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martes, 16 de julio de 2024

Cine español en el Zinemaldia 2024

Toros, machismo laboral, cuidados paliativos y llantos terroríficos ofrece la 72ª edición del Zinemaldia de cine español


 

 

 

Suele dictar la tradición desde hace años que José Luis Rebordinos, director del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, se desplace a Madrid. Firmará autógrafos, estrechará manos y acabará de tachar muchas obras maestras del cine español cuyos artistas no podrán disfrutar del Hotel María Cristina ni de la playa de La Concha entre otras delicias. 

Rebordinos, en la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, anunció el pasado viernes 12 de julio los 17 títulos de producción española seleccionados para el festival: 12 largometrajes, un mediometraje, un corto y tres series, que podrán verse entre el 20 y el 28 de septiembre en la Sección Oficial y en las secciones New Directors, Horizontes Latinos, Zabaltegi-Tabakalera y Velódromo de la 72ª edición del Festival de San Sebastián. 

¿Son muchas? Pues depende de si son buenas o no, de si entretienen o provocan bostezos en los espectadores del Kursaal o en el Teatro Victoria Eugenia. 


Iciar Bollain, una clásica del Festival



La directora Iciar Bollain en la presentación
La actriz Mireia Oriol en Soy Nevenka

 

Soy Nevenka, la historia real de una concejala que pagó un alto precio por atreverse a denunciar el acoso del alcalde, supondrá la quinta participación de Iciar Bollain (Madrid, 1967) en la Sección Oficial. La autora de Te doy mis ojos (2003), Mataharis (2007), Yuli (2018) y Maixabel (2021), que recibieron distintos premios en San Sebastián, volverá a optar a la Concha de Oro con este filme que protagonizan Mireia Oriol y Urko Olazabal. 

El Festival también programó en ediciones anteriores trabajos de Bollain en Proyecciones Especiales, que incluyeron En tierra extraña (2014), y en Made in Spain, que acogió, entre otras, Hola, ¿estás sola? (1996); Flores de otro mundo (1999), galardonada en la Semana de la Crítica de Cannes; Katmandú, un espejo en el cielo (2012), y La boda de rosa (2020).


Otro clásico: siempre hay un novel por descubrir

 

La Sección Oficial acogerá también El llanto, estreno como director de Pedro Martín-Calero (Valladolid, 1983), autor de cortometrajes y numerosos trabajos para la industria musical y publicitaria. 

El guion de su debut en el largometraje está escrito junto a Isabel Peña, coguionista habitual de Rodrigo Sorogoyen en títulos como Que Dios nos perdone (Sección Oficial, Premio del Jurado al mejor guion, 2016), El reino (Sección Oficial, 2018) o As bestas (Perlak, Premio del Público Ciudad de San Sebastián a la mejor película europea, 2022). 

Comprobaremos si la pluma de Peña sigue tan vigorosa sin Sorogoyen. Cuando hay cambio de pareja, el ritmo del baile se desacompasa y se pisan los pies, se tropieza y acaban cayéndose los bailarines. Veremos.

En El llanto, coproducción de España con Argentina y Francia, Ester Expósito, Mathilde Ollivier y Malena Villa interpretan a tres mujeres que, en momentos distintos del tiempo y conectadas sin saberlo, se enfrentan a una amenaza que las trasciende.

 

Otra amadrinada del Zinemaldia

 

Pilar Palomero (Zaragoza, 1980) presentará su tercer largometraje, Los destellos, inspirado en Bihotz handiegia (Un corazón demasiado grande), relato de la escritora Eider Rodríguez. Patricia López Arnáiz, Antonio de la Torre, Marina Guerola y Julián López encabezan el reparto de esta historia sobre una mujer que acepta la tarea de cuidar a su exmarido enfermo pese a llevar más de una década separados. 

La ópera prima de Palomero, Las niñas (Made in Spain, 2020), se estrenó en Generation Kplus del Festival de Berlín y ganó la Biznaga de Oro a la mejor película en Málaga y los premios Goya a la mejor película, mejor dirección novel, mejor guion original y mejor fotografía. Todo un torrente de premios, a todas luces desmedido. 

Tras esta irrupción exitosa, el Zinemaldia acogió en su seno su segunda película, La Maternal.  Concursó así en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián en 2022 y brindó a Carla Quílez la Concha de Plata a la mejor interpretación protagonista (ex aequo con Paul Kircher).

 

Antonio de la Torre, actor en Los destellos

 

 

¿Fichando pestiños?

