Por las mañanas damos los buenos días
A estas alturas de la vida no es infrecuente toparse con la parca de algún familiar, amigo, conocido o compañero de trabajo. Tal vez el aviso de esos sucesos nos recuerden de que tarde o temprano nos tocará (o le tocará a alguien cercano a ti). De alguna manera, a partir de cierta edad a uno le cuesta afrontar más las historias dramáticas, por muy (buenas) ficciones que sean. ¿De ahí que cada vez me cueste más ir al Festival Internacional de Cine de San Sebastián lleno de dramones reivindicativos sobre lo injusto y cruel que es el mundo?
Uno ahora está más dispuesto a gozar de historias banales, frívolas, evasivas o, simplemente, cómicas. No les oculto que llevo algunos años acostándome sin dejar de ver algunos sketches en el móvil antes de que llegue el The End de la noche: desde Cámera café (a la que cada vez valoro más tanto por sus personajes como por sus diálogos), pasando por el demodé Benny Hill que actualizó el slapstick del cine mudo (y que el feminismo violento acabó con él, literalmente) o Qué vida más triste (en el que Borja Pérez y Joseba Caballero me hacen feliz con sus miserias cotidianas).
La vida juega también con las casualidades. Y casualidad ha sido que, con la diferencia de un día, haya visto Los hermanos Marx en el Oeste (1940) y un sketch titulado Pensión Pelele rodado para la TVE en blanco y negro por Tip y Coll, dúo humorístico formado desde 1967 a 1992 por Luis Sánchez Polack, Tip, y José Luis Coll. Bueno, supongo que la casualidad de que haya visto esto último se debe más a los algoritmos de recomendación que usa youtube.
La cercanía del visionado me hizo atisbar que el humor que ejercían los Groucho, Harpo y Chico se parecía mucho al de Tip y Coll. Este pensamiento se vio corroborado (es un decir) cuando vi que el primer comentario al sketch en youtube decía lo siguiente: «Tip es nuestro Groucho Marx».
Pero no es así del todo. Aunque el absurdo de los diálogos sea la base primigenia de ambos grupos de cómicos, los Marx también trabajan con la pantomima de Harpo (el mudo) y la puesta en escena. Les propongo una apuesta. Me he dedicado a transcribir al papel (digital, claro) los diálogos de Tip y Coll (es una escena rodada en dos planos que dura unos 5 minutos) y la primera secuencia cinematográfica de los Marx que transcurre en el vestíbulo de una estación de tren en época del lejano Oeste (dura unos 8 minutos). ¿A que les resultará más gracioso el diálogo entre Tip y Coll en la pensión Pelele que la que tiene lugar entre Groucho con Chico junto a las pantomimas de Harpo? ¿Y saben por qué?. Porque el humor de los Marx en esta ocasión es más amplio, más elaborado, no sólo se basa en las palabras, sino en la escenificación de los gags. Digamos que en la transcripción se pierde humor como el motor pierde aceite. Empecemos.
Coll entra en la recepción de una pensión. Tras el mostrador se halla Tip que es quien lo recibe:
Coll.—Oiga, ¿es esta la pensión Pelele?
Tip.—Sí, esta es la pensión Pelele.
Coll.—¿Es usted el señor Pelele?
Tip.—El mismo que viste y calza: un cuarenta y cuatro. (Le enseña el zapato).
Coll.—¿Tiene usted habitación con cama?
Tip.—¿La quiere con agua corriente?
Coll.—No, la prefiero con agua extraordinaria, con agua de mar.
Tip.—Sí, sí, sí. ¿No traerá usted bichos, verdad?
Coll.—No, no. (Se abre la chaqueta para mostrarle el interior).
Tip.—No, nada. Se lo digo porque los bichos son por cuenta de la casa.
Coll.—Ah.
Tip.—Vamos a ver qué habitaciones hay disponibles. Aquí hay una muy buena, muy buena, pero, claro, está completamente llena.
Coll.—Ah, ya.
Tip.—Aquí tenemos otra muy buena, pero pilla un poco lejos. (Hace gesto con la mano hacia adelante).
Coll.—¿Al final del pasillo?
Tip.—No, al final de Rusia. (Alza más la mano indicando más lejos).
Coll.—¿Y cuánto paga esa habitación?
Tip.—No, la habitación no paga nada; el que tiene que pagar es usted.
Coll.—Entonces...
Tip.—Aquí hay otra, otra, bien cerca, aquí al lado. (Extiende la mano hacia atrás señalando cercanía). Muy baratita, con camas empotradas.
Coll.—¿En la pared?
Tip.—No, la llamamos empotrada porque es donde duermen los potros. En la cuadra, ¿sabe?
Coll.—Yo por mí la aceptaría, pero por no molestar a los animales.
Tip.—Vamos a ver, a ver la 216... (Se da la vuelta y rebusca entre el mueble de llaves. Sale del mostrador).
Coll.—¿La podemos ver?
Tip.—Pase, pase por aquí. (En mitad de la recepción hace como que intenta abrir una puerta imaginaria de la habitación con una llave). ¡Siempre se engancha esta maldita llave! Bueno, es igual. Pase usted.
