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domingo, 11 de mayo de 2025

FANT 2025: Palmarés

 La película finlandesa "La muerte es un problema para los vivos" se alza como ganadora del FANT 2025

 

La película ganadora del 31ª del FANT

 Si se preguntara por la calle si han visto alguna película finlandesa (o finesa, que también vale), dudo que hubiera mucha gente que dijera que sí. Y de los pocos que hayan visto alguna producción hecha en ese país perteneciente a la Unión Europea, y con un invierno que dura entre 105 a 120 días, podrán mencionar dos nombres: Aki Kaurismäki y su hermano, Mika. Si me apuran, alguno recordará las recientes Compartimento nº 9 (2021) de Juho Kuosmanen o la vistosamente bélica Sisu (2022) de Jalmari Helander. Desde el pasado 8 de mayo, el FANT ha inscrito en la memoria cinéfila el nombre de Teemu Nikki.

El Jurado del Festival de Cine Fantástico – FANT, organizado por el Ayuntamiento de Bilbao, formado en su Sección Oficial por Diana Rojo, Justo Ezenarro y Soy Una Pringada, concedieron el Premio al Mejor Largometraje de esta 31 edición a “Death is a problem for the living”, de Teemu Nikki “por hacernos ver que no está mal empatizar con los malos de la película y que nos incomode tanto que solo nos quede reír”, tal y como lo ha valorado el Jurado.  

Así reza la nota de prensa enviada a los medios de comunicación. De entre las 18 películas de la Sección Oficial, La muerte es un problema para los vivos estaba en ese grupito de premiables para el que esto escribe. No era mi favorita, aunque ya se sabe que para gustos los colores. Apunten el título de una coproducción chino-danesa por si algún día se topan con él: Breve historia de una familia del chino Jianjie Lin. Es su ópera prima y se estrena en cines el próximo 4 de junio de 2025 en cines. Y estoy convencido de que ninguno de los tres miembros del Jurado la entendieron.

Pero volvamos a Teemu Nikki. Su historia va presentando en un montaje alternado a los dos protagonistas: Risto Kivi, un ludópata con problemas conyugales, y Arto Niska, un pobre diablo que trata de preñar a su mujer y que descubre en una consulta médica que nació con un 85% menos de cerebro que una personal normal. Hasta que ambos no se reúnen en la historia, el espectador tiene dificultad para entrar en la pantalla. La presentación de ambos personajes se va demorando con pinceladas de humor que hacen más soportable la espera de saber por dónde van los tiros. Sin embargo, cuando Risto, que trabaja en una funeraria, le pide ayuda a Arto para transportar un cadáver, el interés de estos dos personajes a la deriva empieza a elevarse. 

Nikki no abandona las historias que tanto se suelen ver en el cine escandinavo en general (danés, sueco, islandés...) de seres abatidos por sus circunstancias, dramáticos, marginales o que la suerte les es esquiva . Sin embargo, lo que la distingue La muerte es un problema para los vivos de otras tantas es su tono de drama con unos toques ligeros de comedia negra. Pongamos un ejemplo. Cuando ambos dejan el cadáver de una mujer al pie de un árbol, Arto descubre entre su documentación  que la chica tiene dos hijas. Risto le comenta inconmovible que "un muerto no tiene hijos".

La deriva de Risto y Arto hacia la desesperación hará que traten de enfrentarse a ella de la peor manera posible: jugándose la vida. Ahí es cuando Teemu Nikki se la juega como director y, en mi opinión, no sale del todo airoso. El director fía su realización más que a la puesta en escena a un guion que construido con un interés in crescendo y apoyado por dos actores (Pekka Strang y Jari Virman) con una actuación que navega en una línea fina entre el drama y la comedia.

Dos temas están presentes en esta historia: uno son las apuestas por internet, pero esas en que sólo aparecen por la web profunda porque no serían legales; el segundo es cómo la difusión de ciertas informaciones sobre la privacidad de una persona puede producir la ruina a todos los niveles.

 

 

Breve historia de una familia, la revelación del FANT

El drama fantástico titulado Breve historia de una familia de Jianjie Lin nos relata la historia de dos jóvenes de 16 años llamados Shuo, estudiante mediocre con unos padres que esperan algo más de él, y un carismático Wei, cuyo padre es alcohólico y la madre falleció tiempo atrás dejándole unas cicatrices emocionales. Ambos se hacen amigos rápidamente tras un incidente en la escuela. Pronto, Shuo se convierte en un invitado frecuente en la casa de la familia Wei, pero a medida que se integra más en sus vidas, comienzan a aparecer los recelos de Shuo al ver que Wei cada vez retiene más atención de los padres de aquel. 

