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domingo, 28 de junio de 2026

El estrangulador de Boston (1968)

 ¿Por qué 13 mujeres abrieron la puerta de buena gana al estrangulador de Boston?




No sé cómo contarles esta historia. Porque hay días en que uno se encuentra abatido, con una mente tan aturdida y espesa como el juego dubitativo y cansino de la selección española en este Mundial 2026. En ocasiones, en lugar de frecuentar el bar Stop, me cobijo en la biblioteca municipal en busca de paz y silencio, o como rezaba en ciertas inscripciones de las colecciones de libros helenísticas y egipcias: el lugar de la cura del alma. Otros acuden al camposanto a "visitar" a los muertos.

Allí me topé con LJ, un compañero de la época del cineclub de Algorta (Bizkaia). Ahora frisará los 60 tacos. Hace años la vida laboral se le truncó: de tener un buen curro empezó a alternar con otros en los que salió mal parado y de ahí a cobrar la RGI. Listo, con idiomas (era el único en el cineclub que se percataba de que los subtítulos no coincidían con los diálogos), poco atractivo pero verbalmente torrencial, LJ dejó de frecuentar el cine y buscar refugio también en la biblioteca para pasar el tiempo... y no gastar el dinero que no tenía.

Le vi con un DVD y pregunté qué película era.

—Se titula "El estrangulador de Boston" de Richard Fleisher.

—¡Ah, la de Tony Curtis y el policía Henry Fonda! —le señalo que la recuerdo.

—Sí, es la caza policial de un tipo que se llama Albert DeSalvo, un fontanero que llamaba a las puertas de mujeres con la excusa de que iba a revisar alguna fuga de agua. El tipo estaba casado y tenía dos hijos. Era un tipo de familia tradicional, que cuida a sus retoños y se reúne a cenar con los tres después de trabajar.

—Sí, era muy interesante el personaje, escindido en un tipo "normal" y luego esa otra personalidad "monstruosa" que violaba y asesinaba a mujeres de todo tipo de edad —reflexiono. 

Y continúo: 

—Me gustaba la estructura narrativa. Durante la primera mitad del filme, el espectador asiste a la investigación policial sin conocer la identidad del asesino, viendo fragmentos de estos 13 asesinatos a través de la técnica de pantalla dividida.

—Sí, en inglés split-screen se llama —me ilustra LJ.

—¿De alguna manera no crees que esa doble pantalla también alude a su mente fragmentada?

—¡Vete tú a saber! —y se gira dirigiéndose al mostrador a devolverla. LJ era más de cosas mundanas y sencillas: la pasta, el precio de la cesta y llegar a fin de mes.

Me senté en una mesa que daba a la plaza Santa Eugenia. Desplegué un libro de título "Big Time: la gran vida de Perico Vidal". ¿Quién fue Vidal?, se preguntarán. Pues según leo fue ayudante de Welles en "Mr. Arkadin", luego con Mankiewicz estuvo en el rodaje de "De repente el último verano", trabajó con David Lean en "Lawrence de Arabia", "Doctor Zhivago" y "La hija de Ryan". Tuvo gran amistad con Frank Sinatra en Hollywood y con Christian Marquand en París. No es poca cosa. 

Hago una pausa y me fijo en la ventana que tengo delante. Por alguna extraña razón, la imagen que observo la relaciono con la película de Fleischer. Mejor dicho, con la mente de Tony Curtis interpretando a Albert DeSalvo. Ahí está la franja central: la única que permite ver con claridad meridiana la realidad; luego tenemos el resto de la plaza vista a través de los paneles de metal perforados; por último, hay zonas en que jamás podremos atisbar qué hay detrás, como las opacadas por esas barras oscuras que nos impiden ver la realidad oculta.

