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domingo, 30 de agosto de 2026

¿Quién cojones son Mortimer y Cooke?

Una serie en la que aparece siempre una cita al cine




Llegado uno a cierta edad, tan sólo si se han cultivado algunas aficiones o puedes aún mantener cierta amistad con algún ser de este mundo, te permite no hundirte del todo. En mi caso, de lo último me escasea y no siempre está disponible, pero de la primera todavía puedo mantener el idilio con el cine y, con más fatiga, la literatura. Cine y Literatura.

Hay gente que se entrega a la melatonina, a la raíz de valeriana o a la pasiflora; otros buscan algo más fuerte: el lorazepam, el diazepam o el alprazolam; en mi caso, busco calmar el insomnio y la fatiga de la vida con la ficción acompañándola con algunas gotas de alcohol.

Por eso bendigo a dos medicamentos del alma llamados Johnnie Mortimer y Brian Cooke, ambos guionistas ingleses. Parieron unas cuantas sitcom, comedias de situación, para la televisión británica de los años 60 y 70 del siglo pasado. Mortimer falleció en 1992 a los 62 años, con lo que la pareja, dibujantes de viñetas y cómics en origen, se vio truncada. 

Ahora que estoy revisitando Un hombre en casa (Man About the House, 1973-1976) me he dado cuenta de que los quiero aún más. ¿Por qué? Bueno, diremos antes que esta serie narraba las vicisitudes de tres jóvenes veinteañeros (Chrissy, Jo y Robin Tripp) que convivían en el piso de arriba de una casa en la que los caseros vivían en la planta baja (los Roper). La fórmula era sencilla: presentaban situaciones de enredo, diálogos breves, chispeantes, ágiles, a veces mordaces pero nunca hirientes, uso de anfibología o juego de palabras; el amor/sexo siempre flotaba en el ambiente (Robin solía cortejar sin éxito a Chrissy, cuya virginidad trataba de poner a salvo) mientras que Jo era la que, pareciendo tonta, tomaba el pelo a los demás, y las situaciones se cerraban siempre poniendo una sonrisa en los labios de los telespectadores. De algún modo, la serie se convirtió en una manual de sexualidad en episodios, nuestra educación por televisión en blanco y negro, aunque se hubiese rodado en color.

Y digo que los quiero aún más porque he descubierto que tienen algo en común a mí: aman el cine porque, sospecho, lo han mamado. Un hombre en casa se compone de seis temporadas y 39 episodios en total. En cada uno de ellos hay al menos una mención al séptimo arte. ¿Cómo lo descubrí? Porque en una de las temporadas, me sorprendió que en los títulos de crédito finales apareciese una imagen con referencias explicitas a figuras del cine. ¿Qué carajo hacían ahí Clarke Gable, Humphrey Bogart, una mujer medio desnuda o Dennis Hooper en Easy Rider (Buscando mi camino) ? Y de ahí que mi fino olfato de sabueso se puso con el rabo tieso y la mirada auscultadora: en cada episodio había uno o más guiños al cine. Esa fue mi hipótesis.

En el primer capítulo, Tres son multitud, se nos presenta la necesidad de buscar un tercer compañero de piso que acompañe a Chrissie y Jo. Tras una fiesta de despedida de la antigua compañera, hallan al día siguiente en la bañera dormido a Robin. Su destreza como cocinero, las hace considerar la posibilidad de ofrecerle ocupar ese hueco. Hay un inconveniente: es un chico y los caseros (sobre todo George Roper) puede que no lo vean con buenos ojos. Mortimer y Cooke, en los 24 minutos que dura el capítulo, introducen esta mención al cine en el momento en que Robin quiere poner las cosas claras con sus futuras compañeras:

—Suponiendo, en fin, suponiendo que quiero... Bueno, ya sabéis... traer a una chica. Quiero decir, traer a mi novia para tener... para tener una conversación tranquila... —trata de exponerles Robin Trip.

—Nos vamos a ver una película —contesta con aparente ingenuidad Jo.

El segundo episodio, Y con mamá somos cuatro, la casera Mildred se topa con Robin y Jo, que han salido del piso para que la madre de Chrissie no sepa que un hombre va a compartir el piso con su hija. Mildred le pregunta a Robin por su orientación sexual, pues en el primer episodio había un equívoco con ello. Y tras aclararle que es heterosexual eso enciende a Mildred que le espeta:

—Estoy segura que encajará muy bien en nuestra pequeña vecindad. 

