de los telespectadores. De algún modo, la serie se convirtió en una manual de sexualidad en episodios, nuestra educación por televisión en blanco y negro, aunque se hubiese rodado en color.
Y digo que los quiero aún más porque he descubierto que tienen algo en común a mí: aman el cine porque, sospecho, lo han mamado. Un hombre en casa se compone de seis temporadas y 39 episodios en total. En cada uno de ellos hay al menos una mención al séptimo arte. ¿Cómo lo descubrí? Porque en una de las temporadas, me sorprendió que en los títulos de crédito finales apareciese una imagen con referencias explicitas a figuras del cine. ¿Qué carajo hacían ahí Clarke Gable, Humphrey Bogart, una mujer medio desnuda o Dennis Hooper en Easy Rider (Buscando mi camino) ? Y de ahí que mi fino olfato de sabueso se puso con el rabo tieso y la mirada auscultadora: en cada episodio había uno o más guiños al cine. Esa fue mi hipótesis.
En el primer capítulo, Tres son multitud, se nos presenta la necesidad de buscar un tercer compañero de piso que acompañe a Chrissie y Jo. Tras una fiesta de despedida de la antigua compañera, hallan al día siguiente en la bañera dormido a Robin. Su destreza como cocinero, las hace considerar la posibilidad de ofrecerle ocupar ese hueco. Hay un inconveniente: es un chico y los caseros (sobre todo George Roper) puede que no lo vean con buenos ojos. Mortimer y Cooke, en los 24 minutos que dura el capítulo, introducen esta mención al cine en el momento en que Robin quiere poner las cosas claras con sus futuras compañeras:
—Suponiendo, en fin, suponiendo que quiero... Bueno, ya sabéis... traer a una chica. Quiero decir, traer a mi novia para tener... para tener una conversación tranquila... —trata de exponerles Robin Trip.
—Nos vamos a ver una película —contesta con aparente ingenuidad Jo.
El segundo episodio, Y con mamá somos cuatro, la casera Mildred se topa con Robin y Jo, que han salido del piso para que la madre de Chrissie no sepa que un hombre va a compartir el piso con su hija. Mildred le pregunta a Robin por su orientación sexual, pues en el primer episodio había un equívoco con ello. Y tras aclararle que es heterosexual eso enciende a Mildred que le espeta:
—Estoy segura que encajará muy bien en nuestra pequeña vecindad.
—¿No puedo... no puedo tentarla? —pregunta Robin tímidamente.
—Con bebida, no —responde Mildred—. De todas formas, he de volver y preparar su cacao a Omar Sharif.
En este caso, la alusión al actor egipcio, protagonista Lawrence de Arabia, va con retranca, pues se refiera a su marido, George, que presenta un claro síntoma de hipoactividad sexual.
La segunda alusión al cine se menciona cuando Chrissie no revela la verdad a su madre y le hace creer que todavía la habitación de la tercera compañera está vacía. Su madre, entonces, decide pasar la noche en lugar de volver a su hogar.
—Oye, si tu madre se va a quedar esta noche, ¿dónde va a dormir esta noche Robin? —le pregunta Jo desde un teléfono del pub.
—En la lavandería, o si no mejor en la estación o en el cine Essoldo, que dura toda la noche —le responde Chrissie desde casa.
Chrissie acude al pub para tratar de convencerle a Robin:
—Guerra y paz, la proyectan toda la noche en el Essoldo —le propone Chrissie.
—No, no, no me convence eso —contesta Robin.
—Es la versión original rusa de 1932 —matiza Jo.
—Eso puede ser peor —responde Robin.
No existe una versión rusa de Guerra y paz de 1932. Supongo que Mortimer y Cooke traerían a las mientes la obra de Sergei Bondarchuk de 1965, pero llevarlo a unas décadas anteriores les haría más gracia.
El trío acuerda una solución: Robin pasaría la noche en la habitación de ellas para no ser descubierto por la madre. Pero al ir a cerrar la puerta del balcón por el viento, es descubierto. Y ahí se cierra la mención cinéfila anterior:
—Pasaba por aquí y he pensado... a lo mejor alguna de las chicas quiere... quiere ir a alguna sesión de cine larguísima. Es una película que dura cuatro horas y media. Es Guerra y paz en el Essoldo—aclara Robin ante la madre de Chrissy y de las dos chicas —. Pero ya veo que están a punto de acostarse. De manera que me iré yo solo a esa sesión de toda la noche.
Realmente, Essoldo no era un cine, sino una de las cadenas de cines independientes más grandes e icónicas del Reino Unido. Durante la década de 1970, varios de sus locales operaban activamente en diferentes zonas de Londres y el resto del país antes de ser absorbidos por otras compañías o transformarse en salas de bingo.
Curiosamente, el nombre "Essoldo" era un acrónimo familiar. Fue creado por el fundador de la cadena, Solomon Sheckman, combinando las iniciales de su esposa (Esther), las suyas (Sol) y las de su hermano (Dony). En Londres tuvieron salas muy conocidas en zonas londinenses como Chelsea, Bethnal Green y Burnt Oak. En 1972, la marca Essoldo desapareció de las calles cuando el circuito fue vendido a la compañía Classic Cinemas Ltd., la cual renombró la mayoría de las salas. Así que cuando se rodó la primera temporada, Brian Cooke y Johnnie Mortimer tendrían en el recuerdo dicha cadena de cines.
El tercer episodio, Una velada encantadora, el hilo argumental sigue a Jo y a su primer escarceo amoroso, que tan sólo se ha rematado en un primer encuentro con un apretón de manos. Eso hace dudar de su atractivo hacia los hombres. Chrissy trata de animarla recordándole lo que le pasó con un chico y, de paso, los guionistas aprovechan para meter su primer guiño cinéfilo:
—Una vez salí con un chico que nada la primera vez. La segunda vez, nada. La tercera vez como el encuentro entre King Kong y Godzilla —le comenta Chrissy para indicarle que no todo sucede en una primera cita.
