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viernes, 31 de octubre de 2025

Seminci 2025: 7ª jornada

Cuando la motosierra de Milei agudiza el ingenio del cine argentino y un documental sobre el Vesubio me hipnotiza



Ramiro Sonzini (izq.) y Ezequiel Salinas directores argentinos de La noche está marchándose ya


Les confieso que a estas alturas de la función, cinematográfica claro, el que esto escribe ya da síntomas de agotamiento. Uno va con el piloto automático y le cuesta saborear los platos del restaurante Colombo o lograr placer de las imágenes y sonidos en pantalla. Esto es fruto de la sobredosis. Bien es verdad que cuando encuentra alguna pepita de oro inesperada, bien en el Pisuerga bien en el Esgueva, uno sale del teatro Calderon como si hubiera rejuvenecido unos años. Así es la magia de esta droga llamada cine.

Esto ha ocurrido con la única propuesta argentina de la Sección Oficial de la Seminci. Su título procede de una canción de José Luis Perales -si hubiera nacido en Nueva Jersey y se llamara Frank Sinatra habría sido Dios, pero esa es otra canción-. Volvamos al cine. Como iba diciendo el título procede de un fragmento de la canción llamada «¿Qué pasará mañana?».  Y dice así:

Yo te diré, temblando la voz. El tiempo va deprisa y ese día que soñamos, vendrá. Apaga la luz. La noche está marchándose ya. 

La noche está marchándose ya es un filme rabiosamente político y metafórico. Habla del desmantelamiento de la cultura que está ejerciendo el presidente Javier Milei fruto de la crisis económica que llevaba el país. La historia simbólica transcurre en un cine de la ciudad de Córdoba. La situación de crisis lleva a que uno de los dos proyeccionistas, llamado Pelu, con que cuenta el cineclub deba pasar a labores de vigilante nocturno. Su vida se tuerce cuando apenas con su sueldo puede pagar el alquiler del piso donde habita y decide cobijarse en el cine transformándose en su hogar. Por allí irán siendo acogidos por Pelu los mendigos y desheredados de las calles de Córdoba. 

La cinta está rodada en blanco y negro, más por razones presupuestarias que de índole expresivo según cuentan sus realizadores Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini en rueda de prensa. Pero qué quieren que les diga esa textura granulada le va muy bien a esta fina, ingeniosa y acertada ficción política. Salinas y Sonzini juegan con el tropo alegórico de lo que pasa en el cineclub municipal para hablar de la situación actual de la cultura argentina y la motosierra de Milei. Me quedé con las ganas de preguntar para cuándo harán otra sobre cómo han llegado los argentinos, el país más culto de toda Hispanoamérica, a esa situación. Seguro que les sale un díptico maravilloso. Pero me temo que ustedes ni yo lo veremos desgraciadamente. No me extraña que Salinas y Sonzini dijeran en la rueda de prensa en el Salón de los Espejos que desde que entró el gobierno de Milei muchos del mundo del cine han tenido que buscarse otros trabajos y que ellos llevaban tiempo sin poder trabajar en el cine. Pues los hechos les desmienten por fortuna: acaban  de rodar una muy interesante película que auguró tendrá un exitoso recorrido. 



La foto superior está hecha en un momento preciso: al paso de José Luis Cienfuegos, director de la Seminci por en frente de la tienda. Tenía la ilusión de que si se ampliase la imagen, la figura de él apareciese en un reflejo al fondo, vagamente difusa. No será así pues una cosa es la pretensión del artista y otra el resultado final (decepcionante en este caso). Sin embargo, si la amplían un poco podrán descubrir al fotógrafo junto al osito de pajarita naranja. 

La Casa Brígida es una pequeña tienda situada en la calle Platerías, número 2 de Valladolid (una de las calles más antiguas de España). Desde 1995 lleva funcionando, aunque curiosamente al entrar uno parece que se ha retrotraído en el tiempo. Suelo comprar cada año que vengo al festival un panetón (panettone en italiano) para visitar a la familia. El panetón es un bollo navideño de origen italiano, de consistencia esponjosa (como tocar unas tetas blanditas) y en forma de cúpula, generalmente relleno de pasas (los pezoncillos de los pechos) y frutas confitadas.

Todo este preámbulo de carácter arqueológico-fotográfico me ha llevado a Italia. En concreto al Vesubio y a Nápoles gracias al documental de Gianfranco Rosi titulado Below The Clouds (Bajo las nubes). Es de lo mejor que veré en esta edición. Está filmado en un bellísimo blanco y negro con una amplia gama de grises. Y con una edición de sonido que contemplar las diferentes líneas de composición narrativa es toda una gozosa experiencia. 

Como la verán muy poquitos, me gustaría, por si logro que ensaliven como si fuera un dulce panetón, contarles uno de los ejes de construcción. Rosi muestra a lo largo de sus 115 minutos una sala de cine antigua (de esas cuyos asientos son de madera y el culo se mortifica como Cristo en la Cruz) y vamos viendo fragmentos diversos de películas sobre el Vesubio, entre otras de Te querré siempre de Roberto Rossellini con la famosa secuencia de excavación arqueológica donde Ingrid Bergman y George Sanders ven el hallazgo de una pareja de enamorados carbonizados y fosilizados.

 La idea básica de Below the Clouds es un intento de descubrir la ciudad que rodea al Vesubio desde varios puntos de vista: los tesoros expoliados que había en la ciudad enterrada por la lava, las llamadas de emergencia de la población civil por las sacudidas por temblores de tierra, la descarga de grano de trigo en el puerto procedente de la Ucrania en guerra con paralelismos visuales a la lava del volcán… En ultimo instante, Rosi deja de mostrarnos las diversas proyecciones desde diferentes butacas de la sala de cine para transformarla, es un decir, en un lugar abandonado por la crisis del negocio, con el proyector envejecido, apagado y congelado por la destrucción  del tiempo. El tiempo que destruye y conserva a su vez la memoria de un pueblo como el napolitano, cuna de Paolo Sorrentino. 

Gianfranco Rosi no olvida el bullir de la gente, centrándose en un viejo profesor que da clases particulares en esos locales llenos de libros viejos y reliquias con amplias mesas. Mientras corrige los ejercicios de sus alumnos, le vemos leer Los Miserables de Víctor Hugo. Un joven le pregunta que en cuánto tiempo se lo ha leído. El maestro le responde que en diez días. A lo que el chaval, que suele ver recetas de comida en aplicaciones de móvil, le responde: “Pues aunque tuviera menos páginas, no acabaría por leerlo”. Si las generaciones jóvenes no se preocupan por aprender el pasado, solo nos queda una turbia neblina que, como ocurre con el final del documental, borre cualquier atisbo de escultura romana o griega que atesora Nápoles. No hará falta que el Vesubio resurja para cubrirlo todo. Para eso se encarga la ignorancia.


Gael Garcia Bernal interpretando, es un decir, a Magallanes 


Mira que el día brillaba como si estuviéramos en Cádiz. Pues tuvieron que venir las nubes que amenazaron tormenta. Creo que ha sido la única vez que he escuchado pataleo esta edición. Ha tenido que ser en el teatro Cervantes tras dos horas y cuarenta minutos que nos ha enjaretado un director portugués, Lav Díaz, del que no tenía el gusto de conocerle -y menos que voy a tener a partir de ahora-. Nos propone una visión muy particular y espesa de la figura de Fernando de Magallanes. El estilo que ha embaucado a Cannes y ahora a la Seminci consiste en contarnos (?) la peripecia de su pretensión de circunnavegar el mundo en busca de rutas más seguras para la Corona portuguesa y, tras el desprecio mostrado por el rey de Portugal, ofrecérselo a la Corona de Castilla. Son planos secuencias de duran una eternidad, lo mismo que duró su viaje hasta que la palmó en Cebú, una de las islas de Filipinas. Lo encarna Gael García Bernal. Supongo que era la única manera de sacar la pasta, de entre otros cándidos productores, de RTVE. 

