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viernes, 11 de agosto de 2023

Forrest Gump tiene pluma

 LA CAJA DE CHOCOLATE, NO, LA PLUMA

Llevo dándole vueltas a un plano con el que el director Robert Zemeckis arranca una de sus más famosas películas: Forrest Gump (1994). La otra es Regreso al futuro (1985). El plano se inicia con un día de cielo algo nublado sobre el que revolotea una pluma. Se impresiona encima el título “Paramount Pictures presents”, la productora, y se inicia el tema ya muy popular compuesto por Alan Silvestri.

La cámara sigue esa pluma mecida por el viento, acompañada por unas notas de piano, que parecen también flotar, y por el resto de los créditos. La cámara baja siguiendo la pluma mostrándonos el pináculo de una iglesia y la torre de un edificio rodeado de arbolado. Cuando creemos que caerá sobre el terreno, pues la cámara sigue bajando, dicha pluma empieza a subir hacia el cielo. Cosas del destino. Eso permite un truquillo que el espectador apenas nota, una transición espacial: el objetivo hace un picado y, cuando baja de nuevo la pluma, aparecen ya otros edificios.

Ahora se dirige hacia el parque de una ciudad. Se posa brevísimamente, ¡oh, casualidad!, en el hombro de un ciudadano que va a cruzar un paso de peatones. De pronto se eleva, cruza la carretera y es llevada -¿por el destino?- hacia un banco donde, finalmente, cae a los pies de un tipo que lleva playeras embarradas y calcetines de colores a franjas: es Forrest Gump.

Forrest Gump
Ganadora de 6 Oscar en 1994, incluidos el de Mejor Película, Actor -Tom Hanks- y Director.

 

Discúlpenme si les cuento algo del final. Nada relevante para la trama, pero sí para la idea que me lleva ‘revoloteando’ en la cabeza estos últimos días y que me ha ‘llevado’ a escribir este artículo. Pues bien, Zemeckis o su guionista Eric Roth o ambos, acaban con otra pluma en el plano final junto a los pies de Forrest Gump. ¿Por qué?

Muchos recordarán la frase del personaje: «La vida es como una caja de bombones. Nunca sabes lo que te va a tocar». Bueno, si es una caja de chocolate, ustedes pensarán que lo que va a sacar de ahí es un… bombón. Así que la vida te sonreirá siempre. A Forrest Gump, pese a todos los avatares de su vida, casi siempre sale bien parado de ellos. Un tipo con… bombones. Ya nos gustaría haber llevado la vida de Forrest tan llena de experiencias-bombón y salir indemne.

Pero ¿y la pluma que aparece al principio y al final?

 Cuando eres como Forrest, con un nivel intelectual por debajo de lo ‘normal’ y carne de cañón en la escuela, es muy razonable pensar en que la vida te zarandeará como el viento hace con la pluma. El protagonista tiene la suerte de tener una madre, que comerciará con su cuerpo para que entre en un colegio al que le niegan la escolarización, una amiga, que acabará siendo su ‘novia’, y una mansión, convertida en casa de huéspedes que les sirve de sustento.

Todos somos Forrest pero no actuamos como él. Schopenhauer decía: «Es un disparate, en efecto, renunciar a una  buena hora presente, o arruinarla deliberadamente con disgustos sobre lo ocurrido o con temores sobre lo que vendrá». Así parece ser Forrest. No se queja del presente, no se agobia por el futuro ni por los sinsabores de la vida. Siempre tiene presente las lecciones de su madre, fuente de esperanza y sabiduría para él. No guarda rencor, aunque le abandonen; ser de palabra, aunque haya desaparecido el motivo para cumplirla; actúa sin pararse a reflexionar en demasía. Si decide dar la vuelta al mundo corriendo, lo hace sin parar mientes en nada más.

Sin que él lo sepa, aplica la filosofía de Séneca: «Singulas dies singulas vitas puta». O sea, valora cada día como si fuera una vida… sin saber lo que te va a tocar.

 Enlace para ver la secuencia inicial en copia nostálgica VHS de Canal +:

https://www.youtube.com/watch?v=aEqTLWwYP3I

jueves, 27 de julio de 2023

De cuando los filmes duraban poco en cartelera.

 LO EFÍMERO Y LO ETERNO

 

Aquí ando dándole a la tecla. El tejado ya lo tenía en la cabeza, ahí arriba está pero lo demás está sin hacer, en blanco, vaya. