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lunes, 22 de septiembre de 2025

Zinemaldia 2025. Domingo 21

Hoy se ha revelado Dios y tiene nombre de Paolo Sorrentino

 

3ª jornada en el Zinemaldia. Y a pesar de la lluvia siempre pongo buena cara, sobre todo porque me acompaña el buen cine.


Fotograma de "Couture"

 

El mundo de la moda es algo que me fascina y si Angelina Jolie está presente qué puede fallar. Pues falla. Hace de directora de cine ¡de terror! y le han propuesto rodar un spot para una pasarela de moda en Paris. Le preguntan para un programa de redes sociales cómo definiría en dos palabras la moda:”Inútil y necesaria”, responde. Pues yo me quedo con la primera palabra para calificar esta propuesta de Alice Winocour. 

La estructura de “Couture” -vocablo francés que significa Alta costura- es interesante y responde a esta secuencia: 1,2,3,0. Siendo cada número un personaje: el 1 para la directora, el 2 para la modelo negra (Anyer Anei) que proviene de Sudán del Sur escapando de la guerra; el 3 es la historia de una maquilladora (Ella Rumpf) que quiere convertirse en escritora y ve vídeos de Margarite Duras; el 0 es para un personaje menos relevante pero que es la que se deja la piel cosiendo los modelos: la modista. Cada historia se presenta alternadamente con algún cruce de personajes esporádicamente. El resultado es un monstruo de Frankenstein donde los remiendos se ven con horror. 

Produce Angelina Jolie y por eso se entiende que la parte de la historia que le afecta tenga tintes autobiográficos. El mundo de la alta costura está lleno de sinsabores, relaciones superficiales, desgaste físico y emocional, pero la descripción de esa trastienda -lo que no se suele ver antes, durante y después del desfile por la pasarela- no tiene el menor alma de verosimilitud. Bellezones a mansalva pero la saturación provoca un interés desigual. 

Eso sí la rueda de prensa llena de fotógrafos amateur que podrán poner en instagram que capturaron la belleza pasajera de la Angelina. Les aseguro que muchos no habrán visto la película. 

El director de "La Grazia", Paolo Sorrentino

 

 Este señor de la fotografía de arriba es hoy en día como si hablásemos de Ford, Hitchcock o Welles por poner tres grandes. En el Victoría Eugenia -¡qué mejor escenario!- hemos podido asistir a las 11:30 al milagro del cine. "La grazia" es la Capilla Sixtina, es otra obra maestra del director de Nápoles que se le añade a "La gran belleza", "La juventud" o "Parthenope". 

Había pensado dejar en blanco este espacio, pues ¿qué puedo garabatear que esté a la altura de no ya de la película, sino de ni siquiera un plano? Cada composición, cada movimiento de cámara, cada nota musical, cada gesto, cada iluminación de plano, cada latido de pixel (antes eran fotogramas), cada línea de guion es un cincelado para la escultura con que está materializada "La grazia".

La emoción que me ha embargado durante los 130 minutos que dura la historia de Jep Gambardella -así será siempre como lo veo a Toni Servillo, que en esta ocasión hace de Mariano de Santis, presidente de la República de Italia- me ha provocado la eyaculación del Festival. Litros y litros han inundado el patio de butacas. Los espectadores han tenido que nadar para no quedar sepultados por esa torrencial lluvia de inspiración lírica audiovisual. Porque Sorrentino es de los pocos directores que escribe poesía visual, alejada de esa prosa concienciada y social que tanto abunda, sobre todo, en este Festival. No significa que no le importe el mundo. ¡Claro que le importa! 

A Mariano de Santis, alias "Hormigón armado", le pesa la gravedad de su puesto: la presidencia italiana de la República. Quiere ya jubilarse y ser ingrávido, él,  un jurista de lo penal que siempre busca la verdad. Y una duda le asalta durante los 40 años: su fallecidad mujer, a la que considera la mujer perfecta para él porque nunca se olvidó de él, le engañó. Y no sabe quién es el amante. La duda lo reconcome. 

Sorrentino busca siempre provocar -en el mejor sentido del término-, dota a su obra de unos diálogos soberbios y la puesta en escena es de una fuerza que parece haber surgido del Renacimiento junto a Rafael, Tiziano, Buonarroti, Rafael...

Alguien podrá criticar afirmando que el autor de "Fue la mano de Dios" parece contar la misma historia: el amor por una mujer, la pasión, el fingimiento, la búsqueda de lo inalcanzable, las dudas, la angustia ante la vejez y la muerte, la pérdida, la belleza, el cambio de sociedad que no se entiende, la música, la familia y la soledad, siempre, la soledad... por mucho que uno intente buscar, como lo hace De Santis, palabras de consuelo en un Papa negro (!).

Es de agradecer que ante tanta trascendecia, surja un Paolo Sorrentino guasón, mordaz, humorístico que provoca en el espectador una sonrisa tan hermosa como la de la Gioconda, mientras ve al soberbio Toni Servillo fumarse un cigarrillo. Desde Humphrey no ha habido otro igual.

 

Imagen del filme "Lurker"

 

 En la sección Zabaltegi, he podido ver "Lurker" en el Trueba 2. Está dirigida por Alex Russell y huele a esas películas que salen de Sundance. Se ve con cierto agrado, sobre todo, si te pones la camisa de los 20 años con las que buscaba cine con aire fresco. Trata de un chico veinteañero que conoce en la tienda de ropa donde trabaja a un cantante en ciernes que busca el éxito. Pero como todos los artistas siempre duda de su creatividad y seguridad. El cantante busca una familia -un grupo de gente de su edad que le dé estabilidad y cierta confianza- y el dependiente ve en ello la oportunidad para acompañarle en la carrera hacia el éxito. 

