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lunes, 25 de marzo de 2024

Fuego en el cuerpo y Magallanes

 ¿Qué pasa si me olvido de meter en la maleta el cepillo de dientes?


Los domingos por la tarde, a eso de la siesta, me suelo acercar al bar Stop de Astrabudua. A esa hora la feligresía es escasa pero no falta. No hay música, se escucha el soniquete del tragaperras de vez en cuando y alguien que pide un cortado, un farias o una copa de sol y sombra. La banda sonora se completa con alguna partida de mus al fondo del bar.  Del pantallón del televisor, tan sólo brotan mudas y vigorosas imágenes de deporte. Esas son las notas.

Me siento enfrente de el Rubius, amigo de la cuadrilla. Tío raro, para qué andarme con rodeos. Mejor, peculiar, que no suena a despectivo. Nunca le conocimos pareja, ni pescao ni carne. Así que si tengo que juzgar por los indicios (pelo rubio con ricitos, ojos claros y en alerta, dispuesto a escapar de la autoridad,  espigada figura cincelada cual si fuera por el Sida, perpetua sonrisa lúbrica y juguetona), diría que se come pescado crudo y a escondidas. Algo así como el secreto de Miguel Bosé en torno a su orientación sexual, largamente oculta  durante sus elepés existosos hasta que estalló todo. El Rubius, aunque no ha estudiado carrera universitaria y tan sólo hizo algo de FP, es un hombre erudito, sobre todo en Historia y Geografía. Ah, y en Arte también se defiende. Hombre leído. Así que no es extraño verle sentado con un libro en la mano mientras se toma algo.

‒¿Qué lees? ‒le pregunto.

‒Estoy leyendo un libro sobre la primera vuelta al mundo ‒responde amablemente. Y añade‒: Está escrito por un excelente autor, Stefan Zweig.

‒Magallanes, el portugués... ‒añado desajustado.

‒Ajá. ¿Has leído algo de Zweig? ‒pregunta.

‒No.

‒Deberías ‒aconseja. Y me ilustra‒: Magallanes parte de Sevilla en 1519 con cinco galeones y unos doscientos hombres bajo juramento de fidelidad a Carlos I. ¿Sabes lo que tardan en cruzar el charco?‒. Me quedo en silencio y prosigue‒: Tardan once semanas en atravesar el Atlántico hasta la bahía de Río de Janeiro.

‒Curioso que le llamaran así a un lugar sin río alguno.

‒Sí. Tal vez la enorme bahía invitaba a pensar que hubiera tras de ella un poderoso río ‒responde‒. Ya sabes que a mí me encanta viajar.

‒¿Y? ¿Piensas ir en barco como Magallanes?

‒No. Lo que me admira es que el portugués estuvo preparando un viaje a lo desconocido ‒y pronuncia esta última con tono evocador e impregnándolo de misterio‒. No sabía cuánto iba a durar y lo que se iba a encontrar. Si viajara solo... Pero detrás de él estaban más de doscientos hombres.

‒Ya. Era enorme la responsabilidad de un viaje a lo desconocido. Yo voy al Zinemaldia y ya me parece una odisea. ‒Y el Rubius se sonríe mientras toma la copa‒. Imagínate que el objeto más insignificante, que por descuido queda en el olvido al emprender el viaje, ya no puede recuperarse.

‒Sí, se menciona eso, que cada rollo de estopa, cada gota de aceite, papel, alimento... representan algo que ni con todo el dinero ni con la propia sangre de uno mismo podrían adquirir. Era una gran responsabilidad, sí‒ concluye‒. Además, el almirante, pues Carlos I le da ese título, se guarda muy mucho de decir a los tripulantes que pueden pasar meses o años antes de que le sea dado renovar sus provisiones.

Se acerca el camarero y me pregunta qué voy a tomar. Le digo lo de siempre. Sobre la mesa deja un platito de aceitunas, cortesía de la casa. Y espanta con la mano una mosca que iba a tomar posesión de las mismas. Me la quedo mirando viendo cómo discurre su trayectoria. Da círculos, en medio del bar, como demorando la partida al exterior.

‒Hoy viajamos sin ninguna preocupación con los móviles ‒reanuda la conversación el Rubius‒. Pero entonces, Magallanes tan sólo disponía de algunos mapas y de noticias. ¡Todo erróneo! ‒Se me queda mirando fijamente para ver mi reacción. Sin embargo,  mientras sigo escuchándole, observo el vuelo de la mosca entre los pinchos de la barra‒. Eso lo descubre al llegar al Río de la Plata.

 ‒¿Y qué hizo Magallanes?

‒Tenía dos opciones como le hicieron ver los demás capitanes del resto de las embarcaciones: regresar o navegar rumbo más al sur.

‒Pero eso no significa acercarse al calor sino a zona polar.

‒Esa era su preocupación y, para mas inri, pierde el galeón más grande y con más provisiones. El estrecho de Magallanes no es más que un ininterrumpido cruce de caminos, laberinto de vueltas y revueltas, bahías, calas, fiordos, bancos de arena... ¡Mira si quieres en ‘Google maps’!

Prefiero imaginármelo, así sus palabras descriptivas se vuelven como esos relatos terroríficos narrados a la luz de la hoguera, aunque el bar Stop no contribuye a la oralidad ancestral y a que a uno se le ponga la piel de gallina mientras crepitan las imágenes deportivas del pantallón televisivo.

Recorro con la memoria el mapa del cono sur y me doy cuenta de algo que manifiesto de viva voz:

‒Supongo que por aquella época, la tripulación no vería ni un alma por esa zona.

‒En el libro, se cuenta que cuando llegan al Sur, ya es invierno. No se ve alrededor ni un ser vivo, pero hombres debe de haber por allí escondidos, pues de noche se ven unas llamas en las tinieblas, por eso Magallanes da el nombre de Tierra de Fuego a esa zona descubierta.

La mosca eleva el ala tras su provisión de grasa para varios vuelos. Su viaje en línea recta la lleva a la puerta, gira a babor y desaparece... ¿a Tierra de Fuego?

 


 

Por extraños vericuetos de la memoria, la palabra fuego me trae a las mientes el título de una película de Lawrence Kasdan que rodó en 1981. 

‒¿Recuerdas Fuego en el cuerpo? La interpreta William Hurt, que hace de un joven abogado. Un día conoce a Matty, una tentadora y sensual mujer casada con un rico hombre de negocios. El abogado pierde la cabeza por ella, no me extraña pues la actriz era Kathleen Turner, que hacía estallar mi olla Magefesa con solo verla en pantalla. Recuerdo el inicio de Fuego en el cuerpo, algo que me marcó. Una voz en off explicaba también qué cargamento debía contener una maleta.

‒¿No te estarás confundiendo con otra titulada El turista accidental?

‒¡Es verdad, la dirigía también Kasdan!

‒Y la interpretaban también Hurt, que era un escritor de guías de viajes para hombres de negocios, y la Turner junto con Geena Davis.

‒Cierto, cierto. El hecho es que la peli arrancaba con una serie de planos detalle de Hurt haciendo una maleta y una voz en off, que no era la suya, decía lo siguiente (abro el móvil y busco):

Un hombre de negocios debe viajar sólo con lo que quepa en su maletín.

Siempre es un engorro tener que facturar el equipaje.

Conviene llevar varios sobres de detergentes para no tener que dar a lavar la ropa en las lavanderías.

Hay muy pocas cosas necesarias que no se vendan en sobres o en paquetitos.

Un solo traje será suficiente si se lleva un frasquito de quitamanchas.

El traje deberá ser gris oscuro. El gris es más sufrido y, además, puede servir para un funeral, por ejemplo, en caso de necesitarse.

El hombre de negocios que viaja, turista accidental, debe llevar un libro para evitar la conversación de los extraños. Las revistas no duran mucho y los periódicos no suelen ser locales. Pero no lleve más de un libro, a menudo se sobreestima la cantidad de tiempo libre y es un sitio innecesario que ocupa en el maletín.

En los viajes, como casi todo en la vida, no llevar nunca nada de valor o tan estimado que su pérdida pueda suponer un disgusto.


Nos quedamos en silencio ambos, un poco absortos. ¿Qué relación, qué hilo tenía la conversación, aventurero del siglo XVI y viajero del XX? O absortos tal vez porque sabíamos que Magallanes perdería la vida antes de acabar la circunnavegación; la mosca la perdería en menos de un mes; el escritor de El turista accidental estaba abatido y apático porque acaba de sufrir la pérdida de su hijo en un accidente y su mujer había decidido abandonarlo. Y yo me había perdido en mi viaje por la memoria confundiendo las dos películas.

Viajar tiene sus peligros. En mi caso, olvidarme de meter un cepillo de dientes. Trágico.

domingo, 28 de mayo de 2023

Stefan Zweig y John Ford

UNA ESCENA DE LITERATURA Y UNA RECOMENDACIÓN

 

María Estuardo de Stefan Zweig (Ed. Acantilado)
Edición de María Estuardo en la editorial Acantilado 

 

Recientemente acabo de leer María Estuardo de uno de mis escritores favoritos, Stefan Zweig. Junto a esta biografía de la reina de Escocia, Zweig también dedicó otro libro a otra histórica figura femenina, María Antonieta, ambas acabaron enfrentándose al cadalso. Si aquella fue ejecutada al modo en que se ha asociado indisolublemente a la Edad Media, verdugo enmascarado enarbolando un hacha, ésta sufriría el arma de la modernidad: la guillotina.


