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sábado, 1 de noviembre de 2025

Seminci 2025: Jornada 8ª

La vaca se quedó sin leche en la Seminci el último día


Junto a la actriz Isabelle Renauld 


La mañana de la última jornada semincera del viernes fue para ver la película de clausura, Siempre es invierno de David Trueba y las dos últimas de la Sección Oficial a concurso: Orphan y Yes.

Los festivales suelen programar casi siempre pelis -obsérvese que no digo películas o filmes- para que ese público, antaño emperejilado, que gusta de pavonearse y cerrar contratos de construcción o financieros, asista al certamen dando una buena impresión burguesa en el mismo.

Para ello tenemos a David Trueba, hombre de verso habilidoso, agradable y cálido conversador, culto y, por qué no decirlo, con cierto atractivo para algunas mujeres con ese abundante pelo cano. El amor en el mundo femenino entra mucho por la palabra, por el oído. Presentó Trueba su adaptación al cine de su novela Blitz (2015) publicada por Anagrama. 

La filmografía del director madrileño no destaca en demasía salvo por La silla de Fernando y Saben aquell, en esta última con un notable David Verdaguer. Vuelve a recurrir a él para encarnarse en Miguel, un arquitecto paisajístico que viaja a Lieja para asistir a un congreso de arquitectura junto a su pareja (Amaia Salamanca). Trueba se la juega en el primer plano de la peli, pues muestra la causa de todo lo que le pasará a Miguel en la historia. En un kebab, mientras pide una consumición, su novia sentada en la mesa manda por error un mensaje a Miguel en lugar de a su antiguo novio con el que ha reiniciado relaciones a espaldas del oficial. La carita de Verdaguer es de cordero degollado, junto al texto de whatsapp en la pantalla: «Hola amor. Todavía no se lo he dicho. No he encontrado el momento todavía», bueno o algo parecido. 

El tiempo se detiene. O debería detenerse porque son cinco años de relación sin hijos. Lo único que se le ocurre decir al pánfilo a su Marta es que está bien y que quiere quedarse unos días en Lieja. Allí conocerá a una sesentona llamada Olga y... paguen la entrada para saber qué pasa después. 

Me ocurrió una cosa curiosa. Mientras contemplaba a la actriz que encarna a Olga, Isabelle Renault, mi cerebro saturado, alcoholizado por millones de imágenes me decía que la conocía de algo. Y así era: estaba en una de las más emocionantes películas que vi en el siglo XXI: El pabellón de los oficiales de François Dupeyron. Así que sufrí una aparición mariana. Fruto de ello concebimos la foto de arriba.

En rueda de prensa, David Trueba no quiso mencionar que el relato es en parte autobiográfico, pues debió escribirlo tras conocer que su exmujer se había enamorado de otro. El consejo que nos dio a los allí presentes -nadie se movió de la silla hasta el final, por cierto, cosa que no ocurre con otros directores, sobre todo si extranjeros- es que si uno pasa por una crisis sentimental lo mejor es salir a la calle. Espero que a uno no le pille una crisis sentimental en Lieja, pues en opinión de David Verdaguer, Lieja, ciudad natal de los hermanos Dardenne, que pillarán premio este año me temo, es de las ciudades más feas que hay.

Hay dos frases que definen la esencia de la película. Una se la dice Olga tras encontrarle sentado en un banco público, abatido y aterido de frío, e invitarle a su casa para que no muera congelado: «Si no hay amor, siempre es invierno». La segunda la dice Miguel pero tendrán que gastarse el dinero de la entrada porque yo en estos momentos no la recuerdo.