Lo mejor es el ambiente enfermizo y obsesivo de la relación que se desarrolla entre ambos. No hay necesidad de violencia, pero como sucede en "Taxi driver", poco a poco se va cuajando una turbiedad en la relación que la hace malsana. ¿Hasta cuándo podrá subsistir dicha convivencia en un mundo tan voluble como el del artista musical? Tendrán que verla si quieren averiguarlo.

 

Plano del filme "Los domingos"

En la Sección Oficial he podido ver en el Teatro Principal un rareza en el cine de hoy: cine religioso. Su título es “Los domingos” y está dirigida por esa directora que pasó a tener reconocimiento con su ópera prima “Cinco lobitos” llamada Alauda Ruiz de Azúa. La escritura cinematográfica de Alauda no me seduce, pero he de reconocer que la historia me va conmoviendo poco a poco a medida que descubro el rostro joven y seductor (por la interpretación convincente) de una jovencita que creo no tenía mayor experiencia interpretativa llamada Blanca Soroa. 
He de afirmar que entre un público nada inclinado a la oración mariana ni a la vida monacal como es la prensa que asiste al pase, la obra se ha visto con interés y emoción en algunas escenas donde Blanca Soroa nos agarra de los dídimos con dulzura y nos desarbola. Se tiene fe o no se tiene. Pero en estos tiempos de incredulidad o ateísmo, que Ruiz de Azúa plantee que una chica de casi 18 años quiera ser monja de convento ya son ganas de provocar. Acudirán los votantes de Vox a verla; acudirán los de izquierda abertzale aunque solo sea para oír una versión de Aitormena que tantas veces hemos escuchado del bardo Benito Lertxundi.
Voy a explicar la trama de la película en un símil futbolero. Imagínense que tienen una hija que no quiere ser ni del Real Madrid (como su aita) ni del FC Barcelona (como su madre) sino del Athletic Club. Equipo que está en franca minoría frente a los ganadores, algo así pasa con las vocaciones religiosas de clausura. 
En la familia surgirán posiciones encontradas y enfrentadas. Ruiz de Azúa logra algunas escenas conmovedoras y la interpretación de Patricia López Arnaiz como tía atea que no quiere que Dios le arrebate a su sobrina juega muy bien como contrapeso dramático.  

 

Imagen de la obra "The Stranger" de François Ozón

 Los programadores han tenido la mala baba de programar alas 22:30 una de las Perlas -esas películas que han pasado ya por otros festivales de renombre- un conocido del Zinemaldia: François Ozon. Su adaptación de la novela francesas homónima “El extranjero” de Albert Camus - obra señera de las letras francesas del siglo XX- me provocó ganas de marcharme durante la primera hora. Como decía Jeannette Luc Godard, cualquier obra se puede adaptar al cine, pero lo que hace Ozon -ganador de una Concha de Oro hace años- es tan moroso que cuando llegas a ver algo con cierto interés ya ha dejado de interesarte ese personaje llamado Meaursault. Vive en Argel en los años 30 del pasado siglo en una de esas colonias francesas que luego se independizaron. Y su existencialismo, esa corriente filosófica en la que enfatiza la existencia del individuo, puede que esté muy bien reflejada en la peli. Pero ver al tipo que se la sopla todo -salvo follar con su amiguita-, incluso la muerte de su madre  o el asesinato con un revólver de un árabe en una playa, me provoca hastío. Tal vez porque el hijoputa de profe que tuve de Filosofía tan solo me soltó sus apuntes y me dijo: “Enfréntate tú con los existencialistas franceses”. 

Siento acabar la noche así: escopetado rumbo a mi hotel donde el hueco de la cama me recuerda, a diferencia de Meaursault, que nadie te podrá abrazar para consolarte de “El extranjero”. Ni ganas de leer ya la novela de Camus publicada por Gallimard en 1943.

Otro día más despejado me parezca una obra maestra pero tras ser la quinta el equipaje de imágenes que contienen mis ojos ya está petado.

 

domingo, 21 de septiembre de 2025

Zinemaldia 2025. Sábado 20

El cine me guiña el ojo por tres veces

 


Segundo día de rodaje de la 73ª edición del Zinemaldia. Hay días que merece levantarse a las 7:30 de la mañana aunque estés de “vacaciones”. Y con lluvia.

 

Fotograma de "Nouvelle Vague" de 

 

No iba con grandes esperanzas para ver una de las Perlas de esta edición titulada “Nouvelle Vague” dirigida por ese idolatrado Richard Linklater, pero he de decir que he disfrutado como un enano. Y mi estimación por el enfant intelectual llamado Jean Luc Godard ha subido en la cotización de “aprecios”. Sé que es una película que apreciarán, disfrutarán y entenderán los muy cinéfilos. A mi lado un Mafaldo joven que se habrá tragado ya más películas que yo con su edad así me lo confirma. 

Lo más milagroso es que una peli en blanco y negro, con aroma a ese año de 1960 donde un crítico de cine llamado Godard y con ínfulas de comerse el mundo se pone a dirigir en 20 días un demencial rodaje que acabará siendo una de las películas más idolatradas titulada “Al final de la escapada” con Jean Seberg y un desconocido Jean Paul Belmondo. ¡Y funciona!

Milagro me parece que un guion lleno de humor, repleto de citas y un casting meritorio con un sinfín de personajes que existieron en esa época funcione. Y funciona como si fuera un motor de F-1. 

En una de las secuencias del proceloso rodaje de “Al final de la escapada”, un personaje le comenta al director que al crear una película existen cinco: la que escribes en el guion, la que haces en el casting, la que ruedas y la que montas y la quinta se me ha olvidado. Aparecen decenas de personajes que alumbraron la Nouvelle Vague gracias a Cahiers su Cinemá, todos con su nombre sobre impresionado en pantalla que hace menos desorientador el vericueto de personajes. 

