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lunes, 17 de marzo de 2025

¿Comedia o drama?

 Brian Murphy ha muerto, ¡vivan los Roper!




Una de mis numerosas ex me afirmaba que la serie británica de los setenta, George & Mildred, no le gustaba nada porque era muy triste. Me sorprendía tal afirmación cuando a nadie se le ocurriría desetiquetarla de comedia. En fin, supongo que Freud tendrá una respuesta para tal afirmación, pero no estoy por la labor de llamarle.

Su protagonista masculino, Brian Murphy, que interpretaba a George, falleció el pasado 2 de febrero. Y ahora, delante de su lápida, me siento obligado a escribirle algunas palabras de cariño. Bueno, a él y a su encantadora y adorable esposa, Yootha Joyce que interpretaba a Mildred, fallecida en 1980 como consecuencia del alcoholismo. Ha tenido que esperarle casi medio siglo para yacer juntos en mi imaginaria tumba. Me hicieron muy feliz.

Los Roper, así se llamaron en España cuando se emitieron entre 1979 y 1981 por la TVE, fue una serie de 36 episodios. El primero de ellos, Cambio de domicilio, tuvo lugar en La 1 a las 11 de la noche un viernes 12 de enero de 1979. Su duración, como la del resto de los episodios, no alcanzaba la media hora. Después de las últimas noticias, la emisión acababa un poco más allá de las 11:30. Pantalla en negro. No había más canales, ni internet, descartado el uso del  teléfono a esas horas... ¿Se imaginan? Supongo que la radio era la única compañía, mientras uno esperaba a ser vencido por el sueño en la cama. O leer un libro debajo de la sábana si era pequeño.



Programa de televisión que aparecía como suplemento
en el periódico El Correo español-El pueblo vasco


Mildred y George eran una matrimonio mal avenido, incompatibles diríamos hoy. Aunque en aquellos tiempos, en Inglaterra existía la ley del divorcio (no como en España) los magníficos guionistas, Johnnie Mortimer y Brian Cooke, siempre evitaban la ruptura de la pareja. Los diálogos, paradójicamente, eran crochés a la mandíbula de George propinados por Mildred. Y este los evitaba con pasos hacia atrás o con algún deslavazado jab. Ella era la que le reprochaba su falta de ambición, su egocentrismo, su escaso interés por trabajar, e, incluso, por no tener algo más de vida sexual. Vamos, George pertenecía más al reino Plantae que al Homo Sapiens.

Cuando asisten al departamento de orientación matrimonial, la orientadora les pregunta por las cosas que tienen en común, y, tras reflexionar un buen rato ambos en silencio, George responde: "Es difícil... ¡A ninguno de los dos nos gusta la sopa de fideos!". Y la esposa exclama: "¡A mí sí, George!". "A parte de ella, quería decir", replica George. "Pasamos mucho tiempo hablando de la televisión. Ella no quiere verla y yo sí. A mí me gusta mucho". Ella le reprocha que se queda pegado al televisor desde la carta de ajuste hasta el poema final, de tal modo que cuando le apaga el televisor le salen ampollas en la mano (¡de lo caliente que está el aparato!).

La orientadora ve que son un poco incompatibles. Les pregunta por sus relaciones sexuales:

Mildred: ¡Ajá! Vamos a ver, ¿le contestas tú o contesto yo?

George: Esa parte de nuestro matrimonio es muy privada.

Mildred: Ya lo creo, la mitad de las veces ni siquiera yo la conozco.

George: Cumplo con mi deber —con tono de pavo real algo herido.

Orientadora: Señor Roper, no debe pensar en ello como un deber. 

Mildred: ¡No le diga eso! Es la única salida que tengo. No me importaría tanto si alguna vez fuera algo romántico y me sacase.

George: Hace poco te saqué y te llevé a la lucha libre.

Mildred: Sí, y eso me hizo recordar lo que me estaba perdiendo. ¡Nunca me lleva al teatro ni al cine ni a bailar! No le gusta bailar.

George: ¡Sí me gusta! He visto todas las películas de Fred Astaire.

Mildred: Y por si fuera poco, ahora descubro que hay otra mujer.

Orientadora: ¡De verdad?

Mildred: Sí, Dorothy.

Con este pequeño fragmento del capitulo 16 titulado Las cartas de Dorothy quería recordarte, George, que siempre me diste a entender que la base para un matrimonio feliz es la incomprensión mutua

Otra columna de esta sitcom, ahora se les llama así, era la familia Fourmile, matrimonio de clase media que comparten jardín con los Roper en el barrio residencial de Hampton Wick. La serie alternaba en montaje alternado historias de ambas familias, con situaciones de concurrencia ocasionalmente. 

Él, Jeffrey Fourmile, era un estirado, petulante, maniático del orden y partidario de los conservadores. En frente está George, holgazán, vive del subsidio, es torpe, algo infantil -hoy diríamos inmaduro- y que vota a los laboristas, ya saben, conciencia de clase. Los binomios antagónicos siempre son una fórmula que funciona en la dramaturgia.

En la pluma de los guionistas, las que salen bien paradas siempre son las mujeres, en este caso, Mildred y la mujer de Jeffrey, Ann, que siempre está dispuesta a la sororidad con aquella. Pensándolo bien, ahora que los tiempos son femeninos, tengo la convicción de que Los Roper era una sitcom feminista. Tal vez por eso la estrenaron en el tramo de noche. No tenia dos rombos, pero el horario de programación la hacía sospechosa, atrevida. 

La voz cantante al final siempre la llevan ellas, aunque no trabajen y se dediquen a sus labores. La modernidad  la encarnaba Mildred, con sus ganas de prosperar en todas las facetas, relacionarse socialmente, de desarrollarse como persona y no sentirse estancada como le pasaba a su marido, siempre delante del televisor, jugando a las apuestas, yendo al pub o dando de comer a su pez Moby Dick.