Orphan es la propuesta de un director húngaro llamado Lászlo Nemes, que se puso en el mapa de los cinéfilos y menos en el de los espectadores comunes, por una obra que ganó el Oscar a Mejor Película Internacional titulada El hijo de Saúl. En esta ocasión, en su tercera obra fílmica, vuelve a la figura del hijo con tintes autobiográficos. La sitúa en el Budapest de 1957, después del aplastamiento por parte del régimen comunista de la disidencia. Es casi lo de menos, pues  lo fundamental es la rabia que lleva Andor, que no hace más que rezar por llegar a conocer a su verdadero padre, desaparecido en la II Guerra Mundial. Lo peor de esta obra de 132 minutos es el guion, que da vueltas a la noria por saber si hallará o aceptará a un carnicero que dice ser su padre. Contiene una secuencia final en una noria realmente sobresaliente, pero el resto del metraje me pasé deseando la muerte de un huérfano insufrible. Las heridas de la infancia se han retratado mucho mejor en otras películas de esta edición de la Seminci, por ejemplo en Sorry, Baby o en la más agradable de ver La chica zurda.




La noche se prometía movidita en el Teatro Carrión pues se proyectaba Yes del director israelí Nadal Lapid. Una manifestación de unos doscientos pro Palestina se congregaban ante las puertas del teatro gritando algo de que era una vergüenza proyectar filmes Made in Israel. Lo que más me cabrea es que los manifestantes no habían visto la película y no tenían ni puta idea de qué iba. Yo aguanté una hora de los 149 minutos de metraje. La historia está contada e interpretada como si todo el plantel artístico y técnico estuviera colocado constantemente y la cámara no deja de girar y moverse de arriba abajo y de abajo arriba, girando como si fueran Franco Battiato cantando Yo quiero verte danzar (ya saben, Yo quiero verte danzar como los zíngaros del desierto con candelabros encima...),  en un estado demencial de creación autoral, de diálogos imposibles, de besitos, de fiestuquis, de noticias de guerra. Llegué a escuchar la versión del Aserejé hasta el punto de que llegó a gustarme porque yo ya estaba en estado cocainómano. 

Llegué a entender, entre diálogos de besugo, que un tipo llamado "Y", pianista y animador de fiestas de alto nivel (aparece por ahí el jefe del Estado Mayor y otros figurantes de finanzas y demás High Society) y su bombón de esposa están tratando de sobrevivir a la guerra en la que su país está inmerso. Hasta que le mandan componer una letra para un himno nacional. Supongo que el tipo entraría en crisis entre su deber moral con la patria israelí y tener la sensación de que su alma artística se vendía por un montón de pasta que le solucionaría la vida a él y a su familia. Pero no aguanté más y recogí mi bolsa y me marché del Carrión para no perder más tiempo en majaderías. El Ribera de Duero y la buena compañía hicieron que la noche no fuera para pegarse un tiro. 

Por cierto, dentro del teatro, el personal de seguridad vigilaba por si algún majadero de los que se manifestaban fuera había entrado para dinamitar la proyección. ¿Creen que alguien pagó la entrada para ello? Ya saben, cuando uno se tiene que rascar el bolsillo, no hay distinción entre progres o conservadores.






viernes, 31 de octubre de 2025

Seminci 2025: 7ª jornada

Cuando la motosierra de Milei agudiza el ingenio del cine argentino y un documental sobre el Vesubio me hipnotiza



Ramiro Sonzini (izq.) y Ezequiel Salinas directores argentinos de La noche está marchándose ya


Les confieso que a estas alturas de la función, cinematográfica claro, el que esto escribe ya da síntomas de agotamiento. Uno va con el piloto automático y le cuesta saborear los platos del restaurante Colombo o lograr placer de las imágenes y sonidos en pantalla. Esto es fruto de la sobredosis. Bien es verdad que cuando encuentra alguna pepita de oro inesperada, bien en el Pisuerga bien en el Esgueva, uno sale del teatro Calderon como si hubiera rejuvenecido unos años. Así es la magia de esta droga llamada cine.