—¿No puedo... no puedo tentarla? —pregunta Robin tímidamente.

—Con bebida, no —responde Mildred—. De todas formas, he de volver y preparar su cacao a Omar Sharif.

En este caso, la alusión al actor egipcio, protagonista Lawrence de Arabia, va con retranca, pues se refiera a su marido, George, que presenta un claro síntoma de hipoactividad sexual.

La segunda alusión al cine se menciona cuando Chrissie no revela la verdad a su madre y le hace creer que todavía la habitación de la tercera compañera está vacía. Su madre, entonces, decide pasar la noche en lugar de volver a su hogar. 

—Oye, si tu madre se va a quedar esta noche, ¿dónde va a dormir esta noche Robin? —le pregunta Jo desde un teléfono del pub.

—En la lavandería, o si no mejor en la estación o en el cine Essoldo, que dura toda la noche —le responde Chrissie desde casa.

Chrissie acude al pub para tratar de convencerle a Robin:

Guerra y paz, la proyectan toda la noche en el Essoldo —le propone Chrissie.

—No, no, no me convence eso —contesta Robin.

—Es la versión original rusa de 1932 —matiza Jo.

—Eso puede ser peor —responde Robin.

No existe una versión rusa de Guerra y paz de 1932. Supongo que Mortimer y Cooke traerían a las mientes la obra de Sergei Bondarchuk de 1965, pero llevarlo a unas décadas anteriores les haría más gracia.

El trío acuerda una solución: Robin pasaría la noche en la habitación de ellas para no ser descubierto por la madre. Pero al ir a cerrar la puerta del balcón por el viento, es descubierto. Y ahí se cierra la mención cinéfila anterior:

—Pasaba por aquí y he pensado... a lo mejor alguna de las chicas quiere... quiere ir a alguna sesión de cine larguísima. Es una película que dura cuatro horas y media. Es Guerra y paz en el Essoldo—aclara Robin ante la madre de Chrissy y de las dos chicas —. Pero ya veo que están a punto de acostarse. De manera que me iré yo solo a esa sesión de toda la noche. 

Realmente, Essoldo no era un cine, sino una de las cadenas de cines independientes más grandes e icónicas del Reino Unido. Durante la década de 1970, varios de sus locales operaban activamente en diferentes zonas de Londres y el resto del país antes de ser absorbidos por otras compañías o transformarse en salas de bingo.

Curiosamente, el nombre "Essoldo" era un acrónimo familiar. Fue creado por el fundador de la cadena, Solomon Sheckman, combinando las iniciales de su esposa (Esther), las suyas (Sol) y las de su hermano (Dony). En Londres tuvieron salas muy conocidas en zonas londinenses como Chelsea, Bethnal Green y Burnt Oak. En 1972, la marca Essoldo desapareció de las calles cuando el circuito fue vendido a la compañía Classic Cinemas Ltd., la cual renombró la mayoría de las salas. Así que cuando se rodó la primera temporada, Brian Cooke y Johnnie Mortimer tendrían en el recuerdo dicha cadena de cines.

El tercer episodio, Una velada encantadora, el hilo argumental sigue a Jo y a su primer escarceo amoroso, que tan sólo se ha rematado en un primer encuentro con un apretón de manos. Eso hace dudar de su atractivo hacia los hombres. Chrissy trata de animarla recordándole lo que le pasó con un chico y, de paso, los guionistas aprovechan para meter su primer guiño cinéfilo:

—Una vez salí con un chico que nada la primera vez. La segunda vez, nada. La tercera vez como el encuentro entre King Kong y Godzilla —le comenta Chrissy para indicarle que no todo sucede en una primera cita.

Como la cita entre Jo y su invitado transcurre en el piso, Robin y Chrissy han de estar fuera hasta las doce de la noche. Así que en un momento en que entra Mildred para dejarles copas y cubertería para la cena "especial", Chrissy pregunta:

—¿Sabe qué película proyectan esta noche en el Essoldo?

—¡Ah, sí! Ya, ya me acuerdo. Es un estudio sensible de la agonizante pasión entre una chica y un simple granjero... y cómo la deja morir —le recuerda Mildred.