Jean Luc Godard era un intelectual que rodó con un productor que, si no hubiera sido su amigo, habría suspendido el rodaje de una película que no tenía plan del mismo. Todo estaba al albur de lo que se le ocurría al bueno de Godard mientras jugaba al pin ball en una cafetería parisina a la espera de la inspiración. El productor tenía que escarbar en la papelera en busca del papel de rodaje que había tirado el director para saber qué se iba a rodar… si se fuera a rodar, claro. No había maquillaje, no había raccord  no había diálogos escritos, por no haber no había ni inspiración en algunos de esos días. Truffaut le aconsejaba, Rohmer, Jean Pierre Melville, Chabrol, Bresson… Vemos el quién es quien de la década de los sesenta en el cine francés. Todo un homenaje lleno de amour fou por parte de Linklater.

Ya tenemos dos versiones de lo que es el cine: una nos la ofreció François Truffaut en “La noche americana”; la otra Linklater con esta visión del rodaje de “Al final de la escapada”. 

Como dice Jean Seberg, por fin se ha acabado esta mierda de rodaje que,  milagrosamente, se ha convertido en una película que lucirán en sus anaqueles los cinéfilos, tanto de Godard como de Linklater. 

 

 

Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, directores de "Little Amélie"


 Aquí tienen los rostros que para la gran mayoría de la humanidad son desconocidos. Son los creadores de una película de animación que me ha parecido maravillosa. Su título es “Little Amelie” y es una adaptación de una novelita de Amélie Nothomb publicada en Anagrama cuyo título, un tanto críptico, es “Metafísica de los tubos”. La idea fundamental es describir una etapa de una niña que vive con sus padres belgas en Japón en 1968 desde que cumple dos añitos hasta los tres. 
Una etapa que la inmensa mayoría ya no recuerda pero que es fundamental porque, entre otras cosas, uno aprende a andar, a hablar, a decir mamá y papá, a tener consciencia de quien nos quiere y quién no, de la importancia de mojarnos, de descubrir la belleza, la tristeza, la esperanza, la ilusión, la despedida, el renacer, la ausencia, la muerte, la alegría, los recuerdos y un sinfín de acontecimientos que formarán parte de nuestro ser. La gran originalidad es haber protagonista a un infante de dos años. 
Vuelvo a ser feliz regresando a ese periodo del milagro constante, porque constante es abrir los ojos por todo lo bello y fantástico que se abre ante ti. Y sobre todo si es en Japón.

 

  

"Un simple accidente" de Jafar Panahi

 

La tercera Perla que hemos podido ver en el Tratro Principal tenía  el marchamo de haberse erigido en la ganadora de la Palma de Oro en Cannes. “Un simple accidente” es una película profundamente política, una diatriba contra el régimen actual del gobierno del líder supremo Ali Hamenei. Panahi tiene una forma de escritura cinematográfica que no me seduce y, siendo ya la tercera y a una hora como son las 16:45, pues se me hace cuesta arriba asistir a un viaje o recorrido donde diferentes personajes se van apuntando para descubrir si un hombre es un antiguo miembro del Servicio de Inteligencia que ha ejercido la violencia en complicidad con el régimen.

Los que han sufrido sus devastadores métodos de tortura, no pueden afirmar con rotundidad que es él y no otro como afirma el retenido. Las torturas dejan huella indelebles: desde recuerdos olfativos, olorosos (el sudor) o táctiles como las cicatrices en una de las piernas que tiene el torturador y que se regodeaba en el pasado al obligar a sus víctimas a tocarlas. Pero nadie de sus víctimas le ha visto la cara. Con ese suspense juega el guion mientras los personajes se debaten en qué hacer. 

 La historia comienza como drama y poco a poco va deslizándose hacia situaciones ciertamente cómicas, por no decir absurdas. Pero Jafar Panahi se vuelve a poner serio para enjaretarnos un plano secuencia fijo que se hace agotador y revelador de las intenciones políticas del director iraní. A constatar el muy comentado plano final entre los asistentes como uno de los más evocadores e inspirados de que la sombra de cualquier régimen dictatorial es alargada aún no ejerciendo la violencia explícita. 


Cartel de "Maspalomas" de los directores Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi

 

 Era difícil superar el nivel de la dos primeras películas de esta mañana. Pero José Mari Goenaga y Javier Arregi, Arregi y Goenaga, porque tanto monta como monta tanto con su “Maspalomas” lo han igualado o tal vez superado. El guion es espléndido -algo a lo que Jean Luc Godard no daba importancia-, es la base para que todo lo demás funcione. Ayer me topé con ellos ante los cines Príncipe de San Sebastián y les comentaba que si hay un tema que está presente en todos sus filmes es el de la identidad. Ellos me lo confirmaron. Y viendo la historia de Vicente de 76 años que durante cincuenta años pasó de ocultar su identidad verdadera a vivirla durante otros 25 años con naturalidad, se confirma. Es una historia luminosa, tierna, a ratos humorística, intimista, sensible y, por qué no decirlo, hasta puede considerarse una feel movie. De esas historias que sales creyendo en la humanidad, de que el mundo es cada vez más lúcido a pesar de que el coronavirus -se desarrolla entre 2019 y 2020- obligará a Vicente a meterse no en el armario sino en casa por la obligada reclusión de la población. Hay escenas que se te quedan clavadas en la retina y -lo que es mejor- en el corazón. Diálogos, miradas y una música que revitaliza -más que acompañar- a este hombre que deberá ingresar en una residencia. 