Esto ha ocurrido con la única propuesta argentina de la Sección Oficial de la Seminci. Su título procede de una canción de José Luis Perales -si hubiera nacido en Nueva Jersey y se llamara Frank Sinatra habría sido Dios, pero esa es otra canción-. Volvamos al cine. Como iba diciendo el título procede de un fragmento de la canción llamada «¿Qué pasará mañana?».  Y dice así:

Yo te diré, temblando la voz. El tiempo va deprisa y ese día que soñamos, vendrá. Apaga la luz. La noche está marchándose ya. 

La noche está marchándose ya es un filme rabiosamente político y metafórico. Habla del desmantelamiento de la cultura que está ejerciendo el presidente Javier Milei fruto de la crisis económica que llevaba el país. La historia simbólica transcurre en un cine de la ciudad de Córdoba. La situación de crisis lleva a que uno de los dos proyeccionistas, llamado Pelu, con que cuenta el cineclub deba pasar a labores de vigilante nocturno. Su vida se tuerce cuando apenas con su sueldo puede pagar el alquiler del piso donde habita y decide cobijarse en el cine transformándose en su hogar. Por allí irán siendo acogidos por Pelu los mendigos y desheredados de las calles de Córdoba. 

La cinta está rodada en blanco y negro, más por razones presupuestarias que de índole expresivo según cuentan sus realizadores Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini en rueda de prensa. Pero qué quieren que les diga esa textura granulada le va muy bien a esta fina, ingeniosa y acertada ficción política. Salinas y Sonzini juegan con el tropo alegórico de lo que pasa en el cineclub municipal para hablar de la situación actual de la cultura argentina y la motosierra de Milei. Me quedé con las ganas de preguntar para cuándo harán otra sobre cómo han llegado los argentinos, el país más culto de toda Hispanoamérica, a esa situación. Seguro que les sale un díptico maravilloso. Pero me temo que ustedes ni yo lo veremos desgraciadamente. No me extraña que Salinas y Sonzini dijeran en la rueda de prensa en el Salón de los Espejos que desde que entró el gobierno de Milei muchos del mundo del cine han tenido que buscarse otros trabajos y que ellos llevaban tiempo sin poder trabajar en el cine. Pues los hechos les desmienten por fortuna: acaban  de rodar una muy interesante película que auguró tendrá un exitoso recorrido. 



La foto superior está hecha en un momento preciso: al paso de José Luis Cienfuegos, director de la Seminci por en frente de la tienda. Tenía la ilusión de que si se ampliase la imagen, la figura de él apareciese en un reflejo al fondo, vagamente difusa. No será así pues una cosa es la pretensión del artista y otra el resultado final (decepcionante en este caso). Sin embargo, si la amplían un poco podrán descubrir al fotógrafo junto al osito de pajarita naranja. 

La Casa Brígida es una pequeña tienda situada en la calle Platerías, número 2 de Valladolid (una de las calles más antiguas de España). Desde 1995 lleva funcionando, aunque curiosamente al entrar uno parece que se ha retrotraído en el tiempo. Suelo comprar cada año que vengo al festival un panetón (panettone en italiano) para visitar a la familia. El panetón es un bollo navideño de origen italiano, de consistencia esponjosa (como tocar unas tetas blanditas) y en forma de cúpula, generalmente relleno de pasas (los pezoncillos de los pechos) y frutas confitadas.

Todo este preámbulo de carácter arqueológico-fotográfico me ha llevado a Italia. En concreto al Vesubio y a Nápoles gracias al documental de Gianfranco Rosi titulado Below The Clouds (Bajo las nubes). Es de lo mejor que veré en esta edición. Está filmado en un bellísimo blanco y negro con una amplia gama de grises. Y con una edición de sonido que contemplar las diferentes líneas de composición narrativa es toda una gozosa experiencia. 

Como la verán muy poquitos, me gustaría, por si logro que ensaliven como si fuera un dulce panetón, contarles uno de los ejes de construcción. Rosi muestra a lo largo de sus 115 minutos una sala de cine antigua (de esas cuyos asientos son de madera y el culo se mortifica como Cristo en la Cruz) y vamos viendo fragmentos diversos de películas sobre el Vesubio, entre otras de Te querré siempre de Roberto Rossellini con la famosa secuencia de excavación arqueológica donde Ingrid Bergman y George Sanders ven el hallazgo de una pareja de enamorados carbonizados y fosilizados.