Volví a Perico Vidal, un tipo con aire corsario: barba y cabello blanco, ojos taladradores y llenos de vida. Su gran dominio de varios idiomas le permitió relacionarse con la farándula extranjera y nacional de los años 50, 60 y 70 principalmente. Tenía un famoso ático en la madrileña calle Príncipe de Vergara donde ahí entraban todos los artistas que caían por el Madrid de esos años. Se casa con un bellezón llamado Susan Diederich, morena, de ojos azules y felina. Tienen una hija llamada Alana mientras trabajan en el rodaje "La hija de Ryan". En el ático, la niña vivirá rodeada de música: jazz y soul, samba y bossa nova, la banda sonora de sus padres. Vidal cada día bebe más y las peleas con Susan son más frecuentes. Se divorcian y, claro, Alana está a caballo entre Nueva York y Madrid. Pero su padre llega a una fase en que ni se levanta por el alcoholismo. Susan decide "arrancar" a la hija de esa situación y se la lleva a Nueva York. Hasta los 18 años su madre le prohíbe a Alana ver a su padre. Así que al cumplir la mayoría de edad, Alana llama a su padre: era la última llamada que imaginaba recibir Vidal. Le envía una cinta en la que le pide perdón a su hija, que ha estado en Alcohólicos Anónimos. Vidal viaja en avión a EE. UU. y desde el aeropuerto de JFK la llama. Alana va a la cita. "Y él no se presentó. Y no volvió a llamar. Yo estaba desesperada, con una ansiedad terrible. No me cabía en la cabeza que pudiera faltar a la cita, porque (...) significaba faltar a su palabra". Alana no pudo verle. Desaparecido. Y ella al psiquiátrico.

Levanto la vista del interesante libro y vuelvo a posarla en lontananza. Alana estaría como yo mirando esas franjas negras, que le impiden saber por qué no apareció su padre. Sin embargo, algo sucede. Veo deslizarse una góndola en la que un operario separa el panel para poder limpiar mejor el vidrio. Y continuo con la lectura. Ahora vemos claro.

Tiempo después, Blanca Marsillach, la actriz, le contó a Alana lo que sucedió. Marsillach, que le acompañaba en aquel viaje, y Vidal estaban en una barra de un restaurante antes de encontrarse con la hija. Acababa de salir la Coronita al mercado y al verla Vidal le dijo: "¿Sabes qué podríamos hacer? Comprar una rosa y llevársela a mi hija en esa botella". Y, claro, detrás de la primera vino la segunda y la... Blanca le acompañó a rastras al hotel. La culpa le reconcomió y decidió volver a España y no verla.

Alana no volvió a saber nada de su padre durante los dos años siguientes. 

El operario vuelve a colocar la estructura delante de mí. Y las zonas claras, las menos nítidas y las ocultas reaparecen ante mis ojos. 

Alana, cuando cumplió los 21, se dijo que si él no venía iría ella. Él le empezó a pedir disculpas y su hija le interrumpió: "Escúchame. Sólo quiero saber si has dejado de beber y si quieres que vaya". Y fue.

LJ regresa del mostrador para despedirse. Me cuenta que le ha impactado una escena de la película de Fleischer, aquella en la que DeSalvo está en un centro psiquiátrico y se ofrece de buena gana a ayudar a esclarecer los asesinatos a las autoridades. Me cuenta que el diagnóstico médico apunta a un caso de personalidad múltiple (la presencia de dos identidades diferentes dentro de un mismo cuerpo, que se sirven de él indistintamente). 

—Un médico advierte de que el paciente podría caer en un estado catatónico irremediable en el caso de someterse a un interrogatorio demasiado agresivo.

Me le quedo mirando expectante a su conclusión y su mirada es aún más penetrante.

—Henry Fonda, el investigador Bottomly, está decidido a hurgar en la psique del detenido, ¡sin importarle que pueda romperse definitivamente! 

Y sigo mirando expectante, tratando de saber cuál es su reflexión, ir más allá de esas franjas negras del ventanal que no me dejan saber.

—En la sala donde tiene el interrogatorio hay un espejo en el que vemos a menudo el reflejo de DeSalvo, pero también se refleja a Bottomly, que no me parece a mí ese hombre íntegro e intachable que aparecía en "Doce hombres sin piedad", vestido de traje blanco impoluto. 

—¿Por qué? —pregunto intrigado.

—Porque le hace ver con nitidez el monstruo que no podía descubrir en su interior. Digamos que le fuerza a esa introspección. 

Y en una demostración de memoria supina me larga: "Bottomly cuando llega a casa le dice a su esposa: 

A estas horas de la noche, te miras  a ti mismo y ves la verdad como si estuviera en la alfombra, ahí, delante de ti. Disfruto de esto. Es terrible descubrir a mi edad que no es uno como habría imaginado ser".