 

Otra tradición del Zinemaldia, negativa en este caso, es que cuando un enfant terrible o director de prestigio, bendecido en otros tan o más importantes festivales, recae por aquí se debe a que no ha vendido la mercancía "averiada" en aquellos otros. Este puede ser el caso -voy a rezar a la Virgen de los Desamparados para que así no sea- de Albert Serra (Banyoles, 1975), que participará por primera vez en la Sección Oficial con Tardes de soledad. Es una película de no ficción en torno a la tauromaquia, que aborda los estados mentales y espirituales que el torero experimenta en el ruedo. 

Desde sus inicios Serra ha sido seleccionado en citas como la Quincena de Cineastas de Cannes, donde presentó Honor de cavalleria (Made in Spain, 2006) y El cant dels ocells (Made in Spain, 2008). Con Historia de mi muerte (2013) se alzó con el Leopardo de Oro del Festival de Locarno. También logró el Grand Prix en el FID Marseille con Roi Soleil (2016) y Liberté (2019) le granjeó el Premio Especial del Jurado en Un Certain Regard del Festival de Cannes, en cuya Sección Oficial compitió con Pacifiction (Made in Spain, 2022).

 Doy fe de que no me he expuesto a ninguna de sus obras maestras. Dicen las malas lenguas que es más entretenido en persona que cuando se pone a escribir textos audioplúmbeosvisuales. Veremos.


José Luis Rebordinos, director del Zinemaldia (izq.) y equipo artístico de Tardes de soledad (con gafas el director Albert Serra)


Más series, por favor

Desde que en 2020 Rebordinos y su equipo tomaran la decisión de incluir series en el Zinemaldia -una decisión un tanto controvertida-, he de confesar que el tiempo le ha dado la razón. Haber visto Patria o Antidisturbios ha sido de lo más memorable que recuerdo en los últimos años.

Siguiendo con la misma política, la Sección Oficial incluirá una serie fuera de competición. Alauda Ruiz de Azúa (Barakaldo, 1978) presentará Querer, que narra la historia de una mujer que tras 30 años de matrimonio rompe con su marido y le denuncia por violación continuada. Nagore Aranburu protagoniza esta miniserie de cuatro episodios en cuyo reparto también figuran Pedro Casablanc, Miguel Bernardeau, Iván Pellicer y Loreto Mauleón. Se trata del nuevo trabajo de Ruiz de Azúa, que presentó su primer largometraje, Cinco lobitos (Clausura Zinemira, 2022), en la sección Panorama de la Berlinale antes de triunfar en el Festival de Málaga, donde obtuvo la Biznaga de Oro a la mejor película española, las Biznagas de Plata a la mejor actriz (Laia Costa y Susi Sánchez) y al mejor guion, así como el premio del público, y en los Goya, donde fue reconocida como mejor directora novel.

 

Proyecciones especiales en la Sección Oficial

 

Por otro lado, dentro de Proyecciones Especiales Yo, adicto contará en seis episodios, el relato de superación del libro homónimo escrito por Javier Giner (Barakaldo, 1977). Giner, a quien encarna el actor Oriol Pla, es también co-creador de la serie junto a Aitor Gabilondo (San Sebastián, 1974), autor de Patria (Sección Oficial Proyecciones Especiales, 2020). En el elenco artístico de Yo, adicto también destacan, entre otros nombres, Nora Navas, Omar Ayuso, Victoria Luengo, Alex Brendemühl, Ramón Barea, Marina Salas e Itziar Lazkano. Javier Giner y Elena Trapé (Barcelona, 1976), autora de Blog (New Directors, 2010), Les distàncies (Las distancias, Made in Spain 2018) y Els encantats (Los encantados, Made in Spain 2023), dirigen los seis episodios de la serie (tres cada uno).

 

 

Najwa Nimri en la serie La virgen roja

      

Las Proyecciones Especiales de la Sección Oficial también acogerán fuera de concurso el nuevo largometraje de Paula Ortiz (Zaragoza, 1979), directora de títulos como La novia (Zabaltegi, 2015) o Teresa (2023). La virgen roja, protagonizada por Najwa Nimri, Alba Planas, Aixa Villagrán, Patrick Criado y Pepe Viyuela, revisita una historia real acontecida en la España de los años 30, donde una joven llamada Hildegart es concebida y educada por su estricta madre para convertirse en la mujer del futuro.

 

sábado, 13 de julio de 2024

Jackie Coogan y las galletas Chiquilín

 LA BILBAÍNA FÁBRICA ARTIACH SE INSPIRÓ EN LA FÁBRICA DE LOS SUEÑOS




Me gustan los paseos sin rumbo, pues en ocasiones te topas con lo imprevisto, la sorpresa, lo que no estaba en el guion o se sale de la rutina. Esto fue lo que me sucedió el pasado 8 de julio de 2024. Recorriendo la calle Muelle de Churruca acabas desembocando en el Parque Evaristo Churruca de Las Arenas. Allí sueles ver a jóvenes jugando en una cancha de baloncesto, rodeada de arbolado. Tras ella, tenemos un monumento a Churruca, un navarro de Izu que construyó el puerto exterior del Nervión. Está sentado con una pluma (?) en la mano y sosteniendo un periódico (?) con la otra. Siempre tengo la sensación de que está ausente, ensimismado en la resolución de algún problema. Tan sólo las palomas u otras aves le acompañan de vez en cuando. Y algún turista despistado que dispara una foto de recuerdo.

