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martes, 18 de marzo de 2025

3ª edición del Silver Film Festival

 Silver Film Festival, 5 días para disfrutar del cine intergeneracional en Bilbao


El certamen tendrá lugar del 24 al 28 de marzo con películas de los cineastas Helena Taberna, Julio Médem y Daniel Torneo y Maryam Moghaddam.

Cartel de la 3ª edición del Silver Film Festival de Bilbao de 2025



Desde hace tres años, en Bilbao se ha creado un certamen cinematográfico, otro más, cuyo nicho de público es aquel que ha llegado a esa edad en que uno no se siente demasiado joven pero tampoco necesita el tacataca. Como decían los organizadores en sus orígenes, "los nuevos mayores no somos un grupo de personas que consumen servicios y a las que hay que cuidar". Bueno, no sólo eso. 

El lema de este año es la intergeneracionalidad, pero me temo que cualquier cosa valdría para montar un sarao cultural y disfrutar de su programación, sobre todo si lo organizan los "silvers": proyecciones con coloquio compuestas por 5 cortos y 3 largometrajes.


Fotograma de la deliciosa película iraní Mi postre favorito.


En su tercera edición, la gala de inauguración será en el Teatro Arriaga, durante la cual se entregará un premio a la cineasta navarra Helena Taberna y concluirá con la proyección de la película iraní Mi postre favorito de Mariam Moghadam y Behtash Sanaeeha. La vi el pasado año en la Seminci de Valladolid y, contra todo pronóstico, me pareció una hermosa historia de amor entre Mahín, que vive sola en Teherán desde la muerte de su marido y un taxista al que conoce en un bar.  

No sé qué méritos habrá tenido la directora navarra, pues su filmografía ha sido de color plata tirando a gris. Lo único reseñable es una obra sobre la figura de la ex etarra Yoyes y otra de la guerra civil titulada La buena nueva. Si hubiera rodado algo al mismo nivel que la iraní, entendería ese reconocimiento. 

Se justifica, según la organización, por ser una mujer "cuyo cine refleja una constante búsqueda por visibilizar historias de carácter social que necesitan ser contadas, especialmente aquellas relacionadas con el terrorismo, la memoria histórica, la situación de los refugiados o los derechos de las mujeres". Como ven temas de candente actualidad.

Su última película, Nosotros, se verá el jueves día 27 de marzo en los Golem. Se estrenó en febrero y fueron a verla menos de 3.000 espectadores. No se trata de desmotivar, sino de mostrar que la película no ha sido un éxito precisamente. Habrá coloquio posterior con la realizadora, por si les interesa preguntar algo. Nosotros reconstruye la historia de un amor empezando por su final: Ángela y Antonio son una pareja que, como tantas, se enamoró, vivió una ilusión, tuvo hijos, se esforzó para no rendirse y cayó varias veces. Cuando el amor termina, surgen las preguntas: ¿dónde se torció todo?, ¿cómo hemos acabado así? En un viaje por las luces y sombras de su relación, Ángela y Antonio luchan contra la precariedad, las interferencias del deseo o la idealización del amor

Buena pinta tiene Crossing de Levan Akin sobre la necesidad de encontrar una familia, aunque no sea la formada por la sangre. Se proyectará el martes 25 de marzo a las 11:00 en el Guggenheim y habrá coloquio. También querría destacar que en el mismo escenario a las 19:00 habrá una charla dirigida por Ana Ibáñez, que es una reconocida neurocientífica en España por su dedicación al entrenamiento cerebral para el alto rendimiento profesional y deportivo. Es, además, piloto de helicóptero, conferenciante, formadora y autora del bestseller Sorprende a tu mente.

El miércoles 26 de marzo, a las 18:00 en el Museo Guggenheim, tendrá la proyección de la última película de Julio Medem, 8, con coloquio posterior con el realizador donostiarra. Narra la historia de Octavio y Adela conectadas a través de encuentros y desencuentros. Una historia de amor en forma de 8 que transita por ocho épocas decisivas de la historia reciente de España como telón de fondo. Veremos si levanta el vuelo Medem, ya que hace tiempo, desde La pelota vasca (2003), su obra no ha tenido casi repercusión.

Se podrá ver la última película de Julio Medem, 8



Por último, el viernes 28 de marzo se pondrá punto final con dos proyecciones en los Golem de la Alhondiga. La primera es el documental Saturno de Daniel Tornero, que trata sobre la figura paterna desde varios puntos de vista. Y a las 19:30 tendremos una obra maestra: Una historia verdadera del recientemente fallecido David Lynch. Podremos disfrutar en pantalla grande de la historia de Alvin Straight, un jubilado que recibe la noticia de que su hermano ha sufrido un infarto. Pese a las dificultades, Straight decide ir a verlo a Wisconsin en el único medio de transporte del que dispone: una máquina cortacésped. Sabe que será la última vez que lo vea con vida.







lunes, 17 de marzo de 2025

¿Comedia o drama?

 Brian Murphy ha muerto, ¡vivan los Roper!