Uno de los aspectos subyacentes de la película es la política nefasta que el régimen comunista chino mantuvo durante muchos años con la prohibición de tener más de un hijo en cada familia. Este hecho es fundamental para entender la frustación de la madre de Shuo, que no pudo tener más. Por otra parte, otra pata de la dramaturgia de la película es que la sociedad china actual está basada en el éxito y la superación. El padre, biólogo, ve que las esperanzas depositadas en su hijo, que no se despega de los mandos de la consola y no se centra en los estudios, van desapareciendo hasta que hace aparición Wei, la cara opuesta de su retoño. 

Atentos al primer plano de la película: Wei está haciendo barras en el patio del colegio. Es un plano fijo que dura bastantes segundos donde le vemos que está colgado. ¿Es posible que un chico de 16 años aguante tanto? Un balonazo le hace caer al suelo. A partir de ahí, todo lo que vemos sobre Wei se plantea como un triple interrogante: ¿es Wei un fantasma? La idea surge por cómo aparece y desaparece de las vidas de esta familia. ¿Es acaso la proyección imaginaria de ese segundo hijo que la madre de Shuo quiso haber tenido para llenar su vacía vida de mujer del hogar? La crítica a la política natalicia china haría más que justificada esta lectura cinematográfica de la obra de Jianjie Lin. ¿O tal vez el joven ideal que toda familia soñaría es el oponente imaginario de Shuo, que no está a la altura de lo que espera su padre? En este último sentido, se puede pensar que así es al ver la escena en que Shuo y Wei luchan en un combate de esgrima con paraguas.

Hacía tiempo que no veía una cinta tan elegante en su puesta en escena, tan perfecta en sus planos para expresar esta historia turbia y, a la vez, magnética, apoyada de un guion inteligente y sutil y de una iluminación y música que apoya la rica interpretación de una historia aparentemente sencilla. Todo un descubrimiento.

 

Desert Road, una muy interesante obra sobre los bucles temporales

 

Por último, querría resaltar una película que bien podría haberse llevado también el premio gordo: Desert Road (2024) de Shannon Tripplet, que también escribe el guion. Venía de haber ganado el pasado año en el Festival de Sitges el premio a mejor interpretación para Kristine Froseth. Y no me extraña porque prácticamente se carga a sus espaldas esta historia donde los bucles temporales son la esencia de la misma. Tras tener un accidente con su coche, una mujer camina por la carretera en busca de ayuda, solo para descubrir que, sin importar en qué dirección camine, siempre termina de nuevo en su coche accidentado. 

La historia de esta joven te atrapa y no te suelta hasta la resolución final. Afortunadamente, el guion no sólo es ágil en la trama, sino que se detiene en dotar al personaje (sensación de fracaso vital, ilusión por ser una gran fotógrafa, etc.) de ciertos rasgos que la humanizan, huyendo de los habituales protagonistas de los que tan sólo vemos que son amenazados por tal o cual peligro.

Esto ocurre en dos películas que podrían haber sido más redondas pero cuyos personajes tienen la entidad del grosos del papel de fumar. Se trata de la francesa MadS (2024) de David Moreau y la argentina Gatillero (2025) de Cris Tapia Marchiori. Ambas tienen en común que el argumento se narra –en un tour de force– mediante un único plano secuencia. En MadS la cámara acompaña en tiempo real a Romain, un joven de 18 años, que antes de ir de fiesta, acude a casa de su camello, prueba una nueva pastilla y mientras conduce, ve e una mujer herida en el arcén y para a socorrerla. Al subir a su coche, silenciosa y con un aspecto muy extraño, empieza a comportarse de forma aterradora. Y este es solo el principio de la noche. 

 

MadS, una metáfora de los malos viajes que puede provocar la droga actual en los jóvenes

 

 


Gatillero, estimable thriller social argentino

 

Gatillero (2025), por contra, tiene otras inquietudes más sociales en la Argentina. En este caso, la cámara sigue a El Galgo, un pistolero que acaba de salir de la cárcel y al que la banda que dirige La Madrina le encarga un trabajillo sencillo como es el de intimidar a un negocio que les debe dinero. Pronto descubre que la siguiente tarea le complicará la vida y la de los suyos hasta que tendrá que decidir si está con los ciudadanos honrados del barrio o con esta banda criminal que la controla con la connivencia de la policía, periodistas y políticos.

Ambas películas tratan de basar su interés en seguir con la cámara a sendos personajes, pero en mi opinión, el espectador llega un momento en que se desentiende de ellos: en la francesa, porque lo abandona por otros personajes en un intento de crear mayor expectación y sorpresa; en la argentina, porque el arranque es muy confuso y no se entiende un carajo lo que dicen los actores.

