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viernes, 31 de julio de 2026

Glen Hansard y Manolo Sordo fallecen

CERRAR LOS OJOS "ONCE"



Créanme que cuando me siento a escribir un artículo en este blog, siempre tengo la sensación de que por más que uno se esfuerce esto que escribo no le interesa y, lo que es peor, no le servirá a nadie. Supongo que al menos me ayudará a combatir la melancolía y el tedio vital, o tal vez recordando a Ingmar Bergman, la angustia vital de los sesenta tacos. 

Ante la barra del bar Stop, le pregunto a Cecilia que qué tal se encuentra de humor. Ella me sonríe con cara de sospechar que hay gato encerrado en la pregunta inhabitual en mí. Me dice que bien, gracias. Y entonces recuerdo lo que decía el director José Luis Garci a la hora de preparar un cóctel: 

«Nada más que las personas buenas y en paz consigo mismas obtienen con sus combinados el milagro de congelar tu vida durante un instante».

Porque al igual que Garci también creo que «lo que uno anda buscando en los tragos es la memoria de un mundo feliz». Y ya perdido, añado a la cita.

Le pido a Cecilia que me prepare un dry martini. Me mira y señala la botella azul como tratando de confirmar (como pareja dueña/cliente a los que no les hace falta más que mirarse para entenderse) qué tipo de ginebra me pone. «Hoy tenemos Bombay Sapphire», me informa. Y añade: «La que prefieres». Hago un gesto afirmativo y se gira a por ella para prepararme ese cóctel que me congelará por un instante.

Llevo desde ayer con el anuncio del fallecimiento del músico Glen Hansard dándome vueltas, como las moscas del Stop en este verano, que no le abandonan a uno hasta salir del local. Hansard me acompañó en un momento de mi vida. Le descubrí en 2007 o tal vez en 2008 cuando fui a ver Once de John Carney en los todavía existentes Multis de Bilbao.

Era un tipo alto, barbado, con cara bobalicona y con aspecto de músico callejero, pero al que al mirarle te provocaba unas ganas de abrazarlo. No se sabe muy bien por qué. Supongo que a otros espectadores les habrá pasado lo mismo. Hansard se topa con una chica checa que vende flores por las calles de Dublín. Se conocen y al día siguiente él le confiesa que una novia de hace muchos años le engañó y luego se marchó a Londres". Se pone a cantar en ese momento "Broken Hearted Hoover Fixer Sucker Guy". Ahí descubrías que ese aspecto tristón y apagado se debía a que estaba pasando por una ruptura sentimental. Supongo que eso provocó en mí que me identificara con él al ver que mi pasado asomaba su cabeza. Pero lo que hizo Once conmigo fue hacer que el futuro también se asomara. Porque a Markéta Irglová, la chica checa, le gustaba la música y componía letras de canción como él, aunque no se arrancase a cantarlas en la calle. Juntos entablarán una hermosa relación componiendo y cantando esas creaciones musicales antes de convertirse en disco. Y el acierto del filme de Carney es que su relación no acabe de concretarse en algo trillado como el happy end

Me quedaban dos años para conocer a una chica que tenía una voz maravillosa de jazz y que me rompió el corazón con notas amargas en do, mi, sol. Así que lo mío tampoco cuajó. Me quedo con el recuerdo de ver Once con ella. No sé si me agradecería el gusto al menos.

Mientras me ventilo el dry martini y me como la aceituna, me llega del grupo de whatsapp de los seminceros (Seminci) otra luctuosa noticia a la que acompañan comentarios como: «¡Joder, qué putada! Era de mis favoritos», «Creo que tenía cáncer, qué pena», «Vaya sorpresa tan triste»,  «¡Ostras, qué lástima!» o  «Joder, se nos van los buenos»: el actor Manolo Sordo acababa de fallecer. 



En el mundo de ayer, esto sería como estar en el entierro de un buen amigo y que, de pronto, se acercase alguien en plena misa funeral para susurrarte que acababa de fallecer otro conocido más. Sin embargo, estamos en la posmodernidad del siglo XXI y ahora las cosas son más electrónicas y rápidas. Son como los telediarios que pasan a informarte de los cincuenta y tantos migrantes que se han ahogado al tratar de llegar a las costas españolas y, sin corte de continuidad, pasamos a los goles del Athletic Club que le aúpan en la Liga al primer puesto. El cerebro debe estar ya saturado de esas ruletas emocionales.

Nos llega esa edad en la que cada semana, cada mes se acumulan fallecimientos. Si solo fueran familiares uno podría asimilarlo mejor, pero en el mundo de hoy nos hemos acostado, besado, abrazado, trabajado, almorzado y casado con tantos actores, músicos... artistas y famosos que en el cementerio ya no hay tierra suficiente. Menos mal que como hace mi amigo X. Durán y Durán, cada vez que alguien fallece lo pone en su avatar de whatapps... hasta que le sustituye otro. Son los nuevos cementerios virtuales: más amplios. 