 La idea básica de Below the Clouds es un intento de descubrir la ciudad que rodea al Vesubio desde varios puntos de vista: los tesoros expoliados que había en la ciudad enterrada por la lava, las llamadas de emergencia de la población civil por las sacudidas por temblores de tierra, la descarga de grano de trigo en el puerto procedente de la Ucrania en guerra con paralelismos visuales a la lava del volcán… En ultimo instante, Rosi deja de mostrarnos las diversas proyecciones desde diferentes butacas de la sala de cine para transformarla, es un decir, en un lugar abandonado por la crisis del negocio, con el proyector envejecido, apagado y congelado por la destrucción  del tiempo. El tiempo que destruye y conserva a su vez la memoria de un pueblo como el napolitano, cuna de Paolo Sorrentino. 

Gianfranco Rosi no olvida el bullir de la gente, centrándose en un viejo profesor que da clases particulares en esos locales llenos de libros viejos y reliquias con amplias mesas. Mientras corrige los ejercicios de sus alumnos, le vemos leer Los Miserables de Víctor Hugo. Un joven le pregunta que en cuánto tiempo se lo ha leído. El maestro le responde que en diez días. A lo que el chaval, que suele ver recetas de comida en aplicaciones de móvil, le responde: “Pues aunque tuviera menos páginas, no acabaría por leerlo”. Si las generaciones jóvenes no se preocupan por aprender el pasado, solo nos queda una turbia neblina que, como ocurre con el final del documental, borre cualquier atisbo de escultura romana o griega que atesora Nápoles. No hará falta que el Vesubio resurja para cubrirlo todo. Para eso se encarga la ignorancia.


Gael Garcia Bernal interpretando, es un decir, a Magallanes 


Mira que el día brillaba como si estuviéramos en Cádiz. Pues tuvieron que venir las nubes que amenazaron tormenta. Creo que ha sido la única vez que he escuchado pataleo esta edición. Ha tenido que ser en el teatro Cervantes tras dos horas y cuarenta minutos que nos ha enjaretado un director portugués, Lav Díaz, del que no tenía el gusto de conocerle -y menos que voy a tener a partir de ahora-. Nos propone una visión muy particular y espesa de la figura de Fernando de Magallanes. El estilo que ha embaucado a Cannes y ahora a la Seminci consiste en contarnos (?) la peripecia de su pretensión de circunnavegar el mundo en busca de rutas más seguras para la Corona portuguesa y, tras el desprecio mostrado por el rey de Portugal, ofrecérselo a la Corona de Castilla. Son planos secuencias de duran una eternidad, lo mismo que duró su viaje hasta que la palmó en Cebú, una de las islas de Filipinas. Lo encarna Gael García Bernal. Supongo que era la única manera de sacar la pasta, de entre otros cándidos productores, de RTVE. 

Como va de progre, pues tenemos toda la argumentación de la agenda revisionista del Descubrimiento de América: los conquistadores malos, imponiendo su fe a los indígenas, estos tampoco se libran mostrándolos machistas con las mujeres (una joven le alerta de los peligros de los extranjeros llegados a la isla y el jefe le contesta que no se meta en asuntos de hombres), la Corona portuguesa ambiciosa y sin importarle las nefastas masacres de la población al intentar expoliar las riquezas, matanzas por doquier…

No le negaré a Lav Díaz un estilo propio, pero es tan plomizo que llega un momento en que piensas: ¿qué necesidad hay de alargar cada plano al medio minuto? Pues tal vez Díaz se  crea que en lugar de una película esté rodando frescos pictóricos porque abundan los planos secuencia en donde el estatismo es frecuente. No rueda, por ejemplo, escenas de violencia que serían algo dinámico, sino sus resultados: cadáveres desparramados por las aldeas indígenas o por las costa de los mares. 

