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domingo, 9 de noviembre de 2025

Seminci 2025. Palmarés

 La gorda del bar Stop

 


 

Son las dos de la tarde de un domingo. El Athletic Club juega a esa hora en que habitualmente los parroquianos se dirigen a sus casas tras haber tomado unas rabas con vermut, un crianza o un zurito con aceitunas o algo sin alcohol. Hoy no. El fútbol manda y el bar Stop se va llenando de parroquianos convirtiendo el bareto en un mini San Mamés. Buena ocasión para la okupación de hogares abandonados.

Le pido a Cecilia, «¡Hombre, ya llegaste de Valladolid... de la seminchi!», un crianza Viña Real y una ración de rabas. Es curioso cómo se vocaliza el acrónimo de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, SEMINCI. Todos aquellos profanos lo pronuncian italianizándolo. Misterios.

A medida que el colorido rojiblanco, lleno de bufandas y camisetas, cubre el lienzo, escribo en un papel la crónica del palmarés de la 70ª edición de la Seminchi. Sé que a estas alturas a nadie le importa lo que escriba. Si vociferara, los parroquianos del Stop, cuyas miradas se concentran de hito en hito en el pantallón donde ven a los jugadores iniciar el enfrentamiento futbolístico, no me oirían.

 

En primera fila, el jurado de la 70ª edición de la SEMINCI

 

Garabateo en mi cuadernillo que un jurado compuesto por los cinco tipos de la fotografía de arriba (el crítico francés Serge Toubiana, que dirigió la revista Cahiers du Cinéma, el cineasta portugués Joao Pedro Rodrigues, la cineasta Elena López Riera, la productora italiana Laurentina Guidotti y el director artístico rumano Mihai Chirilov) han otorgado ex aequo la Espiga de Oro a dos películas: a The Mastermind de la cineasta estadounidense Kelly Reichardt y a Magallanes del filipino Lav Díaz.

Añado en la libreta que Laurentina Guidotti afirmaba en la lectura del palmarés que «había muy buenas películas para elegir». Y eligieron, como ha ocurrido en estas últimas tres ediciones, lo que nadie esperaba que fuese a ganar. El jurado justificó el premio a Magallanes, en el que participan Albert Serra y Montse Triola como coproductores, porque «nos permite sumergirnos en el pasado desde el presente, releyendo la historia colonial desde una perspectiva compleja y crítica». El jurado ha destacado asimismo «su propuesta estética, fotográfica y temporal extraordinaria y su ambición narrativa, su rigor formal, su singular manera de articular la reflexión histórica con la experiencia cinematográfica» a través de la figura del navegante portugués, donde Lav Diaz despliega una propuesta estética y temporal que relee críticamente la historia colonial. 

Mientras que el premio para The Mastermind lo justifican afirmando que «la directora Reichardt con elegancia e ironía deconstruye las reglas del género para revelar lo que se oculta detrás de la acción: el deseo, la ilusión y el fracaso. A través de una narrativa que juega con las convenciones del cine de atracos, Kelly Reichardt despliega una mirada íntima sobre la fragilidad humana y la perseverancia humanas». Y tan dichosos ellos.

Levanto la mirada, pues el Athletic Club acaba de meter un gol ante el Real Oviedo. El bullicio me desvía de mi sentimiento de desprecio (¿tal vez exagero?) hacia ese jurado, quinteto de la muerte del cine. Leo los títulos de críticas escritas por el vulgo en Filmaffinity sobre The Mastermind: «Lentitud como arte o coartada», la muy descriptiva por su tipografía «Laaaaargaaaaa», la deconstructiva «The Masterbostezo», o la que corresponde a mi sentimiento mientras la vi, «Un atracón de aburrimiento».

La Espiga de Plata ha recaído en Silent Friend de Ildikó Enyedi, película que también se alza con el Premio Espiga Verde por su «reconfortante mirada en un mundo en crisis. Silent Friend revela, con una poderosa narrativa, el tema de la comunicación silenciosa, la relación entre los seres humanos y las formas de vida no humanas, y lo invisible que impregna la realidad». No le niego mérito artístico a una triple historia en sendos tiempos distintos del siglo XX con un nexo común como son los árboles y la investigación científica, en concreto por el centenario gingko biloba, árbol curioso donde los haya, pero en mi opinión está mal montada y el conjunto es desigual en interés.