Se agradece que el FANT apueste por la comedia terrorífica. Este es el caso de la destacable película estonia Las motosierras cantan (2025), de Sander Maran, cuyo desopilante arranque hizo las delicias del público asistente en la sala. Lástima que esta versión de La matanza de Texas con intención transgresora, ritmo y momentos de humor salvaje logrados se vaya desinflando a medida que avanzamos. La comedia necesita no repetirse y llegados a mitad vemos que a Sander Maran se le empiezan a agotar las situaciones gore que en un primer momento nos sorprendieron.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Cine español en el FANT 2025

El fantástico español en el FANT, para sangrar y no echar gota


Poco a la boca que llevarse con la
muestra del cine fantástico español visto

Esta edición del FANT, la 31ª, contenía una buena, buena no, más bien nutrida muestra del fanta-terror español en la Sección Oficial. Cuatro filmes dirigidos por Norberto Ramos (el Pepe Gotera del actual cine hispano), los Hermanos Sepúlveda (realizando un Blade Runner low cost con ínfulas bergmanianas), Juan Albarracín (con una propuesta psico-cinegética que haría palidecer los métodos de Pavlov), y finalmente por Miguel Llansó (que desde Estonia nos enjarreta un tema actual como es el transhumanismo).

Si Ramos lleva encadenando moñigas ensartadas para un público tan minoritario como imaginario o Llansó sigue colocando historias bajo el influjo del LSD o el trasunto de la droga moderna con que se coloquen los jóvenes de hoy, las óperas primas de los Hermanos Sepúlveda o Albarracín quedan muy justitas de calidad para una Sección Oficial que se precie. Y a los de Bilbao nos gusta jactarnos de "kalitatea", sin esta ocasión el "eusko".

No voy a negar que las propuestas, en ocasiones, son más sugestivas de lo esperado; los resultados, en cambio, no son convincentes y, lo que es peor, en ocasiones provocan la temible aparición del vocablo aburrimiento


José Taltavull Sepúlveda (izq.) y Javier Canales
Sepúlveda, directores de Idilia


Idilia de los Sepúlveda es la obra a la que más espectadores han ido a verla (aprox. 120). Ya lo decían en la presentación, que las labores de puesta en escena y de guion se las habían repartido. José se quejaba de que le había sido difícil poner en imagen lo que Javier había vertido en los extensos diálogos. No me extraña. Aún así el primero sale bastante indemne frente a las aguas que hacía el segundo con un guion imposible de digerir y unos personajes cuyo drama ya estaba empezado antes de comenzar la película. 

La idea, empero, es interesante: la organización Idilia trata de reclutar a niños con altas capacidades para hacer que la sociedad avance y mejore el bienestar de la humanidad. Pero la rumorología de que son una secta que se va extendiendo por el mundo y del miedo de los políticos por perder el poder hace que los responsables del proyecto se vean en la picota. Valorar la interpretación de Norma Ruiz Izquierdo que trata de salvar lo insalvable, apoyada por unos actores secundarios bastante dignos.

Lo más interesante en la planificación de todo este artefacto de breve minutaje (73 min) son los 500 planos que hay en los títulos de créditos realizados, según confesión de los creadores, por un programa de inteligencia artificial.


Javier Pereira junto a la otra protagonista Eva Llorach en la presentación de El instinto


En El instinto de Juan Albarracín se nos propone –quiero creer que sin base científica alguna– que la agorafobia que padece el arquitecto (Javier Pereira), recluido en una casa de campo, puede curarse con un método que le propone un vecino (Fernando Cayo). Este anteriormente ha matado en un accidente de tráfico al perro de aquel y se siente en la obligación de compensarle de alguna manera. El método consiste –el director mete a lo largo del filme una serie de reportajes documentales sobre adiestramiento canino–, según le cuenta Cayo, en una adaptación a los humanos de lo que se hace con los perros para poder superar esos miedos instintivos en que cree él que se basa la agorafobia. 

¿Es el hombre capaz de ser sometido como un perro a un orden jerárquico dentro de una manada? Si fuera así, este sometimiento y fe ciega en el líder haría que cualquier instinto primario quedase domeñado por fe ciega al gurú de la manada. La propuesta de tratar al arquitecto como un chucho para poder sacarlo al espacio abierto del campo, y así superar los traumas que subyacen a este trastorno de ansiedad, fracasará. Ni siquiera el inserto de imágenes, al que recurre Albarracín, sobre el pasado familiar del protagonista encarnado por Javier Pereira mientras sufre de ansiedad,  hace que la película recobre mayor interés. Porque todo ese pasado no enriquece en la dramaturgia del presente en mi opinión, tan sólo explica el porqué de esa agorafobia. Al desarrollo de la trama y de la relación entre ambos vecinos le falta turbiedad, siendo demasiado plana y con un desenlace previsible y sin sorpresas para el espectador.