Una de mis numerosas ex me afirmaba que la serie británica de los setenta, George & Mildred, no le gustaba nada porque era muy triste. Me sorprendía tal afirmación cuando a nadie se le ocurriría desetiquetarla de comedia. En fin, supongo que Freud tendrá una respuesta para tal afirmación, pero no estoy por la labor de llamarle.

Su protagonista masculino, Brian Murphy, que interpretaba a George, falleció el pasado 2 de febrero. Y ahora, delante de su lápida, me siento obligado a escribirle algunas palabras de cariño. Bueno, a él y a su encantadora y adorable esposa, Yootha Joyce que interpretaba a Mildred, fallecida en 1980 como consecuencia del alcoholismo. Ha tenido que esperarle casi medio siglo para yacer juntos en mi imaginaria tumba. Me hicieron muy feliz.

Los Roper, así se llamaron en España cuando se emitieron entre 1979 y 1981 por la TVE, fue una serie de 36 episodios. El primero de ellos, Cambio de domicilio, tuvo lugar en La 1 a las 11 de la noche un viernes 12 de enero de 1979. Su duración, como la del resto de los episodios, no alcanzaba la media hora. Después de las últimas noticias, la emisión acababa un poco más allá de las 11:30. Pantalla en negro. No había más canales, ni internet, descartado el uso del  teléfono a esas horas... ¿Se imaginan? Supongo que la radio era la única compañía, mientras uno esperaba a ser vencido por el sueño en la cama. O leer un libro debajo de la sábana si era pequeño.



Programa de televisión que aparecía como suplemento
en el periódico El Correo español-El pueblo vasco


Mildred y George eran una matrimonio mal avenido, incompatibles diríamos hoy. Aunque en aquellos tiempos, en Inglaterra existía la ley del divorcio (no como en España) los magníficos guionistas, Johnnie Mortimer y Brian Cooke, siempre evitaban la ruptura de la pareja. Los diálogos, paradójicamente, eran crochés a la mandíbula de George propinados por Mildred. Y este los evitaba con pasos hacia atrás o con algún deslavazado jab. Ella era la que le reprochaba su falta de ambición, su egocentrismo, su escaso interés por trabajar, e, incluso, por no tener algo más de vida sexual. Vamos, George pertenecía más al reino Plantae que al Homo Sapiens.

Cuando asisten al departamento de orientación matrimonial, la orientadora les pregunta por las cosas que tienen en común, y, tras reflexionar un buen rato ambos en silencio, George responde: "Es difícil... ¡A ninguno de los dos nos gusta la sopa de fideos!". Y la esposa exclama: "¡A mí sí, George!". "A parte de ella, quería decir", replica George. "Pasamos mucho tiempo hablando de la televisión. Ella no quiere verla y yo sí. A mí me gusta mucho". Ella le reprocha que se queda pegado al televisor desde la carta de ajuste hasta el poema final, de tal modo que cuando le apaga el televisor le salen ampollas en la mano (¡de lo caliente que está el aparato!).

La orientadora ve que son un poco incompatibles. Les pregunta por sus relaciones sexuales:

Mildred: ¡Ajá! Vamos a ver, ¿le contestas tú o contesto yo?

George: Esa parte de nuestro matrimonio es muy privada.

Mildred: Ya lo creo, la mitad de las veces ni siquiera yo la conozco.

George: Cumplo con mi deber —con tono de pavo real algo herido.

Orientadora: Señor Roper, no debe pensar en ello como un deber. 

Mildred: ¡No le diga eso! Es la única salida que tengo. No me importaría tanto si alguna vez fuera algo romántico y me sacase.

George: Hace poco te saqué y te llevé a la lucha libre.

Mildred: Sí, y eso me hizo recordar lo que me estaba perdiendo. ¡Nunca me lleva al teatro ni al cine ni a bailar! No le gusta bailar.

George: ¡Sí me gusta! He visto todas las películas de Fred Astaire.

Mildred: Y por si fuera poco, ahora descubro que hay otra mujer.

Orientadora: ¡De verdad?

Mildred: Sí, Dorothy.

Con este pequeño fragmento del capitulo 16 titulado Las cartas de Dorothy quería recordarte, George, que siempre me diste a entender que la base para un matrimonio feliz es la incomprensión mutua

Otra columna de esta sitcom, ahora se les llama así, era la familia Fourmile, matrimonio de clase media que comparten jardín con los Roper en el barrio residencial de Hampton Wick. La serie alternaba en montaje alternado historias de ambas familias, con situaciones de concurrencia ocasionalmente. 

Él, Jeffrey Fourmile, era un estirado, petulante, maniático del orden y partidario de los conservadores. En frente está George, holgazán, vive del subsidio, es torpe, algo infantil -hoy diríamos inmaduro- y que vota a los laboristas, ya saben, conciencia de clase. Los binomios antagónicos siempre son una fórmula que funciona en la dramaturgia.

En la pluma de los guionistas, las que salen bien paradas siempre son las mujeres, en este caso, Mildred y la mujer de Jeffrey, Ann, que siempre está dispuesta a la sororidad con aquella. Pensándolo bien, ahora que los tiempos son femeninos, tengo la convicción de que Los Roper era una sitcom feminista. Tal vez por eso la estrenaron en el tramo de noche. No tenia dos rombos, pero el horario de programación la hacía sospechosa, atrevida. 