—No creo que vaya.

Mildred les invita a Chrissy y a Robin a pasar por su piso durante el tiempo que hayan de estar fuera. A lo que Robin al bajar las escaleras le comenta a Chrissy:

—Si te he de ser sincero, preferiría haber ido al cine, pero los Roper se sentirán solos. Y es de buenos vecinos pasar y darles un poco de buena compañía. 

—Sí, como les debemos un mes.

—Sí, he pensado en eso —añade Robin —. ¿De qué vamos a hablar? ¿Tiene él algún hobby?

—Sí, es la máxima autoridad del país en marcas de latas de cacao. Las colecciona.

—Lo bien que estaría yo en el cine.

¿Ven por qué ahora les quiero más a Brian Cooke y Johnnie Mortimer, guionistas tanto de Un hombre en casa y Los Roper, entre otras exitosas series de su tiempo?

Si siguiera con el resto de los episodios, esto daría para una tesina. Pero por hoy es suficiente. Me voy al bar Stop a ver a mi Athletic, que está último con cero puntos. 

 









domingo, 23 de agosto de 2026

Tres retratos de mujeres

Los cuadros de cine que no aparecerán en los Museos


Laura (1944) de Otto Preminger


Hace unos días visité el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Uno de los movimientos más repetidos entre los asistentes al contemplar el arte contemporáneo es ver la obra, alejarse un poco (o mucho) con pose de experto y volver a acercarse esta vez hacia la pequeña cartela o etiqueta. Lo hacemos con la vana esperanza de que la información nos revele algo de esa misteriosa pieza artística (pintura, dibujo, grabado...). Sin embargo, a menudo todo queda en una mera información "técnica". Algo así como:

Vincent van Gogh
(Zundert, Países Bajos, 1853 - Auvers-sur-Oise, Francia, 1890)
La noche estrellada
1889
Óleo sobre lienzo
73,7 cm x 92,1 cm

Y, claro, toda esa oblicua información nos impide adentrarnos en la intrahistoria de la imagen que contemplamos colgada de la pared. Nuestra mirada se torna torva al comprobar que esa obra que tenemos ante nuestras narices escapa a nuestra comprensión. Bretón decia: "Para mí, un cuadro es una ventana que se abre sobre algo. La cuestión es saber sobre qué".

Mientras paseo por el museo, me viene a la mente tres películas en las que hay cuadros que tienen una importancia básica en la trama, pero que jamás verán ustedes colgados en ninguna pared de sala de exposición. De alguna manera, visitar los museos es como pasear por galerías manchadas con los sueños de los artistas en la pared nívea. El Arte hecho sueño, los sueños inmortalizados con el arte. 

Laura (1944) arranca con un cuadro, retrato de la protagonista (Gene Tierney), y una voz que afirma: "Nunca olvidaré aquel fin de semana en que murió Laura". Esta podría ser la cartela que pudiera acompañar al retrato. No nos revela el misterio que yace en el noir de Otto Preminger, sino que lo agranda, lo intensifica. Laura es una joven diseñadora publicitaria que es hallada en su apartamento con el rostro desfigurado a causa de un disparo de escopeta (curioso modo de morir). El teniente McPherson (Dana Andrews) es el encargado de la investigación. McPherson acabará enamorándose del retrato de la muchacha, "un necrófilo enamorado de la imagen de una muerta".* En un momento dado, el teniente se queda dormido contemplando el retrato de Laura y, como si el sueño se transformase en realidad, la joven se le aparecerá, haciendo palidecer la pintura que preside el salón.


Laura (1944)


En el mismo año 1944, Fritz Lang rodó La mujer del cuadro. Richard Wanley (Edward G. Robinson) es un profesor de psicología que pasa unos días en solitario tras la marcha de su familia a pasar unas cortas vacaciones. Antes de entrar a un club social, pasa por delante una galería de arte y queda fascinado por el retrato de una hermosa mujer que hay en el escaparate. Los amigos que le acompañan le bromean calificándola como la mujer de sus sueños. Esa misma noche la mujer de sus sueños aparecerá para seducirle.

Wanley observa el cuadro con el mismo deseo que la mayoría de los que no hemos nacido con los ojos de Paul Newman, los andares de Henry Fonda o la sonrisa cautivadora Burt Lancaster. Nos conformamos con señoras de rulos, bata de andar por casa o lanzamiento de jabali-reproches. 


