Una serie en la que aparece siempre una cita al cine
Llegado uno a cierta edad, tan sólo si se han cultivado algunas aficiones o puedes aún mantener cierta amistad con algún ser de este mundo, te permite no hundirte del todo. En mi caso, de lo último me escasea y no siempre está disponible, pero de la primera todavía puedo mantener el idilio con el cine y, con más fatiga, la literatura. Cine y Literatura.
Hay gente que se entrega a la melatonina, a la raíz de valeriana o a la pasiflora; otros buscan algo más fuerte: el lorazepam, el diazepam o el alprazolam; en mi caso, busco calmar el insomnio y la fatiga de la vida con la ficción acompañándola con algunas gotas de alcohol.
Por eso bendigo a dos medicamentos del alma llamados Johnnie Mortimer y Brian Cooke, ambos guionistas ingleses. Parieron unas cuantas sitcom, comedias de situación, para la televisión británica de los años 60 y 70 del siglo pasado. Mortimer falleció en 1992 a los 62 años, con lo que la pareja, dibujantes de viñetas y cómics en origen, se vio truncada.
Ahora que estoy revisitando Un hombre en casa (Man About the House, 1973-1976) me he dado cuenta de que los quiero aún más. ¿Por qué? Bueno, diremos antes que esta serie narraba las vicisitudes de tres jóvenes veinteañeros (Chrissy, Jo y Robin Tripp) que convivían en el piso de arriba de una casa en la que los caseros vivían en la planta baja (los Roper). La fórmula era sencilla: presentaban situaciones de enredo, diálogos breves, chispeantes, ágiles, a veces mordaces pero nunca hirientes, uso de anfibología o juego de palabras; el amor/sexo siempre flotaba en el ambiente (Robin solía cortejar sin éxito a Chrissy, cuya virginidad trataba de poner a salvo) mientras que Jo era la que, pareciendo tonta, tomaba el pelo a los demás, y las situaciones se cerraban siempre poniendo una sonrisa en los labios de los telespectadores. De algún modo, la serie se convirtió en una manual de sexualidad en episodios, nuestra educación por televisión en blanco y negro, aunque se hubiese rodado en color.
Y digo que los quiero aún más porque he descubierto que tienen algo en común a mí: aman el cine porque, sospecho, lo han mamado. Un hombre en casa se compone de seis temporadas y 39 episodios en total. En cada uno de ellos hay al menos una mención al séptimo arte. ¿Cómo lo descubrí? Porque en una de las temporadas, me sorprendió que en los títulos de crédito finales apareciese una imagen con referencias explicitas a figuras del cine. ¿Qué carajo hacían ahí Clarke Gable, Humphrey Bogart, una mujer medio desnuda o Dennis Hooper en Easy Rider (Buscando mi camino) ? Y de ahí que mi fino olfato de sabueso se puso con el rabo tieso y la mirada auscultadora: en cada episodio había uno o más guiños al cine. Esa fue mi hipótesis.
En el primer capítulo, Tres son multitud, se nos presenta la necesidad de buscar un tercer compañero de piso que acompañe a Chrissie y Jo. Tras una fiesta de despedida de la antigua compañera, hallan al día siguiente en la bañera dormido a Robin. Su destreza como cocinero, las hace considerar la posibilidad de ofrecerle ocupar ese hueco. Hay un inconveniente: es un chico y los caseros (sobre todo George Roper) puede que no lo vean con buenos ojos. Mortimer y Cooke, en los 24 minutos que dura el capítulo, introducen esta mención al cine en el momento en que Robin quiere poner las cosas claras con sus futuras compañeras:
—Suponiendo, en fin, suponiendo que quiero... Bueno, ya sabéis... traer a una chica. Quiero decir, traer a mi novia para tener... para tener una conversación tranquila... —trata de exponerles Robin Trip.
—Nos vamos a ver una película —contesta con aparente ingenuidad Jo.
El segundo episodio, Y con mamá somos cuatro, la casera Mildred se topa con Robin y Jo, que han salido del piso para que la madre de Chrissie no sepa que un hombre va a compartir el piso con su hija. Mildred le pregunta a Robin por su orientación sexual, pues en el primer episodio había un equívoco con ello. Y tras aclararle que es heterosexual eso enciende a Mildred que le espeta:
—Estoy segura que encajará muy bien en nuestra pequeña vecindad.
—¿No puedo... no puedo tentarla? —pregunta Robin tímidamente.
—Con bebida, no —responde Mildred—. De todas formas, he de volver y preparar su cacao a Omar Sharif.
En este caso, la alusión al actor egipcio, protagonista Lawrence de Arabia, va con retranca, pues se refiera a su marido, George, que presenta un claro síntoma de hipoactividad sexual.