Miguel Llansó presentando Infinite Summer, rodada en Estonia


El interés de Infinite Summer de Miguel Llansó estriba en que aborda ciertos avances de la tecnología  que pueden ser aplicadas en las nuevas generaciones. La primera vez que leí el vocablo transhumanismo fue en la obra ensayística de Luisgé Martín titulada El mundo feliz: una apología de la vida falsa. Este subtítulo viene muy a cuenta en la película de Llansó, pues se trata de tres chicas jóvenes que pasan unos días de verano en Estonia. En un momento dado, recurren a una aplicación de citas virtual, en el que aparece un personaje llamado Dr. Mindfulness (ya saben prestar atención consciente al ahora). Este les propondrá el uso de unas máscaras que puestas en la cara les llevará a un plano de felicidad jamás conocido por ellas. La búsqueda de sensaciones que hagan más llevadera la vida en este valle de lágrimas es lo que ofrece este artilugio, aunque sea una vida falsa o artificiosa. En una escena vemos cómo dos de las protagonistas viven lo que podríamos llamar unos orgasmos cósmicos fruto de la tecnología que ofrecen esto artilugios puestos en la cara.

El transhumanismo es un método que propugna la superación de las limitaciones actuales del ser humano, tanto en sus capacidades físicas como psíquicas, mediante el desarrollo de la ciencia y la aplicación de los avances tecnológicos. Lo que no me quedó claro, visto Infinite Summer, es si el director es partidario o no del uso de esas máscaras que te hacen sentir parte de ese universo llamado Naturaleza del que nos hemos alejado, privándonos de sensaciones agradables para el bienestar. Que pregunten a los jóvenes cómo huele la moñiga de vaca, a qué especie animal pertenecen unas cagarrutas en una senda o, simplemente, a qué huele un paseo por un bosque otoñal a las 8 a. m.


Director Norberto Ramos (centro) junto a los actores de Giro final.


Y escribir sobre la última película española, me resulta fútil. Giro final de Norberto Ramos del Val está mal escrita y peor dirigida, por no hablar de la penosa dirección de actores o unos planos que parecen de preescolar. A pesar de todos los males que le aquejan, y el director es consciente de ello, uno la disfruta gozosamente de la misma forma que saborea con placer las hamburguesas de McDonald, aunque estén hechas de perro muerto con cúrcuma. 

El realizador, en la divertida presentación ante los escasos 60 espectadores que asistimos, estaba contentísimo por ver su propia película en pantalla grande. "Siempre se va alguien. No sé si es una tradición o qué. Si alguno se siente muy ofendido y se va, no pasa nada, pues ha pagado la entrada. Aquí todos contentos, el Festival y yo", comentaba con sarcasmo Norberto Ramos.

No sé si recordarán Pink Flamingos (1972) de John Waters. Hay una escena en la que la protagonista, una guarra gorda llamada Divine, se agacha en la acera y recoge una cagada de perro y se la mete a la boca disfrutando de semejante menú. Giro final, sin la pornografía, canibalismo, escatología ni zoofilia que había en aquella, se disfruta si eres consciente y aceptas que el director ha rodado un mierda de película.



 





sábado, 3 de mayo de 2025

Hallow Road (2025)

 Hallow Road inaugura fuera de competición la 31ª edición del FANT bilbaíno


Amaia Domingo, directora del FANT (2ª izq.), el director Daniel Monzón, la actriz Eva Llorach y Babak Anvari, director de la película de la gala de inauguración 


Sábado, 3 de mayo de 2025


El Teatro Campos fue ayer el escenario habitual para dar arranque a la 31ª edición del Festival de Cine Fantástico de Bilbao. A las 7 y media de la tarde se congregaron los más forofos de este género para asistir a un sketch cómico en homenaje este año a la familia de Leather Face de La matanza de Texas (1974). El espectáculo se amenizó con música en directo mientras se fueron presentando los premios honoríficos y el audiovisual de toda la programación.

En primer lugar, subió al escenario a recoger el premio FANT de Honor la actriz Eva Llorach. La actriz murciana agradeció el premio algo sorprendida porque no creía que su trabajo estuviera muy en la órbita del género fantástico. Aún así, quiso demostrar que había trabajado en él mostrándonos, a modo de broma, un corto casero rodado por su sobrino. Eva Llorach se dio a conocer en 2018 por haber trabajado en Quién te cantará a las órdenes del que actualmente está en el ostracismo Carlos Vermut. Gracias a este trabajo le otorgaron el Goya a Actriz Revelación.