Antes de pasear por lo que es el muelle propiamente dicho, no muy largo y ajardinado, hay una pequeña explanada en la que me encontré esta estampa:

 





Se trataba de una exposición callejera, supongo que sufragada por la BBK con fondos del Museo de Bellas Artes de Bilbao. El motivo que sustentaba la muestra era la infancia en el arte. Así que me paré. ¿Tal vez con la esperanza de que alguna obra me llevara a ese paraíso perdido?


El espíritu de Proust


Interrumpiendo mi paseo, me detuve a contemplar algunos cuadros hasta que me llamó la atención uno en concreto, más bien era un cartel publicitario. Como si me hubiera llevado a los labios «una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena, en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior». La imagen que tenía delante de mí me trasportó cual magdalena a uno de los recuerdos más antiguos de mi infancia. Aquel sábado, porque era un sábado de algún año de los 70, fui con mi aita en nuestro Seat 600 a recoger a mi tía que, por aquel entonces, trabajaba de galletera en la fábrica Galletas Artiach en la Ribera de Deusto 69. 

Recuerdo que iba de copiloto y, a falta de unos kilómetros, no me acuerdo a quién se le ocurrió que me escondiera en la parte trasera del automóvil, que no era muy grande. A medida que nos acercábamos a la fábrica, la emoción por darle una sorpresa me hizo impacientarme. Así que ese pequeño trayecto que faltaba se me hizo eterno como la resolución de los penaltis o del predictor. Cuando entró mi tía preguntó si no había venido "el niño". Y recuerdo saltar como un cheyene sobre su cuello para expresarle mi alegría y amor. ¡Cosas de niños, vaqueros e indios!

Durante mi infancia tuve la suerte de saborear las caras galletas `Chiquilín', que traía mi tía. Fue un producto desarrollado por Artiach a finales de la década de 1920. No estaba basado en ninguna otra galleta del mercado, y fue la competidora de la María durante décadas. Seguramente el secreto de esta galleta fue que era difícil decir a qué sabía, en cuya fórmula estaba el coco pero no tenía sabor a este fruto.

Ustedes estarán deseando ver el cartel publicitario:


Cartel publicitario creado por Emilio Ferrén para Artiach 


Charlot y El chico


La galleta bilbaína `Chiquilín` tuvo ese nombre por el cine, concretamente por una película muda titulada "El chico" (1921) dirigida por Charles Chaplin y bastante larga para su época, 88 minutos. En ella, Charlot, un vagabundo, descubre a un bebé abandonado que no tendrá más remedio que criarlo. Años después, Charlot se convierte en vidriero y el chiquilín le precederá rompiendo cristales. Negocio lucrativo. Ese niño se llamaba Jackie Coogan. 

La película fue un éxito en España a partir de los años veinte y treinta. El distribuidor del filme en España puso el nombre de Chiquilín al chaval protagonista de "El chico". Por eso, las galletas se llamaron así y, además, tanto en las cajas como en los carteles publicitarios de aquella época salía un niño sensiblemente parecido al de la película. De alguna manera, lo que se pretendía era el efecto proustiano de la magdalena: todos los consumidores que hubieran visto la película, al comerse una chiquilín, lo asociarían a esa obra que, por primera vez en la Historia del Cine cómico, se arriesgaba a combinar una historia dramática y casi trágica con las risas y la farsa. Nada más empezar un rótulo indicaba que era:

«Una película hecha con una sonrisa, y quizá con una lágrima».


El final de la fábrica

 

Desde hace años, el barrio de la Ribera de Deusto, ahora se le denomina Zorrozaurre, ha ido transformándose. En verano de 1983, Bilbao sufre unas inundaciones dramáticas, en las que, entre otras desgracias y pérdidas económicas, se produce la total inundación de la fábrica de Galletas Artiach. Todo ello implicó que a mi tía la prejubilaran y se fuera a vivir a otro lugar. Desde ese tiempo el edificio a duras penas se ha conservado. Hace unos pocos años pasé por allí para sacar algunas fotos antes de que todo se fuera al carajo, y comprobé que se había reutilizado el edificio para instalar una Escuela de Creación Cinematográfica de Bilbao. Hoy ya no está ahí tampoco la escuela.