Como va de progre, pues tenemos toda la argumentación de la agenda revisionista del Descubrimiento de América: los conquistadores malos, imponiendo su fe a los indígenas, estos tampoco se libran mostrándolos machistas con las mujeres (una joven le alerta de los peligros de los extranjeros llegados a la isla y el jefe le contesta que no se meta en asuntos de hombres), la Corona portuguesa ambiciosa y sin importarle las nefastas masacres de la población al intentar expoliar las riquezas, matanzas por doquier…

No le negaré a Lav Díaz un estilo propio, pero es tan plomizo que llega un momento en que piensas: ¿qué necesidad hay de alargar cada plano al medio minuto? Pues tal vez Díaz se  crea que en lugar de una película esté rodando frescos pictóricos porque abundan los planos secuencia en donde el estatismo es frecuente. No rueda, por ejemplo, escenas de violencia que serían algo dinámico, sino sus resultados: cadáveres desparramados por las aldeas indígenas o por las costa de los mares. 

Leo en el folleto que «el Festival de Cannes acogió el estreno de esta película colosal que recoge el testigo de obras como Aguirre, la cólera de Dios o Apocalypse Now, para acercarse a lo cotidiano como verdadero repositorio de los misterios de la Historia».

Me comentan que detrás del proyecto está Albert Serra en la labor de producción y hay que destacar -nobleza obliga- la hipnótica fotografía de Artur Tort (Pacifiction, Tardes de soledad), para aproximarse a «uno de los episodios cruciales de la conquista de Filipinas en el que la geopolítica se revela inseparable de las pasiones humanas». Uno pasión, pasión en la interpretación de Gael Garcia Bernal interpretando a Magallanes no he notado precisamente. Hasta me costó reconocerlo pues los primeros planos si los hay yo no los vi.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Seminci 2025: 6ª jornada

Cuando la vaca de la Seminci no da más leche (de la buena)







No sé si desde el comité de selección de la Seminci creen que los espectadores somos de goma, que podemos tragarnos cualquier cosa, sin sentir la dureza de los asientos diseñados para espectáculos que no suelen superar la hora y media. El próximo año he decidido que vendré con sonda o conejo porque si los autores siguen rodando películas de más de dos horas y no me gustan lanzaré el contenido de mis efluvios a la pantalla. Que me arresten. Así tendré que contar experiencias carcelarias de las que se nutre el arte y la literatura.

A Kristen Stewart la recuerdo por su participación en Crepúsculo que le daría la suficiente pasta como para producir y dirigir esta su primera película: La cronología del agua. Su rostro ya me infunde esa prejuiciosa convicción de que si rodase algo, no sería lineal ni claro ni apto para el hueco de la tarde de A3 para sus telefilmes burgueses. Va sobre abusos sexuales. Me temo que habrá más en la selección -esta mañana se presentaba en rueda de prensa otra más con el agua de por medio titulada Cuando el río se convierte en mar.
 
La cronología del agua -¡vaya título!- está basada en un best seller -así lo indica el folleto del festival- autobiográfico de la ex nadadora Lidia Yuknavitch. Tras el ver el filme, a uno no le entran ganas de devorar el libro por muy bien escrito que esté. 
Stewart se puede gastar el dinero en lo que le dé la gana, pero me temo que, al realizar La cronología del agua, en quien menos ha pensado es en el espectador. La vida de Lidia ha sido devorada por el pederasta de su padre, hombre con buena planta, gafas de los años sesenta que inspira seducción y confianza pero que es un depredador en la noche (más bien de día) dentro de la familia. 
El problema y el acierto -disculpen el oxímoron- es que Kristen Stewart quiere reflejar con planos breves, escenas rápidas y saltos temporales las mente torturada de Lidia. Retrata bien las diferentes adicciones, excesos y búsqueda de salvación de una mujer que solo encuentra en la escritura una manera de salir de su cuerpo, que no de su mente torturada por el dolor. No seré yo quien eche por la borda la labor de la directora, pero la experiencia de ver este resultado te deja como la protagonista: con ganas de huir, ella de su figura paterna; nosotros del patio de Calderón. Convencido de que pilla premio en el palmarés.