La actriz Eva Llorach recibe el FANT de Honor 2025



El segundo protagonista de la noche fue Daniel Monzón. Estuvo más locuaz que Llorach al recibir el segundo galardón FANT de Honor de manos de la actual directora del FANT, Amaia Domingo. Recordó que su primera obra como director sí que estaba en la línea del género. Se trata  de El corazón del guerrero (1999) protagonizada por Fernando Ramallo y Neus Asensi. Aunque luego su trayectoria fílmica ha ido por otros derroteros, cosechando éxitos rotundos como fue el caso de Celda 211 (2009) con la que consiguió derrotar a El secreto de sus ojos en la edición de los Goya de2010, o El niño (2014), que recibió dieciséis nominaciones a los Goya. Confesó que había sido un gran fan del cine fantástico y de terror, tragándose, pero al mismo tiempo disfrutando, de bodrios infumables, "porque los fanáticos de este tipo de género, allá en los festivales en los que nos encontramos, somos muy reconocibles". Era incluso capaz de recorrer los videoclubes más lejanos para poder alquilar películas de este tipo por muy malas que fueran.

Daniel Monzón, que este sábado a las 12:00 en el auditorio de Azkuna Zentroa-Alhóndiga se podrá revisitar su El corazón del guerrero con su presencia tras la proyección, anunció ayer que tiene previsto rodar sus dos próximas películas en Bilbao. Y que le hacía ilusión que en algún plano de sus películas poner el galardón (una especie de martillo) para que los seguidores del certamen bilbaíno puedan descubrirlo. Estaremos atentos.



Daniel Monzón recibiendo de modo muy amistoso el FANT de Honor 2025


También estuvieron presentes el director británico-iraní, Babak Anvari, y el director de fotografía, Kit Fraser, creadores de Hallow Road (2025). La película fue estreno en Europa tras su paso por el Festival SXSW de Austrin (Texas) y la distribuye Universal. Babak Anvari advirtió a los espectadores que no se levantaran de sus asientos sin dejar de ver los títulos de crédito finales, pues ahí podría estar la clave para entender el filme.



Babak Anvari (director a la izq.) y su director de fotografía, Kit Fraser, que presentaban Hallow Road


Hallow Road es un thriller que está protagonizada por Rosamund Pike y Matthew Rhys, ambos padres de una adolescente. De madrugada reciben la llamada de esta pues ha tenido un accidente de tráfico en una zona boscosa. Los padres acudirán para tratar de ayudarla a salir del embrollo en que está metida. 

La película de Anvari tiene un buen arranque descriptivo. Pero desde el momento en que Pike y Rhys se meten al automóvil para ir en busca de su adolescente hija la cosa va declinando poco a poco. No logra en mi caso implicarme en la trama, muy esquemática, por lo que asisto superficialmente a los problemas que van surgiendo hasta el ambiguo y misterioso final. 

El tour de force del director por narrarnos esta historia casi siempre desde el automóvil de los padres en conversación continua con su hija no llega a impactar en demasía. Los que somos cinéfilos tenemos ya en la retina dos películas muy superiores a esta Hallow Road como pueden ser Locke (2013) del también director inglés Steven Knight o The Guilty (2018) del danés Gustav Möller. La primera comparte la idea de que la cámara no salga del automóvil donde va el protagonista; la segunda, se asemeja en la idea de que la protagonista que se escucha por el teléfono no aparecerá jamás a los ojos del espectador, jugando con el sonido para imaginar lo que está pasando al otro lado de la línea.

Más interés tiene algunos temas que toca el filme sin profundizar. En especial, el tema de la responsabilidad de los jóvenes y el rol distinto que ambos padres parecen tener ante los problemas que ha de enfrentar su retoño. La responsabilidad tiene consecuencias, las enfrentes o no. Si Rhys está dispuesto a afrontar las consecuencias ante la ley de lo que su hija ha cometido, su esposa, en cambio, cree que esa no es la educación que hay que darle a su vástago. Toda conducta tiene unas consecuencias que hemos de acarrear de por vida, parece decirnos Anvari con su obra.

Tenía muchas ganas de ver lo que Rosamund Pike podía ofrecer en esta tensa historia. Pero aunque está muy bien metida en su papel de enfermera y madre no logra con su interpretación transmitirme ese temor por el drama que está pasando su hija. Tal vez el problema esté en el guion y en que la cámara de Anvari no haga más que ilustrar en mil posiciones distintas pero sin aportar nada más a los diálogos continuos entre los tres protagonistas. Una pena.


Homenaje en el Teatro Campos de La matanza de Texas de Tobe Hooper

domingo, 27 de abril de 2025

A sangre y fuego

Había más de dos bandos: héroes, bestias y mártires

 

 


 

 Hace una semanas entré en el bar Stop de Astrabudua. Tenía necesidad de parar, pues la próstata va presionando la vejiga con tal ahínco que cada vez la botella de litro para retener la orina se hace más pequeña. Así que me introduje subrepticiamente sin que Cecilia, la dueña, se diera cuenta. Eso creí. Recorrí a paso firme pero disimulado, entre el gentío, la distancia desde la entrada hasta el servicio de caballeros que hay al fondo. Tan sólo eran aguas menores, pero me urgía y no me apetecía pedir nada líquido. 