Leo en el folleto que «el Festival de Cannes acogió el estreno de esta película colosal que recoge el testigo de obras como Aguirre, la cólera de Dios o Apocalypse Now, para acercarse a lo cotidiano como verdadero repositorio de los misterios de la Historia».

Me comentan que detrás del proyecto está Albert Serra en la labor de producción y hay que destacar -nobleza obliga- la hipnótica fotografía de Artur Tort (Pacifiction, Tardes de soledad), para aproximarse a «uno de los episodios cruciales de la conquista de Filipinas en el que la geopolítica se revela inseparable de las pasiones humanas». Uno pasión, pasión en la interpretación de Gael Garcia Bernal interpretando a Magallanes no he notado precisamente. Hasta me costó reconocerlo pues los primeros planos si los hay yo no los vi.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Seminci 2025: 6ª jornada

Cuando la vaca de la Seminci no da más leche (de la buena)







No sé si desde el comité de selección de la Seminci creen que los espectadores somos de goma, que podemos tragarnos cualquier cosa, sin sentir la dureza de los asientos diseñados para espectáculos que no suelen superar la hora y media. El próximo año he decidido que vendré con sonda o conejo porque si los autores siguen rodando películas de más de dos horas y no me gustan lanzaré el contenido de mis efluvios a la pantalla. Que me arresten. Así tendré que contar experiencias carcelarias de las que se nutre el arte y la literatura.

A Kristen Stewart la recuerdo por su participación en Crepúsculo que le daría la suficiente pasta como para producir y dirigir esta su primera película: La cronología del agua. Su rostro ya me infunde esa prejuiciosa convicción de que si rodase algo, no sería lineal ni claro ni apto para el hueco de la tarde de A3 para sus telefilmes burgueses. Va sobre abusos sexuales. Me temo que habrá más en la selección -esta mañana se presentaba en rueda de prensa otra más con el agua de por medio titulada Cuando el río se convierte en mar.
 
La cronología del agua -¡vaya título!- está basada en un best seller -así lo indica el folleto del festival- autobiográfico de la ex nadadora Lidia Yuknavitch. Tras el ver el filme, a uno no le entran ganas de devorar el libro por muy bien escrito que esté. 
Stewart se puede gastar el dinero en lo que le dé la gana, pero me temo que, al realizar La cronología del agua, en quien menos ha pensado es en el espectador. La vida de Lidia ha sido devorada por el pederasta de su padre, hombre con buena planta, gafas de los años sesenta que inspira seducción y confianza pero que es un depredador en la noche (más bien de día) dentro de la familia. 
El problema y el acierto -disculpen el oxímoron- es que Kristen Stewart quiere reflejar con planos breves, escenas rápidas y saltos temporales las mente torturada de Lidia. Retrata bien las diferentes adicciones, excesos y búsqueda de salvación de una mujer que solo encuentra en la escritura una manera de salir de su cuerpo, que no de su mente torturada por el dolor. No seré yo quien eche por la borda la labor de la directora, pero la experiencia de ver este resultado te deja como la protagonista: con ganas de huir, ella de su figura paterna; nosotros del patio de Calderón. Convencido de que pilla premio en el palmarés.


Teatro Zorrilla, sede de la Seminci


De Alemania nos viene Mirrors No. 3 de Christian Petzold que hace películas que se ven pero no dejan huella. Esta es otra más. Su estilo es una escritura cinematográfica tan roma y pedestre que no logra cautivarme en casi ninguna escena. Parte de un arranque que se me hace inverosímil, forzado, todo para contar después algo que me convence un poco más: la aparición de una mujer, Laura, que acaba de tener un accidente de automóvil en el que su novio ha fallecido, se ve alojada en la casa de campo donde vive Betty, una misteriosa y extraña mujer. Sin saberlo ella, Laura ocupará el hueco dejado por un ser querido en la vida detenida de Betty. Lo mejor es que dura menos de 90 minutos. Les recomendaría En la habitación de Todd Field o La habitación del hijo de Nani Moretti, de temática similar y mayor calidad.