 —DeSalvo había ejercido la violencia individual, pero Bottomly en su búsqueda de la verdad de los asesinatos de esas 13 mujeres había ejercido al violencia de estado.

Y LJ se despide con un gesto de mano. Me quedé un tiempo más para acabar "Big Time: la gran vida de Perico Vidal" de Marcos Ordóñez. Al concluir, alcé la vista y lo vi todo negro. Había caído el sol y enviudado el día. Vidal, mientras abría la puerta de su ático a todo artista de la época de los 50 y 60, dejaba entrar también al monstruo del alcoholismo. Y no lo vio. Las trece mujeres que abrieron sus puertas a un hombre vestido de operario de calderas creían ver. Y no vieron. Como yo ahora que ya no veo más que sombras en la Plaza de Santa Eugenia o ¿tal vez sea la mente de Toni Curtis reviviendo el dolor cometido?





domingo, 14 de junio de 2026

¿Quién coño es Lev Kuleshov?

SÍRVEME UN WHISKY STRAIGHT AL ESTILO "AVA GARDNER"


La presencia correlativa de elementos provoca una interacción emocional


He bajado al bar Stop a eso de las siete de la tarde de un domingo donde el termómetro no llega a los 30º C. En el establecimiento de Cecilia siempre suele hacer fresco, sea invierno o verano. Será cuestión de orientación. El hecho de que viva debajo de un tejado convierte al Stop en un buen lugar donde atracar en días calurosos. Un espacio bajo techumbre hace que, al acabar el día, de las paredes supure demasiado calor en época de canícula.

Saludo a los parroquianos al entrar, pocos y dispersos, y pido a la joven camarera la bebida que tomaba Ava Gardner.

—¿Ava qué? —me pregunta con cara de no saber, mientras miro que viste un vestido con sobaquera y que el sudor se lo empapa.

—La tienes a tus espaldas, a la derecha —le señalo con la mirada—. Es el cartel de Mogambo. ¿Ves a esa espectacular mujer embutida en un vestido con escote barco?—. A punto estoy de añadir con más clase y elegancia de la que puedas tener tú jamás. Pero me reprimo. A Cecilia no le gustaría que me metiese con su asalariada.

Me mira con cierta extrañeza. Y pronuncia una serie de nombres de moneda en curso: que si Taylor Swift, que si Rosalía, que si Rihanna o Shakira; que esos son los nombres de su época y que más allá desconocía quién era el tipo ese que la abrazaba —Clark Gable, le aclaro sin mucha convicción de que muestre curiosidad— ni la que nos interpela con su mirada de putona fogosa.

En este punto le aclaro que hasta aquí hemos llegado y que me sirva un whisky straight en vasito pequeño y como chaser para acompañar un whisky con agua.

—¿Marca? —pregunta seca como Dyc.

—Jameson, un irlandés como Ford —me mira fijamente revelándome que tampoco sabe quién es Ford—. Y me lo llevas a la mesa por favor.

—Y lo de chasér me lo aclaras, plis.

—Nada, déjalo en un Jameson con vasito de agua —le aclaro sin querer hurgar más en la suspicacia de la jovencísima camarera.

En la pantalla del Stop veo que retransmiten un Alemania vs Curazao con el marcador 5 a 1 a favor de los teutones. Sin sonido. Paso al lado de un parroquiano y le pregunto:

—¿Tú sabes dónde cae ese país, Curazao? 

—No tengo ni idea. Me suena a la bebida esa azul detrás del mostrador.

—Una isla del mar Caribe. Lo curioso es que Curazao está ligado a Holanda, Países Bajos, como se dice hoy. Pero en origen parece provenir del portugués "curaçao", que a su vez viene de "coração", que significa "corazón" —me jacté de mis conocimientos de wiki del día anterior.

En la pantalla, veo que Deniz Undav marca el sexto para los teutones. Me senté mientras me llegaba la consumición. En ocasiones, siento que mi mirada se convierte en una cámara que registra la realidad. Me vino a la cabeza el rostro de James Steward sentado ante la ventana con la pierna escayolada y con una cámara fotográfica en la mano apuntando al patio. Y me puse a observar... como él.