La voz cantante al final siempre la llevan ellas, aunque no trabajen y se dediquen a sus labores. La modernidad  la encarnaba Mildred, con sus ganas de prosperar en todas las facetas, relacionarse socialmente, de desarrollarse como persona y no sentirse estancada como le pasaba a su marido, siempre delante del televisor, jugando a las apuestas, yendo al pub o dando de comer a su pez Moby Dick.

Otra muestra de que los guionistas se decantaban por ellas. En el capitulo comentado, vemos cómo Ann desea tener un segundo hijo, pero Jeffrey piensa que no es lo que desean ("habría destrozado nuestra vida, no habríamos podido salir de vacaciones"). En una escena posterior, de noche, Jeffrey regresa al salón tras haberle leído un cuento a su hijo. Allí se halla en el sofá su esposa maquinando mientras lee una revista:

Jeffrey: Estoy deseando conocer el final del cuento —le comenta sentándose en la butaca.

Ann: Aprovecha ahora que es pequeño. Ya no tendrás a otro al que puedas contarle cuentos.

Jeffrey: ¿Qué quieres, que tengamos otra discusión por este asunto?

Ann: ¡En absoluto!

Jeffrey: ¡Mejor!

Ella le recuerda que le ha preparado una cita mañana para que se haga una vasectomía. De modo, que ya no podrán tener un segundo hijo, que es lo que él quiere, pero ella no. El matrimonio, como el de George & Mildred, es un combate de boxeo donde los asaltos de poder se suceden. Ann sabe que su marido es un pusilánime y lo sabe aprovechar en su combate por el triunfo de ser madre en una segunda ocasión,

Ann: Me han dicho que no duele nada. Solo anestesia local y "tris tras".

Jeffrey: ¿Tris tras? —cruzando las piernas con muecas de dolor.

Ann: Puede que sean  tres. ¡tris, tras, tris!— insiste con indudable intención.

Jeffrey: ¡No me lo recuerdes!

Ann: Luego te cosen...

Jeffrey: ¡Que me van a coser?

Ann: Naturalmente, no te lo van a hacer con pegamento, Jeffrey. Mañana, a las dos.

Jeffrey: Sí, bueno... Pero todavía no me he decidido del todo, ¿sabes? Estas cosas no se pueden hacer a tontas y a locas— arguye mientras da vueltas alrededor del sofá donde está su mujer disfrutando de su argucia femenina—. Es un asunto muy importante y... muy complicado.

Ann: No lo creas. ¡Tris, tras!

Jeffrey: Creo que lo de mañana es muy repentino.

Ann: ¿Crees que deberías aplazarlo un mes o así?

Jeffrey: ¡Oh, sí! O quizás un poco más tarde. ¿Un año?

Ann: Oh, Jeffrey, ¿por qué no nos acostamos pronto y lo discutimos?—le susurra mientras le abraza sensualmente.

Jeffrey: Muy buena idea.

No hace falta decirte, George, que más adelante, el segundo retoño aparecerá en un capítulo. En fin, os dejo a los dos, ahora que compartís cementerio, para que sigáis discutiendo de vuestras cosillas. Creo que ha sido buena idea el reposar en tumbas separadas. No creo que eso os haga feliz. Ahora se lleva eso de cada uno en su casa, y Dios en la de todos. Bueno, el dicho es más viejo que la pana, pero es lo que se lleva ahora: cuando uno cree que es compatible, tras convivir juntos, tener hijos y pagar hipoteca, se casa.

 Ahora que lo pienso mejor, Los Roper sí que era una serie triste. De alguna manera, a mi alrededor, veía muchos matrimonios parecidos, que estaban como el perro y el gato. Sin embargo, ver los problemas en pantalla, con esos diálogos magníficos creados por Mortimer y Cooke, te hacían sonreír. Y si te hacen sonreír es una comedia... amarga, pero comedia.

Por cierto, la Dorothy que se menciona en ese capítulo era la actriz Dorothy Lamour, actriz que rodó una serie de comedias populares en los años 40 con Bob Hope y Bing Crosby. La buena de Mildred creía que aquellas cartas eran prueba de inequívoca del adulterio de su esposo. Pero George tan solo puede mantener relaciones idílicas. La coyunda no es lo suyo. 




domingo, 9 de marzo de 2025

Georges Bizet

 Un paseo hacia el Auditorio bilbaíno

 
 

 
 
Cojo el metro de Bilbao para ir a... Bilbao. Es un sábado, lo cual, para una persona que ya empieza por razón de los años a convertirse en un espectro, es el mejor día para contemplar -sin ser visto- a las muchachas que van en el vagón. Porque aunque sea 8M, los sábados siguen imponiendo su ley: se visten para follar (o ser folladas). Así que veo parejas jóvenes y no tan jóvenes abrazadas, acarameladas, a grupos de lolitas excitadas, parloteando, cogidas todas a ese falo llamado "smartphone". Mi mirada trata de concentrarse en la lectura de Oscar Wilde, La decadencia de la mentira: un comentario, pero los escotes, las minifaldas, el rímel en los ojos, los taconazos, los disfraces de peor o mejor gusto, no dejan de pugnar con la lectura. Es un día de Carnavales, bueno, es el sábado posterior a los Carnavales. Gusta alargar la juerga. Antes esto de disfrazarse tenía su puntito de rebeldía (¿contra la autoridad, contra la Iglesia?), pero hoy es hedonismo lúdico puro y duro. En la Edad Media, la Iglesia propuso una etimología de Carnaval: carnem-levare, que significa abandonar la carne (la de la olla, claro). Pero hoy en día es la glorificación de la otra carne. Ya me entienden.

La cita es a las 20:45. Como he llegado pronto, me presto a dar vueltas por Rodríguez Arias, Licenciado Pozas o José María Escuza. Me paro delante de un escaparate de una tienda de deportes. En ella veo una bicicleta a 2.500 euros. Un peatón que se ha parado a mi lado me hace notar la barbaridad de los precios. Y le contesto: "Con ese precio, uno no debería dar pedales". Se sonríe de la ocurrencia y prosigue su trayecto.

En la calle José María Escuza, están los cines Multis-7. Compruebo que, a pesar no de no haber ido en varios años, sigue teniendo el mismo aspecto y la misma desolación ante el desierto de espectadores ante la taquilla y en el vestíbulo que cuando iba. La taquillera me mira. No le doy oportunidad de entablar comunicación visual y le doy plantón.

 


 

Al lado, está el bar Pandrino's. Los motivos cinéfilos (ya saben, fotos de Bogart, Ingrid Bergman y otros actores clásicos) han sido sustituidos por otros motivos más acordes con los tiempos: los del Athletic Club.

Doblo la esquina por Licenciado Poza. Compruebo que la boutique, donde me quedaba contemplando su escaparate antes de entrar al cine, ha desaparecido. Era pequeña, todas lo son, pero su escaparate mostraba una ropa interior delicatessen. Afloraba en mí momentos de sublime lujuria, de intensa emoción que acababa cuando me decía que seguía "soltero". Ahora, es una Beauty nails, que es lo que llevan las mozas del vagón del metro: uñas largas y perturbadoras. Como bien decía el bueno de Bob Dylan en su canción, the times they are a-changin.

 

 

A veces me paro en escaparates que, por su luz y contenido en el interior, me llaman la atención. Llueve y cuando voy a sacar la foto aparece una pareja que ahuyenta la soledad de la instantánea e, incluso, la romantiza.

 

 

 

 

  Sigo calle abajo, y compruebo con satisfacción que aún quedan pequeñas librerías. Su escaparate es un síntoma de resistencia. Dos flexos iluminan con cierta lobreguez un apiñado fondo de entre los que destaco: La condición humana de André Malraux y el superventas Gente tóxica de Bernardo Stamateas.

 

 

 

Es hora de entrar en el Palacio Euskalduna. Me gusta entrar por la puerta de babor de esta imponente sala, antes astilleros (industria por cultura). Desde que se inaugurara en 1999, la pared del vestíbulo lateral empieza a mostrar signos de su pasado todavía reciente: fotografías de los más ilustres artístas relacionados con la música. Pero hay dos que tienen más relación con el cine: Woody Allen por su clarinete y José Coronado que se le ve ¿recitar o cantar?


 

 

 

 

En la proa de este enorme navío que contiene un auditorio en su interior, la fecha de su botadura, Bilbao, 19 de febrero de 1999, y una lista de los que nacieron ese día en Bizkaia. No encontrarán el mío. ¿Qué serán de ellos ahora con un cuarto de siglo?

 

 


 

 

 

 Sigo haciendo un poco de tiempo. Y me saco otra fotografía mirando desde la figurada cubierta del barco. Ahí está la Ría de noche y si afinan la mirada el fantasma en el que me estoy convirtiendo.


 La cita es con Georges Bizet, compositor de música francés. Les vendrá a la cabeza la que le hizo famoso en vida: la ópera Carmen. Pero en este evento llamado "Musika-Música", he elegido por 15 módicos euros, escuchar su Sinfonía nº 1. Bizet la compuso cuando tenía 17 años en 1855 y tardó un mes. ¿Qué hicieron ustedes con esa edad? Las que veo de Carnavales en el vagón ya me lo dice todo. Pero, ¿y ustedes? En mi caso llevé a Astrabudúa la representación de una obra de teatro. Creo que era la primera vez que se veía teatro en ese lugar abandonado, no tan infernal como la Comala de Juan Rulfo pero sí más contaminada. Era una mierda de obra. Lo reconozco. Pero una mierda teatral que tuvo su gran éxito, no como el pobre Bizet que en apenas 36 años de vida no tuvo ocasión de probar apenas las mieles del éxito.

Bizet compuso la sinfonía en 4 partes, como mandan los cánones, y la duración apenas llega a la media hora. La escribió mientras estudiaba en el Conservatorio de París. Sin embargo, nunca quiso saber nada de ella. No existe mención en su correspondencia y para sus primeros biógrafos era desconocida. ¿Por qué? Vaya usted a saber.

