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domingo, 14 de junio de 2026

¿Quién coño es Lev Kuleshov?

SÍRVEME UN WHISKY STRAIGHT AL ESTILO "AVA GARDNER"


La presencia correlativa de elementos provoca una interacción emocional


He bajado al bar Stop a eso de las siete de la tarde de un domingo donde el termómetro no llega a los 30º C. En el establecimiento de Cecilia siempre suele hacer fresco, sea invierno o verano. Será cuestión de orientación. El hecho de que viva debajo de un tejado convierte al Stop en un buen lugar donde atracar en días calurosos. Un espacio bajo techumbre hace que, al acabar el día, de las paredes supure demasiado calor en época de canícula.

Saludo a los parroquianos al entrar, pocos y dispersos, y pido a la joven camarera la bebida que tomaba Ava Gardner.

—¿Ava qué? —me pregunta con cara de no saber, mientras miro que viste un vestido con sobaquera y que el sudor se lo empapa.

—La tienes a tus espaldas, a la derecha —le señalo con la mirada—. Es el cartel de Mogambo. ¿Ves a esa espectacular mujer embutida en un vestido con escote barco?—. A punto estoy de añadir con más clase y elegancia de la que puedas tener tú jamás. Pero me reprimo. A Cecilia no le gustaría que me metiese con su asalariada.

Me mira con cierta extrañeza. Y pronuncia una serie de nombres de moneda en curso: que si Taylor Swift, que si Rosalía, que si Rihanna o Shakira; que esos son los nombres de su época y que más allá desconocía quién era el tipo ese que la abrazaba —Clark Gable, le aclaro sin mucha convicción de que muestre curiosidad— ni la que nos interpela con su mirada de putona fogosa.

En este punto le aclaro que hasta aquí hemos llegado y que me sirva un whisky straight en vasito pequeño y como chaser para acompañar un whisky con agua.

—¿Marca? —pregunta seca como Dyc.

—Jameson, un irlandés como Ford —me mira fijamente revelándome que tampoco sabe quién es Ford—. Y me lo llevas a la mesa por favor.

—Y lo de chasér me lo aclaras, plis.

—Nada, déjalo en un Jameson con vasito de agua —le aclaro sin querer hurgar más en la suspicacia de la jovencísima camarera.

En la pantalla del Stop veo que retransmiten un Alemania vs Curazao con el marcador 5 a 1 a favor de los teutones. Sin sonido. Paso al lado de un parroquiano y le pregunto:

—¿Tú sabes dónde cae ese país, Curazao? 

—No tengo ni idea. Me suena a la bebida esa azul detrás del mostrador.

—Una isla del mar Caribe. Lo curioso es que Curazao está ligado a Holanda, Países Bajos, como se dice hoy. Pero en origen parece provenir del portugués "curaçao", que a su vez viene de "coração", que significa "corazón" —me jacté de mis conocimientos de wiki del día anterior.

En la pantalla, veo que Deniz Undav marca el sexto para los teutones. Me senté mientras me llegaba la consumición. En ocasiones, siento que mi mirada se convierte en una cámara que registra la realidad. Me vino a la cabeza el rostro de James Steward sentado ante la ventana con la pierna escayolada y con una cámara fotográfica en la mano apuntando al patio. Y me puse a observar... como él.

El primer plano, mi primera mirada, se centró en un cliente de mediana edad, sentado frente a un vaso alto con bebida translúcida. Tenía una mirada inexpresiva: ni pensativo ni alegre ni pesaroso. Un semblante neutro si tal cosa pueda existir. 

Mi segundo plano surgió al trasladar mis ojos a un niño que jugaba con un caballito y un vaquero sobre una mesa en la que sus aitas comentaban algo que la distancia hacía inaudible. Por un momento, me recordó al Brandon de Wilde de Raíces profundas, aunque más pequeño.

Volví a observar al cliente que echaba un trago. Y ahí, en esa conexión de los tres planos en sucesión en mi cabeza me empecé a sentir algo molesto e irritado con él. ¿Por qué? ¿Había hecho algo más que dar un trago cuyo contenido no lograba determinar? No lo sé. Tal vez sentí que su mirada dejaba de ser neutra y empezaba a revelar algo turbio en ella: la mirada de deseo hacia ese niño.