El primer plano, mi primera mirada, se centró en un cliente de mediana edad, sentado frente a un vaso alto con bebida translúcida. Tenía una mirada inexpresiva: ni pensativo ni alegre ni pesaroso. Un semblante neutro si tal cosa pueda existir. 

Mi segundo plano surgió al trasladar mis ojos a un niño que jugaba con un caballito y un vaquero sobre una mesa en la que sus aitas comentaban algo que la distancia hacía inaudible. Por un momento, me recordó al Brandon de Wilde de Raíces profundas, aunque más pequeño.

Volví a observar al cliente que echaba un trago. Y ahí, en esa conexión de los tres planos en sucesión en mi cabeza me empecé a sentir algo molesto e irritado con él. ¿Por qué? ¿Había hecho algo más que dar un trago cuyo contenido no lograba determinar? No lo sé. Tal vez sentí que su mirada dejaba de ser neutra y empezaba a revelar algo turbio en ella: la mirada de deseo hacia ese niño.

En ese preciso instante alguien cantó "¡gol!". Levanté la mirada hacia la pantalla del televisor y comprobé que Kai Havertz marcaba su segundo gol y el séptimo para Alemania. Deseé que el calvario para Curazao finalizase. Quedaban dos minutos, gracias a Dios.

Regresé al rostro inexpresivo del cliente. A la mente me vino un nombre: le podría llamar Iván Mosjukin, como el actor ruso de cine mudo. Volvía a darle un largo trago al vaso de tubo y hasta mí llegó el soniquete de unos hielos que entrechocaban. 

El siguiente plano-mirada fue a parar a la puerta del bar. En ese momento, entró una conocida que en sus tiempos mozos magnetizaba la mirada de muchos parroquianos del Stop. Alguno la llamó "Y Dios creó a la mujer" porque sus morritos y sus formas recordaban un poco a la inalcanzable BB. Seguro que la camarera no sabe quién es. Ahí me quedé viéndola entrar hasta la barra para pedir una ración de croquetas y algunas birras para los acompañantes que se habían quedado fuera, en la terraza.

Y, por algún raro misterio, dejé ese plano y retorné a Mosjukin, que miraba a la Bardot. ¿Había transformado su mirada de pederasta en otra que exudaba lujuria? Empecé a pensar que todo era culpa de Lev Kuleshov. En su famoso experimento demostraba el poder creador del montaje con un famoso ensayo en el que conseguía "infundir cargas emocionales de diverso signo a un único primer plano inexpresivo" de un actor según el contenido de los planos que le yuxtaponía: si era un plato de sopa, su rostro mostraría hambre; si era un plano de mujer, sería lascivia. Tal y como me había pasado a mí con ese cliente.

Recordé que Hitchcock había aplicado el efecto Kuleshov al público a través de la mirada del fotógrafo L. B. Jeffries, que encarnaba James Stewart, en La ventana indiscreta. Vean si no el arranque de la película: Jeff mira hacia afuera, luego Hitch hace aparecer lo que ve y, por último, contemplamos la reacción del fotógrafo. Dependiendo de lo que viera la mirada transmitiría algo distinto: un perrito, ternura; una bella mujer, deseo. O eso creemos nosotros.

Volví a la pantalla. Vi los nombres de los goleadores de Alemania: Nmecha, Havertz, Musiala, Undav... Lejos y brumosos quedaban los nombres de mi infancia: Maier, Beckenbauer, Overath, Müller... Entonces me levanté para enfrentarme a los más de 30º C que llevaba en el cuerpo gracias al whisky straight de la Gardner y al aire caliente del exterior que me abofeteó al salir. Y me sentí como la camarera pero al revés: empezaba a sentirme fuera de esta época. Me giré antes de abandonar el Stop y contemplé el cartel de Mogambo y fijé mi mirada después en Mosjukin, que seguía con su semblante neutro.

Tiempo después escuché que fue detenido por abusos infantiles. Pero esa es otra historia.