Tres de los cuatro movimientos, llevan el nombre de: Allegro vivo, allegro vivace y finalle, allegro vivace. Como ven los 17 años del mozo y la energía vital que conlleva esa edad están presentes en la obra. Mientras escucho el primero, me imagino a Bizet yendo por las calles parisinas atestadas de gente, carromatos, carrozas y demás caballeriza con ese frenético ajetreo del día a día rumbo a su conservatorio. Necesito acoplar imágenes al audio. La abstracción de la música se me hace difícil. Es como no acompañar un plato con una copa de vino. ¿Les pasa a ustedes?

Sin embargo, me quedo con el segundo movimiento, que lleva la denominación de andante, adagio. Llevo dándole vueltas al majín intentando descubrir en qué película he oído ese tema melódico. Se lo pongo a ustedes por si alguien lo recuerda. Yo desisto. Una oleada suavemente in crescendo de violines y violas tiene su contrapunto con los oboes y el fagot. Cuando todo parece ir desplomándose con una sucesión de  pizzicatos, aparece un sólo de oboe. Luego más pizzicatos con los instrumentos de cuerda a modo de gotas de lluvia. Me entra la melancolía. Tal vez Bizet recordaba un desamor de  juventud mientras componía este adagio para esta parte. A saber.

https://youtube.com/clip/UgkxAKHr5jH83BRUp0x3FT1v0KJ3SGSvjrP2?si=iQP_S23xxRJJmuwp  

 

 


Al inicio del concierto, había inmortalizado el momento antes de que entrase a escena el director de la Orquesta de Galicia, Andrew Litton, a cuyos andares les vendría bien el cuarto tema titulado En la gruta del rey de la montaña que corresponde a la suite Peer Gynt, que tuvimos la ocasión de escuchar previamente a Bizet. 

De la suite Peer Gynt, es fácil crearse imágenes para la primera parte titulada La mañana. En esos momentos, me imaginaba a una fiel lectora escuchando a primera hora del día el tema, mientras por la ventana de la cocina los primeros rayos de sol entraban para besar su cabello azabache. Su marido dormido, mientras su deseo de Carnaval volaba fuera del hogar. "Y que sea lo que Dios quiera", se decía a sí misma mientras se moja las ganas en el café, magdalenas del sexo convexo...

La vuelta en metro volví a ese estado delicuescente y fantasmal. Una muchachita con botas altas y falda corta entra en el vagón y se pone a mi lado dándome la espalda. Recordé en esos momentos unas palabras de una compañera de trabajo que había sobrepasado la sesentena: "A partir de esa edad, una mujer se vuelve invisible". También los hombres, también.

De camino al bar Stop de Astrabudúa, rememoré que este año la ganadora del Oscar a Mejor Interpretación había sido para la veinteañera Mikey Madison por Anora. Frente a ella, los espectros Fernanda Torres de 59, Demi Moore, 62 años, y las cuotas de wokismo espectral en Hollywood: Karla Sofía Gascón de 52 años y Cynthia Erivo de 38.

Con una copa, o más, a veces podemos creernos que nos encarnamos de nuevo. Parafraseando a Oscar Wilde: si la Naturaleza hubiera sido más benévola con la vejez, la humanidad nunca habría inventado el arte para consolarnos del destino funesto que a todos nos espera. Gracias, Bizet; gracias, Edvart Grieg.


domingo, 2 de marzo de 2025

Veredicto final (1982)

POR LOS MÁS DÉBILES, SIEMPRE

 

 


 

La vi  hace ya 43 años. El estreno fue el 12 de abril de 1983 en el Astoria de Bilbao, pero creo que no fue ahí donde asistí a la sesión. Yo estaba en el instituto todavía, con acné, pelo y con ganas de comerme el mundo. Supongo que no era una obra apropiada para mi edad por aquel entonces y, aunque me gustó, no me satisfizo ni me entusiasmó completamente. Pero recuerdo con gran nitidez todavía su inicio y su final. Ahora me sentaré en el diván y trataré de indagar el porqué he recordado de siempre el arranque y el desenlace.

Hoy he vuelto a revisitarla. Pasa también con los amigos, que los vuelves a ver pasado un tiempo. Siempre tienen que volver a ofrecerte algo: rememorar los viejos tiempos, informarte de lo que acontece en sus vidas actuales o anunciarte nuevos proyectos. Las buenas películas son como los viejos amigos: siempre te ofrecen algo nuevo, algo que no viste, algo que no valorabas entonces, algo que te perdiste o que no entendiste...

Si juntamos a Paul Newman, Sidney Lumet (director) y David Mamet (guionista), ¿qué puede salir mal? Nada. Se preguntarán de qué les hablo: de Veredicto final (1982). Les aflojo la memoria. Newman es un abogado cercano a la sesentena que pasa por una mala racha duradera: divorciado de su mujer y despedido del bufete de abogados donde trabajaba. Eso le ha llevado a convertirse en un alcohólico. 