El Real Oviedo acaba de marcar el empate. Un fallo garrafal del portero Unai Cantada lo ha hecho posible. La petición de más rondas de vinos y cervezas se incrementa para pasar el mal trago. Vuelvo a mi libreta para escribir el resto del palmarés.

 

Los argentinos Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, premio Mejor Dirección

 

El Premio Ribera del Duero a la mejor dirección ha sido otorgado a los realizadores argentinos Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini por La noche está marchándose ya, «que con ternura y lucidez nos recuerda el poder del cine como espacio de encuentro y de resistencia política». El jurado añadía que el galardón subraya la capacidad de «celebrar la cinefilia, la amistad y el amor como gestos colectivos que nos invitan a seguir creyendo en el poder de la fabulación en un momento tan adverso para la creación audiovisual en la Argentina contemporánea». Como pueden ver se trata de otro premio con orientación ideológica: una patada en los dídimos de Javier Milei. Pero me apuesto a que a Javier Milei le gustará saber que la película ha sido producida sin subvención alguna del INCAA, Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina. Entre otras cosas porque no tiene un peso actualmente. 

Recuerdo que antes de la lectura del palmarés, el director José Luis Cienfuegos nos comentaba que la edición 70ª había batido récord de espectadores, superando «en un 6% aproximadamente los 98.000 de la pasada edición». Y posteriormente se caía al retroceder en un hueco del escenario convirtiéndose, como él dijo con cierto humor, en un meme: «Nunca pensé que me convertiría en un meme». 

El gol del Real Oviedo es anulado por fuera de juego. Pero la cara de Unai Cantada Simón es un poema de preocupación. La afición del bar Stop respira. Y yo también cuando he de rememorar los dos premios de interpretación, pues no la cagaron como el cancerbero bilbaíno. Eva Víctor gana el femenino por su trabajo en Sorry, Baby, película que también dirige y escribe, y Harry Melling por Pillion de Harry Lighton. «Ambos sostienen con brillantez dos dramas agridulces llenos de toques de humor. Humanizan estas películas y hacen estallar su núcleo emocional, transformando la experiencia cinematográfica en el puro placer de una narración sensible». Pues sin que sirva de precedente estoy de acuerdo. 

Pero esto no dura mucho. Porque el Premio a la Mejor Fotografía recae en Christopher Blauvelt por The Mastermind, «por el refinamiento de sus atmósferas, las composiciones de luz que acompañan una visión estética en perfecta armonía con al narrativa» de Kelly Reichardt. Mira qué curioso, en este momento la señal del partido se ha ido y la pantalla en negro. Parroquianos solicitando a Cecilia, la dueña del bar Stop, que reinicie la señal. Será casualidad que mientras esto escribo recuerdo haber comentado en el Teatro Calderón a un compañero si la proyección de The Mastermind estaba sufriendo algún problema en la copia digital porque había momentos en que apenas se apreciaban los rostros de los actores. Ahora a eso le llaman fotografía.

 

 

Franco y Arostegui, Premio Miguel Delibres al Mejor Guion por Subsuelo

Fernando Franco y Begoña Arostegui se alzaron con el Premio Miguel Delibes al Mejor Guion por Subsuelo, un reconocimiento a su concepción como «una bomba de relojería llena de giros impactantes y revelacioines silencioisas que desafía hábilmente las expectativas del público». Pues vemos cómo este jurado da una de cal y otra de arena. Como si fuera las dos versiones de Mr. Hyde y Jekyll, algo parecido al juego exquisito del Athletic Club y su desacierto con el gol. Así que la contra cara vino con el Premio José Salcedo al mejor montaje para Nili Feller por Yes, obra que el jurado definió como «tanto un rompecabezas como un desafío mental» que por el «brillante y preciso montaje de Nili Feller nos invita a sumergirnos en el universo abismal de uno de los cineastas contemporáneos más fascinantes y audaces». Se trata del israelí Nadav Lapid. Y seguro que la noche del sábado en la ceremonia de la entrega de premios, un grupo animoso propalestino y antiisraelí estaría dando la murga delante del Teatro Calderón. Yo no pude comprobarlo pues ya estaba de camino a Bilbao.