Y, claro, le pido otro dry martini a Cecilia. Con Bombay Sapphire bien agitado. Y me llega esa imagen a la cabeza de Sordo, un actor que tiene cara de ciudadano gris, oficinista o funcionario tristón de ocho a tres, soltero o como mucho en viudedad perpetua. Y la imagen que me asalta es de 2023, cuando se presentó Cerrar los ojos de Víctor Erice en la sala de prensa del Zinemaldia. Manolo Solo hacía de Garay, un director de cine que hacía años que estaba apartado... como Erice. 

Trato de recordar el momento en que estando en la sala de prensa con mi cámara hice clic frente a su rostro bovino, con bolsas de cansancio vital bajo sus ojos. Retengo en la retina ese momento de Solo mirando a mi objetivo y clic, clic. Es difícil en la sala de prensa que te mire a la cámara cuando decenas de periodistas tratan de capturar los ojos de los actores protagonistas. Pero estoy seguro de que la tengo registrada en mi cámara. 

La riada en X se sucede: «Una auténtica bestia parda», «Adoptó su apellido artístico Solo porque su padre murió cuando él tenía 15 días y le empezaron a llamar Solo en su infancia», «Un secundario de lujo», «Años de trabajo silencioso con tantas escenas robadas sin haberlas reclamado»... Y yo sigo creyendo en la existencia de esa foto en el Zinemaldia, con su mirada directa. Y acabo con el segundo (¿o tercero?) dry martini. 

La pena se me intensifica, sí. Porque recuerdo que en 2023 salía con una chica a la que su madre siempre le comentaba que la mejor canción de western era la que se oía cantar a Dean Martin en Río Bravo: "My Rifle, My Pony and Me". Casualidades o milagros de la vida, ¡vaya usted a saber!, Miguel Solo en Cerrar los ojos también cogía la guitarra y a la lumbre de una noche sureña cantaba aquello de "The sun is sinking in the west...". La llamé para contárselo, como si fuese un reconfortante que arreglaría nuestra deteriorada relación. No lo logré.

Pedí quizás el cuarto dry martini. La imagen del actor secundario Manolo Solo también se me hizo visible en Una quinta portuguesa, otra historia que pude recuperar en Made in Spain del Zinemaldia en los cines Príncipe. Solo encarnaba a Fernando, un profesor de Geografía cuya vida se derrumba por la muerte de su esposa. Contra toda lógica, decide dejarlo todo y marcharse a Portugal. Por azar acaba asumiendo la identidad de otro hombre fallecido. La casualidades de la vida, milagros lo llaman otros, hizo que me sentara inesperadamente aquella noche de domingo a las 22:00 junto a una buena amiga... que no llegó a ser pareja porque descubrí, como a C. C. Baxter le ocurría en El apartamento, que ya tenía quién le calentase la cama en las noches gélidas mientras él se tomaba dry martinis para no morir congelado... y olvidarlo.

Con el quinto o sexto dry martini, maldecía yo ya un poco a Solo y a Hansard por hacerme aflorar todas esas relaciones sentimentales, cuajadas o no, que contravenían el efecto de los cócteles que me estaba tomando en la barra del Stop. Y clic, clic, clic seguía mi memoria fotográfica recordando a Solo con cara de buen tipo que no se come una rosca como Woody.

Al regresar a casa no pude recuperar la fotografía de Manolo Solo: no existía más que en la cabeza mía. Y recordé que Cerrar los ojos trataba de que el director Miguel Garaya emprendía una búsqueda de un actor que hacía años desapareció sin dejar huella, que era tanto una investigación sobre la desaparición de su amigo como una reflexión sobre el paso del tiempo, la memoria, la identidad y el propio cine. La película alternaba el presente con los recuerdos del pasado y exploraba cómo las personas reconstruyen su vida a partir de lo que recuerdan o han olvidado.

Y si cierro los ojos once, veo la inexistente foto hecha a Manolo Solo en el Kursaal o ese momento en que veía con M. J. sentados en un sofá Once. O eso creo recordar. Cuando muera yo, Manolo y Glen volverán a fallecer. Y mi amigo Durán y Durán estará en duda de si ponerme a mí, a Manolo, a Glen o a los tres. No importa, la tumba digital admite un espacio mayor que el cementerio de mi pueblo: Astrabudua.




domingo, 19 de julio de 2026

Alicia en el país de las maravillas (2010)

 Alice, Iniesta de mi vida y...