Otra muestra de que los guionistas se decantaban por ellas. En el capitulo comentado, vemos cómo Ann desea tener un segundo hijo, pero Jeffrey piensa que no es lo que desean ("habría destrozado nuestra vida, no habríamos podido salir de vacaciones"). En una escena posterior, de noche, Jeffrey regresa al salón tras haberle leído un cuento a su hijo. Allí se halla en el sofá su esposa maquinando mientras lee una revista:

Jeffrey: Estoy deseando conocer el final del cuento —le comenta sentándose en la butaca.

Ann: Aprovecha ahora que es pequeño. Ya no tendrás a otro al que puedas contarle cuentos.

Jeffrey: ¿Qué quieres, que tengamos otra discusión por este asunto?

Ann: ¡En absoluto!

Jeffrey: ¡Mejor!

Ella le recuerda que le ha preparado una cita mañana para que se haga una vasectomía. De modo, que ya no podrán tener un segundo hijo, que es lo que él quiere, pero ella no. El matrimonio, como el de George & Mildred, es un combate de boxeo donde los asaltos de poder se suceden. Ann sabe que su marido es un pusilánime y lo sabe aprovechar en su combate por el triunfo de ser madre en una segunda ocasión,

Ann: Me han dicho que no duele nada. Solo anestesia local y "tris tras".

Jeffrey: ¿Tris tras? —cruzando las piernas con muecas de dolor.

Ann: Puede que sean  tres. ¡tris, tras, tris!— insiste con indudable intención.

Jeffrey: ¡No me lo recuerdes!

Ann: Luego te cosen...

Jeffrey: ¡Que me van a coser?

Ann: Naturalmente, no te lo van a hacer con pegamento, Jeffrey. Mañana, a las dos.

Jeffrey: Sí, bueno... Pero todavía no me he decidido del todo, ¿sabes? Estas cosas no se pueden hacer a tontas y a locas— arguye mientras da vueltas alrededor del sofá donde está su mujer disfrutando de su argucia femenina—. Es un asunto muy importante y... muy complicado.

Ann: No lo creas. ¡Tris, tras!

Jeffrey: Creo que lo de mañana es muy repentino.

Ann: ¿Crees que deberías aplazarlo un mes o así?

Jeffrey: ¡Oh, sí! O quizás un poco más tarde. ¿Un año?

Ann: Oh, Jeffrey, ¿por qué no nos acostamos pronto y lo discutimos?—le susurra mientras le abraza sensualmente.

Jeffrey: Muy buena idea.

No hace falta decirte, George, que más adelante, el segundo retoño aparecerá en un capítulo. En fin, os dejo a los dos, ahora que compartís cementerio, para que sigáis discutiendo de vuestras cosillas. Creo que ha sido buena idea el reposar en tumbas separadas. No creo que eso os haga feliz. Ahora se lleva eso de cada uno en su casa, y Dios en la de todos. Bueno, el dicho es más viejo que la pana, pero es lo que se lleva ahora: cuando uno cree que es compatible, tras convivir juntos, tener hijos y pagar hipoteca, se casa.

 Ahora que lo pienso mejor, Los Roper sí que era una serie triste. De alguna manera, a mi alrededor, veía muchos matrimonios parecidos, que estaban como el perro y el gato. Sin embargo, ver los problemas en pantalla, con esos diálogos magníficos creados por Mortimer y Cooke, te hacían sonreír. Y si te hacen sonreír es una comedia... amarga, pero comedia.

Por cierto, la Dorothy que se menciona en ese capítulo era la actriz Dorothy Lamour, actriz que rodó una serie de comedias populares en los años 40 con Bob Hope y Bing Crosby. La buena de Mildred creía que aquellas cartas eran prueba de inequívoca del adulterio de su esposo. Pero George tan solo puede mantener relaciones idílicas. La coyunda no es lo suyo. 




domingo, 9 de marzo de 2025

Georges Bizet

 Un paseo hacia el Auditorio bilbaíno

 
 

 
 
Cojo el metro de Bilbao para ir a... Bilbao. Es un sábado, lo cual, para una persona que ya empieza por razón de los años a convertirse en un espectro, es el mejor día para contemplar -sin ser visto- a las muchachas que van en el vagón. Porque aunque sea 8M, los sábados siguen imponiendo su ley: se visten para follar (o ser folladas). Así que veo parejas jóvenes y no tan jóvenes abrazadas, acarameladas, a grupos de lolitas excitadas, parloteando, cogidas todas a ese falo llamado "smartphone". Mi mirada trata de concentrarse en la lectura de Oscar Wilde, La decadencia de la mentira: un comentario, pero los escotes, las minifaldas, el rímel en los ojos, los taconazos, los disfraces de peor o mejor gusto, no dejan de pugnar con la lectura. Es un día de Carnavales, bueno, es el sábado posterior a los Carnavales. Gusta alargar la juerga. Antes esto de disfrazarse tenía su puntito de rebeldía (¿contra la autoridad, contra la Iglesia?), pero hoy es hedonismo lúdico puro y duro. En la Edad Media, la Iglesia propuso una etimología de Carnaval: carnem-levare, que significa abandonar la carne (la de la olla, claro). Pero hoy en día es la glorificación de la otra carne. Ya me entienden.

La cita es a las 20:45. Como he llegado pronto, me presto a dar vueltas por Rodríguez Arias, Licenciado Pozas o José María Escuza. Me paro delante de un escaparate de una tienda de deportes. En ella veo una bicicleta a 2.500 euros. Un peatón que se ha parado a mi lado me hace notar la barbaridad de los precios. Y le contesto: "Con ese precio, uno no debería dar pedales". Se sonríe de la ocurrencia y prosigue su trayecto.