Marcel Proust reflexionaba en su famosa obra "En busca del tiempo perdido" que:

«Cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo».


En mi caso, no fue el olor ni el sabor de la Chiquilín, sino la imagen del cartel el que me llevó a ese edificio derruido de mi infancia. Y continué con mi paseo.


 

Ilustración de la fachada de la fábrica.
Tomada de Artiach, la fábrica de galletas de Bilbao, 1907

viernes, 28 de junio de 2024

Un cáncer de pene en forma humana

 «¡Nos vemos!... ¡Nos vemos!»

 

¡ATENCIÓN, NO LEAN ESTO SI NO HAN VISTO LA PELÍCULA!
 

 

 ¿Recuerdan las veces que hemos dicho eso a gente a la que creíamos especial, con la que pensábamos haber conectado y, luego ya la vida, el destino o lo que sea se encargó de que no nos viéramos más?

Rememoren por un momento las personas que han sido cruciales y nunca después se han vuelto a cruzar. ¿Las hay? Yo creo que todos tenemos alguna en la memoria: profesor, novia, médico, amiga, familiar...

Así acaba una película que desde hace tiempo me recomendó un buen amigo, al que llamaremos Orutra, con personajes que se cruzan, que son importantes en una etapa vital, el uno para el otro y que, tal vez, lo más probable, es que no se vuelvan a ver más. 

El otro día le escuché decir a Orutra en el bar Stop

—¡Eres como un cáncer de pene en forma humana!

Se lo dijo a un amigo de su cuadrilla, un pesado de buen corazón. Pero pesao. Sin la de para hacerlo más liviano.

 —¡Yo también os quiero, mis cajones!—, respondió con un cambio de vocal que provocó la hilaridad de los allí asistentes. Su intención era aludir a sus partes, pues para eso están debajo de su pene al que mi buen amigo había aludido. Y se fue zigzagueantemente tras haber estado entre copas con Orutra.

Hoy es el día en que sé a ciencia cierta de dónde le vino la inspiración. Bueno, la réplica de la frasecita ocurrente. Y lo sé porque acabo de ver, con su recomendación en mente larvada durante meses, una de las mejores películas de 2023: Los que se quedan de Alexander Payne.

El título alude a los estudiantes que, por diferentes razones, se deben quedar durante Navidad en un colegio privado, entre los que destaca dramáticamente Angus Tully (Dominic Sessa). Además, al que le toca pringar como tutor durante esos días es al profesor de historia antigua (Séneca, Demóstenes, la guerra del Peloponeso, esas cosas), Paul Hunham. Lo encarna Paul Giamatti. Es él quien dice muy al final, la frasecita del pene y el cáncer con las consecuencias que tiene decírselo a un director de colegio privado en los años 70. Ya se sabe que la diplomacia es la manera de decirse mentiras para encubrir la verdad, mientras que Hunham acaba rebelándose con la verdad sin enmascararla bajo el manto de la cortesía diplomática.

El trío, porque esta película está conformada geométricamente por un triángulo, lo forma una cocinera negra (lo digo porque es importante) llamada Mary Lamb.

Cada uno de ellos arrastra una pesada carga, unas carencias que el guion irá poco a poco desvelando y que usando un latinismo se concreta en Omnia vincit Amor, que creo que no hay necesidad de traducir.

Por eso Orutra y yo nos llevamos bien: somos creyentes acérrimos de la frase del poeta romano Virgilio. Y, sobre todo, de su continuación, Omnia vincit Amor, et nos cedamus Amor.

El amor todo lo vence, y nosotros cedamos al amor

La secuencia cumbre de la película de Payne sucede a la hora de metraje. El joven estudiante, el profesor y la cocinera del colegio son invitados por Nochebuena a pasar  por casa de una compañera que trabaja en el colegio y que organiza una fiesta. Y allí tiene lugar uno de los momentos más emotivos que hacía tiempo no sentía. Payne y su guionista entrelazan las carencias de los tres personajes en una admirable secuencia de diez minutos. El guion es sublime, porque combina el drama con la sutileza del humor. Tiene frases memorables pero que están bien imbricadas, sin caer en la pedantería, lo artificioso o el relleno. Y no cae en ello porque los personajes huelen, saben y se ven auténticos. Vamos, de carne y hueso hecho celuloide o como estén fabricados ahora los sueños-historias de cine.