El Enamoramiento rueda la vida en Cinemascope


Esta tarde de domingo, 19 de julio de 2026, me he acercado al bar Stop. Afortunadamente, la temperatura es agradable para ser verano: 29º C. Saludo a Cecilia, la dueña, que hoy tampoco libra. "Es lo que tiene ser capitalista, Ignacio, que el negocio es como un hijo, no puedes despreocuparte de él si no quieres que se descarríe", me comenta tras la barra mientras me sirve un licor Beirâo portugués. "Algo que los zurdos que no han trabajado en su puñetera vida no entenderán jamás", me añade. Yo asiento. No quiero contradecirla con matizaciones.

Al fondo, encuentro sentado a Xabier Durán y Durán. Me saluda y me hace un gesto de que me aproxime. Hace meses que no sé nada de él. Le veo mala cara. Cosa rara en él, pues suele ser un tipo que muestra su bonhomía mayormente.

—¿Qué bebes? —inquirió Xabier, mirando fijamente la copa de color ámbar dorado.

—Licor Beirâo.

—¡O licor de Portugal! —suelta la frase bañada de cierta nostalgia—.  Pídeme otra a mí con hielo, por favor.

Alzo el brazo para indicarle a Cecilia que nos acerque otra copa de lo mismo. Solícita se acerca a la mesa y, conociéndonos a los dos, nos deja la botella junto a las copas.

—Os recuerdo que hay final de la Copa de Fútbol a las nueve y os quedan varias horas todavía —nos recuerda maternalmente Cecilia, tratando de que lleguemos en buenas condiciones para ver el Argentina-España.

—Recuerdo la final de la Copa Mundial de Fútbol de 2010 por un motivo sentimental: llevaba varios meses sobrellevando como podía una depresión por una separación. El 11 de julio vi el partido solo en casa entre España y Holanda —se sincera Xabier con un brillo húmedo en su mirada—. Ahora se dice Países Bajos, pero somos de la época en que para referirnos a ese territorio preferimos la sinécdoque.

—La sinécdoque, sí —y sonreímos al mirarnos.

—Te voy a confesar que vuelvo a entrar en una depresión por separación.

Le miro con sorpresa. No sabía que Xabier estuviera con pareja. Hacía tiempo que le veía de "solterón" tras aquel episodio que le quebró la salud durante dos años. Y continúa confesándose:

—Hace poco hicimos un viaje a Elvas, allí compré dos botellas de este licor que estamos bebiendo, O licor de Portugal.

Entra en ese momento una chica joven al baño, con vaqueros ajustados y una camiseta que deja traslucir que no lleva sostén. A esas edades se lo puede permitir, claro. Observo que Xabier sigue mirando los colores que desprenden los cubitos de hielo sumergidos en el licor. De alguna manera, el cerebro entra en ese duelo donde el deseo por los jeans ajustados, los escotes pronunciados o los bellos andares femeninos se apaga. Xabier continúa:

—Y ahora me toca de nuevo verlo sólo. La historia se repite. ¿No es ironía del destino?

—Yo recuerdo mejor el documental titulado "Cuando fuimos campeones" que lo llevó el difunto Michael Robinson. ¿Y sabes por qué lo recuerdo mejor? —Me mira negándome con la cabeza—. Porque eligieron la música de Danny Elfman que este compuso para "Alicia en el país de las maravillas".

—¿La de Tim Burton?

—La de Tim Burton —le respondo.

—Es curioso —reflexiona Xabier—. Vi ese documental hace poco. Una forma de caldear el ambiente para la final de hoy. Se cuenta como una odisea en la que las principales piezas, Andrés Iniesta y Fernando Torres, viven más de mes y medio una experiencia de supervivencia, pues ambos venían de lesiones. Arrancan palmando contra Suiza y acaban triunfando en la final con un gol de Iniesta en el 116 de la prórroga.

Y agarra la botella de Beirâo para volver a rellenar la copa.

—Mi viaje fue al revés: goleé a Suiza y mi chut en el 116 de la prórroga salió por encima del travesaño —me mira con una tristeza honda soldada al semblante. Y añade:— Pero no recordaba que el gol de Iniesta estuviera musicado con la banda sonora de Danny Elfman de Alicia.

Le pongo Youtube con el tema de Alice de Elfman. Arranca con una melodía con gran protagonismo de la cuerda, algo lírica y circular y con unos coros femeninos algo etéreos que alternan delicadeza con algo de esfuerzo heroico. Y mientras la escuchamos y bebemos —él para olvidar la pena, yo para recordar aquella hermosa final—, le pregunto si entiende la letra.

—No, ya sabes que de inglés, poquito.