Teatro Zorrilla, sede de la Seminci


De Alemania nos viene Mirrors No. 3 de Christian Petzold que hace películas que se ven pero no dejan huella. Esta es otra más. Su estilo es una escritura cinematográfica tan roma y pedestre que no logra cautivarme en casi ninguna escena. Parte de un arranque que se me hace inverosímil, forzado, todo para contar después algo que me convence un poco más: la aparición de una mujer, Laura, que acaba de tener un accidente de automóvil en el que su novio ha fallecido, se ve alojada en la casa de campo donde vive Betty, una misteriosa y extraña mujer. Sin saberlo ella, Laura ocupará el hueco dejado por un ser querido en la vida detenida de Betty. Lo mejor es que dura menos de 90 minutos. Les recomendaría En la habitación de Todd Field o La habitación del hijo de Nani Moretti, de temática similar y mayor calidad.

La tarde nos ofreció la última de la Sección Oficial: la china Vivir la tierra. No me resisto a citar textualmente cómo te venden la moto de una cinta que me ha clavado puñales en los ojos, provocado alteraciones acústicas en los oídos al oír las voces de los intérpretes o sudoraciones previas al desmayo al ver cómo movía y encuadraba la cámara el director Hugo Meng (¡¡¡Mejor Director en Berlín!!!). La película «nos invita al corazón del paisaje rural de la provincia de Henan a través de los ojos inocentes de Chuang, un niño de 10 años que debe quedarse con en su aldea mientras sus padres parten en busca de un futuro mejor. La cámara retrata con ternura la fuerza silenciosa de una familia que resiste, arraigada a una tierra milenaria que comienza a transformarse bajo el peso de la modernización». 
El papel lo aguanta todo. Mis ojos, en cambio, han visto una sucesión de escenas cotidianas sin la mayor vertebración, ni interés y contempladas desde planos generales alejadísimos de los personajes como si estuviera dando testimonio de hechos etnográficos (rituales funerarios, bodas, recogida de siembra, relaciones familiares…). Lo mío ha sido una experiencia de lo más dolorosamente aburrida que he tenido este año en la Seminci. Y encima le darán premio. Mi satisfacción será comprobar que no la verá ni Dios por mucha distinción que le den. Nota: pocos se han marchado de la sala de Cervantes (sala de tortura) antes de acabar. 



Seminci 2025: 5ª jornada

Nacimientos, violaciones, árboles centenarios y el teatro como espacio de verdad y resistencia, protagonistas de la Seminci



Jean-Pierre y Pierre Dardenne presentando ‘Recién nacidas’ 


En la cafetería El Minuto constato ya una doble realidad: la primera es que ya nadie apenas lee el periódico en papel; la segunda es que muchos espectadores que asisten a las sesiones matinales de la Seminci son jubilados que han tenido en el pasado una afición al cine. El día en que mueran, los sucesores de Cienfuegos, director del festival, lo van a tener jodido para llenar el Teatro Calderón, sede principal del certamen.