En ese preciso instante alguien cantó "¡gol!". Levanté la mirada hacia la pantalla del televisor y comprobé que Kai Havertz marcaba su segundo gol y el séptimo para Alemania. Deseé que el calvario para Curazao finalizase. Quedaban dos minutos, gracias a Dios.

Regresé al rostro inexpresivo del cliente. A la mente me vino un nombre: le podría llamar Iván Mosjukin, como el actor ruso de cine mudo. Volvía a darle un largo trago al vaso de tubo y hasta mí llegó el soniquete de unos hielos que entrechocaban. 

El siguiente plano-mirada fue a parar a la puerta del bar. En ese momento, entró una conocida que en sus tiempos mozos magnetizaba la mirada de muchos parroquianos del Stop. Alguno la llamó "Y Dios creó a la mujer" porque sus morritos y sus formas recordaban un poco a la inalcanzable BB. Seguro que la camarera no sabe quién es. Ahí me quedé viéndola entrar hasta la barra para pedir una ración de croquetas y algunas birras para los acompañantes que se habían quedado fuera, en la terraza.

Y, por algún raro misterio, dejé ese plano y retorné a Mosjukin, que miraba a la Bardot. ¿Había transformado su mirada de pederasta en otra que exudaba lujuria? Empecé a pensar que todo era culpa de Lev Kuleshov. En su famoso experimento demostraba el poder creador del montaje con un famoso ensayo en el que conseguía "infundir cargas emocionales de diverso signo a un único primer plano inexpresivo" de un actor según el contenido de los planos que le yuxtaponía: si era un plato de sopa, su rostro mostraría hambre; si era un plano de mujer, sería lascivia. Tal y como me había pasado a mí con ese cliente.

Recordé que Hitchcock había aplicado el efecto Kuleshov al público a través de la mirada del fotógrafo L. B. Jeffries, que encarnaba James Stewart, en La ventana indiscreta. Vean si no el arranque de la película: Jeff mira hacia afuera, luego Hitch hace aparecer lo que ve y, por último, contemplamos la reacción del fotógrafo. Dependiendo de lo que viera la mirada transmitiría algo distinto: un perrito, ternura; una bella mujer, deseo. O eso creemos nosotros.

Volví a la pantalla. Vi los nombres de los goleadores de Alemania: Nmecha, Havertz, Musiala, Undav... Lejos y brumosos quedaban los nombres de mi infancia: Maier, Beckenbauer, Overath, Müller... Entonces me levanté para enfrentarme a los más de 30º C que llevaba en el cuerpo gracias al whisky straight de la Gardner y al aire caliente del exterior que me abofeteó al salir. Y me sentí como la camarera pero al revés: empezaba a sentirme fuera de esta época. Me giré antes de abandonar el Stop y contemplé el cartel de Mogambo y fijé mi mirada después en Mosjukin, que seguía con su semblante neutro.

Tiempo después escuché que fue detenido por abusos infantiles. Pero esa es otra historia.

Nota: Este artículo va dedicado a Harry Lime, que me ofreció dos entradas para San Mamés.





domingo, 16 de febrero de 2025

El beso cinematográfico

 FELIZ DÍA DE SAN VALENTÍN, CARIÑO

 


 

El pasado día 14 de febrero se celebró el día de los enamorados. Como yo no lo estoy, pues me dedico a mirar los diversos tendederos que hay en mi patio. Si se observa con detenimiento, se puede saber mucho de lo que hay tras esas vecinas ventanas con sólo contemplar la ropa colgada. Por ejemplo, el tendal de mi vecina me indica si está soltera o casada, edad aproximada, estatus social, si tiene buen gusto o no con la lencería, si es madre, friolera o si gasta en marca o es ahorradora, pulcra o un poco dejada (según los trapos)... Como ven, el tendal nos puede mostrar mucho acerca de aquellas personas que, aún sin cruzar apenas una palabra contigo, conviven en nuestro patio vecinal.