El estrecho WC, de medidas tales que, como dice el chiste, si fuera iglesia las ostias habría que darlas de canto, estaba como casi siempre limpio. El hecho es que, después de hacer mis necesidades, lavarme las manos como Dios manda y secármelas, me percaté de que alguien había escrito en la puerta del baño lo siguiente:

Recomiendo:

Chaves Nogales, Manuel. A sangre y fuego: Héroes, bestias y mártires de España. Nueve novelas cortas de la guerra civil y la revolución. Santiago de Chile: Ercilla, 1937. 

 Me quedé pensativo. ¿Cómo era posible que en lugar de un buen pollón, una cita revolucionaria, una posturita del Kamasutra o el típico por aquí pasó fulanito para en el inodoro dejar un mensajito hubiera una cita bibliográfica en una aceptable caligrafía?

Ni corto ni perezoso apunté el título en mi cabeza, pues la cosa me intrigó. No había firma ni pista alguna del autor de aquella recomendación. Lo que sí sé es que Cecilia le habría arrancado la cabeza si le hubiera pillado. Buena es ella para las cosas grafiteras: guerracivilista.

Acabo de leer hace poco la obra de Manuel Chaves Nogales sobre la Guerra incivil española. Y he de decirles que es magnífica. La edición que tengo en mis manos (2013) la publica la Espuela de Plata en colaboración con la Diputación de Sevilla. En ella, a diferencia de la impresa en 1937 en Chile, hay dos relatos más (El refugio y Hospital de sangre) alcanzando así los once. 

Me quiero detener brevemente en el primero, pues transcurre en Bilbao. Supongo que Manuel Chaves sacaría el sustrato de su narración de lo acontecido en abril de 1937, cuando la Villa sufrió varios bombardeos por parte de la Legión Condor. Uno de los aviones debió ser alcanzado y en su huida dejó caer sus bombas sobre los barrios populares de Iturribide y Begoña. En Iturribide, a la altura de la fábrica de calzado de Cotorruelo, las bajas entre la población civil se contaron por decenas, entre ellas un bebé como se ve en la fotografía¹. En El refugio, se cuenta cómo unos niños (José Mari, Chomin, Iñasio y Carmenchu) se refugian en un sótano ante las alarmas que señalaban la inminencia de un bombardeo aéreo. Los padres no llegan a tiempo para refugiarse y contemplan atónitos cómo una bomba cae sobre el tejado del refugio sepultando a los allí recogidos. La imagen del final, con las balas de la aviación fascista fustigando el aire y la tierra en torno de la figura del padre que no se mueve ante el cadáver sepultado de su pequeña Carmenchu es impactante, pues el dolor le había hecho invulnerable e invencible.

 


 

No hace falta haber conocido en persona al autor para tener claro, tras la lectura de esta obra, que Chaves no era ni reaccionario (ahora gusta más decir fascista) ni revolucionario. Así lo refleja su pluma en este artefacto literario en forma de mosaico con diferentes historias, que abordan desde el frente a la retaguardia, desde escaramuzas bélicas a situaciones en fábricas o en pleno barrio de Salamanca madrileño, en los que aparecen fascistas, revolucionarios comunistas, milicianos, guardia civiles, militares, cenetistas, moros, población civil, proletarios... Todo con la sensación lectora de que rezuma verismo, de que tales narraciones parecen salir de la realidad. Cuando estudiaba Periodismo en los 80, se hablaba del Nuevo Periodismo americano, y de la novela de Truman Capote A sangre fría. Es un referente para explicar lo que Chaves Nogales relata de forma literaria algo que en su sustrato parece periodismo de testimonio. Sólo que él lo hizo décadas antes en lo que llamamos Periodismo literario o narrativo.

Cuando me separé de mi tercera esposa, la psicóloga que atendía mi depresión, me comentó que cuando se deteriora y rompe una relación siempre hay un porcentaje de responsabilidad de cada uno. Pues ahora que gusta de hablar de malos y buenos, creo que algo parecido pasó en la Guerra Civil de 1936. Cada cual que reparta ese porcentaje entre los bandos.

Ha de tener en cuenta el lector de estas palabras que durante la contienda hubo gente que no quiso ni le convencía posicionarse con uno u otro bando. Es el caso del  periodista Manuel Chaves Nogales. Tenía dos opciones: o quedarse y elegir bando o huir. El primer caso queda claro en el personaje de Daniel que aparece en la narración Consejo obrero. Al final, vencido por el hambre, tiene que batirse heroicamente por una causa que no era la suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese. Nogales, en cambio, opta por marchar a París, hallando allí un lugar donde poder mantener a su esposa y sus tres hijos con su escritura. 