La tarde nos ofreció la última de la Sección Oficial: la china Vivir la tierra. No me resisto a citar textualmente cómo te venden la moto de una cinta que me ha clavado puñales en los ojos, provocado alteraciones acústicas en los oídos al oír las voces de los intérpretes o sudoraciones previas al desmayo al ver cómo movía y encuadraba la cámara el director Hugo Meng (¡¡¡Mejor Director en Berlín!!!). La película «nos invita al corazón del paisaje rural de la provincia de Henan a través de los ojos inocentes de Chuang, un niño de 10 años que debe quedarse con en su aldea mientras sus padres parten en busca de un futuro mejor. La cámara retrata con ternura la fuerza silenciosa de una familia que resiste, arraigada a una tierra milenaria que comienza a transformarse bajo el peso de la modernización». 
El papel lo aguanta todo. Mis ojos, en cambio, han visto una sucesión de escenas cotidianas sin la mayor vertebración, ni interés y contempladas desde planos generales alejadísimos de los personajes como si estuviera dando testimonio de hechos etnográficos (rituales funerarios, bodas, recogida de siembra, relaciones familiares…). Lo mío ha sido una experiencia de lo más dolorosamente aburrida que he tenido este año en la Seminci. Y encima le darán premio. Mi satisfacción será comprobar que no la verá ni Dios por mucha distinción que le den. Nota: pocos se han marchado de la sala de Cervantes (sala de tortura) antes de acabar. 



Seminci 2025: 5ª jornada

Nacimientos, violaciones, árboles centenarios y el teatro como espacio de verdad y resistencia, protagonistas de la Seminci



Jean-Pierre y Pierre Dardenne presentando ‘Recién nacidas’ 


En la cafetería El Minuto constato ya una doble realidad: la primera es que ya nadie apenas lee el periódico en papel; la segunda es que muchos espectadores que asisten a las sesiones matinales de la Seminci son jubilados que han tenido en el pasado una afición al cine. El día en que mueran, los sucesores de Cienfuegos, director del festival, lo van a tener jodido para llenar el Teatro Calderón, sede principal del certamen.

La jornada de hoy martes arrancó con Recién nacidas de los hermanos Dardenne, Jean-Luc y Pierre. Los belgas, desde que los descubrí en esa peliculita que ganó la Palma de Oro titulada Rosetta, arrebatándosela a El verano de Kikujiro, tienen dos cualidades: siempre hacen cine social y siempre ruedan cámara en mano pegada al personaje. En este caso siguen con su mismo estilo. Recogen en Recién nacidas el caso de tres muchachas en torno a esa edad en que tener un hijo puede truncar la vida de cualquiera porque o bien no has acabado los estudios de instituto, o bien no existe el apoyo familiar o bien no sabes por donde te pega el aire de la vida con sus colmillos. Los tres personajes con o a punto de tener bebés son un muestrario de los casos que se pueden dar: una de las muchachas quiere conocer a la que fue su madre que la abandonó para no repetir la misma historia con su bebé; la segunda sufre el abandono de su novio aunque ella esté colada por él; y la tercera quiere dar en adopción a su hijo debido a que su hogar es un infierno. 

Los Dardenne adoptan un tono moderadamente dramático y con unas resoluciones que son esperanzadoras, pues quieren mostrar historias reconfortantes para el espectador. Eso hace que se vea Recién nacidos con agrado, no aburra y se tome conciencia -para eso se inscribe en el cine social con toques a lo Frank Capra- de que echar un polvo sin protección tiene consecuencias para toda la vida: se llama asumir la responsabilidad  de los actos de uno. 