Como la cita entre Jo y su invitado transcurre en el piso, Robin y Chrissy han de estar fuera hasta las doce de la noche. Así que en un momento en que entra Mildred para dejarles copas y cubertería para la cena "especial", Chrissy pregunta:
—¿Sabe qué película proyectan esta noche en el Essoldo?
—¡Ah, sí! Ya, ya me acuerdo. Es un estudio sensible de la agonizante pasión entre una chica y un simple granjero... y cómo la deja morir —le recuerda Mildred.
—No creo que vaya.
Mildred les invita a Chrissy y a Robin a pasar por su piso durante el tiempo que hayan de estar fuera. A lo que Robin al bajar las escaleras le comenta a Chrissy:
—Si te he de ser sincero, preferiría haber ido al cine, pero los Roper se sentirán solos. Y es de buenos vecinos pasar y darles un poco de buena compañía.
—Sí, como les debemos un mes.
—Sí, he pensado en eso —añade Robin —. ¿De qué vamos a hablar? ¿Tiene él algún hobby?
—Sí, es la máxima autoridad del país en marcas de latas de cacao. Las colecciona.
—Lo bien que estaría yo en el cine.
¿Ven por qué ahora les quiero más a Brian Cooke y Johnnie Mortimer, guionistas tanto de Un hombre en casa y Los Roper, entre otras exitosas series de su tiempo?
Si siguiera con el resto de los episodios, esto daría para una tesina. Pero por hoy es suficiente. Me voy al bar Stop a ver a mi Athletic, que está último con cero puntos.
| Laura (1944) de Otto Preminger |
Hace unos días visité el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Uno de los movimientos más repetidos entre los asistentes al contemplar el arte contemporáneo es ver la obra, alejarse un poco (o mucho) con pose de experto y volver a acercarse esta vez hacia la pequeña cartela o etiqueta. Lo hacemos con la vana esperanza de que la información nos revele algo de esa misteriosa pieza artística (pintura, dibujo, grabado...). Sin embargo, a menudo todo queda en una mera información "técnica". Algo así como:
Vincent van GoghY, claro, toda esa oblicua información nos impide adentrarnos en la intrahistoria de la imagen que contemplamos colgada de la pared. Nuestra mirada se torna torva al comprobar que esa obra que tenemos ante nuestras narices escapa a nuestra comprensión. Bretón decia: "Para mí, un cuadro es una ventana que se abre sobre algo. La cuestión es saber sobre qué".
Mientras paseo por el museo, me viene a la mente tres películas en las que hay cuadros que tienen una importancia básica en la trama, pero que jamás verán ustedes colgados en ninguna pared de sala de exposición. De alguna manera, visitar los museos es como pasear por galerías manchadas con los sueños de los artistas en la pared nívea. El Arte hecho sueño, los sueños inmortalizados con el arte.
Laura (1944) arranca con un cuadro, retrato de la protagonista (Gene Tierney), y una voz que afirma: "Nunca olvidaré aquel fin de semana en que murió Laura". Esta podría ser la cartela que pudiera acompañar al retrato. No nos revela el misterio que yace en el noir de Otto Preminger, sino que lo agranda, lo intensifica. Laura es una joven diseñadora publicitaria que es hallada en su apartamento con el rostro desfigurado a causa de un disparo de escopeta (curioso modo de morir). El teniente McPherson (Dana Andrews) es el encargado de la investigación. McPherson acabará enamorándose del retrato de la muchacha, "un necrófilo enamorado de la imagen de una muerta".* En un momento dado, el teniente se queda dormido contemplando el retrato de Laura y, como si el sueño se transformase en realidad, la joven se le aparecerá, haciendo palidecer la pintura que preside el salón.
| Laura (1944) |
En el mismo año 1944, Fritz Lang rodó La mujer del cuadro. Richard Wanley (Edward G. Robinson) es un profesor de psicología que pasa unos días en solitario tras la marcha de su familia a pasar unas cortas vacaciones. Antes de entrar a un club social, pasa por delante una galería de arte y queda fascinado por el retrato de una hermosa mujer que hay en el escaparate. Los amigos que le acompañan le bromean calificándola como la mujer de sus sueños. Esa misma noche la mujer de sus sueños aparecerá para seducirle.
Wanley observa el cuadro con el mismo deseo que la mayoría de los que no hemos nacido con los ojos de Paul Newman, los andares de Henry Fonda o la sonrisa cautivadora Burt Lancaster. Nos conformamos con señoras de rulos, bata de andar por casa o lanzamiento de jabali-reproches.
| La mujer del cuadro (1944) de Fritz Lang |
Por último, les menciono la tercera película que se rodó cuatro años después: Jennie de William Dieterle. Ya no estamos ante una historia de cine negro, sino de un drama romántico con tintes fantásticos. Joseph Cotten encarna a un pintor cuya inspiración parece serle esquiva. Un día se topa con una jovencita en Central Park, cuya vestimenta inapropiada para la época le llama la atención. Ella irá creciendo en las sucesivas apariciones a lo largo de la historia y se convertirá en musa inaprensible para el pintor. Aquí lo fantástico, un derivado de los sueños, es el motor de esta historia que recuerda al Romanticismo del siglo XIX.
![]() |
| Jennie (1948) de William Dieterle |
Si observan con mirada atenta, los tres retratos de sendas mujeres (Gene Tierney, Joan Bennett y Jennifer Jones) son pintadas con una pose oblicua o vista de tres cuartos, lo que hace que las retratadas cobren una dimensionalidad mayor que si fueran pintadas en plano frontal. Parecen que quisieran salir de la ensoñación, del marco de lo pictórico para hacerse carne.
En los dos primeros cuadros (género noir, son mujeres calculadores, frías y manipuladoras) ambas están con el brazo al descubierto, claro síntoma de seducción, en el de Jennie al ser el propio protagonista quien la retrata lo hace con mayor "recato", vestida, pues ella se ha convertido más en su musa, en su motor de creatividad, que en una proyección de su deseo sexual.
Los rostros están inclinados, claramente en pose sensual y miradas desafiantes en los dos primeros; en el tercero, no hay sino una vaga ensoñación, algo que recuerda a un ser espectral, la mirada no es seductora, ni retadora, sino más bien melancólica, ausente de la "realidad".