La jornada de hoy martes arrancó con Recién nacidas de los hermanos Dardenne, Jean-Luc y Pierre. Los belgas, desde que los descubrí en esa peliculita que ganó la Palma de Oro titulada Rosetta, arrebatándosela a El verano de Kikujiro, tienen dos cualidades: siempre hacen cine social y siempre ruedan cámara en mano pegada al personaje. En este caso siguen con su mismo estilo. Recogen en Recién nacidas el caso de tres muchachas en torno a esa edad en que tener un hijo puede truncar la vida de cualquiera porque o bien no has acabado los estudios de instituto, o bien no existe el apoyo familiar o bien no sabes por donde te pega el aire de la vida con sus colmillos. Los tres personajes con o a punto de tener bebés son un muestrario de los casos que se pueden dar: una de las muchachas quiere conocer a la que fue su madre que la abandonó para no repetir la misma historia con su bebé; la segunda sufre el abandono de su novio aunque ella esté colada por él; y la tercera quiere dar en adopción a su hijo debido a que su hogar es un infierno. 

Los Dardenne adoptan un tono moderadamente dramático y con unas resoluciones que son esperanzadoras, pues quieren mostrar historias reconfortantes para el espectador. Eso hace que se vea Recién nacidos con agrado, no aburra y se tome conciencia -para eso se inscribe en el cine social con toques a lo Frank Capra- de que echar un polvo sin protección tiene consecuencias para toda la vida: se llama asumir la responsabilidad  de los actos de uno. 

Sorry, Baby es la segunda propuesta de la Sección Oficial. Es la ópera prima de Eva Víctor que ha aprobado con nota. El tema no sale a relucir hasta bien avanzado la primera mitad, lo que hace que no sepas muy bien si los chistecillos entre dos mujeres jóvenes, una profesora de literatura de la universidad de Nueva Inglaterra y la otra su antigua compañera, sobre tirarse a los tíos, el tamaño del pene y otras banalidades del mundo femenino -que hicieron reír a algunas espectadoras del patio de butacas-era comedia o drama. Pero claro estamos en los tiempos en que estamos. Así que no debía ausentarse el asunto de los abusos y de cómo se recupera uno de ellos. La originalidad está en que transcurre por cauces distintos a los vistos en otros filmes de parecida temática. 

La actuación de la propia directora Eva Víctor, que además es guionista con partes autobiográficas, tiene mucho mérito. Así que no descartemos que esté presente en el palmarés. 



La mayor rareza vista en esta edición hasta ahora ha sido Silent Friend de otra directora llamada Ildikó Enyedi que provocó bostezos y alguna que otra siestecilla en el patio de butacas. Los 147 minutos sobre tres historias con leve argumento en tres épocas distintas del siglo XX se me antojan excesivas. Estamos en un jardín botánico de una ciudad alemana. Ahí se encuentra un árbol bicentenario del que no había hablar jamás: un ginkgo biloba. En torno a él tienen lugar tres historias de interés desigualmente conseguido. Supongo que Enyedi un buen día se preguntaría si las plantas reaccionan ante los estímulos del ambiente, cuál es su sensibilidad ante el mundo. Hay una escena en que Tony Leung, que interpreta a un neurólogo, explica en un aula que estudia cómo perciben el mundo los bebés antes de hablar. Como no puede obtener respuesta de ellos, no le quedan más remedio que observar las respuestas neuronales de sus cerebros. Afirma en la clase que la ciencia solo puede abundar en hipótesis para explicar mediante metáforas el funcionamiento de la naturaleza. Y en eso se embarca Ildikó Enyedi con un resultado no del todo convincente, aburrido en muchos momentos. Creo que en la película abundan en demasía planos donde el elemento floral está omnipresente y, en ocasiones, de manera innecesaria para el fluir de la narración. 


El director italiano tras la presentación de Duse en el teatro Carrión 


La propuesta del italiano Pietro Marcello titulada Duse me parece loable, pero fallida en general. Aborda la figura de la actriz de teatro italiano Eleonora Duse de principios del XX, interpretada por Valeria Bruni-Tedeschi, que en momentos me parece histriónica. Tiene dos líneas argumentales que, lejos de retroalimentarse, van en paralelo: la vida teatral de Duse en sus últimos años como lucha contra el dolor del pueblo y contra el conflicto mundial de la I GM; y la descripción de la vida familiar, en la que su hija (buena actuación de Noemí Merlant) le demanda una atención y un cariño que nunca logrará de su madre.