Algo muy vasco es decir las cosas porque aquello que no tiene nombre no existe. “Soy homosexual. Ya está. Lo he dicho”, dice Vicente a una psicóloga. Peor ahora se siente vacío pues lo que durante años fue un problema que ocupó su cabeza ahora no existe. Antaño uno ligaba -siendo hetero o gay- en los bares. Ahora nos quedan las aplicaciones y Maspalomas, que como bien dice Vicente, no deja de ser otro armario pero más grande. 

Ya es hora de que los de Moriarte e Irusoin se lleven la Concha. Y teniendo en cuenta que que J.A. Bayona es el presidente y sabiendo por dónde van sus gustos este año sí o sí. Nos alegraremos mucho pero si no ocurre nos alegraremos más si el público asiste a esta obra. A la salida oía calificativos como “peliculón”, “maravillosa” y a espectadores emocionados ovacionar otra vez tras los títulos de crédito mientras escuchamos a Franco Battiato cantar “La estación de los amores”.


 

Fotograma de "Una quinta portuguesa" de Avelina Prat

 

La noche quiso darme una sorpresa. No ya por la película de Avelina Prat, Una quinta portuguesa, sino porque de las cientos de películas que hay programadas, de los cines que existen para el Zinemaldia, de horarios, filas y asientos me siento con una paisana. De alguna manera verla es como sentirse en casa. Y algo tiene que ver también con el filme, una ópera prima con evocación a pieza de cámara con pocos personajes y donde el azar juega su baza. La elección de Manolo Solo, un profesor de geografía, es el gran acierto del filme. Los mapas sirven para limitar fronteras y ordenar el caos que es el mundo. Pero la vida de  Fernando se verá alterada cuando su mujer abandona la principal frontera que tenemos todos: la puerta de su hogar de regreso a Serbia. La huida sin explicaciones hará que Fernando también cruce otras fronteras: las emocionales y la de hacerse pasar por otro. En Portugal descubrirá que puede encontrar refugio en una quinta portuguesa, una casona rodeada de espacio suficiente para cultivar plantas y frutales, unos seres menos complicados que las personas. 

 

 

sábado, 20 de septiembre de 2025

Zinemaldia 2025. Viernes 19

Un arranque brillante que se fue diluyendo

 



El inicio de un viaje es como un nacimiento a algo "nuevo"; la diferencia es que frecuentemente en el viaje sueles tener programado el billete de vuelta; en cambio, al nacer, por mucha programación genética que tengas, no sabes cuándo finalizará a ciencia cierta.

Como aconseja Malcon Leary en "El turista accidental" (1988), un escritor de guías turísticas, es importante estar preparado, llevar poco equipaje y conocer el destino para minimizar las sorpresas desagradables. Así que mi destino es el Kursaal 2 de San Sebastián. Hora: 9:00 del día 19 de septiembre.

 

"Bad Apples" del director Jonatan Etzler


No sé cómo titularán Bad Apples en su estreno en salas. En los subtítulos de la pantalla aparece como "Las manzanas podridas". El arranque me parece magnífico y el desarrollo no deja hueco para la consulta al reloj. Se nota que su director, Jonatan Etzler, es joven (37 años y segundo filme), pues la película está en la sección Nuevos Realizadores, donde se espera nervio en la narración, algo de originalidad y pizca de provocación al espectador. Lo ha conseguido, haciendo que en dos momentos el público presente en el Kursaal 2 rompa en aplausos. Saoirse Ronan, su protagonista, es una maestra cuya vocación nació desde la infancia. Asistimos a esas excursiones que se montan en las escuelas, en parte para sacar a los niños de la rutina y, en parte, para que aprendan lo que es el mundo más allá de las carcelarias y tenebrosas aulas docentes. Vemos cómo se procede a la elaboración de la sidra desde su volcado en la fábrica hasta su canalización por cintas sinfín en un complejo proceso. Pero... uno de los alumnos, esa manzana podrida a la que alude el título, acaba de lanzar su playera a ese complicado mecanismo de producción. La cadena, cómo no, se para y, claro, todo es una metáfora de lo que ocurre también en la clase de primaria de Saoirse. ¿Qué hacemos con el querubín que monta el pollo con raptos de violencia inexplicables? Pues ella tiene un plan, bueno, decide algo ante las circunstancias sobrevenidas.

Lo mejor del filme es que no es película de tesis, sino de debate. El humor ácido de la "manzana" acompaña a la historia convirtiéndola en una obra donde el espectador se ríe sin saber con quién estar a favor. No tenemos claro quién es el héroe o antihéroe, si es que son válidas estas categorías para contemplar "Bad Apples". Impagable la escena donde la maestra, superada por las circunstancias, se cobija debajo de una de las mesas del aula. ¿Metáfora de por dónde vas los derroteros en la educación de hoy en día? Otra clave es una frase que se escucha en boca de una de las alumnas que se sientan en primera fila, la aplicada y pelota, y se la dice en un momento dado al niño manzana podrida: "¿Sabes que a nadie le importas? Y la clase sin tí va mejor! Y tu padre ha dejado de buscarte”. 

Las raíces del mal comportamiento a menudo no es sino un abandono por parte de los progenitores. Como decían en mi pueblo: si no puedes educarlo, ¿para qué la metes (la polla)?



"Six Days in Spring" de Joachim Lafosse

En el pase de prensa de las 12:00 en el Teatro Principal, se ha podido ver Six Days in Spring de Joachim Lafosse. A la salida, me comentaba un compañero que con qué criterio esta película belga estaba en la Sección Oficial. Todavía uno cree que el hecho de estar en la S. Oficial obedece a criterios de calidad. Ingenuo. Lafosse narra la historia de Sana, una mujer negra divorciada que tiene dos hijos y quiere pasar unos días de asueto con un noviete blanco, entrenador de fútbol de niños. Un pequeño imprevisto les obliga a cambiar de planes vacacionales y Sana, muy a su pesar, decide viajar a Saint-Tropez en donde su exsuegro posee una mansión con vistas al mar.