Claro, que esto que les cuento no está en ninguna cartela, sino en la intrahistoria de los cuadros, o sea en la narración fílmica en el que aparecen. Ahora que lo pienso, son retratos de una muerta, de una ensoñación y de una fantasía del pasado. Ya sabrán de qué les hablo si las han visto.
Al regresar a casa, abro la ventana que da al patio. Contemplo las de mi vecino: todas cerradas a cal y canto. Desde que supe que lleva más de tres semanas hospitalizado, la imagen de esas ventanas cerradas con las persianas se me asemejan a esos párpados que se cierran definitivamente.
Como todos los pintores a la hora de crear, uno busca un motivo, y este se convierte en boceto. En mi caso, para este artículo empecé desde hace días escribiendo lo siguiente: imaginen que por un día los asesinatos estuvieran permitidos.
Pero esta mañana un buen amigo me mandó una imagen con el siguiente comentario: “Lánguido e intelectualoide cine francés sesentero”. Como es muy bromista, afilé la mirada. Se trataba de una escena de una mujer sentada tras una mesa redonda sobre la que había un jarrón con claveles rojos y amarillos. Al observar los bordes me di cuenta de que no pertenecía a un fotograma sino que se trataba de una foto. Era su madre fallecida, me aclaró.
Ya ven que los caminos de la inspiración en ocasiones son muy oblicuos… como la pose de los retratos de estas tres mujeres.
![]() |
| Cartel oficial para la 74 edición del Zinemaldia con Ricardo Darín de protagonista |
Si lo tengo que explicar, la mejor metáfora que me viene a la cabeza sería la del cartel taurino. Como suele ser habitual por julio, el director del Zinemaldia (Festival de Cine de San Sebastián) José Luis Rebordinos suele hacer lectura en la sede de la Academia de Cine de la participación del cine español. Y el cartel "taurino" de Sección Oficial para la 74 edición que desveló lo conforman Roberto Bueso, Mikel Gurrea y Javier Ruiz Caldera. ¿Qué les parece? A mí me da la sensación de que está configurado con segundos espadas. No querría que esto sonase a desprecio, pues no he visto sus propuestas, pero no se puede afirmar que es un cartel de campanillas.
En la presentación estuvo Fernando Méndez-Leite, director de la Academia de Cine, quien felicitó a los Javis (que estuvieron presentes) por el éxito en el Festival de Cannes con su película La bola. No asistieron ni Almodóvar ni Sorogoyen, que sí participaron en Cannes. Supongo que en este que es su último festival como director, a Rebordinos le habría gustado tener primeros espadas. Pero se fueron a Cannes y, vete tú a saber, si se le habrán escapado otros primeras figuras a otros festivales.
Lo que sí relumbra más son los actores que participan en las propuestas de Bueso, Gurrea y Ruiz Caldera. De todas formas, José Luis Rebordinos recibió una salva de aplausos del respetable al saber que se corta la coleta: quince años (2011-2026) ante una plaza dura como la de Festival de San Sebastián ha logrado con mucha maestría evitar pitonadas que, a cualquier otro le habrían llevado a la enfermería... si no al otro barrio.
![]() |
| El mal padre, protagonizada por Eduard Fernández |
Así, Eduard Fernández encabeza el reparto de El mal padre, la tercera película de Roberto Bueso (Valencia, 1986), tras pasar por Made in Spain con sus largometrajes La banda (2019) y Llenos de gracia (2022), y con la que concursa por primera vez por la Concha de Oro. Narra la historia de Santiago Balmes, el célebre escritor y académico, que, después de años de estar separados, reúne a sus tres hijos para pedirles un último deseo: pasar las Navidades en la casa donde veraneaban de niños.
Figura de primer cartel también es Victoria Luengo, que la ha vuelto a escoger Mikel Gurrea (San Sebastián, 1985) para interpretar en Sants / Saints a una mujer que entra a formar parte de un grupo de ladrones de figuras religiosas, mientras lidia con la inminente muerte de su madre (Ariadna Gil). Mikel Gurrea regresa de nuevo a la competición con esta obra. Suro (Sección Oficial, 2022) fue su debut en el largometraje del cineasta donostiarra y logró el Premio Irizar al Cine Vasco, el Premio FIPRESCI de la crítica internacional y el Premio Euskal Gidoigileen Elkartea al mejor guion.
La tercera propuesta española no carece en su cartel interpretativo de interés y fama. 5 minutos más es la película con la que se estrena en la competición oficial Javier Ruiz Caldera (Viladecans, 1976). El filme está protagonizado por Javier Cámara, Berto Romero, que también firma el guion, y Belén Cuesta. La historia se centra en un matrimonio en crisis, atrapado en un bucle temporal. El director catalán ya participó en San Sebastián con trabajos como Superlópez (Made in Spain, 2019) o El otro lado (Velódromo, 2023), serie codirigida junto a Alberto de Toro.
Nunca entendí ni entenderé por qué se meten películas y series en la Sección Oficial si no aspiran a la Concha de Oro. Supongo que lo hacen por rellenar o por el escaparate que supone proyectarlas en el Kursaal ante más de dos mil espectadores. Rebordinos y su comité han escogido dos series y cuatro películas para engrosar los 9 días en el Kursaal.
Una serie fuera de concurso en la Sección Oficial
El castillo, un policiaco de seis capítulos que cuenta la historia real del auge de la mafia proxeneta española, se proyectará fuera de concurso. La serie, basada en el libro de no ficción El proxeneta, de Mabel Lozano, está creada y escrita por Isabel Peña (Zaragoza, 1983), coguionista de Que Dios nos perdone y As Bestas,y Eduardo Villanueva (Madrid, 1981), productor y coguionista de Antidisturbios (Sección Oficial fuera de concurso, 2020). La dirección principal corre a cargo de Elena Martín Gimeno y también participa como directora Sandra Romero.
La Sección Oficial incluirá en su apartado Proyecciones Especiales cinco títulos fuera de concurso.