 Por último, Marcello también aborda el contexto histórico, pero en mi opinión de un modo que deja un poso poco convincente al tratar de avisar de que, de la misma manera en que triunfó el régimen de Mussolini, hoy puede volver a acechar movimientos poco democráticos si no se le hace frente con las armas de la cultura. El director de Martín Edén (2019) introduce a lo largo de todo el metraje escenas de la época en color que tratan de dotar de un mayor verismo a la narración pero de manera un tanto confusa. Creo que todas las escenas que aparecen de ensayos y representación teatrales de obras clásicas (Ibsen, etc.) entorpecen más que enriquecer lo que pretende Pietro Marcello. 



martes, 28 de octubre de 2025

Seminci 2025: 4ª jornada

Cómo dos estilos cinematográficos tan radicalmente distintos pueden llegar a alegrarme el día 



Hay personas a las que les gusta el agua de Vichy; otras a las que le pirra el Dom Perignon o el Moët; y, por último, hay -las menos- que se revelan de gustos bífidos, o sea, por ambos líquidos tan extremos. Es lo que me ha pasado hoy en el Teatro Calderon dentro de la S O de la Seminci.

La mañana comenzó con una pequeña película titulada Lionel dirigida por Carlos Saiz Espín. Empieza la cosa que no sabes por dónde va a ir pero poco a poco está roadmovie de viaje sentimental -todo viaje lo es en el fondo- de Murcia a Francia de un padre y su joven hijo en busca de un reencuentro vacacional con la hija y hermana de ambos empieza a cautivarme. Como digo es un viaje emocional más que de peripecias aventureras. Habla, sobre todo, de la necesidad de comunicación entre padres e hijos, de los trapos sucios del pasado que siguen sin limpiarse, de las discusiones diarias, de la necesidad de los abrazos que nunca hubo en la infancia, de las ausencias paternas, de los divorcios que dejan heridas sin coser, de la necesidad de compartir de nuevo los recuerdos… Dice el director que cuando conoció a Lionel, hijo, sintió la necesidad de rodar este largometraje. Yo no habría visto material dramático que rodar, pero el director lo logra. El gran acierto de la película es el tono -me recuerda a Seis días corrientes de Neus Ballús también vista hace años en Seminci-, esas pocas indicaciones que el director daba y esperaba a que en las escenas surgiera una energía que se plasma luego en  Lionel. Cuenta Carlos Saiz que su puesta en el largo viene de un corto previo titulado La hoguera. La clave del éxito es que los tres personajes son auténtica familia y, claro, eso sabe captarlo la cámara. Parece fácil, pero no siempre la realidad es filmable para ser interesante y convertirse en una estimable obra. Es como si fuera un documental ficcionado, donde en muchas escenas la cámara estuviera oculta. Donde cuando el director vaya a decir “¡acción!”, los actores entienden “¡corten!”. Ahí está el gran logro de Carlos Saiz Espín. Un proyecto que le ha costado levantarlo cinco años. Contiene un final entre padre e hijo que justifica todo el trayecto de ida y vuelta: viaje curativo para Lionel hijo, sanador para el espectador.




La segunda propuesta en la Sección Oficial ha sido Sound of Falling de la alemana Marscha Schilinski. Es junto a Resurrection la propuesta más alejada de la narrativa clásica y la más original hasta la fecha. No ha gustado a casi nadie. A mí me parece sobresaliente, solo apta para un espectador que quiera tener una experiencia inmersiva en el lenguaje audiovisual que plantea la directora. Para empezar son cuatro generaciones de mujeres a lo largo de más de un siglo en un único espacio: una granja en Alemania. Ocurre que la narrativa va dando saltos hacia adelante y hacia atrás, con una presentación de personajes nada claro al principio, pero cuyas piezas a lo largo de las más de dos horas y media de duración van encajando. Posee una fuerza en la puesta en escena de lo más sobresaliente visto hasta ahora por el que esto escribe. Schilinski deja que las historias fluyan a través de las imágenes y de los sonidos, con apoyaturas de voces en off de las distintas protagonistas. La descripción de la muerte según épocas, el dolor causado en circunstancias de la vida, la mirada -debería decir las miradas de todas las protagonistas, algo fundamental en el cine-, la memoria conservada en fotografías, y la historia que contextualiza las cuatro generaciones compuestas por mujeres en edades distintas forman un mosaico de enorme valor cinematográfico. 