Sorry, Baby es la segunda propuesta de la Sección Oficial. Es la ópera prima de Eva Víctor que ha aprobado con nota. El tema no sale a relucir hasta bien avanzado la primera mitad, lo que hace que no sepas muy bien si los chistecillos entre dos mujeres jóvenes, una profesora de literatura de la universidad de Nueva Inglaterra y la otra su antigua compañera, sobre tirarse a los tíos, el tamaño del pene y otras banalidades del mundo femenino -que hicieron reír a algunas espectadoras del patio de butacas-era comedia o drama. Pero claro estamos en los tiempos en que estamos. Así que no debía ausentarse el asunto de los abusos y de cómo se recupera uno de ellos. La originalidad está en que transcurre por cauces distintos a los vistos en otros filmes de parecida temática. 

La actuación de la propia directora Eva Víctor, que además es guionista con partes autobiográficas, tiene mucho mérito. Así que no descartemos que esté presente en el palmarés. 



La mayor rareza vista en esta edición hasta ahora ha sido Silent Friend de otra directora llamada Ildikó Enyedi que provocó bostezos y alguna que otra siestecilla en el patio de butacas. Los 147 minutos sobre tres historias con leve argumento en tres épocas distintas del siglo XX se me antojan excesivas. Estamos en un jardín botánico de una ciudad alemana. Ahí se encuentra un árbol bicentenario del que no había hablar jamás: un ginkgo biloba. En torno a él tienen lugar tres historias de interés desigualmente conseguido. Supongo que Enyedi un buen día se preguntaría si las plantas reaccionan ante los estímulos del ambiente, cuál es su sensibilidad ante el mundo. Hay una escena en que Tony Leung, que interpreta a un neurólogo, explica en un aula que estudia cómo perciben el mundo los bebés antes de hablar. Como no puede obtener respuesta de ellos, no le quedan más remedio que observar las respuestas neuronales de sus cerebros. Afirma en la clase que la ciencia solo puede abundar en hipótesis para explicar mediante metáforas el funcionamiento de la naturaleza. Y en eso se embarca Ildikó Enyedi con un resultado no del todo convincente, aburrido en muchos momentos. Creo que en la película abundan en demasía planos donde el elemento floral está omnipresente y, en ocasiones, de manera innecesaria para el fluir de la narración. 


El director italiano tras la presentación de Duse en el teatro Carrión 


La propuesta del italiano Pietro Marcello titulada Duse me parece loable, pero fallida en general. Aborda la figura de la actriz de teatro italiano Eleonora Duse de principios del XX, interpretada por Valeria Bruni-Tedeschi, que en momentos me parece histriónica. Tiene dos líneas argumentales que, lejos de retroalimentarse, van en paralelo: la vida teatral de Duse en sus últimos años como lucha contra el dolor del pueblo y contra el conflicto mundial de la I GM; y la descripción de la vida familiar, en la que su hija (buena actuación de Noemí Merlant) le demanda una atención y un cariño que nunca logrará de su madre.

 Por último, Marcello también aborda el contexto histórico, pero en mi opinión de un modo que deja un poso poco convincente al tratar de avisar de que, de la misma manera en que triunfó el régimen de Mussolini, hoy puede volver a acechar movimientos poco democráticos si no se le hace frente con las armas de la cultura. El director de Martín Edén (2019) introduce a lo largo de todo el metraje escenas de la época en color que tratan de dotar de un mayor verismo a la narración pero de manera un tanto confusa. Creo que todas las escenas que aparecen de ensayos y representación teatrales de obras clásicas (Ibsen, etc.) entorpecen más que enriquecer lo que pretende Pietro Marcello. 



martes, 28 de octubre de 2025

Seminci 2025: 4ª jornada

Cómo dos estilos cinematográficos tan radicalmente distintos pueden llegar a alegrarme el día 



Hay personas a las que les gusta el agua de Vichy; otras a las que le pirra el Dom Perignon o el Moët; y, por último, hay -las menos- que se revelan de gustos bífidos, o sea, por ambos líquidos tan extremos. Es lo que me ha pasado hoy en el Teatro Calderon dentro de la S O de la Seminci.