Tras Sipo Phantasma y Oreina, Koldo Almandoz (San Sebastián, 1973) estrenará su tercer largometraje Azken Agurra (Último Adiós). En este drama con comedia existencialista, Iñigo Azpitarte e Izaro Nieto interpretan al dueño de una empresa de funerales laicos personalizados y a una joven que hace prácticas en su oficina. El cineasta donostiarra es un veterano del Festival en el que ha participado desde 1997 con una docena de producciones.
Daniel Monzón (Palma de Mallorca, 1968) presentará Ruega por nosotras, un largometraje ambientado en 1974 que sigue el internamiento de Ana (Zoe Bonafonte), una joven rebelde de 19 años, en el denominado Patronato de Protección de la Mujer de Madrid. Monzón, que en 2015 fue parte del jurado oficial y clausuró fuera de concurso la Sección Oficial con Las leyes de la frontera (2021), suma en su filmografía títulos de éxito como Celda 211 y El niño (2014), ganadoras de ocho y cuatro premios Goya, respectivamente.
![]() |
| Fotograma de Sacamantecas del director bilbaíno David Pérez Sañudo |
Antonio de la Torre y Patricia López Arnaiz protagonizan el tercer largometraje de David Pérez Sañudo (Bilbao, 1987), que será una Proyección Especial en la gala conjunta de RTVE-EITB. Sacamantecas es un thriller inspirado en hechos reales ambientado al final de la III Guerra Carlista, cuando varias mujeres son estranguladas en Vitoria y la hermana de una de una de las víctimas busca justicia. Pérez Sañudo consiguió con su debut, Ane (New Directors, 2020), el Premio Irizar al Cine Vasco y el Premio Euskal Gidoigileen Elkartea al mejor guion además de tres premios Goya. Pérez Sañudo regresó a la sección New Directors en 2024 con Azken erromantikoak (Los últimos románticos).
Fernando Trueba (Madrid, 1955) presentará Bajañí, un recorrido sonoro por tres países y universos musicales a través de la guitarra de Niño Josele. El cineasta madrileño, ganador del Oscar a la mejor película en lengua extranjera por Belle époque (1993), ha sido un asiduo en San Sebastián, participando a concurso con películas como Mientras el cuerpo aguante (1982) o El artista y la modelo (2012), ganadora de la Concha de Plata al mejor director.
Por último, con Más allá de la sociedad, el director Carlos Torres (Alicante, 1985) lleva a la pantalla la historia de cómo una comunidad aprendió a convivir con la tragedia tras el accidente de los Andes en 1972. Esta serie de no ficción creada por J. A. Bayona y Carlos Torres retoma el relato allí donde terminaba la película La sociedad de la nieve: después del rescate, cuando los supervivientes regresaron a sus hogares y se reencontraron con las familias de quienes no volvieron. La serie de tres capítulos continúa ahora el filme que se estrenó en Venecia, obtuvo doce premios Goya, dos nominaciones al Oscar —entre ellas a mejor película internacional— y el Premio del Público en San Sebastián.
Créanme que cuando me siento a escribir un artículo en este blog, siempre tengo la sensación de que por más que uno se esfuerce esto que escribo no le interesa y, lo que es peor, no le servirá a nadie. Supongo que al menos me ayudará a combatir la melancolía y el tedio vital, o tal vez recordando a Ingmar Bergman, la angustia vital de los sesenta tacos.
Ante la barra del bar Stop, le pregunto a Cecilia que qué tal se encuentra de humor. Ella me sonríe con cara de sospechar que hay gato encerrado en la pregunta inhabitual en mí. Me dice que bien, gracias. Y entonces recuerdo lo que decía el director José Luis Garci a la hora de preparar un cóctel:
«Nada más que las personas buenas y en paz consigo mismas obtienen con sus combinados el milagro de congelar tu vida durante un instante».
Porque al igual que Garci también creo que «lo que uno anda buscando en los tragos es la memoria de un mundo feliz». Y ya perdido, añado a la cita.
Le pido a Cecilia que me prepare un dry martini. Me mira y señala la botella azul como tratando de confirmar (como pareja dueña/cliente a los que no les hace falta más que mirarse para entenderse) qué tipo de ginebra me pone. «Hoy tenemos Bombay Sapphire», me informa. Y añade: «La que prefieres». Hago un gesto afirmativo y se gira a por ella para prepararme ese cóctel que me congelará por un instante.
Llevo desde ayer con el anuncio del fallecimiento del músico Glen Hansard dándome vueltas, como las moscas del Stop en este verano, que no le abandonan a uno hasta salir del local. Hansard me acompañó en un momento de mi vida. Le descubrí en 2007 o tal vez en 2008 cuando fui a ver Once de John Carney en los todavía existentes Multis de Bilbao.
Era un tipo alto, barbado, con cara bobalicona y con aspecto de músico callejero, pero al que al mirarle te provocaba unas ganas de abrazarlo. No se sabe muy bien por qué. Supongo que a otros espectadores les habrá pasado lo mismo. Hansard se topa con una chica checa que vende flores por las calles de Dublín. Se conocen y al día siguiente él le confiesa que una novia de hace muchos años le engañó y luego se marchó a Londres". Se pone a cantar en ese momento "Broken Hearted Hoover Fixer Sucker Guy". Ahí descubrías que ese aspecto tristón y apagado se debía a que estaba pasando por una ruptura sentimental. Supongo que eso provocó en mí que me identificara con él al ver que mi pasado asomaba su cabeza. Pero lo que hizo Once conmigo fue hacer que el futuro también se asomara. Porque a Markéta Irglová, la chica checa, le gustaba la música y componía letras de canción como él, aunque no se arrancase a cantarlas en la calle. Juntos entablarán una hermosa relación componiendo y cantando esas creaciones musicales antes de convertirse en disco. Y el acierto del filme de Carney es que su relación no acabe de concretarse en algo trillado como el happy end.
Me quedaban dos años para conocer a una chica que tenía una voz maravillosa de jazz y que me rompió el corazón con notas amargas en do, mi, sol. Así que lo mío tampoco cuajó. Me quedo con el recuerdo de ver Once con ella. No sé si me agradecería el gusto al menos.