Durante un tiempo, mi vecina del ático sólo colgaba su propia ropa en el patio. Eso me intrigó. No sabía cómo era ella, pues no lograba coincidir en ese momento íntimo en que nuestra colada se exponía al vecindario simultáneamente. Observaba que las prendas íntimas las colgaba de tal modo que se veían rodeadas de otras de mayor tamaño: sábanas, toallas de ducha, vestidos, etc. De alguna manera, esa ocultación me impedía imaginar cómo sería ella. Bueno, en lo íntimo, pues por el resto de ropa podría suponer que rondaría la cuarentena, delgada, nada estilosa y por los colores expuestos nada jacarandosa.

La colada aparecía así, de repente. Me preguntaba en qué momento habría podido colgarla sin que yo me diera cuenta. Las persianas de la cocina siempre bajadas o la ventana del baño cerrada a cal y canto me daban la sensación de que ella no vivía allí diariamente, sino que venía tan sólo a hacer un uso esporádico de la vivienda. ¿Sería suya y no querría alquilarla? ¿Vendría tan sólo para aparentar que el piso estaba ocupado por "alguien", mientras hacía vida diaria en su vivienda principal? ¿Lo usaba para su "encuentros" extramaritales?

Me hacía esas preguntas cada vez que fijaba mi mirada en esa parte del patio. Un domingo por la mañana, mientras tomaba un café delante de la ventana de mi cuarto, comprobé que, junto a su ropa, colgaba unas prendas masculinas. Lo que me descorazonó fue ver unos slips de color negro exhibiéndose como pavo real monocolor. "Vaya", me dije, "parece que mi vecina tiene amante".

La aparición de esas prendas masculinas coincidían con el fin de semana. Dejé de acechar con la "ilusión" de un principio. Mi vecina tenía el corazón conquistado y el mío desencantado. 

Durante un tiempo, pues, mostré apatía por lo que ocurría en el colgador de mi vecina de ático. Y el descubrimiento de una nueva pareja jovencita enfrente de la ventana de mi cocina concitó mi interés. Desde mi colgador podía contemplar la habitación de los veinteañeros. En ocasiones, mientras colgaba mi ropa por la noche,  descubría luz en su cuarto. Allí me quedaba, absorto, agazapado a la espera de que en ese recuadro apareciese "algo" que valiese la pena a mi mirada de voyeur. La emoción de ver algo que rondara la pasión de la mirada me hacía estar con la pinza en la mano derecha y los gayumbos en la izquierda chorreando. Visto de fuera, era patético.

En alguna ocasión pasó algo digno de mi espera. Por ejemplo, la joven vecinita encendía la luz de su cuarto y abría la puerta del armario. Escogía "algo" y cerraba de nuevo. Su imagen desaparecía de campo al caer hacia la izquierda. "Ahí tiene que estar la cama", me decía. Efectivamente, veía unas piernas levantarse al aire y unos pantalones ser lanzados. Ella se erguía de nuevo en paños menores, con unas braguitas y el sujetador tan sólo. Luego aparecía su joven pareja para charlar con ella mientras se ponía el pijama. Se abrazaban y, mientras lo hacían, la mano del joven alcanzaba la cinta de la persiana para bajarla. La imagen del ventanal quedaba como codificada, pues a través de los orificios de la persiana podía contemplar el retozo sensual.

Había colgadores que reflejaban una separación (tan sólo prendas de madre cincuentona y muchacha adolescente) o un colgador alargado en el que sólo veía toallas requeteusadas, camisetas ajadas de manga larga y deslucidos jerséis que revelaban la vida de un jubilado soltero con fibrosis pulmonar.

Con el tiempo, mi atención volvió a recaer en el colgador de mi vecina de ático. Descubrí que, día sí y día también, no había rastro de prendas masculinas. Deduje que los fines de semana de mi vecina ya no serían tan excitantes como antes. Los colores y las prendas colgadas ya no se exhibían tan coloridas ni sensuales, abundando negros, grises y otros colores desvaídos en la paleta de tinturas de su ropa.