Nota: Este artículo va dedicado a Harry Lime, que me ofreció dos entradas para San Mamés.





lunes, 1 de junio de 2026

David Trueba y Óscar López

 El éxito en la vida es ser más querido que admirado


David Trueba, Galder Reguera y Óscar López con la competencia de la Champions en la pantalla


El pasado sábado 30 de mayo concluía la XVII edición de Letras y Fútbol con la entrevista por parte del responsable de la Fundación Athletic, Galder Reguera, al director, guionista y periodista David Trueba y al presentador de Página 2 Óscar López. La charla a tres, más que una entrevista formal, fue, cómo diríamos..., algo surrealista. 

Estaba programada para las 19:00 en principio, pero no se dieron cuenta de que a las 18:00 se disputaba la final de la Liga de Campeones de la UEFA. Así que tuvieron que posponerla una hora. La Sala Este del estadio de San Mamés, donde tuvo lugar el evento, abrió sus puertas mucho antes para que el público asistente pudiera ver la final. Sin embargo, los de Arteta y Luis Enrique empataron a uno y tuvieron que ir a la prórroga. Como dijo Reguera al público: "Estamos ante el peor de los escenarios: prórroga y posibles penaltis". Así que decidieron empezar la conversación a tres con la pantalla detrás retransmitiendo el París Saint Germain vs Arsenal. Eso sí, sin sonido. 

En honor a la verdad, salvo en contadas ocasiones donde hubo alguna ocasión de gol, tanto López como Trueba estuvieron muy centrados en ofrecer una gozosísima conversación sobre Fútbol y Letras. Eso sí, más errática y trufada de anécdotas que organizada y de control férreo como fue, desgraciadamente, la final.

Galder Reguera (GR). –¿El fútbol tiene hoy una importancia enorme en la programación televisiva, no?

Óscar López (OL). –El deporte tiene un tirón mediático para los programadores básico. Cuando viene una crisis económica, no saltan las páginas ni las horas de programación audiovisual del deporte ni de la política. Lo primero que saltan son las de cultura. Eso es una realidad.

GR. –Para nosotros, que tenemos un festival de literatura y fútbol y otro de cine y fútbol, es una pequeña condena porque...

Se oye de repente un "¡uy!" entre los asistentes, acompañado de risas. La ocasión de gol de Barcola para el PSG interrumpe el coloquio brevemente. 

David Trueba (DT). –Os lo he visto en la cara [la ocasión]. (Risas).

GR. – Decía que los periódicos en la sección de deportes no nos cubren y en la de cultura, nos dicen que lo que nos faltaba, meter más fútbol aquí. Me he acordado de esto cuando íbamos por la ciudad y una persona te ha parado y te ha comentado que había leído un libro sobre fútbol. Y tú rápidamente has matizado: "No era de fútbol". El libro era "Saber perder". 

DT. –Sí, me ha dicho: "yo leí una novela de fútbol que me encantó". Le digo: "No era de fútbol". Había un personaje que era futbolista pero no trataba de fútbol. Lo entiendo, pues la gente piensa que las películas y novelas tratan del asunto, digamos, a que se dedican los protagonistas. Habitualmente tratan de algo más "subterráneo". 


El PSG y el Arsenal van a la prórroga

David Trueba en ese momento engarzó una anécdota detrás de otra sin que nadie le preguntara. Quiso retener la atención de la audiencia sabiendo que tras de sí, en una pantalla enorme, estaba jugándose la final de la Champion.

DT. –Hace un mes fue la Copa del Rey. Iba a comer a casa de unos amigos. Estando en el coche a las afueras de Madrid, me llaman de El País para decirme que como los que escriben en la redacción de deportes son todos del Real Madrid, alguien nos ha dicho que eres del Atlético. Así que por qué no nos escribes tú el artículo que acompañe a la crónica del partido. El partido era a las 21:00 y me aguantaban la tirada en papel hasta las 23:30. Iba sin ordenador. Y la comida se alargaba hasta las 20:00, algo muy típico de mí... hasta que llegó Mazón. (Risas). La responsabilidad me hizo decirles a mis amigos que quería ir a casa a ver la final para escribir un artículo. Me dijeron que la viéramos juntos. Cogí papel y lápiz. Hubo, como recordaréis, prórroga y penaltis. Me llaman de la redacción del periódico para decirme que podían aguantar cinco minutos después de acabar los penaltis. Pero, claro, una crónica de un partido, como sabe todo el mundo, depende muchísimo de quién gane. (Risas). Es la gran desgracia del fútbol: que el que gana de alguna manera justifica la apariencia de que todo lo ha hecho bien; y el que pierde parece que todo lo ha hecho mal, cosa que no es cierta. Entonces pensé que lo bonito sería hacer la crónica del partido sin saber el resultado final. Tuve que improvisar la coda final en esos cinco minutos. 