Mientras me ventilo el dry martini y me como la aceituna, me llega del grupo de whatsapp de los seminceros (Seminci) otra luctuosa noticia a la que acompañan comentarios como: «¡Joder, qué putada! Era de mis favoritos», «Creo que tenía cáncer, qué pena», «Vaya sorpresa tan triste», «¡Ostras, qué lástima!» o «Joder, se nos van los buenos»: el actor Manolo Sordo acababa de fallecer.
En el mundo de ayer, esto sería como estar en el entierro de un buen amigo y que, de pronto, se acercase alguien en plena misa funeral para susurrarte que acababa de fallecer otro conocido más. Sin embargo, estamos en la posmodernidad del siglo XXI y ahora las cosas son más electrónicas y rápidas. Son como los telediarios que pasan a informarte de los cincuenta y tantos migrantes que se han ahogado al tratar de llegar a las costas españolas y, sin corte de continuidad, pasamos a los goles del Athletic Club que le aúpan en la Liga al primer puesto. El cerebro debe estar ya saturado de esas ruletas emocionales.
Nos llega esa edad en la que cada semana, cada mes se acumulan fallecimientos. Si solo fueran familiares uno podría asimilarlo mejor, pero en el mundo de hoy nos hemos acostado, besado, abrazado, trabajado, almorzado y casado con tantos actores, músicos... artistas y famosos que en el cementerio ya no hay tierra suficiente. Menos mal que como hace mi amigo X. Durán y Durán, cada vez que alguien fallece lo pone en su avatar de whatapps... hasta que le sustituye otro. Son los nuevos cementerios virtuales: más amplios.
Y, claro, le pido otro dry martini a Cecilia. Con Bombay Sapphire bien agitado. Y me llega esa imagen a la cabeza de Sordo, un actor que tiene cara de ciudadano gris, oficinista o funcionario tristón de ocho a tres, soltero o como mucho en viudedad perpetua. Y la imagen que me asalta es de 2023, cuando se presentó Cerrar los ojos de Víctor Erice en la sala de prensa del Zinemaldia. Manolo Solo hacía de Garay, un director de cine que hacía años que estaba apartado... como Erice.
Trato de recordar el momento en que estando en la sala de prensa con mi cámara hice clic frente a su rostro bovino, con bolsas de cansancio vital bajo sus ojos. Retengo en la retina ese momento de Solo mirando a mi objetivo y clic, clic. Es difícil en la sala de prensa que te mire a la cámara cuando decenas de periodistas tratan de capturar los ojos de los actores protagonistas. Pero estoy seguro de que la tengo registrada en mi cámara.
La riada en X se sucede: «Una auténtica bestia parda», «Adoptó su apellido artístico Solo porque su padre murió cuando él tenía 15 días y le empezaron a llamar Solo en su infancia», «Un secundario de lujo», «Años de trabajo silencioso con tantas escenas robadas sin haberlas reclamado»... Y yo sigo creyendo en la existencia de esa foto en el Zinemaldia, con su mirada directa. Y acabo con el segundo (¿o tercero?) dry martini.
La pena se me intensifica, sí. Porque recuerdo que en 2023 salía con una chica a la que su madre siempre le comentaba que la mejor canción de western era la que se oía cantar a Dean Martin en Río Bravo: "My Rifle, My Pony and Me". Casualidades o milagros de la vida, ¡vaya usted a saber!, Miguel Solo en Cerrar los ojos también cogía la guitarra y a la lumbre de una noche sureña cantaba aquello de "The sun is sinking in the west...". La llamé para contárselo, como si fuese un reconfortante que arreglaría nuestra deteriorada relación. No lo logré.
Pedí quizás el cuarto dry martini. La imagen del actor secundario Manolo Solo también se me hizo visible en Una quinta portuguesa, otra historia que pude recuperar en Made in Spain del Zinemaldia en los cines Príncipe. Solo encarnaba a Fernando, un profesor de Geografía cuya vida se derrumba por la muerte de su esposa. Contra toda lógica, decide dejarlo todo y marcharse a Portugal. Por azar acaba asumiendo la identidad de otro hombre fallecido. La casualidades de la vida, milagros lo llaman otros, hizo que me sentara inesperadamente aquella noche de domingo a las 22:00 junto a una buena amiga... que no llegó a ser pareja porque descubrí, como a C. C. Baxter le ocurría en El apartamento, que ya tenía quién le calentase la cama en las noches gélidas mientras él se tomaba dry martinis para no morir congelado... y olvidarlo.
Con el quinto o sexto dry martini, maldecía yo ya un poco a Solo y a Hansard por hacerme aflorar todas esas relaciones sentimentales, cuajadas o no, que contravenían el efecto de los cócteles que me estaba tomando en la barra del Stop. Y clic, clic, clic seguía mi memoria fotográfica recordando a Solo con cara de buen tipo que no se come una rosca como Woody.
Al regresar a casa no pude recuperar la fotografía de Manolo Solo: no existía más que en la cabeza mía. Y recordé que Cerrar los ojos trataba de que el director Miguel Garaya emprendía una búsqueda de un actor que hacía años desapareció sin dejar huella, que era tanto una investigación sobre la desaparición de su amigo como una reflexión sobre el paso del tiempo, la memoria, la identidad y el propio cine. La película alternaba el presente con los recuerdos del pasado y exploraba cómo las personas reconstruyen su vida a partir de lo que recuerdan o han olvidado.
Y si cierro los ojos once, veo la inexistente foto hecha a Manolo Solo en el Kursaal o ese momento en que veía con M. J. sentados en un sofá Once. O eso creo recordar. Cuando muera yo, Manolo y Glen volverán a fallecer. Y mi amigo Durán y Durán estará en duda de si ponerme a mí, a Manolo, a Glen o a los tres. No importa, la tumba digital admite un espacio mayor que el cementerio de mi pueblo: Astrabudua.
| El Enamoramiento rueda la vida en Cinemascope |
Esta tarde de domingo, 19 de julio de 2026, me he acercado al bar Stop. Afortunadamente, la temperatura es agradable para ser verano: 29º C. Saludo a Cecilia, la dueña, que hoy tampoco libra. "Es lo que tiene ser capitalista, Ignacio, que el negocio es como un hijo, no puedes despreocuparte de él si no quieres que se descarríe", me comenta tras la barra mientras me sirve un licor Beirâo portugués. "Algo que los zurdos que no han trabajado en su puñetera vida no entenderán jamás", me añade. Yo asiento. No quiero contradecirla con matizaciones.