El Athletic Club gana el partido por la mínima: 1-0. Alguien que acabe de llegar aquí se preguntará qué pinta en el titular la gorda del bar Stop. Pues les diré que cuando era joven, en esa década de esplendor que son la veintena, había una chica llamada Paulova de origen rumano, gordita, con grandes tetas algo caídas ya para su edad, de culo espléndido y brazos rechonchos, rostro regordete y mofletudo y su voz... Ahí creo que atesoraba su éxito: ese hilito de voz sensual y cálido. 

Estando un buen día viendo en el Stop la final de un partido de fútbol, se hallaba la cuadrilla buyanguera que llamaban Pintxo Frío. La mayoría, unos tarados, algunos despreciables y pocos pudieron regresar a la senda del camino recto. Pues bien, mientras transcurría el partido iba viendo cómo al poco rato iba entrando y saliendo del baño al fondo algún miembro de Pintxo Frío con una carita de haber ganado la final. Poco tiempo después se rumoreó que Paulova se cepilló entre gol y gol del Athletic Club a varios de la cuadrilla. Me cuadra.

Hilo esto con el palmarés en el sentido de que dos de las películas truño-fofas de entre las 21 que aspiraban a la Espiga de Oro se llevaron al catre al Jurado. En ocasiones se cree que las rubias deseadas follan más y mejor, pero eso no pasa en muchas ocasiones. Al menos no en mis tiempos, pues eran más selectivas; la feas, en cambio, tenían más tragaderas. Así que películas como Resurrection de Bi Gan, el documental Below the Clouds del italiano Gianfranco Rosi, Sound of Falling de Mascha Schilinski, La chica zurda de Shih-Ching Tsou o Dos fiscales de Sergei Loznitsa se fueron de vacío por ser las más atractivas del baile. Ahora son los filmes con flequillo cortado al hachazo, tatuajes en la espalda o en antebrazos, medias rotas, faldas cortas, botas negras militares y muslamen imposibles de digerir visualmente las que se tiran a los miembros de los jurados. Allá ellos con sus gustos.

viernes, 31 de octubre de 2025

Seminci 2025: 7ª jornada

Cuando la motosierra de Milei agudiza el ingenio del cine argentino y un documental sobre el Vesubio me hipnotiza



Ramiro Sonzini (izq.) y Ezequiel Salinas directores argentinos de La noche está marchándose ya


Les confieso que a estas alturas de la función, cinematográfica claro, el que esto escribe ya da síntomas de agotamiento. Uno va con el piloto automático y le cuesta saborear los platos del restaurante Colombo o lograr placer de las imágenes y sonidos en pantalla. Esto es fruto de la sobredosis. Bien es verdad que cuando encuentra alguna pepita de oro inesperada, bien en el Pisuerga bien en el Esgueva, uno sale del teatro Calderon como si hubiera rejuvenecido unos años. Así es la magia de esta droga llamada cine.

Esto ha ocurrido con la única propuesta argentina de la Sección Oficial de la Seminci. Su título procede de una canción de José Luis Perales -si hubiera nacido en Nueva Jersey y se llamara Frank Sinatra habría sido Dios, pero esa es otra canción-. Volvamos al cine. Como iba diciendo el título procede de un fragmento de la canción llamada «¿Qué pasará mañana?».  Y dice así:

Yo te diré, temblando la voz. El tiempo va deprisa y ese día que soñamos, vendrá. Apaga la luz. La noche está marchándose ya. 