Vivirán unos días de Semana Santa como seres fantasmales: sin gastar agua sanitaria ni luz eléctrica, viviendo a la luz de las velas, buscando calitas o playas alejadas de la residencia y pasando de incógnito en el barrio residencial. No quiere que nadie se entere de que ya no puede habitar un sitio donde ya no le corresponde.

Lafosse coloca la cámara en el interior del casoplón, con un ambiente oscuro y un exterior luminoso. Es la mejor idea que tiene, pues es la manera de expresar el interior emocional por el que está pasando la protagonista. Pero sólo se puede intuir, ya que el director apenas nos cuenta nada de cómo ha sido su separación. A veces menos es más, pero no siempre. Contemplamos una serie de acontecimientos que no logran sustentar el andamiaje dramático: baños en el mar, ocupación de los niños de la piscina de un vecino, descubrimiento por los niños del amor incipiente entre madre y entrenador...

Asistimos a unos días de vacaciones, pero los vivimos con la intranquilidad del que se sabe "okupa" de una casa con vistas al mar, aún siendo la casa de los abuelos de sus hijos. Y poco más: una cámara en mano, una luz natural donde Eye Haidara de un negro marfileño apenas se la ve en muchas escenas, y una serie de temas musicales que ayudan a sobrellevar esta inanidad.


Para sobreponerme a este bajón voy a The Morgan Konpany, un restaurante del Casco Viejo de San Sebastián, Sigo siendo fiel uno o dos días durante el Festival a este lugar donde me traen recuerdos: inicio de una relación y abandono en plena degustación de platos por parte de otra mujer. Por 28 euros hoy viernes, he disfrutado de ensalada templada de gambones crujientes, guacamole y bouquet de lechugas varias. Como lo riego con una botella de sidra, el camarero ya frisando los 60 con coronilla monacal, me empieza a parecerme bellA, de poca conversación -adusto, propio del carácter vasco-, pero eficaz en el servicio.

De segundo, tataki de ternera marinada en casa -un poco más de Cantábrico no le habría venido mal- con mil hojas de patata y tximitxurri. Después de leerlo, creo que "Six Days in Spring" me empieza a parecer pura prosa prosaica. Decía la actriz Charo López, que una cosa es vivir sola y otra estar sola. En mi caso, puedo afirmar que ,mientras me tomo el sorbete de limón al cava, vivo y estoy solo pero me hago buena compañía. Al menos lo intento.


"La tarta del presidente" del director Hasan Hadi


La tarta del presidente de Hasan Sadi recoge las narraciones tradicionales de Persia (o así me lo parece), de gran sencillez pero efectiva. En clase, el maestro sortea entre los alumnos quién va a preparar una tarta por ser costumbre en Iraq de que en el día del cumpleaños del presidente (Sadam Husein) la población así lo haga. Le toca a Lamía, una niña que vive con su madre (o abuela por su aspecto) y que apenas tienen qué comer. Estamos en plena guerra de Occidente contra el sátrapa Husein y el embargo hace mella entre la población civil iraquí. Para preparar una tarta se han de lograr unos ingredientes como el dice su abuela: harina para la vida; azúcar para que la vida sea dulce; huevos para que sea fértil y la levadura para que esponje. Este es el MacGuffin o elemento dinamizador que moverá a Lamía a hacer un viaje iniciático a la ciudad en busca de los ingredientes para la tarta. Pronto descubre que su abuela la quiere dejar en manos de unos conocidos para que la mantengan, lo que provoca su huida. Pocas escenas me provocan conexión emocional y, aunque veo la intención del director de describir la situación social (sobre todo del comercio, eje del bienestar de un país) de los iraquíes en 1990, a mí no me provoca ese entusiasmo que pareció tener entre el jurado en Cannes que la premió con la Cámara de Oro a mejor ópera prima. Tampoco ayuda los 40 grados en la sala y la sed que padezco.

No se me puede ir de la memoria visual, la escena nocturna donde de vuelta al pueblo transportan un ataúd envuelto en una sábana. Ésta sale despedida hacia el cielo nocturno donde se atisba la Luna. Para Lamía ese viaje de ida y vuelta hará que deje de ser una niña para convertirse en una mujer madura, aunque su cuerpo siga siendo el de una niña.


Cartel de la película "Los tigres" de Alberto Rodríguez

En el Teatro Principal a las 19:45, pudimos ver Los tigres de Alberto Rodríguez en el pase de prensa, que este año presenta también la serie "Anatomía de un instante". "Los tigres" aborda una profesión que rara vez se ha visto en el cine español: la del buceo de reparación de buques petroleros, como afirma Antonio de la Torre, "una profesión tan dura como la de minero". Protagonizan unos correctos Antonio de la Torrre y Bárbara Lennie que hacen de hermanos en el filme. Se trata de un thriller en el que los apuntes sobre la precariedad laboral, familiares (pago de pensión a la exmujer) conforman una mirada, como siempre, progresista.

Lo peor que se pude hacer con esta obra es compararla -a peor- con su película más redonda y celebrada por crítica y público "La isla mínima".

"Los tigres" se ve con interés creciente, pero sus fallas de guion y una falta de puesta en escena más inspiradora por parte del director, la colocan en una obra entretenida sin más. Destaquemos en especial todas las secuencias que transcurren bajo las aguas de Huelva donde tiene lugar la historia de un atractivo visual grande. Hay ciertas líneas narrativas -como la relación de Antonio con su exmujer e hijas- que parecen estar más como motivo justificativo de lo que va a pasar en la segunda mitad que como fuste de la trama. 


