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Mostrando entradas con la etiqueta Un hombre en casa (1973-1976). Mostrar todas las entradas
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domingo, 30 de agosto de 2026

¿Quién cojones son Mortimer y Cooke?

Una serie en la que aparece siempre una cita al cine




Llegado uno a cierta edad, tan sólo si se han cultivado algunas aficiones o puedes aún mantener cierta amistad con algún ser de este mundo, te permite no hundirte del todo. En mi caso, de lo último me escasea y no siempre está disponible, pero de la primera todavía puedo mantener el idilio con el cine y, con más fatiga, la literatura. Cine y Literatura.

Hay gente que se entrega a la melatonina, a la raíz de valeriana o a la pasiflora; otros buscan algo más fuerte: el lorazepam, el diazepam o el alprazolam; en mi caso, busco calmar el insomnio y la fatiga de la vida con la ficción acompañándola con algunas gotas de alcohol.

Por eso bendigo a dos medicamentos del alma llamados Johnnie Mortimer y Brian Cooke, ambos guionistas ingleses. Parieron unas cuantas sitcom, comedias de situación, para la televisión británica de los años 60 y 70 del siglo pasado. Mortimer falleció en 1992 a los 62 años, con lo que la pareja, dibujantes de viñetas y cómics en origen, se vio truncada. 

Ahora que estoy revisitando Un hombre en casa (Man About the House, 1973-1976) me he dado cuenta de que los quiero aún más. ¿Por qué? Bueno, diremos antes que esta serie narraba las vicisitudes de tres jóvenes veinteañeros (Chrissy, Jo y Robin Tripp) que convivían en el piso de arriba de una casa en la que los caseros vivían en la planta baja (los Roper). La fórmula era sencilla: presentaban situaciones de enredo, diálogos breves, chispeantes, ágiles, a veces mordaces pero nunca hirientes, uso de anfibología o juego de palabras; el amor/sexo siempre flotaba en el ambiente (Robin solía cortejar sin éxito a Chrissy, cuya virginidad trataba de poner a salvo) mientras que Jo era la que, pareciendo tonta, tomaba el pelo a los demás, y las situaciones se cerraban siempre poniendo una sonrisa en los labios de los telespectadores. De algún modo, la serie se convirtió en una manual de sexualidad en episodios, nuestra educación por televisión en blanco y negro, aunque se hubiese rodado en color.

Y digo que los quiero aún más porque he descubierto que tienen algo en común a mí: aman el cine porque, sospecho, lo han mamado. Un hombre en casa se compone de seis temporadas y 39 episodios en total. En cada uno de ellos hay al menos una mención al séptimo arte. ¿Cómo lo descubrí? Porque en una de las temporadas, me sorprendió que en los títulos de crédito finales apareciese una imagen con referencias explicitas a figuras del cine. ¿Qué carajo hacían ahí Clarke Gable, Humphrey Bogart, una mujer medio desnuda o Dennis Hooper en Easy Rider (Buscando mi camino) ? Y de ahí que mi fino olfato de sabueso se puso con el rabo tieso y la mirada auscultadora: en cada episodio había uno o más guiños al cine. Esa fue mi hipótesis.

En el primer capítulo, Tres son multitud, se nos presenta la necesidad de buscar un tercer compañero de piso que acompañe a Chrissie y Jo. Tras una fiesta de despedida de la antigua compañera, hallan al día siguiente en la bañera dormido a Robin. Su destreza como cocinero, las hace considerar la posibilidad de ofrecerle ocupar ese hueco. Hay un inconveniente: es un chico y los caseros (sobre todo George Roper) puede que no lo vean con buenos ojos. Mortimer y Cooke, en los 24 minutos que dura el capítulo, introducen esta mención al cine en el momento en que Robin quiere poner las cosas claras con sus futuras compañeras:

—Suponiendo, en fin, suponiendo que quiero... Bueno, ya sabéis... traer a una chica. Quiero decir, traer a mi novia para tener... para tener una conversación tranquila... —trata de exponerles Robin Trip.

