Visitas de las páginas en total

Mostrando entradas con la etiqueta Charles Chaplin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Charles Chaplin. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de julio de 2025

Una mujer de París (1923)

  ¿Qué pintamos cuando pintamos un retrato o Ceci n’est pas une pipe?

  

Edna Purviance (Marie) elige un vestido para su retrato que le hará Carl Miller (Jean, antiguo novio)




Hacia tiempo que no me pasaba por el bar Stop. Es verano y me gusta tomarme un café con leche con ciertos sacramentos parisinos a primera hora. La temperatura no se ha hecho extremeña y Cecilia, la dueña del barcito, todavía está de buen talante con los clientes. No sé cómo pudo haber traído al mundo cuatro retoños, uno hace tiempo muerto, reflexiono mientras la miro cómo lo prepara. Tal vez su difunto marido tenía su necesidad semanal de "eso" y las estadísticas confirmaron el número de cuatro. En aquel tiempo –en el que sitúo esta escena anacrónica–, lo de la planificación familiar todavía no estaba en boga. 

¿Qué me cuentas? Hace días que no vienes –me interroga Cecilia, queriendo ser amable lo acompaña de un rictus de sonrisa labrado en piedra.

–Liado.

–O con pocas ganas de venir por aquí. Ninguno de los de la cuadrilla ha preguntado por ti últimamente.

Como no quiero responder, paso la verónica preguntando por lo que últimamente me ronda en la cabeza.

–Oye, ¿tú has pensado en tener algún retrato tuyo? –le cambio de tercio.

–¿Para qué? Además, para eso se necesita mucho tiempo de posado, ¿se dice así, no? –me responde mientras me sirve el café con leche en vaso largo con dos bolsitas de azúcar–. ¿Quieres algo más?

–Sí, un cruasán a la plancha –le respondo–. El otro día me surgió la duda de qué pinta un artista cuando está ante el reto de un retrato: ¿la realidad, el ideal del cliente, el ideal del propio artista, una visión sui géneris del pintor? El pincel le ofrece varias posibilidades.

–¡A mí que me pinte más mona de lo que soy! Si no, no cobra un duro –grita desde el fondo en la cocinilla.

La pregunta me surgió a raíz de ver una película, Una mujer de París de 1923, muda. Está dirigida por Charles Chaplin. No es de sus películas más conocidas, en cambio a mí me parece un peliculón. La madurez del cine mudo. Consulté, tras ver la peli, su autobiografía y tan sólo la menciona en tres páginas. Y me quedo con una frase que me parece muy reveladora: "Algunos críticos sostenían que la psicología no podía expresarse en el cine mudo". Vaya que sí lo hizo Chaplin.

–Mi hijo el mayor me dice que han repuesto en las salas de cine La quimera del oro. Pero, ¿quién va a querer ver una película de Charlot del año de la polca... ¡Y muda! –me comenta mientras me trae el cruasán en un platito.

–Será en Madrid. Ya sabes… en las megaciudades, todo es posible.

–¿Y de qué trata Una mujer de París–pregunta sabiendo que nada me detendrá.

–Me alegro de que me hagas esa pregunta, Cecilia. La acción comienza en un pueblecito de Francia. La protagonista se llama Marie St Claire, interpretada por Edna Purviance, y el padre se niega a que se case con un humilde pintor. Ellos deciden fugarse cuando el padre cierra la casa para que ella no pueda entrar tras haberse escapado de noche con el pintor. En la estación, él decide regresar a casa para recoger algo de ropa mientras ella saca los billetes. Sin embargo, un incidente, el fallecimiento de su padre, hace que él no aparezca en la estación y Marie decide coger el tren a París creyendo que la ha abandonado en el último momento.

–De esas historias ya he visto muchas en Astrabudua. Sobre todo cuando ellas quedan preñadas… ¿Qué tiene que ver esto con lo del retrato? –pregunta Cecilia impaciente.

Por la puerta, se acerca el repartidor de periódicos. Dice buenos días y deja tres ejemplares: El Correo, Deia y Egin. La propietaria del Stop empieza a colocarlos en las barras de sujeción.

Pasa un año. Un cartelito nos sitúa en París "donde la fortuna es voluble y una mujer pone su vida sobre el tapete de juego".

–Vamos, en román paladino, que se mete a puta.

–No, digamos que se convierte en la querida de un adinerado caballero encarnado por Adolphe Menjou.

–No sé quién es.