Asistimos a la escena de arranque, la de los títulos de crédito: ya saben, la lista de actores, guionista, productores, compositor y director que han creado la obra. Pero lejos de ser una escena informativa sin más, de apenas un minuto y medio, ya nos da el tono que como piel acompaña a los aspectos fundamentales de la trama. Vemos a Newman a contraluz, apenas se le distingue. ¿Quién contrataría a una estrella para que no se le viera apenas? Eso quiere expresar algo: no le va bien la vida, ni profesional ni sentimentalmente. Está jugando con una máquina de petacos. ¿Un abogado, lo sabremos luego, jugando a petacos? Raro. Mientras fuma y bebe cerveza con cierta parsimonia, no hay palabra alguna, tan sólo el ruido de la bola chocando con las setas y el sonido del marcador. En la pantalla de petacos vemos al bueno de Tony Manero. Es un contraste. Él, el rey de la pista; Newman perdiendo lastimosamente el tiempo a petacos en un bar. Es Navidad, las luces de las serpentinas están apagadas por ser de día. Nada hay más triste que un ambiente navideño y que la vida no te sonría. La única nota de color la dan los títulos de créditos: rojo burdeos.

 



 La cámara se va acercando inapreciablemente al abogado. Coge la jarra, da un trago y la deja en el alfeizar; luego, da una calada al cigarro y lo vuelve a dejar en el cenicero. Lo hace con parsimonia, con un tempo derrotista. La vida sin amor, sin casos judiciales que resolver y con la bebida como única compañía en tiempo navideño trasluce el fracaso vital en el que está inmerso. Al fondo, la luz grisácea de un parque, sin hojas, sin personas que crucen con paso rápido. Y el silencio... sobre todo ese silencio roto por Tony Manero y su máquina de pinball. De todo eso, lo aprecias en un segundo visionado. Lo que les decía de los viejos amigos.

 

 



Supongo que la escena me marcaría a fuego porque yo también, a pesar de la mocedad, era una persona derrotada, maltratada por la vida. Uno encuentra en el arte aquello que vive en la vida y, de alguna manera, siendo embellecido por la mano del artista nos consuela, tal vez nos redima. Ahí estaba mi alteridad: sufriendo de la misma manera que yo pero con el rostro de Paul Newman. Si él estaba hundido, ¿quién era yo para pedir ser feliz?

Decía el director Sidney Lumet que la película "trata de la redención de un hombre, de su lucha por desembarazarse del pasado". Y como toda buena película, la luz debe acompañar a la historia. Por eso, un día Lumet llevó a su director de fotografía, Andrezej Bartkowiak, un estupendo catálogo de cuadros de Caravaggio. Y le dijo: "Andrzej, éste es la atmósfera que busco. Hay algo antiguo aquí, algo de otra época remota. ¿De qué se trata?". Andrzej estudió los cuadros y luego le comentó que se trataba de la técnica del "claroscuro". Se trata de una fuente de luz muy fuerte, casi siempre lateral, y no desde arriba. De ahí que reinen las sombras (el dolor, la traición, la incertidumbre o la desesperanza). Sólo en la sala de juicio las sombras no aparecerán.

A nuestro abogado se le presenta un caso: en el hospital de Santa Catalina se ha producido un caso grave de negligencia profesional. Dos médicos han descuidado a una paciente durante el trascurso de una intervención y le han provocado una parálisis de por vida por la que requiere asistencia las 24 horas del día.

A pesar de que Frank Galvin (Newman) acepta el ofrecimiento de una cantidad de dinero de los demandos, hay una escena que le hace cambiar de opinión. Es un momento muy logrado. Galvin va a una clínica humilde donde está su clienta que yace entubada en una cama. Lleva una cámara de fotos polaroid, ya saben, esas que se revelan al momento. Quiere sacar unas fotos del estado de ella. Y tras haber disparado dos, las deja sobre la cama y vemos poco a poco cómo se autorrevelan. En la novela en la que está basada Veredicto final, tal vez haya una serie de reflexiones o acontecimientos que nos muestra el cambio de actitud del abogado ante el caso. Pero en el cine, se juega con otras armas expresivas. Y las fotos de la cámara polaroid son una manera concisa y muy cinematográfica para expresar el cambio: Galvin no aceptará el dinero ofrecido por la parte demandada sino que querrá ir a juicio y pedir justicia al ver cómo se revela el estado postrado de la mujer en estado vegetativo: rebelarse ante una revelación.

Posteriormente, Newman tendrá la ocasión de redimirse también sentimentalmente al toparse en un bar con Laura (una jovencísima Charlotte Rampling). Mientras cenan en un restaurante, la anterior escena del cambio de objetivo queda fijada mediante este diálogo: 

Galvin. —Los débiles deben tener alguien que luche por ellos. ¿No es verdad? (...) Por eso existen los tribunales... para ayudar a los débiles, dándoles al oportunidad de obtener justicia.

Laura. —¿Y la van a obtener?