La mujer del cuadro (1944) de Fritz Lang


Por último, les menciono la tercera película que se rodó cuatro años después: Jennie de William Dieterle. Ya no estamos ante una historia de cine negro, sino de un drama romántico con tintes fantásticos. Joseph Cotten encarna a un pintor cuya inspiración parece serle esquiva. Un día se topa con una jovencita en Central Park, cuya vestimenta inapropiada para la época le llama la atención. Ella irá creciendo en las sucesivas apariciones a lo largo de la historia y se convertirá en musa inaprensible para el pintor. Aquí lo fantástico, un derivado de los sueños, es el motor de esta historia que recuerda al Romanticismo del siglo XIX.


Jennie (1948) de William Dieterle

Si observan con mirada atenta, los tres retratos de sendas mujeres (Gene Tierney, Joan Bennett y Jennifer Jones) son pintadas con una pose oblicua o vista de tres cuartos, lo que hace que las retratadas cobren una dimensionalidad mayor que si fueran pintadas en plano frontal. Parecen que quisieran salir de la ensoñación, del marco de lo pictórico para hacerse carne. 

En los dos primeros cuadros (género noir, son mujeres calculadores, frías y manipuladoras) ambas están con el brazo al descubierto, claro síntoma de seducción, en el de Jennie al ser el propio protagonista quien la retrata lo hace con mayor "recato", vestida, pues ella se ha convertido más en su musa, en su motor de creatividad, que en una proyección de su deseo sexual.

Los rostros están inclinados, claramente en pose sensual y miradas desafiantes en los dos primeros; en el tercero, no hay sino una vaga ensoñación, algo que recuerda a un ser espectral, la mirada no es seductora, ni retadora, sino más bien melancólica, ausente de la "realidad".

Claro, que esto que les cuento no está en ninguna cartela, sino en la intrahistoria de los cuadros, o sea en la narración fílmica en el que aparecen. Ahora que lo pienso, son retratos de una muerta, de una ensoñación y de una fantasía del pasado. Ya sabrán de qué les hablo si las han visto.

Al regresar a casa, abro la ventana que da al patio. Contemplo las de mi vecino: todas cerradas a cal y canto. Desde que supe que lleva más de tres semanas hospitalizado, la imagen de esas ventanas cerradas con las persianas se me asemejan a esos párpados que se cierran definitivamente.

Como todos los pintores a la hora de crear, uno busca un motivo, y este se convierte en boceto. En mi caso, para este artículo empecé desde hace días escribiendo lo siguiente: imaginen que por un día los asesinatos estuvieran permitidos.

Pero esta mañana un buen amigo me mandó una imagen con el siguiente comentario: “Lánguido e intelectualoide cine francés sesentero”. Como es muy bromista, afilé la mirada. Se trataba de una escena de una mujer sentada tras una mesa redonda sobre la que había un jarrón con claveles rojos y amarillos. Al observar los bordes me di cuenta de que no pertenecía a un fotograma sino que se trataba de una foto. Era su madre fallecida, me aclaró. 

Ya ven que los caminos de la inspiración en ocasiones son muy oblicuos… como la pose de los retratos de estas tres mujeres. 


domingo, 16 de agosto de 2026

Cine español en el Zinemaldia 2026

Bueso, Gurrea y Ruiz Caldera a concurso en la Sección Oficial del Zinemaldia 2026


Cartel oficial para la 74 edición del Zinemaldia con Ricardo Darín de protagonista

Si lo tengo que explicar, la mejor metáfora que me viene a la cabeza sería la del cartel taurino. Como suele ser habitual por julio, el director del Zinemaldia (Festival de Cine de San Sebastián) José Luis Rebordinos suele hacer lectura en la sede de la Academia de Cine de la participación del cine español. Y el cartel "taurino" de Sección Oficial para la 74 edición que desveló lo conforman Roberto Bueso, Mikel Gurrea y Javier Ruiz Caldera. ¿Qué les parece? A mí me da la sensación de que está configurado con segundos espadas. No querría que esto sonase a desprecio, pues no he visto sus propuestas, pero no se puede afirmar que es un cartel de campanillas.

