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martes, 13 de septiembre de 2022

El Multimillonario (1960)

 SER OTRO PARA SER UNO MISMO

Aprovecho que por el festival de Venecia ha pasado sin gloria de premios la última obra de Andrew Dominik, Blonde, para hablarles de la Rubia. Nunca una metonimia estuvo más justificada, aunque en la película de la que voy hablar iba de rubia  platino.

La 20th-Fox tenía bajo contrato a Marilyn Monroe en 1960 y era la estrella más taquillera del estudio. Como el director George Cukor ya se había labrado una fama de director de mujeres, pues era capaz (según la actriz Bankhead) "de sacar a relucir lo mejor de cada mujer", el mandamás de la Fox le propuso el rodaje de El multimillonario (1960). A Norma Jean le quedan dos años de vida y una película más.

El argumento se centraba en torno a un adinerado llamado Jean-Marc Clément (Yves Montand) con poca gracia para contar chistes pero dueño de una fortuna y gran inversor en obras de arte. Un buen día se entera por la publicación Variety de que va a ser caricaturizado en una revista musical de título "Let's make love".

Le  pica la curiosidad y asiste al ensayo. Allí se topará con una corista llamada Amanda (la Monroe) que en esos momentos ensaya el tema "My name is Lolita" -todo un guiño a la novela de Nabokov-, y de la que se acabará locamente enamorando. Y yo también, para qué mentirles: ¡ese sueter hasta el ecuador y los dos continentes cubiertos con pantys! 

Clément tiene dos opciones: conquistarla por la vía de epatarla con su estatus y con pulseras de diamantes (cauce habitual con otras) o por la de hacerse pasar por un humilde aspirante a actor con gran parecido a uno de los que se ridiculizan en la obra: él mismo. Elegirá la segunda, con lo que esa falsa identidad será la base humorística de todo diálogo con ella.

Como toda historia de conquista, hemos de crear un tercer vértice en el triángulo dramático. En esta caso, se trata de un actor y cantante alcoholizado -encarnado por un flojo Frankie Vaughan- que participa en la obra. La ternura que muestra Amanda hacia su compañero hace pensar erróneamente a Montand que ésta se haya enamorada de aquel. Pero como bien indica el personaje de Tony Randall, esos abrazos entre actores no tienen mucha importancia pues suelen ser muy afectuosos.

Los que hayan leído mi artículo sobre Margarita Gautier (1936) recordarán que les hablaba de un equívoco como motor de una secuencia. En la escena que les voy a comentar también hay un doble equívoco que la hace especialmente interesante. 

Después de haber puesto innumerables excusas para no cenar con Clément, saboteando los planes de conquista de éste, Amanda en un momento dado acepta. Sin embargo, la cena está basada en dos simulacros. Ella cree todavía que Clément es un aprendiz de actor sin apenas dinero:

-- No se preocupe por la cuenta, pagaremos a medias-, le dice ella durante la cita.

Mientras que Clement cree, ingenuamente, que ha accedido a la invitación, al fin, porque siente algo por él, y no por su dinero porque piensa que es de condición humilde. De este modo, él va tratando de revelar tímidamente durante la conversación su verdadera identidad: "Hablo cinco o seis idiomas... tengo suficiente dinero para pagar la cena..." va dejando caer en la conversación. Y llega la frase que a uno le emociona aunque sé que no son tiempos para el romanticismo:

-- Soy completamente feliz, Amanda. Ahora sé para qué vine al mundo-, afirma Clement mientras abraza con su mirada el rostro pleno de Monroe.

 -- Muy bonito--añade ella, sin comprender bien que se le está declarando, como lo atestigua el que añada--: ¿No encontraría mejor empleo sabiendo tantos idiomas?

 El diálogo sigue por el mismo camino: ella creyendo que es un vendedor de bisutería llamado Alejandro Dumas (!); él no sabiendo que Amanda está haciendo un doble juego al traerle a cenar para que la canción que iba a cantar él la interpretara  su alcohólico compañero en la revista, evitando así su autodestrucción. 


 

La escena da dos giros más de guionista inspirado. Primer giro, Amanda le confiesa que no está enamorado de Frankie Vaughan. A lo que Clement, animado por ello, aprovecha para desvelarle quién es verdaderamente. Esto dará pie al segundo giro: Amanda no le cree y desconcertada huye del restaurante. La frase final de la escena nos provoca la sonrisa:

--¡Amanda, soy el multimillonario!--grita en el local mientras sale detrás de ella.

No sé qué pensarán ustedes si ven la película, pero creo que en el personaje de Amanda hay bastante de Marilyn Monroe. No en vano participó sin acreditar el que era su marido en ese momento, Arthur Miller. De ahí frases referidas a que estudia por la noche en una academia para obtener un diploma, acomplejada por su escasa formación. En otra ocasión, Montand le pregunta cómo miran los que trabajan en las revistas.A lo que ella, confundiendo personaje y actriz, afirma: "Ellos no miran. Puedes andar entre bastidores con muy poca ropa y ni uno solo vuelve la cabeza. En cambio, esa chica muy vestida pasa entre un grupo de empleados de oficina y se quedan embobados".