La segunda alusión al cine se menciona cuando Chrissie no revela la verdad a su madre y le hace creer que todavía la habitación de la tercera compañera está vacía. Su madre, entonces, decide pasar la noche en lugar de volver a su hogar.
—Oye, si tu madre se va a quedar esta noche, ¿dónde va a dormir esta noche Robin? —le pregunta Jo desde un teléfono del pub.
—En la lavandería, o si no mejor en la estación o en el cine Essoldo, que dura toda la noche —le responde Chrissie desde casa.
Chrissie acude al pub para tratar de convencerle a Robin:
—Guerra y paz, la proyectan toda la noche en el Essoldo —le propone Chrissie.
—No, no, no me convence eso —contesta Robin.
—Es la versión original rusa de 1932 —matiza Jo.
—Eso puede ser peor —responde Robin.
No existe una versión rusa de Guerra y paz de 1932. Supongo que Mortimer y Cooke traerían a las mientes la obra de Sergei Bondarchuk de 1965, pero llevarlo a unas décadas anteriores les haría más gracia.
El trío acuerda una solución: Robin pasaría la noche en la habitación de ellas para no ser descubierto por la madre. Pero al ir a cerrar la puerta del balcón por el viento, es descubierto. Y ahí se cierra la mención cinéfila anterior:
—Pasaba por aquí y he pensado... a lo mejor alguna de las chicas quiere... quiere ir a alguna sesión de cine larguísima. Es una película que dura cuatro horas y media. Es Guerra y paz en el Essoldo—aclara Robin ante la madre de Chrissy y de las dos chicas —. Pero ya veo que están a punto de acostarse. De manera que me iré yo solo a esa sesión de toda la noche.
Realmente, Essoldo no era un cine, sino una de las cadenas de cines independientes más grandes e icónicas del Reino Unido. Durante la década de 1970, varios de sus locales operaban activamente en diferentes zonas de Londres y el resto del país antes de ser absorbidos por otras compañías o transformarse en salas de bingo.
Curiosamente, el nombre "Essoldo" era un acrónimo familiar. Fue creado por el fundador de la cadena, Solomon Sheckman, combinando las iniciales de su esposa (Esther), las suyas (Sol) y las de su hermano (Dony). En Londres tuvieron salas muy conocidas en zonas londinenses como Chelsea, Bethnal Green y Burnt Oak. En 1972, la marca Essoldo desapareció de las calles cuando el circuito fue vendido a la compañía Classic Cinemas Ltd., la cual renombró la mayoría de las salas. Así que cuando se rodó la primera temporada, Brian Cooke y Johnnie Mortimer tendrían en el recuerdo dicha cadena de cines.
El tercer episodio, Una velada encantadora, el hilo argumental sigue a Jo y a su primer escarceo amoroso, que tan sólo se ha rematado en un primer encuentro con un apretón de manos. Eso hace dudar de su atractivo hacia los hombres. Chrissy trata de animarla recordándole lo que le pasó con un chico y, de paso, los guionistas aprovechan para meter su primer guiño cinéfilo:
—Una vez salí con un chico que nada la primera vez. La segunda vez, nada. La tercera vez como el encuentro entre King Kong y Godzilla —le comenta Chrissy para indicarle que no todo sucede en una primera cita.
Como la cita entre Jo y su invitado transcurre en el piso, Robin y Chrissy han de estar fuera hasta las doce de la noche. Así que en un momento en que entra Mildred para dejarles copas y cubertería para la cena "especial", Chrissy pregunta:
—¿Sabe qué película proyectan esta noche en el Essoldo?
—¡Ah, sí! Ya, ya me acuerdo. Es un estudio sensible de la agonizante pasión entre una chica y un simple granjero... y cómo la deja morir —le recuerda Mildred.
—No creo que vaya.
Mildred les invita a Chrissy y a Robin a pasar por su piso durante el tiempo que hayan de estar fuera. A lo que Robin al bajar las escaleras le comenta a Chrissy:
—Si te he de ser sincero, preferiría haber ido al cine, pero los Roper se sentirán solos. Y es de buenos vecinos pasar y darles un poco de buena compañía.
—Sí, como les debemos un mes.
—Sí, he pensado en eso —añade Robin —. ¿De qué vamos a hablar? ¿Tiene él algún hobby?
—Sí, es la máxima autoridad del país en marcas de latas de cacao. Las colecciona.
—Lo bien que estaría yo en el cine.
¿Ven por qué ahora les quiero más a Brian Cooke y Johnnie Mortimer, guionistas tanto de Un hombre en casa y Los Roper, entre otras exitosas series de su tiempo?
Si siguiera con el resto de los episodios, esto daría para una tesina. Pero por hoy es suficiente. Me voy al bar Stop a ver a mi Athletic, que está último con cero puntos.