La noche está marchándose ya es un filme rabiosamente político y metafórico. Habla del desmantelamiento de la cultura que está ejerciendo el presidente Javier Milei fruto de la crisis económica que llevaba el país. La historia simbólica transcurre en un cine de la ciudad de Córdoba. La situación de crisis lleva a que uno de los dos proyeccionistas, llamado Pelu, con que cuenta el cineclub deba pasar a labores de vigilante nocturno. Su vida se tuerce cuando apenas con su sueldo puede pagar el alquiler del piso donde habita y decide cobijarse en el cine transformándose en su hogar. Por allí irán siendo acogidos por Pelu los mendigos y desheredados de las calles de Córdoba. 

La cinta está rodada en blanco y negro, más por razones presupuestarias que de índole expresivo según cuentan sus realizadores Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini en rueda de prensa. Pero qué quieren que les diga esa textura granulada le va muy bien a esta fina, ingeniosa y acertada ficción política. Salinas y Sonzini juegan con el tropo alegórico de lo que pasa en el cineclub municipal para hablar de la situación actual de la cultura argentina y la motosierra de Milei. Me quedé con las ganas de preguntar para cuándo harán otra sobre cómo han llegado los argentinos, el país más culto de toda Hispanoamérica, a esa situación. Seguro que les sale un díptico maravilloso. Pero me temo que ustedes ni yo lo veremos desgraciadamente. No me extraña que Salinas y Sonzini dijeran en la rueda de prensa en el Salón de los Espejos que desde que entró el gobierno de Milei muchos del mundo del cine han tenido que buscarse otros trabajos y que ellos llevaban tiempo sin poder trabajar en el cine. Pues los hechos les desmienten por fortuna: acaban  de rodar una muy interesante película que auguró tendrá un exitoso recorrido. 



La foto superior está hecha en un momento preciso: al paso de José Luis Cienfuegos, director de la Seminci por en frente de la tienda. Tenía la ilusión de que si se ampliase la imagen, la figura de él apareciese en un reflejo al fondo, vagamente difusa. No será así pues una cosa es la pretensión del artista y otra el resultado final (decepcionante en este caso). Sin embargo, si la amplían un poco podrán descubrir al fotógrafo junto al osito de pajarita naranja. 

La Casa Brígida es una pequeña tienda situada en la calle Platerías, número 2 de Valladolid (una de las calles más antiguas de España). Desde 1995 lleva funcionando, aunque curiosamente al entrar uno parece que se ha retrotraído en el tiempo. Suelo comprar cada año que vengo al festival un panetón (panettone en italiano) para visitar a la familia. El panetón es un bollo navideño de origen italiano, de consistencia esponjosa (como tocar unas tetas blanditas) y en forma de cúpula, generalmente relleno de pasas (los pezoncillos de los pechos) y frutas confitadas.

Todo este preámbulo de carácter arqueológico-fotográfico me ha llevado a Italia. En concreto al Vesubio y a Nápoles gracias al documental de Gianfranco Rosi titulado Below The Clouds (Bajo las nubes). Es de lo mejor que veré en esta edición. Está filmado en un bellísimo blanco y negro con una amplia gama de grises. Y con una edición de sonido que contemplar las diferentes líneas de composición narrativa es toda una gozosa experiencia. 

Como la verán muy poquitos, me gustaría, por si logro que ensaliven como si fuera un dulce panetón, contarles uno de los ejes de construcción. Rosi muestra a lo largo de sus 115 minutos una sala de cine antigua (de esas cuyos asientos son de madera y el culo se mortifica como Cristo en la Cruz) y vamos viendo fragmentos diversos de películas sobre el Vesubio, entre otras de Te querré siempre de Roberto Rossellini con la famosa secuencia de excavación arqueológica donde Ingrid Bergman y George Sanders ven el hallazgo de una pareja de enamorados carbonizados y fosilizados.

 La idea básica de Below the Clouds es un intento de descubrir la ciudad que rodea al Vesubio desde varios puntos de vista: los tesoros expoliados que había en la ciudad enterrada por la lava, las llamadas de emergencia de la población civil por las sacudidas por temblores de tierra, la descarga de grano de trigo en el puerto procedente de la Ucrania en guerra con paralelismos visuales a la lava del volcán… En ultimo instante, Rosi deja de mostrarnos las diversas proyecciones desde diferentes butacas de la sala de cine para transformarla, es un decir, en un lugar abandonado por la crisis del negocio, con el proyector envejecido, apagado y congelado por la destrucción  del tiempo. El tiempo que destruye y conserva a su vez la memoria de un pueblo como el napolitano, cuna de Paolo Sorrentino. 