—Nos vamos a ver una película —contesta con aparente ingenuidad Jo.

El segundo episodio, Y con mamá somos cuatro, la casera Mildred se topa con Robin y Jo, que han salido del piso para que la madre de Chrissie no sepa que un hombre va a compartir el piso con su hija. Mildred le pregunta a Robin por su orientación sexual, pues en el primer episodio había un equívoco con ello. Y tras aclararle que es heterosexual eso enciende a Mildred que le espeta:

—Estoy segura que encajará muy bien en nuestra pequeña vecindad. 

—¿No puedo... no puedo tentarla? —pregunta Robin tímidamente.

—Con bebida, no —responde Mildred—. De todas formas, he de volver y preparar su cacao a Omar Sharif.

En este caso, la alusión al actor egipcio, protagonista Lawrence de Arabia, va con retranca, pues se refiera a su marido, George, que presenta un claro síntoma de hipoactividad sexual.

La segunda alusión al cine se menciona cuando Chrissie no revela la verdad a su madre y le hace creer que todavía la habitación de la tercera compañera está vacía. Su madre, entonces, decide pasar la noche en lugar de volver a su hogar. 

—Oye, si tu madre se va a quedar esta noche, ¿dónde va a dormir esta noche Robin? —le pregunta Jo desde un teléfono del pub.

—En la lavandería, o si no mejor en la estación o en el cine Essoldo, que dura toda la noche —le responde Chrissie desde casa.

Chrissie acude al pub para tratar de convencerle a Robin:

—Guerra y paz, la proyectan toda la noche en el Essoldo —le propone Chrissie.

—No, no, no me convence eso —contesta Robin.

—Es la versión original rusa de 1932 —matiza Jo.

—Eso puede ser peor —responde Robin.

No existe una versión rusa de Guerra y paz de 1932. Supongo que Mortimer y Cooke traerían a las mientes la obra de Sergei Bondarchuk de 1965, pero llevarlo a unas décadas anteriores les haría más gracia.

El trío acuerda una solución: Robin pasaría la noche en la habitación de ellas para no ser descubierto por la madre. Pero al ir a cerrar la puerta del balcón por el viento, es descubierto. Y ahí se cierra la mención cinéfila anterior:

—Pasaba por aquí y he pensado... a lo mejor alguna de las chicas quiere... quiere ir a alguna sesión de cine larguísima. Es una película que dura cuatro horas y media. Es Guerra y paz en el Essoldo—aclara Robin ante la madre de Chrissy y de las dos chicas —. Pero ya veo que están a punto de acostarse. De manera que me iré yo solo a esa sesión de toda la noche. 

Realmente, Essoldo no era un cine, sino una de las cadenas de cines independientes más grandes e icónicas del Reino Unido. Durante la década de 1970, varios de sus locales operaban activamente en diferentes zonas de Londres y el resto del país antes de ser absorbidos por otras compañías o transformarse en salas de bingo.

Curiosamente, el nombre "Essoldo" era un acrónimo familiar. Fue creado por el fundador de la cadena, Solomon Sheckman, combinando las iniciales de su esposa (Esther), las suyas (Sol) y las de su hermano (Dony). En Londres tuvieron salas muy conocidas en zonas londinenses como Chelsea, Bethnal Green y Burnt Oak. En 1972, la marca Essoldo desapareció de las calles cuando el circuito fue vendido a la compañía Classic Cinemas Ltd., la cual renombró la mayoría de las salas. Así que cuando se rodó la primera temporada, Brian Cooke y Johnnie Mortimer tendrían en el recuerdo dicha cadena de cines.

El tercer episodio, Una velada encantadora, el hilo argumental sigue a Jo y a su primer escarceo amoroso, que tan sólo se ha rematado en un primer encuentro con un apretón de manos. Eso hace dudar de su atractivo hacia los hombres. Chrissy trata de animarla recordándole lo que le pasó con un chico y, de paso, los guionistas aprovechan para meter su primer guiño cinéfilo:

—Una vez salí con un chico que nada la primera vez. La segunda vez, nada. La tercera vez como el encuentro entre King Kong y Godzilla —le comenta Chrissy para indicarle que no todo sucede en una primera cita.