Hay una escena que puede resumir parte de su esencia. Una joven está sentada en un columpio boca abajo. Lo que ve está invertido. Así es como el cerebro ve las cosas: invertidas porque la lente del ojo, el cristalino, proyecta  la luz de forma invertida. Reflexiona pensando que la vida es dolor y que si invertimos todo ese dolor acabaría convirtiéndose en su reverso: la felicidad. Algunos que salían del pase de prensa la criticaban por ser muy nórdica, pero el cine de esos lares ha dado muestra de obras muy existencialistas y esta no escapa de la sombra germinal de Dreyer, aunque la religión aquí no esté tan presente. 

Sé que no es filme para ver después de comer ni tras la cena, sopena de ser usada como somnífero para quedar roque.

lunes, 27 de octubre de 2025

Seminci 2025: 3ª jornada

 Pillion: Cuando le dan por culo y te gusta el resultado cinematográfico final




La organización de la Seminci ha seleccionado dos películas que, en principio, tenían el atractivo de que se trataba de cine de atracos. Todos recordamos las buenas películas de los setenta y ochenta sobre ese subgénero: Tarde de perros o Deprisa, deprisa. Pues bien tras comerme con patatas crudas la aburrida The mastermind, esta mañana en el teatro Calderón hemos podido ver la segunda propuesta, esta vez del cine quinqui español de los ochenta, titulada Golpes. La dirige un tipo que se estrena en el largometraje llamado Rafael Cobos (que también la escribe junto a Fernando Navarro) y que tiene el mérito de haber sido guionista de películas exitosas como La isla mínima o El hombre de las mil caras. Tiene cierto interés la historia que cuenta sobre dos hermanos en Sevilla que viven en la infancia la desgracia de ver a su padre asesinado a manos de la Guardia Civil en época de posguerra. Ese peso tendrán que sobrellevarlo el resto de sus vidas. Migueli (Jesús Carroza) sale de la cárcel para reunirse con su antigua banda criminal; Sabino (Luis Tosar), su hermano, es policía y encargado de arrestarlo por los “golpes” que está cometiendo su hermano para poder lograr el dinero suficiente para comprar un terreno donde parece se haya enterrado su padre tras el incidente hace años con la benemérita. Y este creo que resulta el mayor lastre de la película: hacer verosímil que ese sea el objetivo que mueva a Migueli para cometer los golpes. Aunar memoria histórica con una relato de robos en bancos, joyerías o fábrica de automóviles puede parecer más una maniobra para lograr subvención que te permita rodar que una necesidad de contar algo que a uno le apetezca y sea comercial. Se trata de otra propuesta que quiere alejarse de lo que ya hemos visto en otras épocas pero que en opinión del que esto escribe no logra convencer Rafael Cobos ni en la dirección de actores, ni en la puesta en escena ni siguiera en lo que parecería ser su fuerte: el guion. Una pena.