Payne los dirige con sabia comprensión de los personajes, haciendo que cada gesto, cada frase, cada mirada, cada sonrisa estén labrados como si Payne fuera un orfebre esculpiendo sobre los actores: Angus tiene un plano en el automóvil de regreso al colegio tras haber visto a su padre que vale oro; el profesor Paul destila rigidez académica, profesionalidad en cada actuación y, sobre todo, un hambre de cariño y una amargura -el plano en el que descubre un hecho que le decepciona en la fiesta es oro puro- que la entierra en la bebida; por último, y no necesariamente en este orden, la cocinera Lamb trata de distraerse y ahuyentar el dolor del duelo por su hijo viendo la televisión, encubriendo ese corazón bañado en la pena. El que vea la película podrá descubrir el gesto de Lamb en casa de su hermana embarazada en el que desenvuelve y extrae la ropa de bebé, que (tal vez) perteneció a su hijo. Ellas se funden en un abrazo y nosotros queremos también abrazarlas porque compartimos ese sentimiento que es de adiós al pasado y de bienvenida al futuro: muerte y vida.

—¿Por qué le has llamado cáncer de pene con forma humana? — le pregunto a Orutra en el bar.

—Porque me decía que consideraba al mundo un lugar amargo y complicado. Y que le parecía que el mundo también pensaba lo mismo de él.

—Amargo y complicado.

—¿Qué quieres tomar? —Orutra siempre me invitaba—. ¿Una Miller High Life?

—¿Qué es eso?

—El champán de las cervezas —, y se ríe aunque no sé de qué.

—Prefiero una Leffe Brune, la cerveza que me descubriste.

Ahora sé que aludía a un momento de la película: cuando el joven pupilo quiere ser ya mayor bebiendo alcohol. 

Cuando eres joven, tienes toda una vida para aprender, para descubrir, sin dejar hueco al aburrimiento (o también), que para entender el presente hay que saber del pasado. Y eso es lo estimulante. Ya de mayor, a uno le queda pensar que el mundo es un lugar amargo y muy complicado. Sobre todo cuando no tienes amigos, no tienes el amor de unos padres, que te abandonan en un internado, o has perdido el cariño de un hijo trágicamente entregado a la patria por razones bélicas.

Me quedo pensando delante de la Leffe Brune que me trae la camarera Cecilia. Y tras darle un sorbo, le miro al ojo derecho de Orutra y le digo:

—Te he traído un regalo.

—De veras, no tenías que haberte molestado, chavalín —, me lo dice de verdad. De hecho, Orutra comparte, ahora lo puedo decir, la autenticidad del profesor Paul.

—Sí, es un libro, Meditaciones de Marco Aurelio. Para mí es como la Biblia, el Corán o la Bhagavadgītā, todos en uno.

Orutra se sonríe para sus adentros. Y me dice mirándome a los dos ojos:

—Lo leeré con mucho interés entonces.

—¡No sabes las cosas hermosas que se pueden encontrar en una librería!

—¿Caramelitos?

—Sí, caramelitos... también —. Y le doy otro trago a la Leffe sin comprender muy bien.

Una vez acabado los tragos, me despido de mi buen amigo Orutra diciéndole:

—Nos vemos.

—Nos vemos, sí.


Ahora que lo pienso me gustan las películas en las que hay una serie de ingredientes: la importancia de los libros, de la presencia de cines, librerías, de la amistad, de la ausencia de cariño, de la búsqueda del amor, de la presencia de perdedores, de personajes antagónicos que se compenetran, la nostalgia por Navidad, la lluvia o la nieve... y todo ello revestido con una cierta capa de humor de sonrisa. Casualmente lo tiene Los que se quedan. Y por eso me gusta.


El profesor Paul Hunham tratando de encontrar un caramelito en un libro.


domingo, 23 de junio de 2024

Historia de un beso

La SEMINCI se hace un "lifting" de labios a sus 69 años


Presentación de la nueva imagen de la 69ª Seminci 2024. A la derecha su director, José Luis Cienfuegos en su segundo año al mando.


¿Se acuerdan del dicho renovarse o morir? Dicen que se atribuye al filósofo y escritor vasco Miguel de Unamuno la frase de que el progreso consiste en renovarse, que luego dio pie al pueblo, ese soberano ente sabio en ocasiones, para hacerlo suyo y dejarlo en este mencionado refrán. 

El actual director del Festival Internacional de Cine de Valladolid, José Luis Cienfuegos, ha creído conveniente en su segundo año de mandato que había que renovarse empezando por la imagen del certamen. Bueno, ya se empezó en la selección oficial de 2023 otorgándole a Laura Ferrés la Espiga de Oro con una película a la que no han ido a ver ni 3.000 espectadores desde su estreno.

Toda marca, toda institución que se precie, toda organización necesita un logo visual. Y la de Valladolid son unos labios de color carmín. Pues este año lucirá una queiloplastia realizada por la agencia de diseño y creatividad gráfica PobrelaVaca Studio (todo seguido), con sede en Zaratán (Valladolid) y fundada por Ana María Hernández y Félix Rodríguez (Mr. Zé). Si teclean en Google cuánto cuesta un retoque o hinchado de labios, el precio oscila entre 1.500 a 3.000 euros. Lo que no ha trascendido, al menos no ha llegado a mí, es la pasta pública que ha costado este retoque de imagen del Festival.