"27 noches" del director Daniel Hendler

La película inaugural en la S. O., "27 noches", de Daniel Hendler la pude ver en el horno crematorio del Príncipe 2 a las 22:30. Me comentaban que era una comedia argentina y el sello de Netflix, como otrora hacían las productoras majors de Hollywood, aparece al principio con una música que parece decir:”Abónate”. Pensé que las peripecias entre una anciana de 82 años cuya familia (dos hijas) quiere internarla en un psiquiátrico, y el perito (Daniel Hendler) que tiene que evaluarla, serían un buen broche final para el primer día del Zinemaldia. Craso error. Ni me río, ni me sonrío, ni lloro ni hago hipidos. Tan sólo me acerco a la jovencita que está a mi lado porque se ha traído un pai-pai a ver si el chorro de aire me alivia del tostonazo que estoy viendo. No es comedia, no es drama.No sé qué estoy viendo. Eso sí, en la rueda de prensa, el productor Santiago Mitre cargando contra la motosierra de Javier Milei y hablando del erial cultural que está dejando en Argentina. Por eso mi apreciado Rebordinos ha programado en S. O. no una sino dos obras maestras del cine argentino actual. Por decir algo, Marilú Marini despliega a su provecta edad una  vitalidad que ya me gustaría a mí. 


domingo, 14 de septiembre de 2025

No hay función

 Hoy, no hay función

 

 


 

 «Lo he hecho alguna vez. Y me habría gustado hacerlo en más ocasiones. Tiene su riesgo y nunca sabes si te puede traer problemas», así me lo comentaba el Sr. González en la barra del bar Stop de Astrabudua hace pocos días mientras ambos nos tomábamos un gin tónic. Sería ya medianoche y Cecilia, la dueña del barcito, ya nos miraba con esa cara de letrero de luces fundidas:  «Vamos a cerrar ya».

Pero el «ya» se dilataba porque Cecilia, mientras limpiaba, pegaba la oreja a ver lo que narraba el Sr. González, que daba un trago y continuaba:

―Tú sabes que en ocasiones entramos en las iglesias o catedrales cuando no hay función religiosa. No hace falta ser creyente. Y allí, como si fueras un gato sigiloso, te acercas a uno de los bancos de atrás y te sientas. 

Le doy un trago al cóctel de ginebra Tanqueray mientras le sigo mirando intrigado por saber a dónde irá a parar la narración.

―Alrededor ves a gente hacer lo mismo, ya sean turistas, feligreses o peregrinos. Supongo que unos oran, otros reflexionan, otros admiran la cúpula, los pilares, el presbiterio, los retablos, qué se yo, y otros se quedan mirando las musarañas. Pero yo busco el silencio, algo así como una paz espiritual...

Y se calla. En el Stop tan sólo quedamos los tres, mientras Cecilia va recogiendo las sillas y las coloca encima de las mesas para barrer hoy o mañana al abrir: es la única alteración sonora a la narración.

―En ocasiones, mientras me recojo en busca de esa tranquilidad interior, escucho palabras sueltas, enlutadas o vestidas de ansiedad. Provienen de los que se sientan alrededor, dispersados, aquí y allá. Parecen que buscan la misericordia de Dios ante sus angustias, enfermedades o lo que estén meditando.

―Y yo me acuerdo de que ya va siendo hora de cerrar ―incursiona en la conversación Cecilia desde el WC del fondo.  

―Y a veces me acuerdo de tu admirado director sueco...―continúa como si no la hubiese oído.

―¿Ingmar Bergman? ―le pregunto.

―Sí, Bergman. Él tuvo que ser operado en cierta ocasión. Era una intervención insignificante pero le tuvieron que anestesiar. Le pusieron un anestésico demasiado fuerte y él pensó que durante esas horas en que estuvo anestesiado desaparecieron de su vida. La operación salió bien, pero en un libro que escribió comentaba que durante toda su vida era consciente de que se había debatido en una relación con Dios dolorosa y sin alegría, fe o falta de fe, culpa, castigo, gracia y condena eran realidades irrefutables para él.

Ambos levantamos el gin tónic para echar un trago al ponerse al narración inesperadamente trascendente. Cecilia había cogido la escoba y barría a toda prisa las servilletas, palillos, colillas que había esparcidos por el suelo.

―Las horas que hizo desaparecer la operación le proporcionaron a Bergman un dato tranquilizador ―continuó el Sr. González.

―¿Cuál? ―le pregunto con curiosidad.

―Que tú naces sin un fin, vives sin un sentido, el vivir es tu propio sentido. Al morir te apagas. De ser, te transformas en un no-ser.

Me mira en silencio. Le miro como atisbando en el fondo de su semblante una honda tristeza. No sé por qué absurdo vericueto mental recuerdo que la tónica que acompaña a la ginebra en el combinado la inventó Jacob Schweppe al investigar los efectos de la gasificación con dióxido de carbono del agua mineral.

―De alguna manera, de jovencito me quedaba sentado en las salas de cine en la última sesión hasta que el acomodador cerraba la luz del local. Quería descubrir si el silencio en una sala cinematográfica producía el mismo efecto que estar sentado en un banco de una iglesia. Mirando a esa gigantesca pantalla blanca podría ocurrir lo contrario: el milagro de transformación de un no-ser a un ser.

Ahora pensaba que de alguna manera la ginebra trataba de enmascarar la ansiedad o angustia vital del agua mineral carbonatada que había inventado el joyero Schweppe.

―¿Me estás escuchando? ―pregunta un tanto enojado el Sr. González.