La vida de María Estuardo está estructurada en 23 capítulos y un epílogo según la edición de 2013 de Acantilado. Aunque ya se ha repetido hasta la  saciedad, el estilo de Zweig al relatar las vicisitudes de esta mujer es como si estuviera en la piel, o mejor, en la cabeza de esta mujer pero sin dejar de ser un “pseudo observador” privilegiado.

Querría pararme en el último capítulo titulado “En mi final está mi comienzo”. Son los últimos momentos vitales de la biografiada a partir del 7 de febrero de 1587, en que Shrewsbury, el hombre que ha acogido durante 20 años en su casa-prisión a María Estuardo, le comunica que la reina de Inglaterra, Isabel, «no ha podido evitar ceder al ruego insistente de sus súbditos y ordenar la ejecución de la sentencia».

Si a lo largo de las 414 páginas de esta obra vivimos con pasión y voracidad los pasos de la reina escocesa, presa de ser eternamente pieza de un juego de cálculos de sus súbditos y de la política de Estado, en este capítulo el tiempo cobra mayor relevancia al saberse que será demasiado corto para esta moribunda.

El autor vienés, aunque nacido en 1881, parece estar presente cuando nos narra que «María Estuardo ha pedido la cena antes que de costumbre, y simbólicamente le da el solemne formato de una última cena. Después de comer, reúne en círculo a su alrededor a la servidumbre (¿incluido él?) y hace que le sirvan una copa de vino. Con rostro serio pero despejado (solo un testigo podría afirmarlo), alza el cáliz lleno sobre sus leales, que han caído de rodillas (¿Zweig incluido?)».

También revela dotes para el psicologismo. En sus últimas horas antes del momento agónico de subir al cadalso, María «tiene que haber revisado su guardarropa pieza a pieza en busca de la etiqueta más digna para esta ocasión irrepetible, es como si también como mujer quisiera, en un último arrebato de vanidad, dar  para todos los tiempos el modelo de la forma en que una reina tiene que avanzar hacia el patíbulo».

Por último, el detallismo de la descripción es también una cualidad de Zweig. Describe con detalles precisos la vestimenta última de Estuardo: vestido en terciopelo marrón oscuro, subido el cuello blanco y ondeantes las anchas mangas; zapatos de cuero que deben hacer sus pasos silenciosos en el caminar hacia el patíbulo. Incluso como si fuera parte de su séquito de sirvientas, detalla que «se ha hecho preparar ropa interior roja como la sangre y guantes largos (…) para que cuando el hacha caiga sobre su nuca la sangre que salte no reluzca demasiado sobre la ropa».

 


 

Leyendo estas páginas uno siente ser testigo privilegiado hasta el último momento, junto a esos doscientos nobles, venidos de la vecindad, para ver el espectáculo insólito de una reina ejecutada en la sala de un castillo, lejos de Londres, donde Isabel parece no querer saber nada del "ajusticiamiento" de una monarca católica.

 

AL CINE

La biografía escrita  por el autor vienés no ha tenido reflejo en el cine, a diferencia de algunas otras obras como ha sido el caso de  Carta de una desconocida de Max Ophüls, posteriormente revisitada en 2004 por Xu Jinglei o Juego de reyes (1960), notable película de la Alemania Federal de la novela breve Novela de ajedrez.

De las adaptaciones cinematográficas de la figura que tratamos, deseo reseñar la realizada por John Ford: María Estuardo (Mary of Scotland, 1936). Tal vez no sea lo más reseñable de la prolífica y notable filmografía de Ford. La gran dificultad de adaptar una biografía en 117 minutos es saber qué escoger o qué desechar en una vida rica en acontecimientos. Pero si les recomiendo este filme es por una razón. Joseph McBride, biógrafo de Ford en su espléndida Tras la pista de John Ford, afirma que uno es capaz de ver si un director de cine está enamorado de su actriz por su forma de filmarla. «La pista está en ese resplandor de ensueño que el rostro de la protagonista adquiere en la adoración de los estáticos primeros planos que el dedica el autor». Y eso queda patente en un Ford de 42 años seducido durante el rodaje de la producción RKO María Estuardo por una Katherine Hepburn de 29 años. El mismo amor y admiración que Stefan Zweig debió de sentir por el personaje histórico de carne y hueso mientras lo biografiaba.

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