En la calle José María Escuza, están los cines Multis-7. Compruebo que, a pesar no de no haber ido en varios años, sigue teniendo el mismo aspecto y la misma desolación ante el desierto de espectadores ante la taquilla y en el vestíbulo que cuando iba. La taquillera me mira. No le doy oportunidad de entablar comunicación visual y le doy plantón.

 


 

Al lado, está el bar Pandrino's. Los motivos cinéfilos (ya saben, fotos de Bogart, Ingrid Bergman y otros actores clásicos) han sido sustituidos por otros motivos más acordes con los tiempos: los del Athletic Club.

Doblo la esquina por Licenciado Poza. Compruebo que la boutique, donde me quedaba contemplando su escaparate antes de entrar al cine, ha desaparecido. Era pequeña, todas lo son, pero su escaparate mostraba una ropa interior delicatessen. Afloraba en mí momentos de sublime lujuria, de intensa emoción que acababa cuando me decía que seguía "soltero". Ahora, es una Beauty nails, que es lo que llevan las mozas del vagón del metro: uñas largas y perturbadoras. Como bien decía el bueno de Bob Dylan en su canción, the times they are a-changin.

 

 

A veces me paro en escaparates que, por su luz y contenido en el interior, me llaman la atención. Llueve y cuando voy a sacar la foto aparece una pareja que ahuyenta la soledad de la instantánea e, incluso, la romantiza.

 

 

 

 

  Sigo calle abajo, y compruebo con satisfacción que aún quedan pequeñas librerías. Su escaparate es un síntoma de resistencia. Dos flexos iluminan con cierta lobreguez un apiñado fondo de entre los que destaco: La condición humana de André Malraux y el superventas Gente tóxica de Bernardo Stamateas.

 

 

 

Es hora de entrar en el Palacio Euskalduna. Me gusta entrar por la puerta de babor de esta imponente sala, antes astilleros (industria por cultura). Desde que se inaugurara en 1999, la pared del vestíbulo lateral empieza a mostrar signos de su pasado todavía reciente: fotografías de los más ilustres artístas relacionados con la música. Pero hay dos que tienen más relación con el cine: Woody Allen por su clarinete y José Coronado que se le ve ¿recitar o cantar?


 

 

 

 

En la proa de este enorme navío que contiene un auditorio en su interior, la fecha de su botadura, Bilbao, 19 de febrero de 1999, y una lista de los que nacieron ese día en Bizkaia. No encontrarán el mío. ¿Qué serán de ellos ahora con un cuarto de siglo?

 

 


 

 

 

 Sigo haciendo un poco de tiempo. Y me saco otra fotografía mirando desde la figurada cubierta del barco. Ahí está la Ría de noche y si afinan la mirada el fantasma en el que me estoy convirtiendo.


 La cita es con Georges Bizet, compositor de música francés. Les vendrá a la cabeza la que le hizo famoso en vida: la ópera Carmen. Pero en este evento llamado "Musika-Música", he elegido por 15 módicos euros, escuchar su Sinfonía nº 1. Bizet la compuso cuando tenía 17 años en 1855 y tardó un mes. ¿Qué hicieron ustedes con esa edad? Las que veo de Carnavales en el vagón ya me lo dice todo. Pero, ¿y ustedes? En mi caso llevé a Astrabudúa la representación de una obra de teatro. Creo que era la primera vez que se veía teatro en ese lugar abandonado, no tan infernal como la Comala de Juan Rulfo pero sí más contaminada. Era una mierda de obra. Lo reconozco. Pero una mierda teatral que tuvo su gran éxito, no como el pobre Bizet que en apenas 36 años de vida no tuvo ocasión de probar apenas las mieles del éxito.

Bizet compuso la sinfonía en 4 partes, como mandan los cánones, y la duración apenas llega a la media hora. La escribió mientras estudiaba en el Conservatorio de París. Sin embargo, nunca quiso saber nada de ella. No existe mención en su correspondencia y para sus primeros biógrafos era desconocida. ¿Por qué? Vaya usted a saber.

Tres de los cuatro movimientos, llevan el nombre de: Allegro vivo, allegro vivace y finalle, allegro vivace. Como ven los 17 años del mozo y la energía vital que conlleva esa edad están presentes en la obra. Mientras escucho el primero, me imagino a Bizet yendo por las calles parisinas atestadas de gente, carromatos, carrozas y demás caballeriza con ese frenético ajetreo del día a día rumbo a su conservatorio. Necesito acoplar imágenes al audio. La abstracción de la música se me hace difícil. Es como no acompañar un plato con una copa de vino. ¿Les pasa a ustedes?

Sin embargo, me quedo con el segundo movimiento, que lleva la denominación de andante, adagio. Llevo dándole vueltas al majín intentando descubrir en qué película he oído ese tema melódico. Se lo pongo a ustedes por si alguien lo recuerda. Yo desisto. Una oleada suavemente in crescendo de violines y violas tiene su contrapunto con los oboes y el fagot. Cuando todo parece ir desplomándose con una sucesión de  pizzicatos, aparece un sólo de oboe. Luego más pizzicatos con los instrumentos de cuerda a modo de gotas de lluvia. Me entra la melancolía. Tal vez Bizet recordaba un desamor de  juventud mientras componía este adagio para esta parte. A saber.

https://youtube.com/clip/UgkxAKHr5jH83BRUp0x3FT1v0KJ3SGSvjrP2?si=iQP_S23xxRJJmuwp  

 

 


Al inicio del concierto, había inmortalizado el momento antes de que entrase a escena el director de la Orquesta de Galicia, Andrew Litton, a cuyos andares les vendría bien el cuarto tema titulado En la gruta del rey de la montaña que corresponde a la suite Peer Gynt, que tuvimos la ocasión de escuchar previamente a Bizet. 

