Domingo de espinas
La mañana del domingo antes de entrar en la cafetería El minuto de la calle vallisoletana Macías Picavea observo a los barrenderos limpiar los restos de la jarana nocturna. La fiesta va por barrios. En mi caso no hay fiesta que valga en el primer pase en el Teatro Calderón. “Hermanas” no es asunto festivo. Ione Hernández Sáenz, su directora, sabía que se la jugaba, pues es paridora añosa (como se las llama a las mujeres de cierta edad que deciden alumbrar).
Como confiesa Ione, es ahora cuando siente el peso de la responsabilidad de no fallar, pues cuando la seleccionaron en el Festival de Toronto el entorno tan alejado jugaba a su favor para no sentir ese miedo al fracaso en la recepción por parte del público y la prensa. En el pase matutino puedo dar fe de que varias espectadoras se secaban las lágrimas.
El tema es peliagudo y últimamente el cine lo está abordando con profusión (véase la reciente «Josephine»): el asunto de la violación o de las agresiones sexuales. Ione aborda con una prosa fílmica —que no se aleja de las realizadoras de último cuño— lo que sucede en una familia al ver que la posible agresión ha sido intrafamiliar. Sospecho que la elección de dos consagradas actrices como son Emma Suárez y Elena Anaya era un modo de asegurarse una cierta tranquilidad interpretativa. Pero Ione se desenvuelve mejor en las escenas finales que en toda el desarrollo de la trama.
Tiene escenas logradas entre las dos hermanas que se ven enfrentadas al saber que una tendrá que defender a su hijo de una acusación de violacion y la otra de no naufragar ante los daños infringidos a su pequeña hija. Ahí está el muro de la casa que las separa cuando Elena va a pedir algo de información cuando sabe que su hijo está detenido y Emma no le abre la verja; o la secuencia en la cafetería entre ambas cuando se enfrentan en una decisión que podrá cambiar el curso de sus hijos. Es una obra que podría haber resultado más convincente, aunque teniendo en cuenta que es su ópera prima sale viva de la apuesta, que no es poco.
La segunda propuesta de la Seminci oficial nos lleva a Ucrania y al momento en que estalla la guerra con Rusia.
La directora alemana Isabelle Stever se concentra en una pareja queer (¡cómo iba a ser si no en estos tiempos en que vivimos!). Deciden escapar y exiliarse en Alemania ya que, aunque Oleh es transexual, no le exime de integrarse en el ejército ucraniano. Su título es muy poético: «I rarely wake up dreaming». En un momento de la noche le cuenta Olya a Oleh que ha tenido un sueño: consiste en un cementerio pero no de cadáveres enterrados sino de años. Ve 2016, 2018… enterrados Hasta que descubre que también 2021, que no ha empezado también se halla en ese campo santo. Muy poético todo. Nada de lo que veo me interesa, con una exposición en imágenes que cocean mis pupilas. Un cine que no se verá más que en Locarno, de donde salió este engendro, y en los pases programados en la Seminci. Yo escapé a la hora cuando la novia lesbiana se va a hacer las uñas mientras el gobierno de Kiev impide la salida de los hombres (porque son hombres) mayores de 18 y menores de 60 años.
La tercera propuesta se proyecta en la poco propicia hora de las cuatro de la tarde. Se trata de «Rose» de un tipo austriaco con aspecto de callejón sin salida llamado Schleinzer que solo había rodado hasta entonces otra película, «Angelo», hace ya varios años y que dejó al Kursaal con diarrea y bostezo narcotizante. No me extraña nada que le haya costado seis años contar esta historia de una mujer en el siglo XVII que suplanta a un soldado muerto para recibir la herencia en un pueblo. Allí se hace pasar por hombre y¡deja preñada a la mujer con la que se esposa! Yo ya estaba roncando plácidamente hasta que un energúmeno lanza la proclama: «¡Abajo la tortura!» Sospecho que batirá récords de recaudación en taquilla y saldrá premiada de la Seminci. La interpreta Sandra Hüller (dicen que en una actuación de Oscar) y con bella fotografía. Hay una voz en off que cuenta aspectos de la narración que habrían llevado a las ocho horas si las rodase.
En el coloquio posterior en el teatro Calderón (se nota que soy masoquista) un espectador le pregunta por qué ha rodado en blanco y negro. Markus Schleinzer comenta con cierta retranca que es la pregunta más famosa de lo que lleva de estancia en Valladolid. Nadie pregunta a los directores por qué ruedan sus películas en color. Misterios.
He tenido que recurrir a la enciclopedia del siglo XXI para averiguar qué es La Gradiva, a parte de ser el título de la película de Marine Atlan. Se trata de una figura famosa de la historia del arte, una joven representada en un relieve de la Antigüedad romana, caminando con un pie levantado. Estuve 145 minutos esperando a descubrirla por algún lado hasta que me di cuenta del mensaje metafórico que propone la francesa. La historia de un viaje de fin de curso de chavales a Nápoles y Pompeya es el eje vertebrador. Sale de una trama convencional y ese es su logro: con situaciones que van ganándote al ir conociendo los miedos, los deseos, el sexo, la decepción, sus tristezas y discusiones sobre lo humano y lo divino. Su manera de rodar no es la que a mí más me gusta, pues la cama viaja con los chavales, captando las miradas, los diálogos frescos y juveniles. Pero ahí creo que está su gran acierto: ese es el estilo que Atlan impone para esa etapa en la que las ilusiones y desesperanzas se viven con esa energía típica del final de la adolescencia antes de llegar a la uniersidad. Napole se convierte en otro personaje fundamental, lo cual engrandece este filme que ya logró su éxito en su paso por el Festival de Cannes.





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