Galvin. —Puede... puede. Verá, el jurado debe creer, el jurado quiere creer. Es algo que hay que constatar. Mañana voy a escoger a doce de ellos. ¡Todos, todos piensan que es una farsa, que está amañado, que no se puede luchar contra lo establecido! Pero cuando entran en el estrado, entonces la situación es muy diferente. Tal vez... tal vez...

Laura. —Tal vez, ¿qué?

Galvin. —Tal vez pueda conseguir algo decente.

Como espectador uno vivía la redención profesional de Galvin: no era el dinero lo que le movía, ni ganar tras una mala racha de juicios perdidos, sino principalmente la búsqueda de justicia para el más débil.

No les diré cómo acaba el proceso judicial. Tendrán que ver la película. Así que salto al final, que me marcó y siguió durante muchos años en mi retina. Tal vez ya en las últimos tiempos se había ido diluyendo. Vemos a Laura, que ha traicionado la confianza de Galvin pasándose a la parte demandada, llamarle desde su cama por teléfono. El abogado está sentado en su despacho, reposando de las emociones tras el veredicto final del jurado. Oye un timbre, después otro, otro más pero sabemos que Newman no levantará el teléfono para escuchar las palabras felonas de Laura. Ese final seco y contundente, sin subrayado musical alguno, con tan sólo el teléfono desesperado sonando quedó grabado en mi memoria, pues yo también recurrí a no levantarlo cuando más de una mujer me lastimó en lo más hondo.

 

 

 

 


domingo, 16 de febrero de 2025

El beso cinematográfico

 FELIZ DÍA DE SAN VALENTÍN, CARIÑO

 


 

El pasado día 14 de febrero se celebró el día de los enamorados. Como yo no lo estoy, pues me dedico a mirar los diversos tendederos que hay en mi patio. Si se observa con detenimiento, se puede saber mucho de lo que hay tras esas vecinas ventanas con sólo contemplar la ropa colgada. Por ejemplo, el tendal de mi vecina me indica si está soltera o casada, edad aproximada, estatus social, si tiene buen gusto o no con la lencería, si es madre, friolera o si gasta en marca o es ahorradora, pulcra o un poco dejada (según los trapos)... Como ven, el tendal nos puede mostrar mucho acerca de aquellas personas que, aún sin cruzar apenas una palabra contigo, conviven en nuestro patio vecinal.

Durante un tiempo, mi vecina del ático sólo colgaba su propia ropa en el patio. Eso me intrigó. No sabía cómo era ella, pues no lograba coincidir en ese momento íntimo en que nuestra colada se exponía al vecindario simultáneamente. Observaba que las prendas íntimas las colgaba de tal modo que se veían rodeadas de otras de mayor tamaño: sábanas, toallas de ducha, vestidos, etc. De alguna manera, esa ocultación me impedía imaginar cómo sería ella. Bueno, en lo íntimo, pues por el resto de ropa podría suponer que rondaría la cuarentena, delgada, nada estilosa y por los colores expuestos nada jacarandosa.

La colada aparecía así, de repente. Me preguntaba en qué momento habría podido colgarla sin que yo me diera cuenta. Las persianas de la cocina siempre bajadas o la ventana del baño cerrada a cal y canto me daban la sensación de que ella no vivía allí diariamente, sino que venía tan sólo a hacer un uso esporádico de la vivienda. ¿Sería suya y no querría alquilarla? ¿Vendría tan sólo para aparentar que el piso estaba ocupado por "alguien", mientras hacía vida diaria en su vivienda principal? ¿Lo usaba para su "encuentros" extramaritales?

Me hacía esas preguntas cada vez que fijaba mi mirada en esa parte del patio. Un domingo por la mañana, mientras tomaba un café delante de la ventana de mi cuarto, comprobé que, junto a su ropa, colgaba unas prendas masculinas. Lo que me descorazonó fue ver unos slips de color negro exhibiéndose como pavo real monocolor. "Vaya", me dije, "parece que mi vecina tiene amante".

La aparición de esas prendas masculinas coincidían con el fin de semana. Dejé de acechar con la "ilusión" de un principio. Mi vecina tenía el corazón conquistado y el mío desencantado. 

Durante un tiempo, pues, mostré apatía por lo que ocurría en el colgador de mi vecina de ático. Y el descubrimiento de una nueva pareja jovencita enfrente de la ventana de mi cocina concitó mi interés. Desde mi colgador podía contemplar la habitación de los veinteañeros. En ocasiones, mientras colgaba mi ropa por la noche,  descubría luz en su cuarto. Allí me quedaba, absorto, agazapado a la espera de que en ese recuadro apareciese "algo" que valiese la pena a mi mirada de voyeur. La emoción de ver algo que rondara la pasión de la mirada me hacía estar con la pinza en la mano derecha y los gayumbos en la izquierda chorreando. Visto de fuera, era patético.

En alguna ocasión pasó algo digno de mi espera. Por ejemplo, la joven vecinita encendía la luz de su cuarto y abría la puerta del armario. Escogía "algo" y cerraba de nuevo. Su imagen desaparecía de campo al caer hacia la izquierda. "Ahí tiene que estar la cama", me decía. Efectivamente, veía unas piernas levantarse al aire y unos pantalones ser lanzados. Ella se erguía de nuevo en paños menores, con unas braguitas y el sujetador tan sólo. Luego aparecía su joven pareja para charlar con ella mientras se ponía el pijama. Se abrazaban y, mientras lo hacían, la mano del joven alcanzaba la cinta de la persiana para bajarla. La imagen del ventanal quedaba como codificada, pues a través de los orificios de la persiana podía contemplar el retozo sensual.

