Ojalá fueran así los días festivaleros
![]() |
| Dos fotogramas de «Woman Unknown» |
La segunda jornada de la Seminci ha sido notable. Firmaría por que hubiera alguna más, pues la semana se haría muy llevadera. Les confieso que he llegado a creer que mis dolencias físicas y mi ánimo alicaído me impedirían saborear el buen cine de darse en pantalla. Afortunadamente, todavía mantengo la capacidad de poder ser feliz ante una pantalla como la del Teatro Calderón o del Carrión cuando descubro que existe un pergeñador de historias que sabe contarlas con delicadeza, entretenimiento y fundamento.
Es el caso de la ganadora del Leon de Oro, «Woman Unknown» de una realizadora de nombre aparentemente poco danés: May el-Toulhy. La autora de la también admirable «Reina de corazones» sigue la senda de los caminos tortuosos, alejados de esas dos tonalidades que tanto gustan por estos pagos: el blanco y el negro. La trama de «Woman Unknown» nos traslada a la primavera de 1945 en Dinamarca. La contienda bélica ha finalizado, pero la caza de brujas ha comenzado. ¿Qué pasa con aquellas que han colaborado o son sospechosas de haberlo hecho con el régimen nazi? El espléndido guion (y la cámara siempre con ella) se centra en la vida de Marie, una sirvienta que va a casarse con un viudo empresario productor de guantes. El-Toukhy sabe escribir con la cámara, con una puesta en escena soberbia, el ascenso social de Marie (insuperable Mathilde Arcel) y las dudas que sobre ella recaerán por haber tenido un pasado ligado al nazismo. Todo en «Woman Unknown» está calculado con precisión y elegancia: desde esa luz expresiva en el interior de esa casa (véase ese vestido de boda de la anterior mujer del empresario fallecida por un cáncer) o el plano nadir inicial en el que con una leve apertura de ángulo parece que, en lugar de un bloque de edificios, asistiéramos al interior de una cárcel. Todo ello acompañado con sonido de tambores que connotan una atmósfera como si asistiéramos a la ejecución sumarísima de alguien. Admirable descripción de un ambiente paranoico en una sociedad que sale de una contienda, pero que deja un tema pendiente: qué hacer con aquellos colaboracionistas y, lo más terrible, cómo combatir el veneno insidioso de las habladurías. La directora danesa nos hace asistir a una múltiple radiografía de la mujer protagonista para paradójicamente ocultarnos aquello que ella celosamente guarda: su pasado. Un pasado que, como bien dice Marie en un momento de la película, debería perdonarse. Sobre todo si se quiere seguir mirando hacia el futuro.
«Una familia» es la ópera prima del realizador Ricardo Gómez, la primera propuesta de cine español aunque fuera de concurso. Es un intento un tanto irregular pero no falto de interés por recuperar ese cine que se etiquetó como «cine quinqui». Aquí estamos en el Madrid de los años 90 y no existen robos a bancos ni persecuciones con autos robados. Se intuye que Ricardo Gómez (protagonista de «Cuéntame cómo pasó») pone en el guion aspectos de su entorno y eso se agradece como espectador. Sin embargo, hay ciertas aspectos de la historia de amor entre el convicto Enrique (Patrick Criado) y la hermosa e ingenua bailarina Clara (Claudia Traisac) que fallan o no convencen del todo. El mensaje feminista no está subrayado, lo cual se agradece, pues las mujeres de épocas recientes como Clara han aprendido a alejarse de personajes que no les conviene ni a ellas ni a sus hijos, a diferencia de lo que ocurría con las del pasado.
La tercera, esta a competición, se trata de «The Echo Chamber» del director italiano Andrea Pallaoro. Cuenta que se trata de un guion de Bernardo Bertolucci que no pudo llevar a cabo. Tal vez porque su vida en silla de ruedas y los dolores de espalda se lo impidieran. Muchos de los que asistieron al pase habrán pensado que mejor que hubiese seguido el guion del autor de «Novecento» en el cajón. Allá ellos. A mí me ha parecido una estimable historia de cámara que transcurre en un piso entre un productor musical (Luca Marinelli) de autoestima baja y dolores de espalda insufribles, una vieja cantante que quiere crear, tras años de silencio, otro disco (Susan Sarandon) y la enfermera masajista (Alicia Vikander), que quedará prendida por el encanto de aquel. Como bien le dice en un momento Sarandon a su productor, “nosotros los artistas afrontamos el dolor para transformarlo en algo llamado arte”. Y de eso va creo «The Echo Chamber», de saber transformar el dolor físico y emocional en algo que, al combatirlo, además de asumirlo como algo fundamental de la vida, lo podamos convertir en arte.
Por último, otra obra que compite por la Espiga de Oro es la muy notable e interesantísima «Queen at Sea» de Lance Hammer. Osó de Plata en Berlín, Hammer logra con una formalidad en la composición de planos la atmósfera desasosegante que estalla cuando Amanda (aquí una soportable Juliette Binoche) sorprende a su padrastro octogenario haciendo el amor con su esposa demenciada. La historia servirá para acalorados debates, por cuanto él es acusado por el sistema legal inglés de posible violacion a su mujer al quedar en duda de si una mujer anciana con demencia avanzada puede decidir o no a acostase con su marido. Hay aciertos no solo interpretativos (convincente Anna Calder-Marshall) sino de puesta en escena (cada vez que salen a la calle los sonidos ambientales desaparecen y son sustituidos por música clásica, modo de expresar ese recluimiento mental de una demenciada), con ideas de guion brillantes como el montaje alterno de la historia de amor de la adolescente hija de Amanda, claro contraste de la plenitud juvenil con el del amor otoñal de sus abuelos.




No hay comentarios:
Publicar un comentario
Indique su opinión