En la presentación estuvo Fernando Méndez-Leite, director de la Academia de Cine, quien felicitó a los Javis (que estuvieron presentes) por el éxito en el Festival de Cannes con su película La bola. No asistieron ni Almodóvar ni Sorogoyen, que sí participaron en Cannes. Supongo que en este que es su último festival como director, a Rebordinos le habría gustado tener primeros espadas. Pero se fueron a Cannes y, vete tú a saber, si se le habrán escapado otros primeras figuras a otros festivales.

Lo que sí relumbra más son los actores que participan en las propuestas de Bueso, Gurrea y Ruiz Caldera. De todas formas, José Luis Rebordinos recibió una salva de aplausos del respetable al saber que se corta la coleta: quince años (2011-2026) ante una plaza dura como la de Festival de San Sebastián ha logrado con mucha maestría evitar pitonadas que, a cualquier otro le habrían llevado a la enfermería... si no al otro barrio.


El mal padre, protagonizada por Eduard Fernández

Así, Eduard Fernández encabeza el reparto de El mal padre, la tercera película de Roberto Bueso (Valencia, 1986), tras pasar por Made in Spain con sus largometrajes La banda (2019) y Llenos de gracia (2022), y con la que concursa por primera vez por la Concha de Oro. Narra la historia de Santiago Balmes, el célebre escritor y académico, que, después de años de estar separados, reúne a sus tres hijos para pedirles un último deseo: pasar las Navidades en la casa donde veraneaban de niños. 

Figura de primer cartel también es Victoria Luengo, que la ha vuelto a escoger Mikel Gurrea (San Sebastián, 1985)  para interpretar en Sants / Saints a una mujer que entra a formar parte de un grupo de ladrones de figuras religiosas, mientras lidia con la inminente muerte de su madre (Ariadna Gil). Mikel Gurrea regresa de nuevo a la competición con esta obra. Suro (Sección Oficial, 2022) fue su debut en el largometraje del cineasta donostiarra y logró el Premio Irizar al Cine Vasco, el Premio FIPRESCI de la crítica internacional y el Premio Euskal Gidoigileen Elkartea al mejor guion.

La tercera propuesta española no carece en su cartel interpretativo de interés y fama. 5 minutos más  es la película con la que se estrena en la competición oficial Javier Ruiz Caldera (Viladecans, 1976). El filme está protagonizado por Javier Cámara, Berto Romero, que también firma el guion, y Belén Cuesta. La historia se centra en un matrimonio en crisis, atrapado en un bucle temporal. El director catalán ya participó en San Sebastián con trabajos como Superlópez (Made in Spain, 2019) o El otro lado (Velódromo, 2023), serie codirigida junto a Alberto de Toro.

 

Más cine español fuera de concurso

Nunca entendí ni entenderé por qué se meten películas y series en la Sección Oficial si no aspiran a la Concha de Oro. Supongo que lo hacen por rellenar o por el escaparate que supone proyectarlas en el Kursaal ante más de dos mil espectadores. Rebordinos y su comité han escogido dos series y cuatro películas para engrosar los 9 días en el Kursaal.

Una serie fuera de concurso en la Sección Oficial

El castillo, un policiaco de seis capítulos que cuenta la historia real del auge de la mafia proxeneta española, se proyectará fuera de concurso. La serie, basada en el libro de no ficción El proxeneta, de Mabel Lozano, está creada y escrita por Isabel Peña (Zaragoza, 1983), coguionista de Que Dios nos perdone y As Bestas,y Eduardo Villanueva (Madrid, 1981), productor y coguionista de Antidisturbios (Sección Oficial fuera de concurso, 2020). La dirección principal corre a cargo de Elena Martín Gimeno y también participa como directora Sandra Romero.

Cuatro largometrajes y una serie en Proyecciones Especiales

La Sección Oficial incluirá en su apartado Proyecciones Especiales cinco títulos fuera de concurso. 

Tras Sipo Phantasma y Oreina, Koldo Almandoz (San Sebastián, 1973) estrenará su tercer largometraje Azken Agurra (Último Adiós). En este drama con comedia existencialista, Iñigo Azpitarte e Izaro Nieto interpretan al dueño de una empresa de funerales laicos personalizados y a una joven que hace prácticas en su oficina. El cineasta donostiarra es un veterano del Festival en el que ha participado desde 1997 con una docena de producciones.