Y continuó...

DT. –Tuve que dictarlo, pues lo escribí a mano. Antaño había secretarias. Antes en El País había un secretaria fantástica. Joaquín Vidal, el crítico taurino, salía de Las Ventas y dictaba por teléfono la crónica. La secretaria le señalaba que había repetido tal o cual palabra, le iba corrigiendo un poco el estilo. Yo lo dicté al móvil pero hay que chequearlo, no vaya a ser que cambie las palabras. A mí me pasó con esto del texto predictivo una anécdota con un amigo que se había separado y estaba pasando un mal momento. Otro amigo me recomendó que le mandara un mensaje de ánimo. Le puse: "Bueno, venga, ánimo, que ya sé que estás pasando por un mal momento. A ver si nos vemos un día y ya verás cómo no hay nada que no se puede superar con unas risas". El texto corrector lo transformó sin darme cuenta. Mi amigo me contestó rápidamente. Algo que me sorprendió pues le costaba contestar los mensajes en su estado lánguido. Me preguntó: "¿A qué te refieres?". Qué pregunta tan absurda, pensé. Y releí mi mensaje: "No hay nada que no se pueda arreglar con unas rusas". Entonces me di cuenta de su entusiasmo y tuve que refrenarle. El día del partido tuve que revisar el texto para que no sucediera algo parecido.

GR. –Óscar, ¿tú sales del periodismo deportivo al cultural, no?

OL. –Hice la beca en la emisora de Barcelona de la Cadena Rato, de la familia Rato, que luego se convirtió en Onda Cero. Estaba el periodista José Manuel Muñoz, que luego pasó al periódico As. Era la época de una jovencísima Arantxa Sánchez Vicario, el Español estaba en Segunda División... Me ofreció un contrato pero estaba indeciso si hacer deportes o periodismo cultural. Todavía me acuesto todas las noches escuchando Radio Deportiva, es una costumbre para cabreo de mi pareja. A ella no le gusta el fútbol en general. Desde el principio de nuestra relación ya sabía que a mí me gustaba mucho, y el deporte en general. El otro día me sorprendió al decirme: "El Rayo Vallecano que no ha ganado la final de la Liga Conferencia, el jugador este Isi, ¿es el que jugaba en la Ponferradina?". (Risas). Pensaba que era ajena a todo esto del fútbol. Pero lo de Isi y la Ponferradina me llegó al corazón. Me quiere a pesar de que estar conmigo es estar escuchando fútbol todo el tiempo. 

DT. –Te voy a explicar cómo ha funcionado su cerebro, porque he visto a muchas personas que no les interesa el fútbol, pero que de pronto te dicen algo que revelan el interés por lo accesorio. Viendo una vez la final de un Mundial, una amiga que estaba con nosotros dijo: "¿Os habéis fijado que las medias de los futbolistas son...?" Se fijan en lo accesorio cuando lo general no les gusta. Tu mujer se fijó en el nombre Isi, lo que le llamó la atención.

OL. –¿Y la Ponferradina? (Risas).

DT. –Escuchas Isi y te preguntas de dónde viene: ¿de Isidro, del árabe, de AC&DC? Se queda con el nombre y para ella es más importante que Mbappé. 

OL. –Cuando llegue mañana a Barcelona se lo preguntaré. Que dice David que lo tuyo es puramente accesorio. Cuando me pida el divorcio, te llamaré y te diré que el amor por mí es accesorio. 

DT. –Si sigue viviendo contigo y te acuestas cada noche escuchando Radio Deportiva, es que te adora. (Risas). Yo me habría separado hace años. En mi época era José María García. Había mucha gente que se dormía con él. Bueno, no se dormía.


El jugador brasileño Gabriel Magalhães del Arsenal antes de fallar el penalti definitivo


GR. –¿Crees, Óscar, que sigue habiendo todavía la mirada recelosa entre la cultura y el deporte? Una persona culta no le pega estar sufriendo con un partido de fútbol. 