De la suite Peer Gynt, es fácil crearse imágenes para la primera parte titulada La mañana. En esos momentos, me imaginaba a una fiel lectora escuchando a primera hora del día el tema, mientras por la ventana de la cocina los primeros rayos de sol entraban para besar su cabello azabache. Su marido dormido, mientras su deseo de Carnaval volaba fuera del hogar. "Y que sea lo que Dios quiera", se decía a sí misma mientras se moja las ganas en el café, magdalenas del sexo convexo...

La vuelta en metro volví a ese estado delicuescente y fantasmal. Una muchachita con botas altas y falda corta entra en el vagón y se pone a mi lado dándome la espalda. Recordé en esos momentos unas palabras de una compañera de trabajo que había sobrepasado la sesentena: "A partir de esa edad, una mujer se vuelve invisible". También los hombres, también.

De camino al bar Stop de Astrabudúa, rememoré que este año la ganadora del Oscar a Mejor Interpretación había sido para la veinteañera Mikey Madison por Anora. Frente a ella, los espectros Fernanda Torres de 59, Demi Moore, 62 años, y las cuotas de wokismo espectral en Hollywood: Karla Sofía Gascón de 52 años y Cynthia Erivo de 38.

Con una copa, o más, a veces podemos creernos que nos encarnamos de nuevo. Parafraseando a Oscar Wilde: si la Naturaleza hubiera sido más benévola con la vejez, la humanidad nunca habría inventado el arte para consolarnos del destino funesto que a todos nos espera. Gracias, Bizet; gracias, Edvart Grieg.


domingo, 2 de marzo de 2025

Veredicto final (1982)

POR LOS MÁS DÉBILES, SIEMPRE

 

 


 

La vi  hace ya 43 años. El estreno fue el 12 de abril de 1983 en el Astoria de Bilbao, pero creo que no fue ahí donde asistí a la sesión. Yo estaba en el instituto todavía, con acné, pelo y con ganas de comerme el mundo. Supongo que no era una obra apropiada para mi edad por aquel entonces y, aunque me gustó, no me satisfizo ni me entusiasmó completamente. Pero recuerdo con gran nitidez todavía su inicio y su final. Ahora me sentaré en el diván y trataré de indagar el porqué he recordado de siempre el arranque y el desenlace.

Hoy he vuelto a revisitarla. Pasa también con los amigos, que los vuelves a ver pasado un tiempo. Siempre tienen que volver a ofrecerte algo: rememorar los viejos tiempos, informarte de lo que acontece en sus vidas actuales o anunciarte nuevos proyectos. Las buenas películas son como los viejos amigos: siempre te ofrecen algo nuevo, algo que no viste, algo que no valorabas entonces, algo que te perdiste o que no entendiste...

Si juntamos a Paul Newman, Sidney Lumet (director) y David Mamet (guionista), ¿qué puede salir mal? Nada. Se preguntarán de qué les hablo: de Veredicto final (1982). Les aflojo la memoria. Newman es un abogado cercano a la sesentena que pasa por una mala racha duradera: divorciado de su mujer y despedido del bufete de abogados donde trabajaba. Eso le ha llevado a convertirse en un alcohólico. 

Asistimos a la escena de arranque, la de los títulos de crédito: ya saben, la lista de actores, guionista, productores, compositor y director que han creado la obra. Pero lejos de ser una escena informativa sin más, de apenas un minuto y medio, ya nos da el tono que como piel acompaña a los aspectos fundamentales de la trama. Vemos a Newman a contraluz, apenas se le distingue. ¿Quién contrataría a una estrella para que no se le viera apenas? Eso quiere expresar algo: no le va bien la vida, ni profesional ni sentimentalmente. Está jugando con una máquina de petacos. ¿Un abogado, lo sabremos luego, jugando a petacos? Raro. Mientras fuma y bebe cerveza con cierta parsimonia, no hay palabra alguna, tan sólo el ruido de la bola chocando con las setas y el sonido del marcador. En la pantalla de petacos vemos al bueno de Tony Manero. Es un contraste. Él, el rey de la pista; Newman perdiendo lastimosamente el tiempo a petacos en un bar. Es Navidad, las luces de las serpentinas están apagadas por ser de día. Nada hay más triste que un ambiente navideño y que la vida no te sonría. La única nota de color la dan los títulos de créditos: rojo burdeos.

 



 La cámara se va acercando inapreciablemente al abogado. Coge la jarra, da un trago y la deja en el alfeizar; luego, da una calada al cigarro y lo vuelve a dejar en el cenicero. Lo hace con parsimonia, con un tempo derrotista. La vida sin amor, sin casos judiciales que resolver y con la bebida como única compañía en tiempo navideño trasluce el fracaso vital en el que está inmerso. Al fondo, la luz grisácea de un parque, sin hojas, sin personas que crucen con paso rápido. Y el silencio... sobre todo ese silencio roto por Tony Manero y su máquina de pinball. De todo eso, lo aprecias en un segundo visionado. Lo que les decía de los viejos amigos.

 

 



Supongo que la escena me marcaría a fuego porque yo también, a pesar de la mocedad, era una persona derrotada, maltratada por la vida. Uno encuentra en el arte aquello que vive en la vida y, de alguna manera, siendo embellecido por la mano del artista nos consuela, tal vez nos redima. Ahí estaba mi alteridad: sufriendo de la misma manera que yo pero con el rostro de Paul Newman. Si él estaba hundido, ¿quién era yo para pedir ser feliz?