Escojo la versión subtitulada en español que dice así: 


 ¡Oh!, Alice, querida, ¿dónde has estado? ¿Tan cerca, tan lejos, tan en medio? 

¿Qué has escuchado? ¿Qué has visto? ¡Alice! ¡Alice! ¡Por favor, Alice! 

¡Oh!, dinos si eres grande o pequeña, ¿para probar este o probarlos todos? 

Es un largo, largo camino para caer. ¡Alice!, ¡Alice! ¡Oh, Alice! 

¿Cómo puedes saber de esa manera, no de esta? Tú escoges la puerta, tú escoges el camino. 

Tal vez deberías volver otro día, otro día. Y nada es lo que parece. 

Estás soñando. ¿Estás soñando? ¡Alice! Oh, ¿cómo vas a encontrar tu camino? (bis). 

Hoy no hay tiempo para llorar hoy (ter). 

Tantas puertas, ¿cómo elegiste? Tanto que ganar, tanto que perder. 

Tantas cosas se interpusieron en tu camino. No hay tiempo hoy. 

Tenga cuidado de no perder la cabeza. Piensa en lo que dijo el ratoncito... 

¡Alice! ¿Alguien te tiró de la mano? ¿Cuántas millas a El País de las Maravillas? 

Por favor, dinos para entenderlos, ¡Alice! ¡Alice! ¡Oh, Alice!

Oh, ¿cómo vas a encontrar el camino? (bis)



 —Es muy curioso. Elfman compuso una letra para la historia de Alicia de Lewis Carroll, pero de algún modo cuando la escuchas puedes adaptarla también a la situación de Iniesta o de cualquiera de los jugadores que participaron en esa final. Mira alguna de las frases que parecen retumbar en tu cabeza de otro modo si la ves en la jugada del gol que aparece en el documental. Por ejemplo, "es un largo camino para caer..." en una final. "¿Cuántas millas..." a Sudáfrica? "¡Oh, Alice! Oh, ¿cómo vas a encontrar el camino..." hacia el gol y el triunfo final? "Tantas cosas se interpusieron en tu camino"... en referencia a las lesiones.

—En el fútbol, como en la vida, has de elegir en qué momento correr o parar la pelota, dar un pase a uno u a otro jugador. Son elecciones, como Alicia cuando escoge una puerta o escoge un camino. Y nunca, nunca, nunca sabes si acertarás —añade Xabier en su reflexión con voz baja y fatigosa, pensando en su situación de ruptura sentimental claramente—. 

—Sí, eso es —añado. Y vuelvo a llenar las copas de O licor de Portugal—. En la novela de Carroll, hay un episodio titulado "Una merienda de locos". Sentados a una mesa, están el Sombrerero y la Liebre de Marzo. Llega Alicia y, tras una serie de diálogos absurdos, el Sombrerero increpa a la Liebre de Marzo por haber usado mantequilla para arreglar la maquinaria de su reloj. Para el Sombrerero, el Tiempo es un personaje, auténtico, real, con el que hay que llevarse bien. Él tuvo un incidente con él y desde entonces el Tiempo se niega a hacer nada por él. "Ahora son siempre las seis de la tarde", le comenta a Alicia. 

—Estaban atrapados en el tiempo por culpa del Tiempo. 

—Algo así de absurdo —le respondo y apuramos otra copa más—. En el momento del pase de gol de Cesc Fábregas a Iniesta, este comenta en el documental: "Se para todo y sólo estamos yo y el balón". 

Y volvemos a poner el Tema de Alice de Elfman con ese coro que parece anunciar que Alicia-Iniesta llegarán al momento decisivo, que tomarán la correcta opción en sus vidas. La imagen del derechazo de Iniesta se ve ralentizado. En el cine, como en el amor, las cosas trascendentales se ven "como cuando ves una imagen a cámara lenta" y el silencio apaga el sonido de las vuvuzelas y de lo que le rodea a una pareja besándose. Recuerden "Deseando amar", una película donde la ralentización de la imagen es una constante.

Salimos del bar Stop tras pagar la botella casi vacía de Beirâo. "Atrás queda Elvas", me comenta con un profundo dolor Xabier. "El tiempo en que me enamoré de ella, pareció que todo se paraba y sólo estábamos ella y yo", me confiesa en una reflexión semejante a la mía.

—¿Cómo se llamaba? —le pregunto.

—Isa, aunque yo siempre gusté en llamarla Anabel.

No me atrevo a invitarle a ver la final. Si gana hoy España, no podrá enjugar la tristeza con la victoria; y si pierde quedará sumido un poco más en el absurdo de el País del Desamor. Para él la final estaba perdida.


 Tema de Alice (BSO de Alicia en el país de las maravillas de Danny Elfman)




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