Daniel Monzón (Palma de Mallorca, 1968) presentará Ruega por nosotras, un largometraje ambientado en 1974 que sigue el internamiento de Ana (Zoe Bonafonte), una joven rebelde de 19 años, en el denominado Patronato de Protección de la Mujer de Madrid. Monzón, que en 2015 fue parte del jurado oficial y clausuró fuera de concurso la Sección Oficial con Las leyes de la frontera (2021), suma en su filmografía títulos de éxito como Celda 211 y El niño (2014), ganadoras de ocho y cuatro premios Goya, respectivamente.


Fotograma de Sacamantecas del director bilbaíno David Pérez Sañudo

Antonio de la Torre y Patricia López Arnaiz protagonizan el tercer largometraje de David Pérez Sañudo (Bilbao, 1987), que será una Proyección Especial en la gala conjunta de RTVE-EITB.  Sacamantecas es un thriller inspirado en hechos reales ambientado al final de la III Guerra Carlista, cuando varias mujeres son estranguladas en Vitoria y la hermana de una de una de las víctimas busca justicia. Pérez Sañudo consiguió con su debut, Ane (New Directors, 2020), el Premio Irizar al Cine Vasco y el Premio Euskal Gidoigileen Elkartea al mejor guion además de tres premios Goya. Pérez Sañudo regresó a la sección New Directors en 2024 con Azken erromantikoak (Los últimos románticos).

Fernando Trueba (Madrid, 1955) presentará Bajañí, un recorrido sonoro por tres países y universos musicales a través de la guitarra de Niño Josele. El cineasta madrileño, ganador del Oscar a la mejor película en lengua extranjera por Belle époque (1993), ha sido un asiduo en San Sebastián, participando a concurso con películas como Mientras el cuerpo aguante (1982) o El artista y la modelo (2012), ganadora de la Concha de Plata al mejor director.

Por último, con Más allá de la sociedad, el director Carlos Torres (Alicante, 1985) lleva a la pantalla la historia de cómo una comunidad aprendió a convivir con la tragedia tras el accidente de los Andes en 1972. Esta serie de no ficción creada por J. A. Bayona y Carlos Torres retoma el relato allí donde terminaba la película La sociedad de la nieve: después del rescate, cuando los supervivientes regresaron a sus hogares y se reencontraron con las familias de quienes no volvieron. La serie de tres capítulos continúa ahora el filme que se estrenó en Venecia, obtuvo doce premios Goya, dos nominaciones al Oscar —entre ellas a mejor película internacional— y el Premio del Público en San Sebastián. 





domingo, 9 de agosto de 2026

Rafael de Penagos y María Romero, dobladores

¿Qué es lo que mejor envejece en un actor?








Nos gusta engañarnos. No aceptamos la verdad: porque es inasumible en ocasiones; en otras, se nos hace insoportable anímicamente. Nos miramos al espejo todas las mañanas, más las mujeres que los hombres, y no vemos ‒no queremos aceptar‒ la degradación paulatina de nuestro rostro, nuestro cuerpo, nuestros dolores mañaneros, la micción entrecortada, las canas, la calvicie, las pastillas para el colesterol, hipertensión, diabetes... 

Hace unos años, leí al político y filósofo romano Cicerón su tratado sobre la vejez en busca de consuelo, en la creencia de que en esta etapa final habría algún alivio. Creo recordar que en su lectura no la encontré. Cicerón, con la lucidez de su pensamiento, afirmaba en una de sus páginas: "Encuentro cuatro razones por las que la vejez puede parecer miserable: una, porque impide hacer cosas; dos, porque debilita el cuerpo; tres, porque priva de casi todos los placeres, y cuatro, porque no se encuentra lejos de la muerte". 

Todo este preámbulo viene a colación, pues me he preguntado recientemente al ver una serie antigua: ¿hay algo en nosotros que no envejezca o, al menos, lo haga más imperceptiblemente? Y quise encontrarlo en algo: la voz, la voz de uno mismo. Pasa a menudo escuchando la radio. Solemos sintonizar una emisora durante años, las voces de sus programas se nos hacen familiares, nos acompañan en la cocina, en las labores por casa o cuando nos acostamos por la noche. Forman parte de la familia. Y curiosamente, rara vez decimos: ¡Cómo ha envejecido (la voz de Iñaki) Gabilondo o la de Carlos Alsina o la de Carlos Herrera! Es como si hubieran pronunciado el deseo de Dorian Grey: que sea el lienzo el que cargue con el paso de los años y el peso de los pecados radiofónicos.