 

Manuel Sierra, el pintor artífice.

 

El beso del celuloide, logotipo de estética pop diseñado por el pintor Manuel Sierra en 1984 por encargo del director Fernando Lara, supuso en su momento un cambio radical en la imagen del festival, rompiendo con su imagen conservadora.

 

Primer cartel con los labios que besan al cine. 1984

 

Es cierto que tanto el icono de los labios como el acrónimo SEMINCI forman una marca con un valor consolidado por el tiempo y que está muy vinculado al festival y a la ciudad. Lo que no me convence es su justificación, la necesidad de un proceso de renovación basado en mejorar la identidad, no en cambiarla, como afirman desde el comunicado de prensa a los medios. ¿Había necesidad de hacerlo?

Como informa la SEMINCI, esta imagen, aunque revisada en 2015, necesitaba una actualización tras 40 años y, para ello, la actual dirección del festival puso en marcha un proceso de selección a través de concurso por invitación al que han sido convocadas tres empresas de Castilla y León de la Asociación DIME, Diseño de la Meseta. La propuesta ganadora, realizada por PobrelaVaca Studio, incluye además la imagen oficial de la próxima 69ª edición. Esto ha provocado que no se haya celebrado el habitual concurso de carteles abierto al público desde al año 2009 cuando regía el certamen Javier Angulo. 

 

 

Cartel Seminci 2024
Simplicidad, modernización y versatilidad: claves del nuevo diseño y el cartel de este año


La propuesta de PobrelaVaca Studio para la nueva identidad visual de SEMINCI se basa en los conceptos de simplicidad, modernización y versatilidad, y se sostiene sobre dos pilares. El primero de ellos el respeto por la obra anterior y su significado, ese beso al cine que hace ya 40 años Manolo Sierra hizo y que, para los que han asistido y vivido el certamen, se ha convertido en un referente querido y hecho propio. Ahora ese beso se refuerza (?) con una identidad adaptada a los tiempos y formatos, a lo digital. Mi primera reacción al verlo es que yo no beso esos labios ni de coña. El cine es algo carnal, no me gusta besar a un cyborg. ¿Recuerdan el beso a ajos entre Deckard (Harrison Ford) y Rachael (Sean Young) en Blade Runner? Pues lo mismo me sugiere. 

En la red X se escribía de todo menos bonito:

  1. Si frunces el ceño muy fuerte, ves unos labios.

  2. No me gusta, me quedo con los labios de siempre.

  3. ¿En serio? ¿Hacía falta cambiar unos labios naturales por unos operados?

  4. Parece una dentadura postiza.

  5. Otro Eccehomo.

 

El segundo pilar ha sido la creación de una tipografía propia -SEMINCI Sans-, se han hermanado los laureles del Festival, formados por dos ramas de cinco hojas, con los cinco girones ondulados que ocupan el centro del escudo de la ciudad, y se ha optado por una nomenclatura internacional que aúna los idiomas español e inglés.

Todo esto me recuerda una gran verdad que oí en El secreto de sus ojos cuando trataban de descubrir al asesino: El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión... pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín, no puede cambiar de pasión. Y los labios de Manolo Sierra eran mi pasión. Y eso, como los muertos, no se toca, nene.


Evolución de la identidad visual de SEMINCI

 

 

1984. 'El beso del celuloide', cartel diseñado por el pintor Manuel Sierra para la 29 edición por encargo del director de Seminci Fernando Lara, que se empieza a usar como logotipo del festival a partir de la 30 edición.

 

 

 

 

2005. Diseño especial del logotipo del festival con motivo de la 50 edición de Seminci, con Juan Carlos Frugone como director.

 

 

 

 

2010. Daza Diseño & Comunicación rediseña el logotipo por encargo del director Javier Angulo: se incorpora la tipografía, se retoca el diseño de los labios y se elimina el fotograma que los enmarca. En 2014 se añade el lema "Cine de autor" al logotipo.

 

 

2015. Diseño especial para la 60 edición de Seminci.

 

 

 

 

2024. Nueva identidad gráfica de Seminci, creada por PobrelaVaca Studio por encargo del nuevo equipo de dirección, encabezado por José Luis Cienfuegos.