Al fondo, encuentro sentado a Xabier Durán y Durán. Me saluda y me hace un gesto de que me aproxime. Hace meses que no sé nada de él. Le veo mala cara. Cosa rara en él, pues suele ser un tipo que muestra su bonhomía mayormente.
—¿Qué bebes? —inquirió Xabier, mirando fijamente la copa de color ámbar dorado.
—Licor Beirâo.
—¡O licor de Portugal! —suelta la frase bañada de cierta nostalgia—. Pídeme otra a mí con hielo, por favor.
Alzo el brazo para indicarle a Cecilia que nos acerque otra copa de lo mismo. Solícita se acerca a la mesa y, conociéndonos a los dos, nos deja la botella junto a las copas.
—Os recuerdo que hay final de la Copa de Fútbol a las nueve y os quedan varias horas todavía —nos recuerda maternalmente Cecilia, tratando de que lleguemos en buenas condiciones para ver el Argentina-España.
—Recuerdo la final de la Copa Mundial de Fútbol de 2010 por un motivo sentimental: llevaba varios meses sobrellevando como podía una depresión por una separación. El 11 de julio vi el partido solo en casa entre España y Holanda —se sincera Xabier con un brillo húmedo en su mirada—. Ahora se dice Países Bajos, pero somos de la época en que para referirnos a ese territorio preferimos la sinécdoque.
—La sinécdoque, sí —y sonreímos al mirarnos.
—Te voy a confesar que vuelvo a entrar en una depresión por separación.
Le miro con sorpresa. No sabía que Xabier estuviera con pareja. Hacía tiempo que le veía de "solterón" tras aquel episodio que le quebró la salud durante dos años. Y continúa confesándose:
—Hace poco hicimos un viaje a Elvas, allí compré dos botellas de este licor que estamos bebiendo, O licor de Portugal.
Entra en ese momento una chica joven al baño, con vaqueros ajustados y una camiseta que deja traslucir que no lleva sostén. A esas edades se lo puede permitir, claro. Observo que Xabier sigue mirando los colores que desprenden los cubitos de hielo sumergidos en el licor. De alguna manera, el cerebro entra en ese duelo donde el deseo por los jeans ajustados, los escotes pronunciados o los bellos andares femeninos se apaga. Xabier continúa:
—Y ahora me toca de nuevo verlo sólo. La historia se repite. ¿No es ironía del destino?
—Yo recuerdo mejor el documental titulado "Cuando fuimos campeones" que lo llevó el difunto Michael Robinson. ¿Y sabes por qué lo recuerdo mejor? —Me mira negándome con la cabeza—. Porque eligieron la música de Danny Elfman que este compuso para "Alicia en el país de las maravillas".
—¿La de Tim Burton?
—La de Tim Burton —le respondo.
—Es curioso —reflexiona Xabier—. Vi ese documental hace poco. Una forma de caldear el ambiente para la final de hoy. Se cuenta como una odisea en la que las principales piezas, Andrés Iniesta y Fernando Torres, viven más de mes y medio una experiencia de supervivencia, pues ambos venían de lesiones. Arrancan palmando contra Suiza y acaban triunfando en la final con un gol de Iniesta en el 116 de la prórroga.
Y agarra la botella de Beirâo para volver a rellenar la copa.
—Mi viaje fue al revés: goleé a Suiza y mi chut en el 116 de la prórroga salió por encima del travesaño —me mira con una tristeza honda soldada al semblante. Y añade:— Pero no recordaba que el gol de Iniesta estuviera musicado con la banda sonora de Danny Elfman de Alicia.
Le pongo Youtube con el tema de Alice de Elfman. Arranca con una melodía con gran protagonismo de la cuerda, algo lírica y circular y con unos coros femeninos algo etéreos que alternan delicadeza con algo de esfuerzo heroico. Y mientras la escuchamos y bebemos —él para olvidar la pena, yo para recordar aquella hermosa final—, le pregunto si entiende la letra.
—No, ya sabes que de inglés, poquito.
Escojo la versión subtitulada en español que dice así:
¡Oh!, Alice, querida, ¿dónde has estado? ¿Tan cerca, tan lejos, tan en medio?
¿Qué has escuchado? ¿Qué has visto? ¡Alice! ¡Alice! ¡Por favor, Alice!
¡Oh!, dinos si eres grande o pequeña, ¿para probar este o probarlos todos?
Es un largo, largo camino para caer. ¡Alice!, ¡Alice! ¡Oh, Alice!
¿Cómo puedes saber de esa manera, no de esta? Tú escoges la puerta, tú escoges el camino.
Tal vez deberías volver otro día, otro día. Y nada es lo que parece.
Estás soñando. ¿Estás soñando? ¡Alice! Oh, ¿cómo vas a encontrar tu camino? (bis).
Hoy no hay tiempo para llorar hoy (ter).
Tantas puertas, ¿cómo elegiste? Tanto que ganar, tanto que perder.
Tantas cosas se interpusieron en tu camino. No hay tiempo hoy.
Tenga cuidado de no perder la cabeza. Piensa en lo que dijo el ratoncito...
¡Alice! ¿Alguien te tiró de la mano? ¿Cuántas millas a El País de las Maravillas?
Por favor, dinos para entenderlos, ¡Alice! ¡Alice! ¡Oh, Alice!
Oh, ¿cómo vas a encontrar el camino? (bis)
—Es muy curioso. Elfman compuso una letra para la historia de Alicia de Lewis Carroll, pero de algún modo cuando la escuchas puedes adaptarla también a la situación de Iniesta o de cualquiera de los jugadores que participaron en esa final. Mira alguna de las frases que parecen retumbar en tu cabeza de otro modo si la ves en la jugada del gol que aparece en el documental. Por ejemplo, "es un largo camino para caer..." en una final. "¿Cuántas millas..." a Sudáfrica? "¡Oh, Alice! Oh, ¿cómo vas a encontrar el camino..." hacia el gol y el triunfo final? "Tantas cosas se interpusieron en tu camino"... en referencia a las lesiones.