Decía el director Sidney Lumet que la película "trata de la redención de un hombre, de su lucha por desembarazarse del pasado". Y como toda buena película, la luz debe acompañar a la historia. Por eso, un día Lumet llevó a su director de fotografía, Andrezej Bartkowiak, un estupendo catálogo de cuadros de Caravaggio. Y le dijo: "Andrzej, éste es la atmósfera que busco. Hay algo antiguo aquí, algo de otra época remota. ¿De qué se trata?". Andrzej estudió los cuadros y luego le comentó que se trataba de la técnica del "claroscuro". Se trata de una fuente de luz muy fuerte, casi siempre lateral, y no desde arriba. De ahí que reinen las sombras (el dolor, la traición, la incertidumbre o la desesperanza). Sólo en la sala de juicio las sombras no aparecerán.

A nuestro abogado se le presenta un caso: en el hospital de Santa Catalina se ha producido un caso grave de negligencia profesional. Dos médicos han descuidado a una paciente durante el trascurso de una intervención y le han provocado una parálisis de por vida por la que requiere asistencia las 24 horas del día.

A pesar de que Frank Galvin (Newman) acepta el ofrecimiento de una cantidad de dinero de los demandos, hay una escena que le hace cambiar de opinión. Es un momento muy logrado. Galvin va a una clínica humilde donde está su clienta que yace entubada en una cama. Lleva una cámara de fotos polaroid, ya saben, esas que se revelan al momento. Quiere sacar unas fotos del estado de ella. Y tras haber disparado dos, las deja sobre la cama y vemos poco a poco cómo se autorrevelan. En la novela en la que está basada Veredicto final, tal vez haya una serie de reflexiones o acontecimientos que nos muestra el cambio de actitud del abogado ante el caso. Pero en el cine, se juega con otras armas expresivas. Y las fotos de la cámara polaroid son una manera concisa y muy cinematográfica para expresar el cambio: Galvin no aceptará el dinero ofrecido por la parte demandada sino que querrá ir a juicio y pedir justicia al ver cómo se revela el estado postrado de la mujer en estado vegetativo: rebelarse ante una revelación.

Posteriormente, Newman tendrá la ocasión de redimirse también sentimentalmente al toparse en un bar con Laura (una jovencísima Charlotte Rampling). Mientras cenan en un restaurante, la anterior escena del cambio de objetivo queda fijada mediante este diálogo: 

Galvin. —Los débiles deben tener alguien que luche por ellos. ¿No es verdad? (...) Por eso existen los tribunales... para ayudar a los débiles, dándoles al oportunidad de obtener justicia.

Laura. —¿Y la van a obtener?

Galvin. —Puede... puede. Verá, el jurado debe creer, el jurado quiere creer. Es algo que hay que constatar. Mañana voy a escoger a doce de ellos. ¡Todos, todos piensan que es una farsa, que está amañado, que no se puede luchar contra lo establecido! Pero cuando entran en el estrado, entonces la situación es muy diferente. Tal vez... tal vez...

Laura. —Tal vez, ¿qué?

Galvin. —Tal vez pueda conseguir algo decente.

Como espectador uno vivía la redención profesional de Galvin: no era el dinero lo que le movía, ni ganar tras una mala racha de juicios perdidos, sino principalmente la búsqueda de justicia para el más débil.

No les diré cómo acaba el proceso judicial. Tendrán que ver la película. Así que salto al final, que me marcó y siguió durante muchos años en mi retina. Tal vez ya en las últimos tiempos se había ido diluyendo. Vemos a Laura, que ha traicionado la confianza de Galvin pasándose a la parte demandada, llamarle desde su cama por teléfono. El abogado está sentado en su despacho, reposando de las emociones tras el veredicto final del jurado. Oye un timbre, después otro, otro más pero sabemos que Newman no levantará el teléfono para escuchar las palabras felonas de Laura. Ese final seco y contundente, sin subrayado musical alguno, con tan sólo el teléfono desesperado sonando quedó grabado en mi memoria, pues yo también recurrí a no levantarlo cuando más de una mujer me lastimó en lo más hondo.

 

 

 

 


domingo, 16 de febrero de 2025

El beso cinematográfico

 FELIZ DÍA DE SAN VALENTÍN, CARIÑO

 


 

El pasado día 14 de febrero se celebró el día de los enamorados. Como yo no lo estoy, pues me dedico a mirar los diversos tendederos que hay en mi patio. Si se observa con detenimiento, se puede saber mucho de lo que hay tras esas vecinas ventanas con sólo contemplar la ropa colgada. Por ejemplo, el tendal de mi vecina me indica si está soltera o casada, edad aproximada, estatus social, si tiene buen gusto o no con la lencería, si es madre, friolera o si gasta en marca o es ahorradora, pulcra o un poco dejada (según los trapos)... Como ven, el tendal nos puede mostrar mucho acerca de aquellas personas que, aún sin cruzar apenas una palabra contigo, conviven en nuestro patio vecinal.

Durante un tiempo, mi vecina del ático sólo colgaba su propia ropa en el patio. Eso me intrigó. No sabía cómo era ella, pues no lograba coincidir en ese momento íntimo en que nuestra colada se exponía al vecindario simultáneamente. Observaba que las prendas íntimas las colgaba de tal modo que se veían rodeadas de otras de mayor tamaño: sábanas, toallas de ducha, vestidos, etc. De alguna manera, esa ocultación me impedía imaginar cómo sería ella. Bueno, en lo íntimo, pues por el resto de ropa podría suponer que rondaría la cuarentena, delgada, nada estilosa y por los colores expuestos nada jacarandosa.

La colada aparecía así, de repente. Me preguntaba en qué momento habría podido colgarla sin que yo me diera cuenta. Las persianas de la cocina siempre bajadas o la ventana del baño cerrada a cal y canto me daban la sensación de que ella no vivía allí diariamente, sino que venía tan sólo a hacer un uso esporádico de la vivienda. ¿Sería suya y no querría alquilarla? ¿Vendría tan sólo para aparentar que el piso estaba ocupado por "alguien", mientras hacía vida diaria en su vivienda principal? ¿Lo usaba para su "encuentros" extramaritales?