Como la cita entre Jo y su invitado transcurre en el piso, Robin y Chrissy han de estar fuera hasta las doce de la noche. Así que en un momento en que entra Mildred para dejarles copas y cubertería para la cena "especial", Chrissy pregunta:

—¿Sabe qué película proyectan esta noche en el Essoldo?

—¡Ah, sí! Ya, ya me acuerdo. Es un estudio sensible de la agonizante pasión entre una chica y un simple granjero... y cómo la deja morir —le recuerda Mildred.

—No creo que vaya.

Mildred les invita a Chrissy y a Robin a pasar por su piso durante el tiempo que hayan de estar fuera. A lo que Robin al bajar las escaleras le comenta a Chrissy:

—Si te he de ser sincero, preferiría haber ido al cine, pero los Roper se sentirán solos. Y es de buenos vecinos pasar y darles un poco de buena compañía. 

—Sí, como les debemos un mes.

—Sí, he pensado en eso —añade Robin —. ¿De qué vamos a hablar? ¿Tiene él algún hobby?

—Sí, es la máxima autoridad del país en marcas de latas de cacao. Las colecciona.

—Lo bien que estaría yo en el cine.

¿Ven por qué ahora les quiero más a Brian Cooke y Johnnie Mortimer, guionistas tanto de Un hombre en casa y Los Roper, entre otras exitosas series de su tiempo?

Si siguiera con el resto de los episodios, esto daría para una tesina. Pero por hoy es suficiente. Me voy al bar Stop a ver a mi Athletic, que está último con cero puntos. 

 









domingo, 9 de agosto de 2026

Rafael de Penagos y María Romero, dobladores

¿Qué es lo que mejor envejece en un actor?








Nos gusta engañarnos. No aceptamos la verdad: porque es inasumible en ocasiones; en otras, se nos hace insoportable anímicamente. Nos miramos al espejo todas las mañanas, más las mujeres que los hombres, y no vemos ‒no queremos aceptar‒ la degradación paulatina de nuestro rostro, nuestro cuerpo, nuestros dolores mañaneros, la micción entrecortada, las canas, la calvicie, las pastillas para el colesterol, hipertensión, diabetes... 

Hace unos años, leí al político y filósofo romano Cicerón su tratado sobre la vejez en busca de consuelo, en la creencia de que en esta etapa final habría algún alivio. Creo recordar que en su lectura no la encontré. Cicerón, con la lucidez de su pensamiento, afirmaba en una de sus páginas: "Encuentro cuatro razones por las que la vejez puede parecer miserable: una, porque impide hacer cosas; dos, porque debilita el cuerpo; tres, porque priva de casi todos los placeres, y cuatro, porque no se encuentra lejos de la muerte". 

Todo este preámbulo viene a colación, pues me he preguntado recientemente al ver una serie antigua: ¿hay algo en nosotros que no envejezca o, al menos, lo haga más imperceptiblemente? Y quise encontrarlo en algo: la voz, la voz de uno mismo. Pasa a menudo escuchando la radio. Solemos sintonizar una emisora durante años, las voces de sus programas se nos hacen familiares, nos acompañan en la cocina, en las labores por casa o cuando nos acostamos por la noche. Forman parte de la familia. Y curiosamente, rara vez decimos: ¡Cómo ha envejecido (la voz de Iñaki) Gabilondo o la de Carlos Alsina o la de Carlos Herrera! Es como si hubieran pronunciado el deseo de Dorian Grey: que sea el lienzo el que cargue con el paso de los años y el peso de los pecados radiofónicos.