Los que calcen más de medio kilo de centuria tal vez les suenen estos dos nombres: María Romero y Rafael de Penagos. Ambos, dobladores: ella nacida en La Coruña en 1921 y fallecida en 2015; Penagos, madrileño de 1924 y fallecido en 2010. Cuando se apagó la vida de María Romero, la AISGE tituló: "Fallece María Romero, histórica del doblaje y voz de la señora Roper"; el periódico La Vanguardia encabezó la noticia así: "La inolvidable voz de la señora Roper"; y, por último, La Voz de Galicia también hacía hincapié en lo mismo: "La inolvidable voz en castellano de Mildred, la señora Roper".

Penagos, poeta (premio Nacional de Literatura en 1964), actor y doblador,  tuvo un titular de mayor espectro en la prensa española: "Rafael de Penagos: Poeta y referente del doblaje español" se podría decir que fue lo mayoritario, aunque leyendo las necrológicas de la época, se destacaba entre sus trabajos el del doblaje de George Roper en las populares comedias británicas Un hombre en casa y Los Roper, uno de los más recordados por el público.

Hace poco empecé a ver de nuevo Los Roper. A esta mi edad de sesenta inviernos de almanaque, uno vuelve a la juventud y se hincha a revivir las sensaciones que descubrió entonces. Vano ejercicio de inmortalidad. Pues bien,  los capítulos de la serie británica (George & Mildred) se doblaron en España de forma conjunta entre 1979 y 1981 por TVE. Sin embargo, en el capítulo "Yo tengo un caballo" ("I've Got a Horse") de la quinta temporada noté que la voz de los dos protagonistas habían envejecido. ¿Cómo era esto posible? George y Mildred, Yootha Joyce y Brian Murphy eran los mismos, pero sus voces se notaban más añosas. Vamos, no las suyas sino la de sus dobladores al español. Era como el retrato de Dorian Grey pero en audición.

Parece ser que este capítulo se dobló especialmente para la edición que se sacó en DVD, porque TVE nunca llegó a emitirlo ni a doblarlo en los años 70 y 80. Al preparar el lanzamiento de la colección completa en DVD, la distribuidora se encontró con que este episodio carecía por completo de pista de audio en español. Para evitar que el capítulo se editara únicamente en inglés con subtítulos, la distribuidora decidió grabarle un doblaje en español exclusivo para este lanzamiento en formato doméstico. 

El gran valor de esta grabación fue que lograron reunir de nuevo a los mismos actores de doblaje españoles casi 30 años después de las emisiones originales de televisión. Pudimos volver a escuchar a Rafael de Penagos prestando su voz al holgazán George Roper (interpretado por Brian Murphy) y a María Romero como la sofisticada Mildred Roper (Yootha Joyce). Gracias a esta decisión técnica y nostálgica para el mercado del DVD, los seguidores de la mítica telecomedia británica pudieron disfrutar por primera vez de la serie íntegra y con sus voces de siempre.

En un añadido ‒los llamados extras de la colección‒ se puede ver a Rafael de Penagos y a María Romero en un estudio de doblaje para ese capítulo. Penagos comenta que no notaba el salto temporal de los treinta años entre el doblaje de aquellos episodios y este último, puesto que "excepto en algunos casos, lo que menos envejece es la voz". María Romero indicaba que a pesar de haber pasado 30 años, "he retomado el personaje y es como si no hubiera pasado el tiempo. Lo he hecho sin dificultad y la voz me respondió igual". 

Ya lo decía Cicerón: si no te impide hacer cosas (doblar), no sientes que el cuerpo se debilita (en el doblaje no se nota) y Penagos y Romero, a pesar de los treinta años transcurridos, no se veían privados del placer de volver a doblar a George y Mildred, aunque fuera tan sólo un episodio, entonces se seguían sintiendo "jóvenes". Lo que no podían evitar –esa cuarta razón inexorable– era estar cerca de la muerte: la colección en DVD se sacó el 12 de diciembre de 2005 y al cabo de diez años ambos ya estaban muertos, salvo sus voces: siempre inmortales.








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