OL. –Yo ya no me escondo. Cuando te piden participar en algún evento cultural, hay tres cosas que no oculto en mi currículum: que soy padre de mellizos, que soy culé y que me gusta mucho el Western. Hace treinta años que hago periodismo cultural, al principio con cine y teatro, después con los libros. Pues me llamaba mucho la atención que en el mundo editorial se hablara tanto de fútbol. Pero se hacía de una manera muy privada, no en un foro público. Recuerdo conversaciones con Javier Marías, peleas con Luis Landero, pues es muy del Real Madrid, con Jorge Herralde, con Vila-Matas. Hay mucha gente que estaba enamorada del fútbol, sin embargo, quedaba como diría Aznar en la intimidad. Sobre todo se hablaba de fútbol, no de otros deportes. Eso tiene una traslación al mundo editorial, pues en los últimos años se habla mucho más de fútbol [públicamente] y se publica mucho más. El fútbol no solo está en el ámbito de la ficción, aunque sea tangencial. Recuerdo que la novela de Vargas Llosa, "La tía Julia y el escribidor", tiene un capítulo donde el protagonista es un árbitro. Recuerdo que era tan cojonudo que los hinchas iban no para ver a los jugadores sino para ver al árbitro de lo bueno que era; me acuerdo del cuento "El partido de fútbol" dentro del conjunto de relatos titulado "La soledad del corredor de fondo" de Alan Sillitoe, sobre un hincha que necesita descargar su ira dándole una paliza a su mujer. Hay literatura.

Aquí debemos hacer una aclaración. Óscar López debe de recordar algún otro relato, pero en el de Sillitoe, el argumento trata de un partido entre jóvenes de un reformatorio y los responsables del centro, abordando el conflicto entre autoridad versus rebeldía.

OL. –En los últimos años, el sector editorial, que no es tonto, y que ha visto que el fútbol es un mercado que puede dar mucho juego y dinero, se ha apuntado a esa dinámica de publicar libros ad hoc, biografías, de equipos... El fútbol ha estado presente hasta en la poesía. Benedetti, Rafael Alberti han escrito sobre él. Los escritores hoy tienen menos reparo en hablar de ello, de la misma manera que los medios tenemos menos reparo de publicar reportajes o hablar de esa vinculación que existe no solo del fútbol sino del deporte con la literatura. 

GR. –Es un poco injusto trabajar con "fútbol". Recuerdo que cuando publiqué "Hijos del fútbol", que me editó Enrique Murillo, no quería que se titulase así, sino "El tres de azul", pues era un libro sobre la paternidad a través del fútbol. Había una escena, que justificaba el título, en la que por primera vez se referían a mi hijo en la condición de futbolista cuando el árbitro se refirió a él: "Eh, tú, el tres de azul, llevas la bota desatada". Quería evitar el término "fútbol" porque los títulos en los que aparece acaban condenados en la sección de deportes. Y los que acuden a ella van buscando la biografía de Rafa Nadal, "Mejora tu vida y tus abdominales" de Cristiano Ronaldo o "Messi, apenas le conocí". En cambio, si tienes vocación literaria y acabas cayendo en el fútbol, es algo injusto. David, es el caso de tu novela "Saber perder", que tiene muchas historias, no solo la del jugador Ariel. ¿No sería mejor evitar el fútbol para que no te metan la novela como novela de fútbol?

DT. –Nunca he visto mi novela en una sección de deportes. Es verdad que este deporte ha perdido el estigma de que sólo le interesaba a cuatro embrutecidos y que había que ignorarlo desde el mundo intelectual. También tuvo impacto la intervención de algunos intelectuales en él. Manuel Vázquez Montalbán fue de los primeros que hablaban de él desde una perspectiva sociológica y lo integraba, como lo había hecho antes con la copla y la canción popular, dentro de las expresiones populares. El Barça y el Athletic representan esa sociología a través del fútbol, con presencia política. Se sumaron los uruguayos y argentinos que convirtieron el fútbol con su gran expresividad y el don de palabra en algo de lo que se podía hablar, con lo que se podía hacer poesía y literatura épica. Mi generación ya ve el deporte como algo narrativamente interesante. El problema mayor que tenemos es que hay demasiado y que se le da excesiva importancia. La presencia del fútbol es apabullante. 