Me hacía esas preguntas cada vez que fijaba mi mirada en esa parte del patio. Un domingo por la mañana, mientras tomaba un café delante de la ventana de mi cuarto, comprobé que, junto a su ropa, colgaba unas prendas masculinas. Lo que me descorazonó fue ver unos slips de color negro exhibiéndose como pavo real monocolor. "Vaya", me dije, "parece que mi vecina tiene amante".

La aparición de esas prendas masculinas coincidían con el fin de semana. Dejé de acechar con la "ilusión" de un principio. Mi vecina tenía el corazón conquistado y el mío desencantado. 

Durante un tiempo, pues, mostré apatía por lo que ocurría en el colgador de mi vecina de ático. Y el descubrimiento de una nueva pareja jovencita enfrente de la ventana de mi cocina concitó mi interés. Desde mi colgador podía contemplar la habitación de los veinteañeros. En ocasiones, mientras colgaba mi ropa por la noche,  descubría luz en su cuarto. Allí me quedaba, absorto, agazapado a la espera de que en ese recuadro apareciese "algo" que valiese la pena a mi mirada de voyeur. La emoción de ver algo que rondara la pasión de la mirada me hacía estar con la pinza en la mano derecha y los gayumbos en la izquierda chorreando. Visto de fuera, era patético.

En alguna ocasión pasó algo digno de mi espera. Por ejemplo, la joven vecinita encendía la luz de su cuarto y abría la puerta del armario. Escogía "algo" y cerraba de nuevo. Su imagen desaparecía de campo al caer hacia la izquierda. "Ahí tiene que estar la cama", me decía. Efectivamente, veía unas piernas levantarse al aire y unos pantalones ser lanzados. Ella se erguía de nuevo en paños menores, con unas braguitas y el sujetador tan sólo. Luego aparecía su joven pareja para charlar con ella mientras se ponía el pijama. Se abrazaban y, mientras lo hacían, la mano del joven alcanzaba la cinta de la persiana para bajarla. La imagen del ventanal quedaba como codificada, pues a través de los orificios de la persiana podía contemplar el retozo sensual.

Había colgadores que reflejaban una separación (tan sólo prendas de madre cincuentona y muchacha adolescente) o un colgador alargado en el que sólo veía toallas requeteusadas, camisetas ajadas de manga larga y deslucidos jerséis que revelaban la vida de un jubilado soltero con fibrosis pulmonar.

Con el tiempo, mi atención volvió a recaer en el colgador de mi vecina de ático. Descubrí que, día sí y día también, no había rastro de prendas masculinas. Deduje que los fines de semana de mi vecina ya no serían tan excitantes como antes. Los colores y las prendas colgadas ya no se exhibían tan coloridas ni sensuales, abundando negros, grises y otros colores desvaídos en la paleta de tinturas de su ropa.

La coincidencia de salir a la ventana a colgar la colada tuvo lugar al fin. La casualidad tenía que darse me decía. Y se dio. Apenas pude mirar de reojo, lo suficiente creo para saciar mi hambre de curiosidad: de belleza discreta, morena, rostro enjuto, más hacia la cincuentena que despegando de los 40. Ideal.

Pasó el tiempo. Hace unas semanas, me pareció reconocer a mi vecina entrando en una tienda de comestibles. Esperé a que saliera y la seguí. Efectivamente, era ella, pues entró en el portal contiguo al mío y al llegar al ático se encendió la luz de la cocina. Aprovechando que era el 14 de febrero le dejé en el buzón el siguiente texto manuscrito:

 "El beso nunca es singular. El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero". Tu vecino de ático del nº 25.

Y ahora espero a que haya respuesta.

 


 

Estas andanzas de patio me han recordado la famosa película de Alfred Hitchcock: La ventana indiscreta (1954). Curiosamente, el fotógrafo protagonista, Jeff (James Stewart), que estaba escayolado de una pierna, no podía averiguar nada de sus vecinos, pues no hay colgadores. ¿Dónde secaban la ropa, pues? ¿Tendrían secadora en los apartamentos? Lo dudo. Así que la única manera de poder fisgar era mediante el uso de su cámara con teleobjetivo. 

De este filme quisiera, ahora que estamos con el 14 de febrero como asunto, destacar dos escenas. La primera se refiere a un beso fugaz. Si me preguntaran por el beso más hermoso jamás filmado, diría que este sucede en esta obra. Jeff está sólo en su apartamento dormitando y, súbitamente, entra en cuadro el rostro de su novia Lisa (Grace Kelly) y le besa. Es el beso-sorpresa más elegante y delicado visto en pantalla. ¡Y en Technicolor! Para ello el director tuvo que trucar el acercamiento del rostro de Lisa hacia la boca de Jeff, es como si el movimiento fuera el de una mariposa posándose en la rama del Amor.

El segundo apartado se refiere no al visual sino al guion. Se trata de un diálogo entre entre Jeff y su enfermera Stella (magnífica Thema Ritter). Mientras ella le da una masaje en su espalda, tiene la siguiente conversación que me encanta:

Stella: Mire, señor Jeffries, no soy una mujer de estudios, pero puedo decirle una cosa: cuando un hombre y una mujer se gustan el uno al otro se unen así: ¡paf!, como si fuera un choque entre dos trenes, y no se quedan sentados analizándose mutuamente.

Jeff: Hay un modo inteligente de enfocar el matrimonio...

Stella: ¿Inteligente? Nada ha causado tantos problemas a la humanidad como al inteligencia. ¡Matrimonios modernos!

Jeff: Hemos progresado emocionalmente...

