Cafestore Lopidana Francia
Hoy les podría hablar de algunas películas del género romántico (¿o será subgénero dentro del género drama?), pero creo que lo que estoy viendo podría convertirse en argumento para un corto antirromántico.
Veamos. Estoy sentado en una cafetería de esas que hay en zonas para echar gasolina, un pis y, si se tercia, una siesta. Está en el Área de Servicio Lopidana Francia; enfrente su gemela, el Área de Servicio Lopidana Madrid. Como ven lo de Francia y Madrid nos aclara el sentido de la carretera.
Dentro, en el frontal de la barra, “Cafestore”. Ya saben que si no lo ponen en inglés el pincho o el café, it would stop being worth an arm and a leg* Ahí están los camareros, con cara de pocos amigos (como si les hubieran dejado este día la pareja). Al lado del rótulo “Cafestore”, un texto ocurrente de algún publicista: “¿Nada más? ¡Ni nada menos!” Ya me lo imagino con un bolígrafo entre sus dientes imaginando con sonrisa autocomplaciente la escena: el barman preguntando tras servir el café, "¿nada más?"; el cliente exclamando dichoso, "¡ni nada menos!"
Afuera un día de perros, como si los ángeles tuvieran incontinencia urinaria tras haber flechado a casi todo dios. Entra el frío por la dichosa puerta automática (me cago en los ingenieros que diseñaron esa mierda, con lo bien que funcionan las puertas con muelles de toda la vida) y me siento en el lugar más alejado del frío siberiano de la llanada alavesa.
La camarera me pregunta qué va a ser. Y tras mirar la carta con opciones que hacen del McDonald un antro donde sirven comida delicatessen, le pido algo que no arriesgue mi salud, aunque no así mi bolsillo.
El atraco es a mano sin armar (estamos en la época de Pedro Sánchez y los robos se hacen sin violencia pero con convicción de que no lo son). El bocadillo de pan de mármol (nada de Ferrara, créanme) con un vomito de atún de lata y dos trozos de, ¡ay!, pimientos de… China me cuesta 7,25 €. En el ticket lo denominan Boc. Cantábrico. Mayor sorna no puede haber, ¿no? Para pasar el mármol de Ferrara pido una Coca Cola con un hielo para fastidiar, pues la temperatura no supera los 6ºC afuera, aunque dentro no variará mucho más. Lo que me apetece es un caldo bien caliente mientras la puta puerta corredera se abre y se abre al salir y al entrar más cándidos pardillos que osan hacer parada. Me doy cuenta de que en el Oeste las paradas y fondas tenían más dignidad y calidad que estos antros fundados por Repsol o cualquier otra empresa que ven la oportunidad de sablearte al tomar un café mientras cargas combustible. Vean cualquier película de John Ford o Anthony Mann.Total que pago 9,85 € y me cago en Arlete, que es la camarera que me ha atendido según indica el comprobante.
Me siento junto a una fachada de cristal. ¿Y creen ustedes que desde ese gran ventanal puedo disfrutar al menos del desenfreno de torrencial lluvia que este día de San Valentín me ofrece? El diseñador de "Cafestore" pensó que por las tardes el sol caería a plomo por ese lado y tuvo la ocurrencia de poner una especie de vinilo de protección solar. Así que la imagen que tengo es la de un cristal con perforaciones minúsculas por donde ver la A-1 al fondo y los autos aparcados en primera línea.
Mientras trato de no dejar ninguna pieza dental en el bocata, observo que en la pared lateral de la barra, sobre fondo negro, se revela un texto que dice: "¡Qué difícil es elegir cuando te gusta todo!" El publicista tiene la mordacidad de poner "todo" en una tipografía de cuerpo mayor que el resto. Me quedo rememorando las raciones que había en las vitrinas refrigeradas de la barra. Y ese "todo" se me cae a los pies.
Doy un trago a la Coca Cola para pasar la pulga. Delante de mí, a mano izquierda, un par de mujeres de atrezzo frente a frente disfrutan de una opípara comida. La que tengo delante de mí viste un polo blanco que cubre unas tetas como las de Maria Antonietta Beluzzi en Amarcord (la estanquera que abraza al joven fascinado por su voluptuosidad), pantalón de chándal azul oscuro y un pelo otoñal grasiento y sin ir a la peluquería demasiado tiempo. Sobre la mesa, tan sólo atisbo dos vasos y una botella de plástico de agua embotellada. Doy fin al bocata de atún mientras pienso que Beluzzi (no la Bellucci) tiene una cara regordeta coloreada con unas cejas que, al mirarla, ningún querubín querría asaetearla ni en el día de san Valentín.
Ustedes se preguntarán qué hago en una estación de servicio de la autovía A1 cerca de Vitoria-Gasteiz en el día de los enamorados: huir. En lo que me queda de vida, habrá una imagen que me perseguirá: la de mi hijo pequeño de seis años preguntándome desde la puerta de la habitación de casa "¿qué has hecho, aitá?" Y yo con el cuchillo en la mano; y ella postrada sobre un charco de sangre, sin hilo de vida al que agarrarse.
Ya vienen. La sirena apagada, las luces de la patrulla encendidas. Apenas las puedo vislumbrar a través del ventanal por el maldito vinilo protector. Ya entran, diligentes a proceder al arresto. "No arme escándalo", me ordena uno de los agentes, mientras el otro queda más atrás. Me agarra del brazo y me sacan afuera. Apenas Antonietta Beluzzi se da cuenta de lo que pasa al levantar la mirada del móvil y me dirige una mirada entre admirativa (el mal siempre seduce a los perdedores) y sorprendida.
En el exterior, mi rostro queda bañado por las gotas de lluvia entremezcladas por alguna lágrima furtiva por el amor que fue y ya no lo es en el día de san Valentín. Y cuando me introducen en el auto patrulla, el director de la escena al fin exclama: "¡Corten!" Y yo todavía con trozos de la pulga con vómito a atún en el fondo del paladar.
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