 

domingo, 16 de junio de 2024

Prohibido Smoke

Paul Auster, además de literato, también quiso probar a ser director de cine



 

El pasado 30 de abril de 2024 fallecía el escritor norteamericano Paul Auster. Cuando las bajas en esta guerra, que es la vida, empiezan a ser ingentes, ya no te afectan tanto: sólo quieres que la bomba no te caiga encima... o que te caiga cuanto antes. El ser humano es así: una copa, gusta; tres emborracha, con seis, empiezas a decir tonterías y a la décima empiezas a escuchar tonterías al beodo de tu médico de cabecera al oírle decir que tienes un problema con el alcohol.

¿Tendría que haberme afectado su muerte? Pues aunque no tuve trato directo con él, Auster ha estado en mi vida. Así que debería haberme provocado algo. Bueno, el hecho de que esté escribiendo sobre él de algún modo indica que su muerte ha provocado en mí una reacción. Más bien han aflorado en mí los recuerdos que tengo sobre el fallecido en Nueva York.

En primer lugar, he leído sus obras. Y no me acuerdo de nada. ¿De nada? "Nothing at all", que dirían los ingleses. Como tengo la (¿fea?) costumbre de subrayar los libros, pues ahí que voy en busca de algo que pueda ser interesante para este artículo. Ahora rememoro que leí "Un hombre en la oscuridad" en 2010. Lo sé a ciencia cierta porque tengo el hábito, tardío, de indicar la fecha de inicio de la lectura en el libro: 14 de febrero de 2010. Fue la prescripción de mi amigo Harry Lime al ver que yo pasaba por una depresión fruto de un ruptura sentimental: 

—Toma —me dijo—, te identificarás con uno de los personajes, Owen Brick, un joven mago que despierta en el fondo de un foso de paredes muy lisas y que no puede escalar. 

¿Así me veía? Intuyo que sí.

Por alguna razón que no recuerdo, la primera mitad del libro no está subrayada, salvo dos o tres apuntes. Y creo que fue retrospectivo, es decir, empezaría a leer el libro que me dejó Harry Lime y, luego, al comprármelo subrayaría aquellas partes ya leídas en el de mi propiedad. Un libro sin máculas de tinta es como una persona que no ha vivido. Las cicatrices de la vida en uno son los subrayados a un libro. Ahora que lo pienso, veo con claridad que también era una recomendación cinéfila, pues en el libro se mencionan cuatro películas, que, ¡cómo no!, están resaltadas a lápiz: La gran ilusión, Ladrón de bicicletas, El mundo de Apu y, más adelante, Cuentos de Tokio

Uno de los personajes de la novela, Katya, hace un reflexión interesante sobre lo importante que son los objetos inanimados como medio de expresar emociones humanas. Y rememora las primeras escenas de Ladrón de bicicletas. El protagonista, encarnado por un obrero llamado Lamberto Maggiorani sin experiencia actoral, encuentra trabajo en la Italia de la postguerra, pero para llevarlo a cabo necesita desempeñar su bicicleta. 

 

"Se va a casa sintiendo lástima de sí mismo. Y allí está su mujer, en la calle, cargando con dos pesados cubos de agua. Toda su pobreza, todos los esfuerzos de esa mujer y su familia están contenidos en esos cubos. El marido está tan enfrascado en sus propios problemas, que ni se molesta en ayudarla hasta que casi están dentro de la casa. E incluso entonces, sólo le coge un cubo, dejando que ella cargue con el otro. Todo lo que nos hace falta saber sobre su matrimonio se nos muestra en esos pocos segundos. Luego suben las escaleras hasta su piso, y a la mujer se le ocurre la idea de empeñar la ropa de cama para recuperar la bicicleta. Recuerda la violencia con que da una patada al cubo en la cocina, la agresividad con que abre el cajón de la mesa. Objetos inanimados, emociones humanas. Luego pasamos a la casa de empeños, que no es una casa, realmente, sino un sitio enorme, una especia de almacén de objetos superfluos. La mujer vende las sábanas, y seguidamente vemos a uno de los empleados que lleva el pequeño paquete a los estantes donde se depositan los artículos empeñados. Al principio, las estanterías no parecen muy altas, pero entonces la cámara retrocede, y mientras el empleado empieza a subir, vemos que se alargan hacia arriba cada vez más, hasta llegar al techo, y cada estante y casillero rebosa de paquetes idénticos al que ahora está guardando, y de pronto parece que todas las familias de Roma han vendido la ropa de cama, que toda la ciudad se encuentra en la misma situación de miseria que el protagonista y su mujer (...). En una sola toma se nos ofrece el retrato de toda una sociedad que vive al borde del desastre".

 

 


En aquel momento de lectura creía entrever las sábanas donde había yacido con mi ex junto a la de todo el vecindario de Roma. Y el hecho es que yo ya no podría desempeñarlas

La idea de concentrar emociones humanas en un objeto es fascinante. Emoción y objeto inanimado son antagónicos, pero cuando en el cine cargamos de emoción un objeto estamos ante un milagro. Recuerdo el plano del trineo de la infancia de Charles Foster Kane cuando va a ser pasto de las llamas como un ejemplo perfecto.