Stella: ¡Tonterías! Antes conocías a alguien, te gustaba y te casabas. Ahora se leen muchos libros, se emplean palabras de cuatro sílabas y se psicoanaliza a la otra persona hasta que no se distingue entre una relación amorosa y unas oposiciones al ayuntamiento.

 


 

Supongo que querrán saber cómo acabó lo de mi vecina de ático. Si hubo respuesta o no. Pasaron días sin que en mi buzón apareciese correspondencia alguna. Hasta que un mediodía, a mi regreso del trabajo, y casi sin que tuviera esperanza de nada, hallé un sobre. De lo impaciente que me puse, lo rasgué con ímpetu sin percatarme quién sería el remitente. Me comunicaban que tenía una cita con el cardiólogo, que me tendrían que colocar un holter cardiaco durante 24 horas.

Y aquí me tienen tomándome una tila ante la ventana de mi habitación. En el colgador de mi vecinita, he vuelto a ver no uno sino dos boxers de color negro. ¿Tal vez hayan reanudado la relación?

Cada vez que me pongo La ventana indiscreta y veo el beso de la Kelly a Stewart me acuerdo de aquella gueguería de Gómez de la Serna:

"El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero".

Y así me consuelo.


domingo, 9 de febrero de 2025

Los Goya 2025

Dos por el Goya de uno


La infiltrada y El 47 se llevan ex aequo el Goya a Mejor Película


 

Arantxa Echevarría sorprendida ante el inesperado final ex aequo

 

Este año la 39 edición de los Goya tiene lugar en Granada, la quinta ocasión en que Andalucía acoge este certamen de la "Fiesta del Cine Español".

Y aquí estoy delante del televisor de plasma dándole a la tecla para que mañana mis numerosos lectores que hayan preferido leer un libro, escuchar a Mozart o echar un polvo con su señora sepan lo que ha pasado. Les aviso que la inmensa mayoría perderán, pero harán como si la vida siguiese igual. ¿O no?

Arranque musical: Zoe Bonafonte, Pepe Lorente, Cristalino, Luis Tosar y Daniel Ibáñez salen cantando "Bienvenidos" junto a Amaral. Y ¡cómo no, Miguel Ríos dejando las vendas de momia en el ataúd también hace aparición en el escenario!

Salen las presentadoras: Maribel Verdú y Leonor Watling. La primera de plata, la segunda de blanco satén con arabescos dorados. Hacen las presentaciones de rigor, un poco sosainas. Pero eso hay echárselo en cara a los guionistas. Porque ellas no improvisan. Y cuando lo hacen es del tipo: "¡Vaya nivel, Maribel!".

El Goya a Mejor Actor de Reparto es para Salva Reina por El 47. Hace aspavientos y alza los brazos como si hubiera ganado el Goya. Ah, que lo ha ganado. Bueno, como si no se lo creyera: "Todo es posible en Granada. Te quiero, papá. Es tu cumpleaños". Va con pantalón negro y chaqueta blanca con bordes negros. Está guapo, con ese pelo abundante y un poco canosillo. La pajarilla negra sobre la camisa blanca realza el contraste, como un damero. Le tocan la música porque no calla. "¡Ninguna persona es ilegal!", lanza la primera proclama política de la noche.

Mejor Diseño de Vestuario es para Arantza Ezquerro por La virgen roja, donde el rojo no aparece en toda la película salvo en dos detalles. Viste con falda larga negra y una pieza que parece una bolsa de plástico con esas protuberancias que oímos estallar al apretarlas. Está mona.

Mejores Efectos Especiales va a parar a El 47. Más del 80% de los planos están tratados con digital para recrear la Barcelona de los 70 y que no chirriase mucho con el material de archivo utilizado. El barrio de Torre Baró empieza a sonar esta noche y el catalán también.

El premio a Mejor Canción Original va a Los Almendros cantada en el documental La guitarra flamenca de Yerai Cortés

Mejor Actriz Revelación es para Laura Weissmar, protagonista de Ave María. Habla cinco idiomas pero yo no la entendí en español cuando la proyectaron en la Seminci. Eso sí, el vestido, que no tapaba el sobaco lleno de pelos ni las marcas de tatuaje, tenía su puntito de originalidad. Las pestañas son laaaargas. Y entre un ataque de pánico logra sostener un vestido de tirantes con unos soportes que sobresalen de manera "horror picture show". 

Goya de Honor es para Aitana Sánchez Gijón. Lo presenta y lo entrega Maribel Verdú, porque se conocen desde pequeñas. "Te quiero porque eres luz y talento", comenta Maribel, y se emociona tanto que tiene que hacer una pausa. ¿Demasiada emotividad? Tal vez. "Resistir en la cumbre es verdaderamente un reto. Este no es un Goya de Honor, sino de Amor", clama la Verdú. Vemos en pantalla esos resúmenes de los trabajos de la hermosa Aitana. Y es en estos momentos que sabes que tú, maldito cronista de blog, no has vivido tanto ni lo vivirás. 

El aplauso es largo. Ella con un vestido de escote palabra de honor y de franjas negras y azul lo que sea verticales está hermosísima. El plano general le hace justicia, más que el primer plano. Se lo agradece al presidente de la Academia, Fernando Méndez Leite y "al amor de su vida, Richard Gere", que lo tiene delante. Recuerda a Bigas Luna, ya fallecido, director con el trabajó. Además de con otros 40. Quiere recordar a Patricia Ferreira fallecida, y una de las cuatro mujeres directoras con las que ha trabajado. No deja de faltar el mensajito feminista. Y, cómo no, la consabida retahíla de...

 

Goya de Honor 2025 a Aita Sánchez Gijón, abrazando a Maribel Verdú.