La coincidencia de salir a la ventana a colgar la colada tuvo lugar al fin. La casualidad tenía que darse me decía. Y se dio. Apenas pude mirar de reojo, lo suficiente creo para saciar mi hambre de curiosidad: de belleza discreta, morena, rostro enjuto, más hacia la cincuentena que despegando de los 40. Ideal.

Pasó el tiempo. Hace unas semanas, me pareció reconocer a mi vecina entrando en una tienda de comestibles. Esperé a que saliera y la seguí. Efectivamente, era ella, pues entró en el portal contiguo al mío y al llegar al ático se encendió la luz de la cocina. Aprovechando que era el 14 de febrero le dejé en el buzón el siguiente texto manuscrito:

 "El beso nunca es singular. El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero". Tu vecino de ático del nº 25.

Y ahora espero a que haya respuesta.

 


 

Estas andanzas de patio me han recordado la famosa película de Alfred Hitchcock: La ventana indiscreta (1954). Curiosamente, el fotógrafo protagonista, Jeff (James Stewart), que estaba escayolado de una pierna, no podía averiguar nada de sus vecinos, pues no hay colgadores. ¿Dónde secaban la ropa, pues? ¿Tendrían secadora en los apartamentos? Lo dudo. Así que la única manera de poder fisgar era mediante el uso de su cámara con teleobjetivo. 

De este filme quisiera, ahora que estamos con el 14 de febrero como asunto, destacar dos escenas. La primera se refiere a un beso fugaz. Si me preguntaran por el beso más hermoso jamás filmado, diría que este sucede en esta obra. Jeff está sólo en su apartamento dormitando y, súbitamente, entra en cuadro el rostro de su novia Lisa (Grace Kelly) y le besa. Es el beso-sorpresa más elegante y delicado visto en pantalla. ¡Y en Technicolor! Para ello el director tuvo que trucar el acercamiento del rostro de Lisa hacia la boca de Jeff, es como si el movimiento fuera el de una mariposa posándose en la rama del Amor.

El segundo apartado se refiere no al visual sino al guion. Se trata de un diálogo entre entre Jeff y su enfermera Stella (magnífica Thema Ritter). Mientras ella le da una masaje en su espalda, tiene la siguiente conversación que me encanta:

Stella: Mire, señor Jeffries, no soy una mujer de estudios, pero puedo decirle una cosa: cuando un hombre y una mujer se gustan el uno al otro se unen así: ¡paf!, como si fuera un choque entre dos trenes, y no se quedan sentados analizándose mutuamente.

Jeff: Hay un modo inteligente de enfocar el matrimonio...

Stella: ¿Inteligente? Nada ha causado tantos problemas a la humanidad como al inteligencia. ¡Matrimonios modernos!

Jeff: Hemos progresado emocionalmente...

Stella: ¡Tonterías! Antes conocías a alguien, te gustaba y te casabas. Ahora se leen muchos libros, se emplean palabras de cuatro sílabas y se psicoanaliza a la otra persona hasta que no se distingue entre una relación amorosa y unas oposiciones al ayuntamiento.

 


 

Supongo que querrán saber cómo acabó lo de mi vecina de ático. Si hubo respuesta o no. Pasaron días sin que en mi buzón apareciese correspondencia alguna. Hasta que un mediodía, a mi regreso del trabajo, y casi sin que tuviera esperanza de nada, hallé un sobre. De lo impaciente que me puse, lo rasgué con ímpetu sin percatarme quién sería el remitente. Me comunicaban que tenía una cita con el cardiólogo, que me tendrían que colocar un holter cardiaco durante 24 horas.

Y aquí me tienen tomándome una tila ante la ventana de mi habitación. En el colgador de mi vecinita, he vuelto a ver no uno sino dos boxers de color negro. ¿Tal vez hayan reanudado la relación?

Cada vez que me pongo La ventana indiscreta y veo el beso de la Kelly a Stewart me acuerdo de aquella gueguería de Gómez de la Serna:

"El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero".

Y así me consuelo.


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