 En el muy recomendable libro My story: memorias de Marilyn Monroe (con la colaboración de Ben Hecht) hay un célebre frase  atribuída a ella:

"Hollywood es un lugar donde te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma. Lo sé porque rechacé la primera oferta bastante a menudo y siempre exigí los cincuenta centavos".

Así uno puede creerse al personaje de Amanda, que no le interesan los idiotas multimillonarios que no saben qué hacer con su dinero.En cambio, si acaba enamorándose de Clement es porque éste ha decidido el camino más largo: el que evitaba que Amanda sólo le viera por su fortuna, aunque para ello, paradójicamente, tuviera que disfrazarse para ello. Ocultándose se revelaba.

En la vida real, Montand acabó como su personaje: enamorándose. Les dejo con esta imagen. 


Esta forma de abrazarla me reveló cual carrete en el proceso de revelado que entre ellos hubo algo durante el rodaje. Se cuenta, se dice que el matrimonio Arthur Miller y Monroe ya hacía aguas y que la pareja de Yves Montand, la espléndida Simone Signore, consintió como en otras ocasiones. Ustedes juzguen el plano.

                                                                Iñaki González Beltrán


domingo, 11 de septiembre de 2022

La dama de las camelias o Margarita Gautier (1936)

 LA MIRADA INDISCRETA

E

n 1935 la productora Metro Goldwyn Mayer encargó al director George Cukor una nueva adaptación de la novela titulada “La dama de  las camelias” de Dumas hijo. El argumento es bien sabido: Margarita (Greta Garbo), de clase baja pero de gran hermosura, se convierte en una cortesana (lo que en nuestro tiempo llamaríamos ‘escort’) de la alta sociedad parisina del siglo XIX en busca de riqueza.

El teatro era lugar de cortejo y de miradas interesadas, al menos en el pasado. Yo no he ligado nunca en él. En una de las mejores escenas del filme, Margarita acude con una amiga alcahueta a uno de los palcos donde ésta última ha concertado una cita para quedar por primera vez con el rico barón de Varville, y así lograr un matrimonio de conveniencia: él disfrutará de la hermosura y del cutis de Greta Garbo y ésta podrá ser tan manirrota como la billetera del barón lo permita. Pero he aquí que la entrada no corresponde con el palco a donde esperan tener la cita con el barón. El palco está ocupado por la rival Olimpia, otra cortesana, que, sagaz lector, aspira a lo mismo que la Garbo. Sin embargo, esto no es óbice  para que ambas esperen juntas a la llegada de Varville, previo acuerdo de entregar luego una toca de piel a Olimpia si se marcha en el entreacto.

En el descanso de una actuación, Olimpia otea con sus prismáticos la pieza que, como cortesana que es, anhela cobrar sin disparar (las mujeres, ya se sabe, son más civilizadas). Pregunta a Margarita si ve a un hombre de pies (el barón) en el patio de butacas

 

 

A lo que Margarita con los suyos delante de su rostro responde que sí e, intrigada, pregunta por  su identidad. Olimpia sonriente le dice: “Es el fabulosamente rico Barón de Varville”.

El humor de la escena surge en el equívoco del objeto de la mirada, pues mientras Olimpia se fija en el barón, Margarita lo que ve por sus gemelos es al joven Armand Duval (interpretado por un apuesto de 25 años Robert Newton), creyendo por error que es el acaudalado Varville.

 

 

 

De ahí que Margarita añada: “No creí que hubiera hombres ricos con ese aspecto”.

El enredo de las miradas continúa porque ahora es el barón quien, al mirar al palco, sonríe al fijarse en la Gautier, mientras que Olimpia cree que la sonrisa está dirigida hacia ella. De ahí que diga ufana: “He cambiado de opinión. Te puedes guardar tu toca. El barón de Varville viene a este palco y voy a esperar para conocerle”.

La grandeza de esta escena surge, buscando una analogía lingüística, de las relaciones establecidas por los planos entre sí de naturaleza sintagmática, es decir, el espectador al relacionar un plano con el anterior y el posterior posee la clave del enredo. Y eso provoca una sonrisa en nosotros.

Acabo el artículo refiriéndome a la imagen de la que en principio iba a versar el artículo y que lo introduce. 

Decía McLuhan que “el cine nos permite enrollar el mundo real en un carrete para poder desenvolverlo luego como si fuese una alfombra mágica de fantasía”. Pues mientras veía esa alfombra mágica, me di cuenta de que en la escena de una boda, Margarita Gautier besa a la novia tras la ceremonia en dos ocasiones. En la primera, en sendos carrillos, pero en la segunda ocasión me pareció un beso en los labios (contemplese el instante recogido en la fotografía). 

Tal vez mi mirada sea también un enredo mental mío y vea algo que no exista, pero la pertinaz soltería de la actriz Greta Garbo dio pie a múltiples rumores en los medios acerca de su lesbianismo, en una época donde tal conducta sexual no era bien vista. Un beso lésbico captado sutilmente por la cámara… ya se sabe que el cine enrolla el mundo real. Y me imagino a su director George Cukor, homosexual en la sombra, esbozar una sonrisa cómplice y pensando en cómo tratar sortear al código Hays, ese "code to govern the making of motion pictures" que se empezó a aplicar por las fechas de la película.

                                                                                                        

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