En este preciso instante la llamada de mi aita. Como ustedes comprenderán, cuando una persona añosa te llama no suele ser para nada agradable. No respira bien, taquicardias, que vaya. Uno va con la convicción de que ya no va a seguir en directo la ceremonia. Afortunadamente, la ambulancia con sus dos técnicos de emergencia sanitaria no tardan mucho. Le atienden y le hacen las consabidas preguntas: medicamentos, síntomas, desde cuándo... Le auscultan, le toman pulso y oximetría. Vaya, lo que parecía una crisis de ansiedad (era mi diagnóstico), ahora resulta que, según la ATS, no oxigena bien. Al hospital en ambulancia. ¿A que no esperaban este giro de guion? Esperen hasta el final, hay otro más.

Llego al hospital a las 23:59. Y me dan un tique: F-IGC1. Ahora a esperar a que la dichosa combinación salga por la pantalla para acudir a donde tu aita está: en boxes. ¿Y los Goya? Pues voy mirando el móvil. Uno quiere evadirse de la realidad y volver a Granada, tierra soñada por mí. 

En el trayecto de ida, tras la ambulancia, sintonizo la única emisora de radio que lo retransmite: RNE. Oigo las voces de Yolanda Flores (empalagosa), Elio Castro (¿expulsado de la SER?) y Conxita Casanovas (incombustible) relatando lo que acontece. Ya me he perdido saber que Pepe Lorente ha logrado Mejor Actor Revelación por La estrella azul. Afortunadamente, la que para mí es la mejor película lograría esta noche otro premio más: Mejor Dirección Novel a su director el maño Javier Macipe. Como no la produce RTVE ni Atresmedia Cine ni MediaPro ni El Deseo, pues ajo y agua. Los valores artísticos se los meten entre el fajo de sus billetes.


Pepe Lorente (izq.), Goya al Mejor Actor Revelación junto a Jose Antonio.


Las voces de radio auguran que si la Mejor Dirección de Producción había ido a parar a El 47 era predecible que ahora con el premio a Mejor Dirección Artística fuera también. Fallaron. Fue para el bilbaíno Javier Alvariño por La virgen roja (también lograría otro Goya para el vestuario). Nawja Nimri no estaba nominada, incomprensible.

En la pantalla aparece el F-IGC1. Voy a boxes. Una médico residente me informa de que las constantes están bien. Oxigena al 100%. Puede que la ATS midiera mal la oximetría con el aparatito en el dedo. Me dice que le harán dos pruebas más: electro y rayos X.

Estar en boxes de acompañante es como estar en la silla del Palacio de Congresos de Granada durante tres horas treinta y siete minutos, lo que duró, sin estar nominado. No puedes moverte, salvo para ir al baño o acompañar al paciente. Vienen enfermeras que ponen electrodos y al destapar la sábana exclaman un "vaya": la visión de un conejo enchufado a un pito que quiere solo miccionar. Me dice que no puede orinar, que tiene miedo a hacérselo en la cama. Le comento que compruebe que lo tiene metido en el conejo. Pero no puede porque sus manos están "ocupadas" con sendos instrumentos médicos. La idea de tener que coger el miembro me horroriza. En el box uno se siente solo. Sabes que los facultativos y demás personal sólo harán ciertas actuaciones. En lo demás, tú eres el que tienes que apechugar con tu pariente enfermo. 

Durante este tiempo en el box, me pierdo saber que Almodóvar sólo ha logrado arrancar a los académicos para su obra La habitación de al lado tres cabezones: guion adaptado, fotografía (Edu Grau) y el que va a parar al omnipresente donostiarra Alberto Iglesias por la BSO (lleva 12 cabezones de 19 nominaciones). Abusón.

Nos dan el alta. Le visto a mi aita y, de camino a casa, aliviado y contento porque mi pronóstico médico de crisis de ansiedad era el acertado, vuelvo a sintonizar Radio Nacional de España. Veo que estamos en el final de la ceremonia. Por el camino, se han celebrado los premios a Eduard Fernández (Marco), Carolina Yuste (La infiltrada), la dirección a Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez (Segundo premio), guion original a Eduard Sola (Casa en llamas) y actriz secundaria a Clara Segura (El 47). Como ven todo muy repartido, como los décimos de lotería.

Las voces de RNE me anuncian que llegamos al momento final de la noche. Belén Rueda es la encargada de abrir el sobrecito. Se le oye decir: "Y el Goya a Mejor Película de este año es para... El 47". Y cuando todo parecía ya decantado oigo decir a Conxita Casanovas que parece que hay un nuevo suceso La la land*. Pero no. Por primera vez en 39 ediciones se da el fenómeno de que el premio mayor es ex aequo: la directora bilbaína Arantxa Etxebarria se levanta jubilosa de su asiento porque Belén Rueda lanza un grito, que apenas se le escucha en la retransmisión, de que su La infiltrada ha puesto una pica en Granada junto a la película de Marcel Barrena. 

Ya ven que esta 39 edición nadie se ha ido de vacío. Me atrevería a decir que ha sido el más repartido. Mi amigo E. ya no podrá decir que nadie ha visto esas dos películas ganadoras, pues La infiltrada ha sido vista por más de un millón trescientos mil espectadores y El 47 por más de medio millón. A mí me queda la espinita de que no haya triunfado La estrella azul de Javier Macipe. 

Richard Gere opacó las ausencias con su premio al Goya Internacional. Ahora es uno de los nuestros ya que "España es mi nuevo hogar". Bien mirado, si los académicos no han echado en falta a Pedro Almodóvar (accidente doméstico), Penélope Cruz (gripe), Tilda Swinton, Julianne Moore ni a Karla Sofía Gastón (cancelada por el wokismo y que no pudo recoger el premio a Mejor Película Europa a Emilia Pérez), tampoco a mí delante de la pantalla. Peor habría sido tener que sentir desde esta noche la ausencia de mi aita.


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