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domingo, 23 de agosto de 2026

Tres retratos de mujeres

Los cuadros de cine que no aparecerán en los Museos


Laura (1944) de Otto Preminger


Hace unos días visité el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Uno de los movimientos más repetidos entre los asistentes al contemplar el arte contemporáneo es ver la obra, alejarse un poco (o mucho) con pose de experto y volver a acercarse esta vez hacia la pequeña cartela o etiqueta. Lo hacemos con la vana esperanza de que la información nos revele algo de esa misteriosa pieza artística (pintura, dibujo, grabado...). Sin embargo, a menudo todo queda en una mera información "técnica". Algo así como:

Vincent van Gogh
(Zundert, Países Bajos, 1853 - Auvers-sur-Oise, Francia, 1890)
La noche estrellada
1889
Óleo sobre lienzo
73,7 cm x 92,1 cm

Y, claro, toda esa oblicua información nos impide adentrarnos en la intrahistoria de la imagen que contemplamos colgada de la pared. Nuestra mirada se torna torva al comprobar que esa obra que tenemos ante nuestras narices escapa a nuestra comprensión. Bretón decia: "Para mí, un cuadro es una ventana que se abre sobre algo. La cuestión es saber sobre qué".

Mientras paseo por el museo, me viene a la mente tres películas en las que hay cuadros que tienen una importancia básica en la trama, pero que jamás verán ustedes colgados en ninguna pared de sala de exposición. De alguna manera, visitar los museos es como pasear por galerías manchadas con los sueños de los artistas en la pared nívea. El Arte hecho sueño, los sueños inmortalizados con el arte. 

Laura (1944) arranca con un cuadro, retrato de la protagonista (Gene Tierney), y una voz que afirma: "Nunca olvidaré aquel fin de semana en que murió Laura". Esta podría ser la cartela que pudiera acompañar al retrato. No nos revela el misterio que yace en el noir de Otto Preminger, sino que lo agranda, lo intensifica. Laura es una joven diseñadora publicitaria que es hallada en su apartamento con el rostro desfigurado a causa de un disparo de escopeta (curioso modo de morir). El teniente McPherson (Dana Andrews) es el encargado de la investigación. McPherson acabará enamorándose del retrato de la muchacha, "un necrófilo enamorado de la imagen de una muerta".* En un momento dado, el teniente se queda dormido contemplando el retrato de Laura y, como si el sueño se transformase en realidad, la joven se le aparecerá, haciendo palidecer la pintura que preside el salón.


Laura (1944)


En el mismo año 1944, Fritz Lang rodó La mujer del cuadro. Richard Wanley (Edward G. Robinson) es un profesor de psicología que pasa unos días en solitario tras la marcha de su familia a pasar unas cortas vacaciones. Antes de entrar a un club social, pasa por delante una galería de arte y queda fascinado por el retrato de una hermosa mujer que hay en el escaparate. Los amigos que le acompañan le bromean calificándola como la mujer de sus sueños. Esa misma noche la mujer de sus sueños aparecerá para seducirle.

Wanley observa el cuadro con el mismo deseo que la mayoría de los que no hemos nacido con los ojos de Paul Newman, los andares de Henry Fonda o la sonrisa cautivadora Burt Lancaster. Nos conformamos con señoras de rulos, bata de andar por casa o lanzamiento de jabali-reproches. 


La mujer del cuadro (1944) de Fritz Lang


Por último, les menciono la tercera película que se rodó cuatro años después: Jennie de William Dieterle. Ya no estamos ante una historia de cine negro, sino de un drama romántico con tintes fantásticos. Joseph Cotten encarna a un pintor cuya inspiración parece serle esquiva. Un día se topa con una jovencita en Central Park, cuya vestimenta inapropiada para la época le llama la atención. Ella irá creciendo en las sucesivas apariciones a lo largo de la historia y se convertirá en musa inaprensible para el pintor. Aquí lo fantástico, un derivado de los sueños, es el motor de esta historia que recuerda al Romanticismo del siglo XIX.


Jennie (1948) de William Dieterle

Si observan con mirada atenta, los tres retratos de sendas mujeres (Gene Tierney, Joan Bennett y Jennifer Jones) son pintadas con una pose oblicua o vista de tres cuartos, lo que hace que las retratadas cobren una dimensionalidad mayor que si fueran pintadas en plano frontal. Parecen que quisieran salir de la ensoñación, del marco de lo pictórico para hacerse carne. 

En los dos primeros cuadros (género noir, son mujeres calculadores, frías y manipuladoras) ambas están con el brazo al descubierto, claro síntoma de seducción, en el de Jennie al ser el propio protagonista quien la retrata lo hace con mayor "recato", vestida, pues ella se ha convertido más en su musa, en su motor de creatividad, que en una proyección de su deseo sexual.

Los rostros están inclinados, claramente en pose sensual y miradas desafiantes en los dos primeros; en el tercero, no hay sino una vaga ensoñación, algo que recuerda a un ser espectral, la mirada no es seductora, ni retadora, sino más bien melancólica, ausente de la "realidad".

Claro, que esto que les cuento no está en ninguna cartela, sino en la intrahistoria de los cuadros, o sea en la narración fílmica en el que aparecen. Ahora que lo pienso, son retratos de una muerta, de una ensoñación y de una fantasía del pasado. Ya sabrán de qué les hablo si las han visto.

Al regresar a casa, abro la ventana que da al patio. Contemplo las de mi vecino: todas cerradas a cal y canto. Desde que supe que lleva más de tres semanas hospitalizado, la imagen de esas ventanas cerradas con las persianas se me asemejan a esos párpados que se cierran definitivamente.

Como todos los pintores a la hora de crear, uno busca un motivo, y este se convierte en boceto. En mi caso, para este artículo empecé desde hace días escribiendo lo siguiente: imaginen que por un día los asesinatos están permitidos.

Pero esta mañana un buen amigo me mandó una imagen con el siguiente comentario: “Lánguido e intelectualoide cine francés sesentero”. Se trataba de una escena de una mujer sentada tras una mesa redonda en la que había un jarrón con claveles rojos y amarillos. Al observar los bordes me di cuenta de que no pertenecía a un fotograma sino que era una foto. Era su madre fallecida. 

Ya ven que los caminos de la inspiración en ocasiones son muy oblicuos… como la pose de los retratos de estas tres mujeres. 


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