Los que calcen más de medio kilo de centuria tal vez les suenen estos dos nombres: María Romero y Rafael de Penagos. Ambos, dobladores: ella nacida en La Coruña en 1921 y fallecida en 2015; Penagos, madrileño de 1924 y fallecido en 2010. Cuando se apagó la vida de María Romero, la AISGE tituló: "Fallece María Romero, histórica del doblaje y voz de la señora Roper"; el periódico La Vanguardia encabezó la noticia así: "La inolvidable voz de la señora Roper"; y, por último, La Voz de Galicia también hacía hincapié en lo mismo: "La inolvidable voz en castellano de Mildred, la señora Roper".

Penagos, poeta (premio Nacional de Literatura en 1964), actor y doblador,  tuvo un titular de mayor espectro en la prensa española: "Rafael de Penagos: Poeta y referente del doblaje español" se podría decir que fue lo mayoritario, aunque leyendo las necrológicas de la época, se destacaba entre sus trabajos el del doblaje de George Roper en las populares comedias británicas Un hombre en casa y Los Roper, uno de los más recordados por el público.

Hace poco empecé a ver de nuevo Los Roper. A esta mi edad de sesenta inviernos de almanaque, uno vuelve a la juventud y se hincha a revivir las sensaciones que descubrió entonces. Vano ejercicio de inmortalidad. Pues bien,  los capítulos de la serie británica (George & Mildred) se doblaron en España de forma conjunta entre 1979 y 1981 por TVE. Sin embargo, en el capítulo "Yo tengo un caballo" ("I've Got a Horse") de la quinta temporada noté que la voz de los dos protagonistas habían envejecido. ¿Cómo era esto posible? George y Mildred, Yootha Joyce y Brian Murphy eran los mismos, pero sus voces se notaban más añosas. Vamos, no las suyas sino la de sus dobladores al español. Era como el retrato de Dorian Grey pero en audición.

Parece ser que este capítulo se dobló especialmente para la edición que se sacó en DVD, porque TVE nunca llegó a emitirlo ni a doblarlo en los años 70 y 80. Al preparar el lanzamiento de la colección completa en DVD, la distribuidora se encontró con que este episodio carecía por completo de pista de audio en español. Para evitar que el capítulo se editara únicamente en inglés con subtítulos, la distribuidora decidió grabarle un doblaje en español exclusivo para este lanzamiento en formato doméstico. 

El gran valor de esta grabación fue que lograron reunir de nuevo a los mismos actores de doblaje españoles casi 30 años después de las emisiones originales de televisión. Pudimos volver a escuchar a Rafael de Penagos prestando su voz al holgazán George Roper (interpretado por Brian Murphy) y a María Romero como la sofisticada Mildred Roper (Yootha Joyce). Gracias a esta decisión técnica y nostálgica para el mercado del DVD, los seguidores de la mítica telecomedia británica pudieron disfrutar por primera vez de la serie íntegra y con sus voces de siempre.

En un añadido ‒los llamados extras de la colección‒ se puede ver a Rafael de Penagos y a María Romero en un estudio de doblaje para ese capítulo. Penagos comenta que no notaba el salto temporal de los treinta años entre el doblaje de aquellos episodios y este último, puesto que "excepto en algunos casos, lo que menos envejece es la voz". María Romero indicaba que a pesar de haber pasado 30 años, "he retomado el personaje y es como si no hubiera pasado el tiempo. Lo he hecho sin dificultad y la voz me respondió igual". 

Ya lo decía Cicerón: si no te impide hacer cosas (doblar), no sientes que el cuerpo se debilita (en el doblaje no se nota) y Penagos y Romero, a pesar de los treinta años transcurridos, no se veían privados del placer de volver a doblar a George y Mildred, aunque fuera tan sólo un episodio, entonces se seguían sintiendo "jóvenes". Lo que no podían evitar –esa cuarta razón inexorable– era estar cerca de la muerte: la colección en DVD se sacó el 12 de diciembre de 2005 y al cabo de diez años ambos ya estaban muertos, salvo sus voces: siempre inmortales.








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