―Sí, sí. Disculpa, es que había relacionado tu relato con el gin tónic ―me justifico―. ¿Y por qué es peligroso quedarte a oscuras en la sala?

―Porque un día me quedé encerrado toda la noche en una sala. Ahí pude comprobar el silencio de Dios de Bergman ―dice riendo mientras apura el cóctel―. La pantalla en negro... porque no había luz.

―Se te había acabado la función.

―Al que se os ha acabado la función es a vosotros dos ―dice Cecilia mientras cierra hasta media altura la persiana del Stop.

Salimos ambos sin dejar de escuchar el consabido «tened cuidado con las cabezas» de la dueña. 

―¿Sabes?, a nuestras edades, cada vez que anochece me digo a mí mismo: ¿habrá mañana función? ―pregunta retóricamente el Sr. González―. Aunque tampoco ya se pierde uno gran cosa. La mayoría de las funciones ya las tenemos demasiado vistas.

―Eso depende de Dios, González, depende de Dios. 

―O del proyeccionista ―y acompaña la réplica con esa risa gasificada de dióxido de carbono que acompaña al Tanqueray. 



 

 

 

 

domingo, 7 de septiembre de 2025

Tip y Coll, ¿copia de los Hermanos Marx?

Por las mañanas damos los buenos días

 



 

A estas alturas de la vida no es infrecuente toparse con la parca de algún familiar, amigo, conocido o compañero de trabajo. Tal vez el aviso de esos sucesos nos recuerden de que tarde o temprano nos tocará (o le tocará a alguien cercano a ti). De alguna manera, a partir de cierta edad a uno le cuesta afrontar más las historias dramáticas, por muy (buenas) ficciones que sean. ¿De ahí que cada vez me cueste más ir al Festival Internacional de Cine de San Sebastián lleno de dramones reivindicativos sobre lo injusto y cruel que es el mundo? 

Uno ahora está más dispuesto a gozar de historias banales, frívolas, evasivas o, simplemente, cómicas. No les oculto que llevo algunos años acostándome sin dejar de ver algunos sketches en el móvil antes de que llegue el The End de la noche: desde Cámera café (a la que cada vez valoro más tanto por sus personajes como por sus diálogos), pasando por el demodé Benny Hill que actualizó el slapstick del cine mudo (y que el feminismo violento acabó con él, literalmente) o Qué vida más triste (en el que Borja Pérez y Joseba Caballero me hacen feliz con sus miserias cotidianas).

La vida juega también con las casualidades. Y casualidad ha sido que, con la diferencia de un día, haya visto Los hermanos Marx en el Oeste (1940) y un sketch titulado Pensión Pelele rodado para la TVE en blanco y negro por Tip y Coll, dúo humorístico formado desde 1967 a 1992 por Luis Sánchez Polack, Tip, y José Luis Coll. Bueno, supongo que la casualidad de que haya visto esto último se debe más a los algoritmos de recomendación que usa youtube

La cercanía del visionado me hizo atisbar que el humor que ejercían los Groucho, Harpo y Chico se parecía mucho al de Tip y Coll. Este pensamiento se vio corroborado (es un decir) cuando vi que el primer comentario al sketch en youtube decía lo siguiente: «Tip es nuestro Groucho Marx».

Pero no es así del todo. Aunque el absurdo de los diálogos sea la base primigenia de ambos grupos de cómicos, los Marx también trabajan con la pantomima de Harpo (el mudo) y la puesta en escena. Les propongo una apuesta. Me he dedicado a transcribir al papel (digital, claro) los diálogos de Tip y Coll (es una escena rodada en dos planos que dura unos 5 minutos) y la primera secuencia cinematográfica de los Marx que transcurre en el vestíbulo de una estación de tren en época del lejano Oeste (dura unos 8 minutos). ¿A que les resultará más gracioso el diálogo entre Tip y Coll en la pensión Pelele que la que tiene lugar entre Groucho con Chico junto a las pantomimas de Harpo? ¿Y saben por qué?. Porque el humor de los Marx en esta ocasión es más amplio, más elaborado, no sólo se basa en las palabras, sino en la escenificación de los gags. Digamos que en la transcripción se pierde humor como el motor pierde aceite. Empecemos. 

 Coll entra en la recepción de una pensión. Tras el mostrador se halla Tip que es quien lo recibe:

Coll.—Oiga, ¿es esta la pensión Pelele?

Tip.—Sí, esta es la pensión Pelele.

Coll.—¿Es usted el señor Pelele?

Tip.—El mismo que viste y calza: un cuarenta y cuatro. (Le enseña el zapato).

Coll.—¿Tiene usted habitación con cama?  

Tip.—¿La quiere con agua corriente?

Coll.—No, la prefiero con agua extraordinaria, con agua de mar.

Tip.—Sí, sí, sí. ¿No traerá usted bichos, verdad?

Coll.—No, no. (Se abre la chaqueta para mostrarle el interior).

Tip.—No, nada. Se lo digo porque los bichos son por cuenta de la casa.

Coll.—Ah.

Tip.—Vamos a ver qué habitaciones hay disponibles. Aquí hay una muy buena, muy buena, pero, claro, está completamente llena. 

Coll.—Ah, ya.

Tip.—Aquí tenemos otra muy buena, pero pilla un poco lejos. (Hace gesto con la mano hacia adelante).

Coll.—¿Al final del pasillo?

Tip.—No, al final de Rusia. (Alza más la mano indicando más lejos).

Coll.—¿Y cuánto paga esa habitación?

Tip.—No, la habitación no paga nada; el que tiene que pagar es usted.

Coll.—Entonces...

Tip.—Aquí hay otra, otra, bien cerca, aquí al lado. (Extiende la mano hacia atrás señalando cercanía). Muy baratita, con camas empotradas.

Coll.—¿En la pared?