OL. –No se ha explotado, desde el terreno de la ficción, lo suficiente el mundo del fútbol teniendo en cuenta la importancia universal que tiene. 

DT. –Eso me pasaba a mí cuando empecé a escribir Saber perder (2008). Me decía qué curioso que nadie hubiera sacado a un futbolista, pero no como futbolista sino describiendo su vida íntima y cotidiana. Una de las historias procedía de haber ido a visitar a un amigo, muy conocido aquí en Bilbao [se refiere probablemente a Ernesto Valverde], que había sido fichado por un equipo griego. Fui a Atenas a su casa. Acababa de instalarse y era muy impersonal. Y me comenta que era la casa del delantero centro que el club ha echado. Y el club me lo ha cedido. Parece que el club tiene un entorno de propietarios que alquilan casas a los jugadores. Hay una cierta permuta de casas de cierto nivel. Eso me dio una de las inspiraciones argumentales: la de un chico que viene de Argentina y le fichan para jugar en Madrid. ¡Qué interesante la idea de que llega a una ciudad y entra a vivir en una casa grande, lujosa pero impersonal porque no hay nada de su vida, ni fotos personales!

Siguió el coloquio mientras llegaba la tanda de penales. Trueba recordó lo ameno que era el entrenador de la selección Argentina, César Luis Menotti contando historias. Una de ellas fue cuando ganó el Mundial en 1978 y la Federación le preguntó si tenía algún deseo, que querían recompensarle por el título. Menotti dijo que quería conocer a Borges. Hicieron la gestión y el escritor le recibió en su casa. Afuera la prensa esperando. Estuvieron departiendo durante una hora y, al cabo, Borges le preguntó que cómo siendo una persona tan inteligente se dedicaba a una cosa tan estúpida como el fútbol. El autor de "El Aleph" tenía una visión un tanto despectiva hacia el noble deporte de la pelota. Ante esa visión crítica, la prensa le preguntaron a Menotti y éste contestó: "Yo no leo a Borges y no ando diciendo que es malo".










También se habló de la educación del futbolista. Trueba comentó que un jugador, ante un horizonte de fama y de dinero, tiene que sobreponerse y lograr "construirse como persona" sin que el peso de la relevancia y el éxito deportivo anule sus otras facetas que forman a una persona en su plenitud. Y este es un peligro también de otros deportes en los que haya relevancia mediática y en los que puedan hacerse ricos. Porque si es un deporte donde no te haces rico, el deportista trata de mantener sus estudios, siguen con una vida cotidiana, etc. Para un escritor o un cineasta es muy importante tener más cosas que la mera escritura o el cine respectivamente, pues todo ese interés en otros campos conformará la riqueza de su obra literaria o cinematográfica.

Óscar López concluyó con una reflexión: "Hemos de intentar que la lectura se convierta en una actividad cotidiana. Y aunque creamos que lo es, no lo es. El ejemplo lo tenemos en las series y en el cine. Los personajes cuando llegan a su casa no cogen un libro, sino un mando a distancia, se ponen una copa, pero no los ves leer". 

Se está estudiando el cambio de comportamiento social por la disminución de la lectura entre las generaciones más jóvenes. No leen novelas. En los países desarrollados hay una cierta insolidaridad, cierta sensación de individualismo, de carencia de herramientas para solucionar conflictos. Una parte de lo que sucede tiene que ver con no leer novelas. Estas no son más que el cuento que se contaba alrededor de la fogata, que partía de una experiencia vivida que se transmitía a las futuras generaciones. Al no existir esa transmisión, por la falta de lectura, las personas tienen menos capacidad de resolución de los conflictos cotidianos. Los relatos te llevan a una pseudo experiencia de los conflictos y sus resoluciones, de algo no vivido pero que te ayudará a afrontar los problemas de la vida.

Finalmente, Galder Reguera le preguntó a Trueba por su amigo el entrenador Valverde ante su despedida del Athletic Club tras cuatro temporadas. Elogió su saber estar, sin salidas de patas ni estridencias. A lo que Reguera añadió a su figura lo que habrán leído en el titular. 


Finalizo con dos imágenes que son metáfora de este pequeño pero gran certamen: Letras y Fútbol, Fútbol y Letras.














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