Según propia confesión del periodista, los once relatos fueron escritos en el año 1937, en plena contienda, en un barrio de París. Como dice Andrés Trapiello en el prólogo del libro, quiso "contarle al mundo lo que había visto y firmar por ello su sentencia de muerte, civil y literaria. Ni unos ni otros le perdonarían sus escritos". De ahí que durante muchos años, el escritor sevillano sería un completo desconocido. Eso se nos da muy bien, a diferencia de los ingleses o franceses: enterrar a los del otro bando, pero sobre todo olvidarse de la existencia de la tercera España.

Después de acabada la lectura, me preguntaba por qué nadie hasta ahora había intentado trasladar a la pantalla estas historias. El director Amenábar ya había abordado su visión desde el personaje de Miguel Unamuno en Mientras dure la guerra (2019). Incluso Berlanga con La vaquilla (1985) quiso poner su granito de arena en una obra muy de la Transición. Actualmente, Julio Medem se ha estrellado (fracaso de taquilla) con su contribución a la mirada de la contienda civil en 8 (2025). Compruebo que en febrero de este año, en la alfombra roja de los Goya, J. A. Bayona comentaba su intención de rodar una película basada en A sangre y fuego con la ayuda de Agustín Díaz Yanes en el guion. Va a necesitar suerte y acierto, pues me intriga saber cómo va a montar estas historias (una detrás de otra o cruzándolas) o si dejará algunas en el tintero.

Mientras que el proyecto se fragua, aquí estoy de nuevo, en el cagadero del bar Stop con un bolígrafo en la mano para añadir debajo de la pintada revolucionaria en forma de referencia bibliográfica sobre la puerta: 

Gracias por la recomendación literaria. 

Cecilia me sabrá perdonar.

 

lunes, 21 de abril de 2025

Los comulgantes (1963)

El silencio de Dios

 

Los comulgantes dirigida por Ingmar Bergman en 1963. Espiga de Oro en 1966 en Valladolid

 

Es Lunes de Pascua. Abro los ojos y enciendo la radio. En lugar de los «buenos días, cariño» de tu ausente esposa, la palabra de un periodista radiofónico los sustituye. Un corte de sonido con la voz del camarlengo del Vaticano me anuncia que «a las 7:35 de esta mañana, el Obispo de Roma, Francisco, regresó a la casa del Padre». Esas palabras lejos de consolarme, me llenan de cierto desasosiego.

Tras haberme duchado, decido desayunar en el bar Stop. Es fiesta, pero Cecilia no es de cerrar el bar y viajar para gastar el dinero ganado por el extranjero (a Burgos, Asturias o Madrid). Como me dice a menudo, «la viuda ha de mantener tres bocas y el bar no da si se cierra».

El Stop presenta un ambiente de luto: la televisión muda hablando del fallecimiento del Papa; la parroquia ausente, amortajada todavía a las sábanas o desperezándose; el olor de la cocina a torrijas y leche frita propias de la Semana Santa; las mesas limpias y vacías; la calle sin sonidos que la enturbien, salvo los que proceden desde la Iglesia Parroquial de Astrabudúa: tañidos a difunto.

―¿Qué te pongo? ―me pregunta Cecilia.

―Descafeinado de cafetera y una torrija de las que acabas de hacer.

Me deja el periódico en la mesa, mientras espero que me sirva la comanda. Sin embargo, la mirada se dirige hacia la pantalla y de ahí, por misterios de las redes neuronales, me vuelve a resurgir en el recuerdo una escena –que me marcó desde que la vi– perteneciente a una película de Ingmar Bergman: Los comulgantes.

―Qué curioso que ayer fuera Domingo de Resurrección y hoy se muera el papa Francisco.

―La muerte casi siempre llama sin pedir permiso ―responde Cecilia.

―Ya sé que tú no eres de ir a misa, Cecilia. Pero ahora que acabamos la Pascua, he estado rumiando una escena.

―De película, claro. Y ahora me la vas a contar. Pues date prisa antes de que empiece a servir desayunos ―me apremia, mientras sonrío ante la humeante taza de café con leche.

―Se trata de un pastor protestante llamado Thomas (Gunna Björnstrand), que está pasando por una crisis de fe. El fallecimiento imprevisto de su esposa hace un tiempo le ha supuesto un duro golpe del que apenas puede recobrarse. El amor que siente una maestra por él no logra aminorar el dolor y recomponer su creencia religiosa.

―¿Y por qué? ¿Es fea ella?

―No. Justamente el director eligió a Ingrid Thulin en el papel de Marta, que no era una actriz fea que digamos. Lo que pasa es que Thomas todavía sigue anclado en la figura de su querida esposa.

―Que deje pasar el tiempo. Lo cura todo ―recomienda pragmática Cecilia.