La mañana comenzó con una pequeña película titulada Lionel dirigida por Carlos Saiz Espín. Empieza la cosa que no sabes por dónde va a ir pero poco a poco está roadmovie de viaje sentimental -todo viaje lo es en el fondo- de Murcia a Francia de un padre y su joven hijo en busca de un reencuentro vacacional con la hija y hermana de ambos empieza a cautivarme. Como digo es un viaje emocional más que de peripecias aventureras. Habla, sobre todo, de la necesidad de comunicación entre padres e hijos, de los trapos sucios del pasado que siguen sin limpiarse, de las discusiones diarias, de la necesidad de los abrazos que nunca hubo en la infancia, de las ausencias paternas, de los divorcios que dejan heridas sin coser, de la necesidad de compartir de nuevo los recuerdos… Dice el director que cuando conoció a Lionel, hijo, sintió la necesidad de rodar este largometraje. Yo no habría visto material dramático que rodar, pero el director lo logra. El gran acierto de la película es el tono -me recuerda a Seis días corrientes de Neus Ballús también vista hace años en Seminci-, esas pocas indicaciones que el director daba y esperaba a que en las escenas surgiera una energía que se plasma luego en  Lionel. Cuenta Carlos Saiz que su puesta en el largo viene de un corto previo titulado La hoguera. La clave del éxito es que los tres personajes son auténtica familia y, claro, eso sabe captarlo la cámara. Parece fácil, pero no siempre la realidad es filmable para ser interesante y convertirse en una estimable obra. Es como si fuera un documental ficcionado, donde en muchas escenas la cámara estuviera oculta. Donde cuando el director vaya a decir “¡acción!”, los actores entienden “¡corten!”. Ahí está el gran logro de Carlos Saiz Espín. Un proyecto que le ha costado levantarlo cinco años. Contiene un final entre padre e hijo que justifica todo el trayecto de ida y vuelta: viaje curativo para Lionel hijo, sanador para el espectador.




La segunda propuesta en la Sección Oficial ha sido Sound of Falling de la alemana Marscha Schilinski. Es junto a Resurrection la propuesta más alejada de la narrativa clásica y la más original hasta la fecha. No ha gustado a casi nadie. A mí me parece sobresaliente, solo apta para un espectador que quiera tener una experiencia inmersiva en el lenguaje audiovisual que plantea la directora. Para empezar son cuatro generaciones de mujeres a lo largo de más de un siglo en un único espacio: una granja en Alemania. Ocurre que la narrativa va dando saltos hacia adelante y hacia atrás, con una presentación de personajes nada claro al principio, pero cuyas piezas a lo largo de las más de dos horas y media de duración van encajando. Posee una fuerza en la puesta en escena de lo más sobresaliente visto hasta ahora por el que esto escribe. Schilinski deja que las historias fluyan a través de las imágenes y de los sonidos, con apoyaturas de voces en off de las distintas protagonistas. La descripción de la muerte según épocas, el dolor causado en circunstancias de la vida, la mirada -debería decir las miradas de todas las protagonistas, algo fundamental en el cine-, la memoria conservada en fotografías, y la historia que contextualiza las cuatro generaciones compuestas por mujeres en edades distintas forman un mosaico de enorme valor cinematográfico. 

Hay una escena que puede resumir parte de su esencia. Una joven está sentada en un columpio boca abajo. Lo que ve está invertido. Así es como el cerebro ve las cosas: invertidas porque la lente del ojo, el cristalino, proyecta  la luz de forma invertida. Reflexiona pensando que la vida es dolor y que si invertimos todo ese dolor acabaría convirtiéndose en su reverso: la felicidad. Algunos que salían del pase de prensa la criticaban por ser muy nórdica, pero el cine de esos lares ha dado muestra de obras muy existencialistas y esta no escapa de la sombra germinal de Dreyer, aunque la religión aquí no esté tan presente. 

Sé que no es filme para ver después de comer ni tras la cena, sopena de ser usada como somnífero para quedar roque.

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