–Un actor de la época. Da igual –le digo mientras me como un trozo del cruasán–. El caso es que ella vive como una reina en un apartamento pagado por él. Por esas casualidades de la vida, Marie St. Claire llama por equivocación a un piso donde se topa con su antiguo amor del pueblo, que ha venido a París a tratar de superar la precaria situación económica.

–Y ella le ayuda de alguna manera. Como si estuviera viendo la película.

–Bueno, le encarga un retrato. Quedan para elegir el vestido, uno plateado, y ahí es cuando él descubre que está liada con un hombre.

–Y ahora es cuando viene la explicación del retrato –y acompaña Cecilia la frase con una triunfal sonrisa mientras se coge un trocito de mi cruasán.

–La escena, que me parece magnífica por lo que tiene de psicológica, es aquella en que la Purviance está posando, ¿se dice así, no? –le guiño el ojo a Cecilia– ante el pintor. Ella bosteza, porque para ella no es más que un retrato del presente. A él, en cambio, le falta unos detalles y le hace prometer que no lo verá hasta que no esté completamente acabado. Sin embargo...

 

Una mujer de París ante los ojos del pintor

 

–Ella no puede aguantar la impaciencia de verse en ese vestido de color plata que había elegido con la complicidad de él cuando fue a verla a su apartamento.

–Exacto –le digo–. Sucede algo muy curioso a nivel artístico y psicológico. Digamos que ambos personajes están en planos mentales-temporales distintos: Marie St. Claire en el presente parisino con su reluciente vida de hedonismo y placer; él, en cambio, todavía en el pueblecito cuando pretendía el amor de ella. 

–¿Y eso cómo lo sabes? –pregunta Cecilia, apoyando los codos sobre la barra mientras lanza una mirada a la puerta por si alguien entra.

–Porque cuando ella levanta el trapo del caballete ve que no está retratada con el elegante vestido que ha elegido, sino con aquel más humilde que llevaba el día en que pretendían fugarse en la estación de tren rumbo a París hace un año. Ella le pregunta mientras mira por la ventana el pasado"Why bring up the past?".

 

Marie St. Claire no quiere traer el pasado al ver su retrato

 

–Que en cristiano significa...

–¿Por qué sacar a relucir el pasado? Su ex novio le responde, claro, en un intertítulo: "Porque te conocía mejor entonces". 

–Digamos que el retrato no respondía al interés de su clienta.

–Digamos que no, Cecilia. En esta ocasión, el retrato obedecía al subconsciente del pintor de querer ver a la Marie St. Claire del pasado, de aquella Marie que ya no lo es.

Solté el dinero. Mientras esperaba la vuelta, observé que en uno de los periódicos podía leer el siguiente titular: "Se encontraron un cuadro de Rembrandt en una inspección de una casa: vendido por más de 1 millón de euros". Sonreí por la casualidad de la noticia, pues se trataba del retrato de una joven. Agradecí la atención de Cecilia y salí por la puerta con la sensación de que el pasado, a medida de que el tiempo transcurre, nos acompaña cada vez más en nuestro retrato de la vida. “¿Qué será de aquel retrato de la Purviance? ¿Lo conservará alguno de los hijos de Chaplin?”, me preguntaba mientras los rayos de sol se iban poniendo extremeños. 

  


 

sábado, 13 de julio de 2024

Jackie Coogan y las galletas Chiquilín

 LA BILBAÍNA FÁBRICA ARTIACH SE INSPIRÓ EN LA FÁBRICA DE LOS SUEÑOS




Me gustan los paseos sin rumbo, pues en ocasiones te topas con lo imprevisto, la sorpresa, lo que no estaba en el guion o se sale de la rutina. Esto fue lo que me sucedió el pasado 8 de julio de 2024. Recorriendo la calle Muelle de Churruca acabas desembocando en el Parque Evaristo Churruca de Las Arenas. Allí sueles ver a jóvenes jugando en una cancha de baloncesto, rodeada de arbolado. Tras ella, tenemos un monumento a Churruca, un navarro de Izu que construyó el puerto exterior del Nervión. Está sentado con una pluma (?) en la mano y sosteniendo un periódico (?) con la otra. Siempre tengo la sensación de que está ausente, ensimismado en la resolución de algún problema. Tan sólo las palomas u otras aves le acompañan de vez en cuando. Y algún turista despistado que dispara una foto de recuerdo.

Antes de pasear por lo que es el muelle propiamente dicho, no muy largo y ajardinado, hay una pequeña explanada en la que me encontré esta estampa:

 





Se trataba de una exposición callejera, supongo que sufragada por la BBK con fondos del Museo de Bellas Artes de Bilbao. El motivo que sustentaba la muestra era la infancia en el arte. Así que me paré. ¿Tal vez con la esperanza de que alguna obra me llevara a ese paraíso perdido?