―Ya. No soporta los gases de Marta, ni su eczema, ni sus otros problemas de salud... El pastor protestante tampoco sabe cómo reconfortar a una pareja de feligreses que acuden a él. Uno de los cuales acaba por suicidarse ante la impotencia de Thomas. Sin embargo, ese no es el asunto del que quiero hablarte.

―Entre tus reflexiones y las campanas de San Lorenzo, empezamos bien el día ―se lamenta Cecilia.

 

Gunnar Björnstrand como el pastor Thomas
Allan Edwall como el sacristán con dudas



―Voy al grano. En la última misa que va a oficiar Thomas ―continúo sin reparar en sus lamentaciones―, un sacristán le quiere comentar algo que le inquieta. En cierta ocasión, el sacristán no puede dormir a causa de los dolores, y Thomas le sugiere que lea para distraerlos. El ayudante de misa empieza a leer los Evangelios. 

―¡Vaya aspirina que le recetó el cura: la lectura! ―lanzó descreída desde la barra Cecilia.

―Pues de vez en cuando, la lectura de las Sagradas Escrituras le permitía relajarse y conciliar el sueño con más facilidad. Sólo de vez en cuando, Cecilia ―lo digo con una ligera sonrisa mientras la miro afanarse en la barra―. Llega a la lectura de la historia de la Pasión de Cristo. Y le comenta que hay matices que no ha entendido.

―¿Matices? ¿Solo matices? ―me inquiere Cecilia parándose en seco y dejando lo que hacía.

―Sí. Sobre la Pasión de Jesús y su sufrimiento. «¿No cree que el enfoque del sufrimiento de Cristo es un error?», le pregunta el sacristán al pastor Thomas. 

―¿Qué quieres decir? ―me pregunta.

―Verás, el sacristán cree que se hace demasiado hincapié en el dolor físico que padeció Cristo en la crucifixión. Él cree que ha sufrido más dolor físico que el que sufrió Jesús en la Cruz; además, su tormento fue bastante breve. ¿Cuánto duró?

―Tú sabrás.

―Unas horas. El acólito cree que el sufrimiento fue de otro tipo. Y pone el ejemplo de Getsemaní donde tuvo lugar la última cena, en el que sus discípulos se duermen. No habían entendido nada. Cuando llegan los soldados, huyeron. Incluso, Pedro, que además le negó. Habían vivido día y noche con él durante tres años. Le abandonaron, todos y cada uno de ellos. Le dejaron completamente solo. «Eso sí que debe ser doloroso, Padre», le afirma reflexivo.

―Eso pasa a menudo. Cuando vienen mal dadas, no encuentras a nadie en quien confiar. Eso tiene que ser muy doloroso ―me mira fijamente Cecilia y luego a la pantalla del televisor donde se ve al Papa el día anterior sentado en una silla con aspecto fatigado y frágil.

―Sí, pero lo peor aún estaba por llegar, Cecilia―. Cojo un trozo de torrija y me la llevo a la boca. El dulzor contrasta con el tema del que hablo con ella―. Cuando Cristo fue clavado en la Cruz, sufriendo aquel tormento, se desesperó.

―¡Oh, Dios mío, por qué me has abandonado! Lo digo a menudo. Aunque ya no vaya a misa.

―Algo así le comentó el sacristán al pastor Thomas, sí. Es muy duro pensar que, en el último instante de vida, todo en lo que has creído es mentira. Y que tu Padre celestial te abandona. Antes de expirar, las dudas se apoderan de uno. «Sin duda eso debió ser lo peor, ¿verdad, padre?», le dice al pastor. «El silencio de Dios».

Por la puerta, empiezan a llegar a poquitos los parroquianos del Stop. Saludan y unos se acodan en la barra; otros buscan mesa de su agrado. La cafetera pita lastimeramente mientras que Cecilia se afana en servir tazas, torrijas y raciones de leche frita.

Me despido y salgo. El cielo encapotado amenaza lluvia y la temperatura ha bajado. La luz en pleno abril parece invernal, "Winter light", así se tituló el filme en inglés. A Cecilia no le he mencionado que Bergman en la escena relatada va encuadrando a Thomas y al ayudante durante el diálogo que mantienen en la sacristía de manera alternada. Cada vez que se acercan al meollo de las preocupaciones metafísicas de este último, la cámara (la pluma) va aproximándose cada vez más a la angustia de uno y al rostro de inquietud reflexiva del otro. Son aspectos (de estilo) que Cecilia no daría importancia, me temo. Pero para mí son esenciales.

De camino a casa, me asaltan a la memoria unas palabras que el sacristán le dice a Marta cuando llega con el pastor a una iglesia, en la que todavía ningún feligrés –ni lo habrá– ha llegado aún: 

«Las luces eléctricas de hoy que sustituyen a las velas impiden el adecuado recogimiento». 

¿Será por eso lo del silencio de Dios?

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