Gianfranco Rosi no olvida el bullir de la gente, centrándose en un viejo profesor que da clases particulares en esos locales llenos de libros viejos y reliquias con amplias mesas. Mientras corrige los ejercicios de sus alumnos, le vemos leer Los Miserables de Víctor Hugo. Un joven le pregunta que en cuánto tiempo se lo ha leído. El maestro le responde que en diez días. A lo que el chaval, que suele ver recetas de comida en aplicaciones de móvil, le responde: “Pues aunque tuviera menos páginas, no acabaría por leerlo”. Si las generaciones jóvenes no se preocupan por aprender el pasado, solo nos queda una turbia neblina que, como ocurre con el final del documental, borre cualquier atisbo de escultura romana o griega que atesora Nápoles. No hará falta que el Vesubio resurja para cubrirlo todo. Para eso se encarga la ignorancia.


Gael Garcia Bernal interpretando, es un decir, a Magallanes 


Mira que el día brillaba como si estuviéramos en Cádiz. Pues tuvieron que venir las nubes que amenazaron tormenta. Creo que ha sido la única vez que he escuchado pataleo esta edición. Ha tenido que ser en el teatro Cervantes tras dos horas y cuarenta minutos que nos ha enjaretado un director portugués, Lav Díaz, del que no tenía el gusto de conocerle -y menos que voy a tener a partir de ahora-. Nos propone una visión muy particular y espesa de la figura de Fernando de Magallanes. El estilo que ha embaucado a Cannes y ahora a la Seminci consiste en contarnos (?) la peripecia de su pretensión de circunnavegar el mundo en busca de rutas más seguras para la Corona portuguesa y, tras el desprecio mostrado por el rey de Portugal, ofrecérselo a la Corona de Castilla. Son planos secuencias de duran una eternidad, lo mismo que duró su viaje hasta que la palmó en Cebú, una de las islas de Filipinas. Lo encarna Gael García Bernal. Supongo que era la única manera de sacar la pasta, de entre otros cándidos productores, de RTVE. 

Como va de progre, pues tenemos toda la argumentación de la agenda revisionista del Descubrimiento de América: los conquistadores malos, imponiendo su fe a los indígenas, estos tampoco se libran mostrándolos machistas con las mujeres (una joven le alerta de los peligros de los extranjeros llegados a la isla y el jefe le contesta que no se meta en asuntos de hombres), la Corona portuguesa ambiciosa y sin importarle las nefastas masacres de la población al intentar expoliar las riquezas, matanzas por doquier…

No le negaré a Lav Díaz un estilo propio, pero es tan plomizo que llega un momento en que piensas: ¿qué necesidad hay de alargar cada plano al medio minuto? Pues tal vez Díaz se  crea que en lugar de una película esté rodando frescos pictóricos porque abundan los planos secuencia en donde el estatismo es frecuente. No rueda, por ejemplo, escenas de violencia que serían algo dinámico, sino sus resultados: cadáveres desparramados por las aldeas indígenas o por las costa de los mares. 

Leo en el folleto que «el Festival de Cannes acogió el estreno de esta película colosal que recoge el testigo de obras como Aguirre, la cólera de Dios o Apocalypse Now, para acercarse a lo cotidiano como verdadero repositorio de los misterios de la Historia».

 Me comentan que detrás del proyecto está Albert Serra en la labor de producción y hay que destacar -nobleza obliga- la hipnótica fotografía de Artur Tort (Pacifiction, Tardes de soledad), para aproximarse a «uno de los episodios cruciales de la conquista de Filipinas en el que la geopolítica se revela inseparable de las pasiones humanas». Uno pasión, pasión en la interpretación de Gael Garcia Bernal interpretando a Magallanes no he notado precisamente. Hasta me costó reconocerlo pues los primeros planos si los hay yo no los vi. 

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