El espíritu de Proust


Interrumpiendo mi paseo, me detuve a contemplar algunos cuadros hasta que me llamó la atención uno en concreto, más bien era un cartel publicitario. Como si me hubiera llevado a los labios «una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena, en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior». La imagen que tenía delante de mí me trasportó cual magdalena a uno de los recuerdos más antiguos de mi infancia. Aquel sábado, porque era un sábado de algún año de los 70, fui con mi aita en nuestro Seat 600 a recoger a mi tía que, por aquel entonces, trabajaba de galletera en la fábrica Galletas Artiach en la Ribera de Deusto 69. 

Recuerdo que iba de copiloto y, a falta de unos kilómetros, no me acuerdo a quién se le ocurrió que me escondiera en la parte trasera del automóvil, que no era muy grande. A medida que nos acercábamos a la fábrica, la emoción por darle una sorpresa me hizo impacientarme. Así que ese pequeño trayecto que faltaba se me hizo eterno como la resolución de los penaltis o del predictor. Cuando entró mi tía preguntó si no había venido "el niño". Y recuerdo saltar como un cheyene sobre su cuello para expresarle mi alegría y amor. ¡Cosas de niños, vaqueros e indios!

Durante mi infancia tuve la suerte de saborear las caras galletas `Chiquilín', que traía mi tía. Fue un producto desarrollado por Artiach a finales de la década de 1920. No estaba basado en ninguna otra galleta del mercado, y fue la competidora de la María durante décadas. Seguramente el secreto de esta galleta fue que era difícil decir a qué sabía, en cuya fórmula estaba el coco pero no tenía sabor a este fruto.

Ustedes estarán deseando ver el cartel publicitario:


Cartel publicitario creado por Emilio Ferrén para Artiach 


Charlot y El chico


La galleta bilbaína `Chiquilín` tuvo ese nombre por el cine, concretamente por una película muda titulada "El chico" (1921) dirigida por Charles Chaplin y bastante larga para su época, 88 minutos. En ella, Charlot, un vagabundo, descubre a un bebé abandonado que no tendrá más remedio que criarlo. Años después, Charlot se convierte en vidriero y el chiquilín le precederá rompiendo cristales. Negocio lucrativo. Ese niño se llamaba Jackie Coogan. 

La película fue un éxito en España a partir de los años veinte y treinta. El distribuidor del filme en España puso el nombre de Chiquilín al chaval protagonista de "El chico". Por eso, las galletas se llamaron así y, además, tanto en las cajas como en los carteles publicitarios de aquella época salía un niño sensiblemente parecido al de la película. De alguna manera, lo que se pretendía era el efecto proustiano de la magdalena: todos los consumidores que hubieran visto la película, al comerse una chiquilín, lo asociarían a esa obra que, por primera vez en la Historia del Cine cómico, se arriesgaba a combinar una historia dramática y casi trágica con las risas y la farsa. Nada más empezar un rótulo indicaba que era:

«Una película hecha con una sonrisa, y quizá con una lágrima».


El final de la fábrica

 

Desde hace años, el barrio de la Ribera de Deusto, ahora se le denomina Zorrozaurre, ha ido transformándose. En verano de 1983, Bilbao sufre unas inundaciones dramáticas, en las que, entre otras desgracias y pérdidas económicas, se produce la total inundación de la fábrica de Galletas Artiach. Todo ello implicó que a mi tía la prejubilaran y se fuera a vivir a otro lugar. Desde ese tiempo el edificio a duras penas se ha conservado. Hace unos pocos años pasé por allí para sacar algunas fotos antes de que todo se fuera al carajo, y comprobé que se había reutilizado el edificio para instalar una Escuela de Creación Cinematográfica de Bilbao. Hoy ya no está ahí tampoco la escuela.

Marcel Proust reflexionaba en su famosa obra "En busca del tiempo perdido" que:

«Cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo».


En mi caso, no fue el olor ni el sabor de la Chiquilín, sino la imagen del cartel el que me llevó a ese edificio derruido de mi infancia. Y continué con mi paseo.


 

Ilustración de la fachada de la fábrica.
Tomada de Artiach, la fábrica de galletas de Bilbao, 1907

ÚLTIMO ARTÍCULO PUBLICADO:

Los Soprano

 Charles Foster Kane  homenajeado en Los Soprano      N o me gusta ver series —sobre todo si se tiran varias temporadas —,  ni suelo verlas....

ARTÍCULOS MÁS LEÍDOS