Coll.—(Pasa adelante con la maleta en la mano y se dirige hacia tres sillas juntas pegadas a la pared). ¿Esto es para dormir, no? (Coll se tumba y ronca). Pues se duerme bastante bien.
Tip.—¿Le gusta, eh? ¿Ha traído usted sábanas?
Coll.—No, ¿por qué?
Tip.—¡Hombre...!
Coll.—En todos los hoteles en que estuve antes tenían sábanas.
Tip.—¡Por eso mismo! ¿Qué trabajo le habría costado quitarles unas cuantas? Unas de aquí, otras de allá.
Coll.—Pues sí, me gusta la habitación —comenta mientras mira en derredor—. Oiga, y de comer, ¿qué?
Tip.—Salga, salga —señalándole una imaginaria puerta de salida. Vuelven a la recepción—. De comer, le voy a decir una cosa, mire: antes dábamos algo, pero ha habido muchos abusos. Imagínese que había huéspedes que se peleaban por comer todos los días. Y, claro, hemos tenido que poner un límite.
Coll.—Y entonces ahora, ¿qué dan?
Tip.—Bueno, ahora freímos un huevo y lo sorteamos. Y al que le toca... eso sí, con su yema, con su clara. Y luego hay un suplemento y se le da la cáscara. Yo no es que quiera insistir en el coste del hospedaje, pero viajero que me entra, viajero que me queda.
Coll.—Para siempre, claro.
Tip.—No, así de delgadito. Conviene porque como en realidad tenemos unos pasillos tan estrechos...
Coll.—Ya, ya. Y ¿qué tendría que abonar por la habitación?
Tip.—Por la habitación... Son 75 pesetas. Con cama.
Coll.—¿Y la pensión completa?
Tip.—¡Oh, no, la pensión siempre está vacía! ¡Qué más quisiera yo!
Coll.—Me refiero al coste del hospedaje.
Tip.—Eso depende.
Coll.—¿De qué?
Tip.—Del tamaño del huevo frito.
Coll.—Ah, claro. Oiga, ¿y poniendo yo el aceite?
Tip.—Hombre, poniendo el aceite, le podríamos hacer una bonificación de una peseta.
Coll.—¿Y poniendo yo el huevo?
Tip.—¡Oh, si pone usted el huevo, le ato una pata al fregadero y se queda para toda la vida usted aquí.
Coll.—¿Y por las mañanas qué dan?
Tip.—Damos los buenos días.
Coll.—Eso es de mucho alimento, pero ¿no dan desayuno?
Tip.—Bueno, mire, en esta su casa no damos desayunos porque luego se les quita las ganas de huevo frito.
Coll.—Ah, claro, claro. Así que por la mañana un huevo frito y por la noche... Entonces, ¿qué tendría que pagar diariamente?
Tip.—Pues mire usted, diariamente son 75 pesetas sin dormir. Y durmiendo, pues, doscientas, trescientas, quinientas, ochocientas... Eso ya... depende.
Coll.—¿Depende de qué?
Tip.—Depende de lo que lleve usted en la cartera. Porque cuando está durmiendo el cliente es cuando se aprovecha el momento. (Hace gesto con la mano de robar). Oiga, quería hacerle a usted una pregunta: ¿usted querría dormir con pijama?
Coll.—No, no, no. Prefiero dormir solo. No me gusta dormir con desconocidos.
Tip.—Bueno, le voy a hacer una advertencia. Tenga cuidado porque en la habitación de al lado tenemos la bajilla.
Coll.—(Creyendo que se ha referido a la vajilla). Ah, ¿y qué cree usted que se la voy a robar? (Hace gesto con la mano de hurtar).
Tip.—Oh, no, no. ¡La bajilla es una huésped así de bajita! (Con la palma de la mano señala un altura por debajo del mostrador). ¡Y tiene un genio, un carácter!
Coll.—A mí no me gusta molestar. Bueno, ¿se queda usted, no?
Tip.—Bueno, bueno, ¿se queda usted, no?
Coll.—Pues no. ¡Me marcho! (Coge la maleta).
Tip.—¡Cómo que se marcha!
Coll.—¡Sí, me marcho!
Tip.—Pero, ¿qué pasa? ¿Es que no le gusta la casa?
Coll.—No, no. Si la casa está bien.
Tip.—¿No le gustan las paredes?
Coll.—Las paredes también también están bien.
Tip.—¿No le gusta la grúa, no le gusta la jirafa? (Mira hacia arriba donde están los aparatos de grabación del sonido, guiño metacinematográfico).
Coll.—La jirafa está bien también.
Tip.—¿No le gustan mis piernas?
Coll.—(Mirándoselas). Pues no están mal, pero no...
Tip.—¿No le gusta la música moderna? Entonces, ¿el precio?
Coll.—No, no es eso...
Tip.—Entonces...
Coll.—Es que hay algo que no acaba de llenarme.
Tip.—Dígame el qué.
Coll.—¡El huevo frito! (Se gira, abre la puerta y se va)
Tip.—(Saliendo del mostrador de la recepción). ¡Franco, trae una ración de calamares!
Fin.