La segunda oficial ha sido La chica zurda de la taiwanesa Shih-Ching Tsou. Estuvo presente antes del pase oficial de prensa y comentó que la obra era fruto de veinte años. Bueno, no dejo de alabar dos aspectos sobre la historia de una familia una madre y sus dos hijas que regresan a Taipéi, capital de Taiwan: estar narrada alternativamente desde la perspectiva de las tres protagonistas (desde la pequeña de cinco años que logra enternecerte, pasando por la adolescente de instituto hasta la madre que pone un puesto de comida rápida en un mercado) y el montaje que hace que los sucesos familiares sean contados contado con mucha fluidez. Leo en los títulos de crédito que el mirador es Sean Baker, ya saben el ganador del Oscar por Anora en 2025. Y creo que se nota no solo por el montaje sino por la temática. Vuelvo a criticar que desde que el wokismo los papeles de tíos o bien son decorativos, bien estupidos o bien violentos sin dar mayor explicación ni profundidad. Es como la venganza de cierto feminismo que ha ido fermentando el rencor a paso lento y en barrica de roble.

Sergei Loznitsa es un documentalista reputado. Lo único que conozco de él, y gracias a la Seminci en edición pasada, fue un documental impactante sobre el régimen soviético y la muerte de su dictador Stalin titulado State Funeral (2019). En su propuesta a concurso Dos fiscales el director bielorruso vuelve a la carga contra aquel pasado que tanto marcó a varias generaciones de las repúblicas soviéticas y que hoy en día siguen, como se puede ver, sojuzgadas por el régimen ruso. La diferencia estriba en que ahora usa un relato autobiográfico ficcionado de Georgy Demidov sobre sus experiencias en la URSS de 1937. Un prisionero que dice ser miembro del Partido Comunista logra trasmitir una carta a un recién nombrado fiscal local, Alexander Kornyev, quejándose de la injusticia que se ha cometido con él por acusarle falsamente de ser un pionero político.Los desvelos por averiguar el caso mostrarán al fiscal que aunque llegue a citarse con el fiscal general de Moscú en qué país de paranoicos perdidos se hallaba. La película de Loznitsa tiene un estilo reposado pero que corta con aguja de afeitar la trastienda de un sistema política comunista que revela que por mucho que se afeité seguirá provocando injusticias sinfín. La cámara no se mueve y hay escenas largas de conversaciones pausadas pero reveladoras de cómo funcionaba políticamente la URSS. Hay momentos en que parecen hasta surrealistas como la subida por las escalinatas del Palacio de Justicia donde se haya el Fiscal General de Moscú. A destacar la luz plomiza que describe con gran logro ese ambiente soviético de la época de Stalin.




La noche se cerró lo que para mí ha sido la propuesta más agradable de ver tal vez por lo inesperado. Se titula Pillion (se refiere al lugar que ocupes que va atrás de una moto, el paquete) y la dirige un tipo que se estrena en esto de rodar llamado Harry Lighton, al que le acompañó en su presentación en el Teatro Calderón por la noche uno de los coprotagonistas y que mayores desmayos provocó en la alfombra azul: Alexander Skarsgård. La película en otro tiempo provocaría las quejas de la sociedad bienpensante de Valladolid pero hoy en día lo que Pillion provocó (no voy a exagerar porque el espectador castellano es más serio que otros de festivales de terror por ejemplo) fue arrancar ciertas carcajadas con una historia emotiva y cómica. La relación que inician un tipo de aspecto más bien feúcho -pero al que tienes ganas de que las cosas le vayan bien-, fantástico Harry Melling, con un motorista tan guapo que hasta los pájaros se desvanecen de las ramas de los árboles, es a todas luces inverosímiles. Pero el acierto del guion es que la relación que establecen -de tipo sadomasoquista- logra cautivar a un público que salió muy satisfecho. No me extraña que viniese de ganar el premio de guion en Un Certain Regard de Cannes.

Así que acabé satisfecho con este relato inglés queer donde se comen pollas en lugar de conejos, se usan dilatadores anales o se adornan con candados en lugar de collares. Como me dijo el camarero en el restaurante Colombo al pedirle arroz con conejo: “Es el mejor conejo muerto que vas a comer porque de los vivos ya no los catamos en tiempo”. Constrastes que tiene la vida y el cine. 


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