Auster y el cine

Auster quiso probar suerte en el cine, primero como guionista y luego como director. No la tuvo o, tal vez, no tuviera el talento suficiente para la escritura fílmica (tanto de guion como de dirección). En el rol de director, su trayectoria fue decreciendo en éxito: codirigió Blue in the face (1995) y emprendió en solitario Lulú on the Bridge (1998) y La vida interior de Martín Frost (2007). Esta última fue su epitafio prácticamente en el escarceo con el cine. Recuerdo que la presentó en el Zinemaldia en la Sección Oficial fuera de concurso. Auster había recibido el premio Príncipe de Asturias de las Letras el año anterior. Supongo que la organización del Festival de San Sebastián tendría bastante más fácil por entonces que Auster viniera con su película debajo del brazo ofreciéndole, además, la presidencia del jurado. Tal vez ningún otro festival la quisiera. Y pa Donostia. Algo muy habitual como sucede en el asunto del cortejo: si no me quieres tú, guapa, ya habrá otra (más fea). 

El ostión que se llevó en el pase de prensa y, supongo, la frialdad con que sería recibida por el público en el Kursaal hizo que la tensión en la rueda de prensa se cortara con cuchillo al percibir que La vida interior... había pinchado en hueso. A mí me produjo bochorno y aburrimiento el resultado. En la revista Dirigido por... señalaban que "para los que gustan del buen cine, sea del tipo que sea, apenas deja huella". Supongo que la decepción fue tal que ya no se puso detrás de una cámara de cine. Abandonó.

Por último, quiero rememorar otra ligazón con el escritor de Nueva Jersey, fruto de haber visto Smoke (1995) de Wayne Wang y cuyo guion era de Auster. En ella se cuenta la historia de Auggie Wren (Harvey Keitel) que regenta un estanco. Allí acuden numerosos clientes, algunos de los cuales le confían sus problemas. En un momento dado, Wren cuenta una interesante historia de cómo consiguió su cámara fotográfica y de por qué se decidió a elaborar su singular colección de fotografías. Un buen día, se la muestra a Paul Benjamin, escritor que atraviesa una crisis. Mientras Benjamin pasa el álbum de fotos le comenta:

—Son todas iguales.

—Así es. Más de cuatro mil fotografías del mismo sitio —responde el estanquero—. La esquina de la Tercera con la Séptima Avenida a las ocho de la mañana. Cuatro mil días seguidos con toda clase de clima. Por eso no me voy nunca de vacaciones. Tengo que estar todas las mañanas en mi sitio a la misma hora —añade.

—Nunca he visto nada parecido —responde Benjamin sorprendido.

—Es mi proyecto. Lo puedes llamar el trabajo de mi vida.

—Es increíble. ¿Qué fue lo que te dio la idea de hacer este... proyecto? —le pregunta curioso el escritor.

—No lo sé. Es mi esquina, donde suceden cosas como en cualquier otro sitio —le responde Wren.

El escritor sigue pasando páginas del álbum y cuando acaba, el estanquero le pasa otro más. Pasa las páginas deprisa.

—Nunca lo entenderás si no vas más despacio, amigo mío —le comenta Wren —. Apenas las miras.

—Pero... son todas iguales —replica Benjamin.

—Son todas iguales pero cada una es diferente de todas las demás. Tienes tus mañanas soleadas, tus mañanas oscuras. Tienes tu luz de verano y tu luz de otoño.

Y entonces dejamos de ver a los dos conversar en la cocina mientras fuman y pasamos a una serie de instantáneas fotográficas realizadas desde la esquina del estanco de Wren. Es el mismo angular y la misma posición de cámara. También el escenario de fondo, la esquina de una edificio de dos plantas de ladrillo, no cambia, así como la farola en el margen izquierdo. Un piano suena mientras vemos pasar un día, otro día y otro ante nuestros ojos: siempre iguales, siempre diferentes.

Los ojos de Benjamin recorren entonces más morosamente el contenido de las fotografías. Descubre de pronto que en una de ellas está su mujer, Ellen, que años atrás fue abatida en un tiroteo. Wren añade: 

—Sí, es ella. Está en unas cuantas de ese año.

La escena se cierra con la foto y la cámara aproximándose a Ellen con un paraguas en plano medio. 

Yo desde entonces cada vez que paso al lado de la señal de Stop que hay cerca de mi casa, de camino al trabajo, suelo hacer lo siguiente, pues es mi "esquina del estanco":

 

 
















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