Tip.—No, la llamamos empotrada porque es donde duermen los potros. En la cuadra, ¿sabe?

Coll.—Yo por mí la aceptaría, pero por no molestar a los animales.  

Tip.—Vamos a ver, a ver la 216... (Se da la vuelta y rebusca entre el mueble de llaves. Sale del mostrador).

Coll.—¿La podemos ver?

Tip.—Pase, pase por aquí. (En mitad de la recepción hace como que intenta abrir una puerta imaginaria de la habitación con una llave). ¡Siempre se engancha esta maldita llave! Bueno, es igual. Pase usted.

Coll.—(Pasa adelante con la maleta en la mano y se dirige hacia tres sillas juntas pegadas a la pared). ¿Esto es para dormir, no? (Coll se tumba y ronca). Pues se duerme bastante bien. 

Tip.—¿Le gusta, eh? ¿Ha traído usted sábanas?

Coll.—No, ¿por qué?

Tip.—¡Hombre...!

Coll.—En todos los hoteles en que estuve antes tenían sábanas. 

Tip.—¡Por eso mismo! ¿Qué trabajo le habría costado quitarles unas cuantas? Unas de aquí, otras de allá.

Coll.—Pues sí, me gusta la habitación —comenta mientras mira en derredor—. Oiga, y de comer, ¿qué?

Tip.—Salga, salga —señalándole una imaginaria puerta de salida. Vuelven a la recepción—. De comer, le voy a decir una cosa, mire: antes dábamos algo, pero ha habido muchos abusos. Imagínese que había huéspedes que se peleaban por comer todos los días. Y, claro, hemos tenido que poner un límite.

Coll.—Y entonces ahora, ¿qué dan?  

Tip.—Bueno, ahora freímos un huevo y lo sorteamos. Y al que le toca... eso sí, con su yema, con su clara. Y luego hay un suplemento y se le da la cáscara. Yo no es que quiera insistir en el coste del hospedaje, pero viajero que me entra, viajero que me queda.

Coll.—Para siempre, claro.

Tip.—No, así de delgadito. Conviene porque como en realidad tenemos unos pasillos tan estrechos...

Coll.—Ya, ya. Y ¿qué tendría que abonar por la habitación?

Tip.—Por la habitación... Son 75 pesetas. Con cama.

Coll.—¿Y la pensión completa?

Tip.—¡Oh, no, la pensión siempre está vacía! ¡Qué más quisiera yo!

Coll.—Me refiero al coste del hospedaje.

Tip.—Eso depende.

Coll.—¿De qué?

Tip.—Del tamaño del huevo frito.

Coll.—Ah, claro. Oiga, ¿y poniendo yo el aceite?

Tip.—Hombre, poniendo el aceite, le podríamos hacer una bonificación de una peseta.

Coll.—¿Y poniendo yo el huevo?

Tip.—¡Oh, si pone usted el huevo, le ato una pata al fregadero y se queda para toda la vida usted aquí.

Coll.—¿Y por las mañanas qué dan?

Tip.—Damos los buenos días.

Coll.—Eso es de mucho alimento, pero ¿no dan desayuno?

Tip.—Bueno, mire, en esta su casa no damos desayunos porque luego se les quita las ganas de huevo frito.

Coll.—Ah, claro, claro. Así que por la mañana un huevo frito y por la noche... Entonces, ¿qué tendría que pagar diariamente?

Tip.—Pues mire usted, diariamente son 75 pesetas sin dormir. Y durmiendo, pues, doscientas, trescientas, quinientas, ochocientas... Eso ya... depende. 

Coll.—¿Depende de qué?

Tip.—Depende de lo que lleve usted en la cartera. Porque cuando está durmiendo el cliente es cuando se aprovecha el momento. (Hace gesto con la mano de robar). Oiga, quería hacerle a usted una pregunta: ¿usted querría dormir con pijama?

Coll.—No, no, no. Prefiero dormir solo. No me gusta dormir con desconocidos. 

Tip.—Bueno, le voy a hacer una advertencia. Tenga cuidado porque en la habitación de al lado tenemos la bajilla.

Coll.—(Creyendo que se ha referido a la vajilla). Ah, ¿y qué cree usted que se la voy a robar? (Hace gesto con la mano de hurtar). 

Tip.—Oh, no, no. ¡La bajilla es una huésped así de bajita! (Con la palma de la mano señala un altura por debajo del mostrador). ¡Y tiene un genio, un carácter!

Coll.—A mí no me gusta molestar. Bueno, ¿se queda usted, no?

Tip.—Bueno, bueno, ¿se queda usted, no? 

Coll.—Pues no. ¡Me marcho! (Coge la maleta).

Tip.—¡Cómo que se marcha!

Coll.—¡Sí, me marcho!

Tip.—Pero, ¿qué pasa? ¿Es que no le gusta la casa?

Coll.—No, no. Si la casa está bien.

Tip.—¿No le gustan las paredes?

Coll.—Las paredes también también están bien.

Tip.—¿No le gusta la grúa, no le gusta la jirafa? (Mira hacia arriba donde están los aparatos de grabación del sonido, guiño metacinematográfico).

Coll.—La jirafa está bien también.

Tip.—¿No le gustan mis piernas? 

Coll.—(Mirándoselas). Pues no están mal, pero no...

Tip.—¿No le gusta la música moderna? Entonces, ¿el precio?

Coll.—No, no es eso...

Tip.—Entonces...

Coll.—Es que hay algo que no acaba de llenarme. 

Tip.—Dígame el qué.

Coll.—¡El huevo frito! (Se gira, abre la puerta y se va)

Tip.—(Saliendo del mostrador de la recepción). ¡Franco, trae una ración de calamares!

Fin

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