—En el fútbol, como en la vida, has de elegir en qué momento correr o parar la pelota, dar un pase a uno u a otro jugador. Son elecciones, como Alicia cuando escoge una puerta o escoge un camino. Y nunca, nunca, nunca sabes si acertarás —añade Xabier en su reflexión con voz baja y fatigosa, pensando en su situación de ruptura sentimental claramente—.
—Sí, eso es —añado. Y vuelvo a llenar las copas de O licor de Portugal—. En la novela de Carroll, hay un episodio titulado "Una merienda de locos". Sentados a una mesa, están el Sombrerero y la Liebre de Marzo. Llega Alicia y, tras una serie de diálogos absurdos, el Sombrerero increpa a la Liebre de Marzo por haber usado mantequilla para arreglar la maquinaria de su reloj. Para el Sombrerero, el Tiempo es un personaje, auténtico, real, con el que hay que llevarse bien. Él tuvo un incidente con él y desde entonces el Tiempo se niega a hacer nada por él. "Ahora son siempre las seis de la tarde", le comenta a Alicia.
—Estaban atrapados en el tiempo por culpa del Tiempo.
—Algo así de absurdo —le respondo y apuramos otra copa más—. En el momento del pase de gol de Cesc Fábregas a Iniesta, este comenta en el documental: "Se para todo y sólo estamos yo y el balón".
Y volvemos a poner el Tema de Alice de Elfman con ese coro que parece anunciar que Alicia-Iniesta llegarán al momento decisivo, que tomarán la correcta opción en sus vidas. La imagen del derechazo de Iniesta se ve ralentizado. En el cine, como en el amor, las cosas trascendentales se ven "como cuando ves una imagen a cámara lenta" y el silencio apaga el sonido de las vuvuzelas y de lo que le rodea a una pareja besándose. Recuerden "Deseando amar", una película donde la ralentización de la imagen es una constante.
Salimos del bar Stop tras pagar la botella casi vacía de Beirâo. "Atrás queda Elvas", me comenta con un profundo dolor Xabier. "El tiempo en que me enamoré de ella, pareció que todo se paraba y sólo estábamos ella y yo", me confiesa en una reflexión semejante a la mía.
—¿Cómo se llamaba? —le pregunto.
—Isa, aunque yo siempre gusté en llamarla Anabel.
No me atrevo a invitarle a ver la final. Si gana hoy España, no podrá enjugar la tristeza con la victoria; y si pierde quedará sumido un poco más en el absurdo de el País del Desamor. Para él la final estaba perdida.
Tema de Alice (BSO de Alicia en el país de las maravillas de Danny Elfman)
No sé cómo contarles esta historia. Porque hay días en que uno se encuentra abatido, con una mente tan aturdida y espesa como el juego dubitativo y cansino de la selección española en este Mundial 2026. En ocasiones, en lugar de frecuentar el bar Stop, me cobijo en la biblioteca municipal en busca de paz y silencio, o como rezaba en ciertas inscripciones de las colecciones de libros helenísticas y egipcias: el lugar de la cura del alma. Otros acuden al camposanto a "visitar" a los muertos.
Allí me topé con LJ, un compañero de la época del cineclub de Algorta (Bizkaia). Ahora frisará los 60 tacos. Hace años la vida laboral se le truncó: de tener un buen curro empezó a alternar con otros en los que salió mal parado y de ahí a cobrar la RGI. Listo, con idiomas (era el único en el cineclub que se percataba de que los subtítulos no coincidían con los diálogos), poco atractivo pero verbalmente torrencial, LJ dejó de frecuentar el cine y buscar refugio también en la biblioteca para pasar el tiempo... y no gastar el dinero que no tenía.
Le vi con un DVD y pregunté qué película era.
—Se titula "El estrangulador de Boston" de Richard Fleisher.
—¡Ah, la de Tony Curtis y el policía Henry Fonda! —le señalo que la recuerdo.
—Sí, es la caza policial de un tipo que se llama Albert DeSalvo, un fontanero que llamaba a las puertas de mujeres con la excusa de que iba a revisar alguna fuga de agua. El tipo estaba casado y tenía dos hijos. Era un tipo de familia tradicional, que cuida a sus retoños y se reúne a cenar con los tres después de trabajar.
—Sí, era muy interesante el personaje, escindido en un tipo "normal" y luego esa otra personalidad "monstruosa" que violaba y asesinaba a mujeres de todo tipo de edad —reflexiono.
Y continúo:
—Me gustaba la estructura narrativa. Durante la primera mitad del filme, el espectador asiste a la investigación policial sin conocer la identidad del asesino, viendo fragmentos de estos 13 asesinatos a través de la técnica de pantalla dividida.
—Sí, en inglés split-screen se llama —me ilustra LJ.
—¿De alguna manera no crees que esa doble pantalla también alude a su mente fragmentada?
—¡Vete tú a saber! —y se gira dirigiéndose al mostrador a devolverla. LJ era más de cosas mundanas y sencillas: la pasta, el precio de la cesta y llegar a fin de mes.
Me senté en una mesa que daba a la plaza Santa Eugenia. Desplegué un libro de título "Big Time: la gran vida de Perico Vidal". ¿Quién fue Vidal?, se preguntarán. Pues según leo fue ayudante de Welles en "Mr. Arkadin", luego con Mankiewicz estuvo en el rodaje de "De repente el último verano", trabajó con David Lean en "Lawrence de Arabia", "Doctor Zhivago" y "La hija de Ryan". Tuvo gran amistad con Frank Sinatra en Hollywood y con Christian Marquand en París. No es poca cosa.