Había colgadores que reflejaban una separación (tan sólo prendas de madre cincuentona y muchacha adolescente) o un colgador alargado en el que sólo veía toallas requeteusadas, camisetas ajadas de manga larga y deslucidos jerséis que revelaban la vida de un jubilado soltero con fibrosis pulmonar.

Con el tiempo, mi atención volvió a recaer en el colgador de mi vecina de ático. Descubrí que, día sí y día también, no había rastro de prendas masculinas. Deduje que los fines de semana de mi vecina ya no serían tan excitantes como antes. Los colores y las prendas colgadas ya no se exhibían tan coloridas ni sensuales, abundando negros, grises y otros colores desvaídos en la paleta de tinturas de su ropa.

La coincidencia de salir a la ventana a colgar la colada tuvo lugar al fin. La casualidad tenía que darse me decía. Y se dio. Apenas pude mirar de reojo, lo suficiente creo para saciar mi hambre de curiosidad: de belleza discreta, morena, rostro enjuto, más hacia la cincuentena que despegando de los 40. Ideal.

Pasó el tiempo. Hace unas semanas, me pareció reconocer a mi vecina entrando en una tienda de comestibles. Esperé a que saliera y la seguí. Efectivamente, era ella, pues entró en el portal contiguo al mío y al llegar al ático se encendió la luz de la cocina. Aprovechando que era el 14 de febrero le dejé en el buzón el siguiente texto manuscrito:

 "El beso nunca es singular. El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero". Tu vecino de ático del nº 25.

Y ahora espero a que haya respuesta.

 


 

Estas andanzas de patio me han recordado la famosa película de Alfred Hitchcock: La ventana indiscreta (1954). Curiosamente, el fotógrafo protagonista, Jeff (James Stewart), que estaba escayolado de una pierna, no podía averiguar nada de sus vecinos, pues no hay colgadores. ¿Dónde secaban la ropa, pues? ¿Tendrían secadora en los apartamentos? Lo dudo. Así que la única manera de poder fisgar era mediante el uso de su cámara con teleobjetivo. 

De este filme quisiera, ahora que estamos con el 14 de febrero como asunto, destacar dos escenas. La primera se refiere a un beso fugaz. Si me preguntaran por el beso más hermoso jamás filmado, diría que este sucede en esta obra. Jeff está sólo en su apartamento dormitando y, súbitamente, entra en cuadro el rostro de su novia Lisa (Grace Kelly) y le besa. Es el beso-sorpresa más elegante y delicado visto en pantalla. ¡Y en Technicolor! Para ello el director tuvo que trucar el acercamiento del rostro de Lisa hacia la boca de Jeff, es como si el movimiento fuera el de una mariposa posándose en la rama del Amor.

El segundo apartado se refiere no al visual sino al guion. Se trata de un diálogo entre entre Jeff y su enfermera Stella (magnífica Thema Ritter). Mientras ella le da una masaje en su espalda, tiene la siguiente conversación que me encanta:

Stella: Mire, señor Jeffries, no soy una mujer de estudios, pero puedo decirle una cosa: cuando un hombre y una mujer se gustan el uno al otro se unen así: ¡paf!, como si fuera un choque entre dos trenes, y no se quedan sentados analizándose mutuamente.

Jeff: Hay un modo inteligente de enfocar el matrimonio...

Stella: ¿Inteligente? Nada ha causado tantos problemas a la humanidad como al inteligencia. ¡Matrimonios modernos!

Jeff: Hemos progresado emocionalmente...

Stella: ¡Tonterías! Antes conocías a alguien, te gustaba y te casabas. Ahora se leen muchos libros, se emplean palabras de cuatro sílabas y se psicoanaliza a la otra persona hasta que no se distingue entre una relación amorosa y unas oposiciones al ayuntamiento.

 


 

Supongo que querrán saber cómo acabó lo de mi vecina de ático. Si hubo respuesta o no. Pasaron días sin que en mi buzón apareciese correspondencia alguna. Hasta que un mediodía, a mi regreso del trabajo, y casi sin que tuviera esperanza de nada, hallé un sobre. De lo impaciente que me puse, lo rasgué con ímpetu sin percatarme quién sería el remitente. Me comunicaban que tenía una cita con el cardiólogo, que me tendrían que colocar un holter cardiaco durante 24 horas.

Y aquí me tienen tomándome una tila ante la ventana de mi habitación. En el colgador de mi vecinita, he vuelto a ver no uno sino dos boxers de color negro. ¿Tal vez hayan reanudado la relación?

Cada vez que me pongo La ventana indiscreta y veo el beso de la Kelly a Stewart me acuerdo de aquella gueguería de Gómez de la Serna:

"El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero".

Y así me consuelo.


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