Hago una pausa y me fijo en la ventana que tengo delante. Por alguna extraña razón, la imagen que observo la relaciono con la película de Fleischer. Mejor dicho, con la mente de Tony Curtis interpretando a Albert DeSalvo. Ahí está la franja central: la única que permite ver con claridad meridiana la realidad; luego tenemos el resto de la plaza vista a través de los paneles de metal perforados; por último, hay zonas en que jamás podremos atisbar qué hay detrás, como las opacadas por esas barras oscuras que nos impiden ver la realidad oculta.
Volví a Perico Vidal, un tipo con aire corsario: barba y cabello blanco, ojos taladradores y llenos de vida. Su gran dominio de varios idiomas le permitió relacionarse con la farándula extranjera y nacional de los años 50, 60 y 70 principalmente. Tenía un famoso ático en la madrileña calle Príncipe de Vergara donde ahí entraban todos los artistas que caían por el Madrid de esos años. Se casa con un bellezón llamado Susan Diederich, morena, de ojos azules y felina. Tienen una hija llamada Alana mientras trabajan en el rodaje "La hija de Ryan". En el ático, la niña vivirá rodeada de música: jazz y soul, samba y bossa nova, la banda sonora de sus padres. Vidal cada día bebe más y las peleas con Susan son más frecuentes. Se divorcian y, claro, Alana está a caballo entre Nueva York y Madrid. Pero su padre llega a una fase en que ni se levanta por el alcoholismo. Susan decide "arrancar" a la hija de esa situación y se la lleva a Nueva York. Hasta los 18 años su madre le prohíbe a Alana ver a su padre. Así que al cumplir la mayoría de edad, Alana llama a su padre: era la última llamada que imaginaba recibir Vidal. Le envía una cinta en la que le pide perdón a su hija, que ha estado en Alcohólicos Anónimos. Vidal viaja en avión a EE. UU. y desde el aeropuerto de JFK la llama. Alana va a la cita. "Y él no se presentó. Y no volvió a llamar. Yo estaba desesperada, con una ansiedad terrible. No me cabía en la cabeza que pudiera faltar a la cita, porque (...) significaba faltar a su palabra". Alana no pudo verle. Desaparecido. Y ella al psiquiátrico.
Levanto la vista del interesante libro y vuelvo a posarla en lontananza. Alana estaría como yo mirando esas franjas negras, que le impiden saber por qué no apareció su padre. Sin embargo, algo sucede. Veo deslizarse una góndola en la que un operario separa el panel para poder limpiar mejor el vidrio. Y continuo con la lectura. Ahora vemos claro.
Tiempo después, Blanca Marsillach, la actriz, le contó a Alana lo que sucedió. Marsillach, que le acompañaba en aquel viaje, y Vidal estaban en una barra de un restaurante antes de encontrarse con la hija. Acababa de salir la Coronita al mercado y al verla Vidal le dijo: "¿Sabes qué podríamos hacer? Comprar una rosa y llevársela a mi hija en esa botella". Y, claro, detrás de la primera vino la segunda y la... Blanca le acompañó a rastras al hotel. La culpa le reconcomió y decidió volver a España y no verla.
Alana no volvió a saber nada de su padre durante los dos años siguientes.
El operario vuelve a colocar la estructura delante de mí. Y las zonas claras, las menos nítidas y las ocultas reaparecen ante mis ojos.
Alana, cuando cumplió los 21, se dijo que si él no venía iría ella. Él le empezó a pedir disculpas y su hija le interrumpió: "Escúchame. Sólo quiero saber si has dejado de beber y si quieres que vaya". Y fue.
LJ regresa del mostrador para despedirse. Me cuenta que le ha impactado una escena de la película de Fleischer, aquella en la que DeSalvo está en un centro psiquiátrico y se ofrece de buena gana a ayudar a esclarecer los asesinatos a las autoridades. Me cuenta que el diagnóstico médico apunta a un caso de personalidad múltiple (la presencia de dos identidades diferentes dentro de un mismo cuerpo, que se sirven de él indistintamente).
—Un médico advierte de que el paciente podría caer en un estado catatónico irremediable en el caso de someterse a un interrogatorio demasiado agresivo.
Me le quedo mirando expectante a su conclusión y su mirada es aún más penetrante.
—Henry Fonda, el investigador Bottomly, está decidido a hurgar en la psique del detenido, ¡sin importarle que pueda romperse definitivamente!
Y sigo mirando expectante, tratando de saber cuál es su reflexión, ir más allá de esas franjas negras del ventanal que no me dejan saber.
—En la sala donde tiene el interrogatorio hay un espejo en el que vemos a menudo el reflejo de DeSalvo, pero también se refleja a Bottomly, que no me parece a mí ese hombre íntegro e intachable que aparecía en "Doce hombres sin piedad", vestido de traje blanco impoluto.
—¿Por qué? —pregunto intrigado.
—Porque le hace ver con nitidez el monstruo que no podía descubrir en su interior. Digamos que le fuerza a esa introspección.
Y en una demostración de memoria supina me larga: "Bottomly cuando llega a casa le dice a su esposa:
A estas horas de la noche, te miras a ti mismo y ves la verdad como si estuviera en la alfombra, ahí, delante de ti. Disfruto de esto. Es terrible descubrir a mi edad que no es uno como habría imaginado ser".
—DeSalvo había ejercido la violencia individual, pero Bottomly en su búsqueda de la verdad de los asesinatos de esas 13 mujeres había ejercido al violencia de estado.
Y LJ se despide con un gesto de mano. Me quedé un tiempo más para acabar "Big Time: la gran vida de Perico Vidal" de Marcos Ordóñez. Al concluir, alcé la vista y lo vi todo negro. Había caído el sol y enviudado el día. Vidal, mientras abría la puerta de su ático a todo artista de la época de los 50 y 60, dejaba entrar también al monstruo del alcoholismo. Y no lo vio. Las trece mujeres que abrieron sus puertas a un hombre vestido de operario de calderas creían ver. Y no vieron. Como yo ahora que ya no veo más que sombras en la Plaza de Santa Eugenia o ¿tal vez sea la mente de Toni Curtis reviviendo el dolor cometido?
¿Y si a la primera, la vencida? La vida de un bloguero es dura: todo lo que escribe es por amor al arte. En este caso al cine. La única rec...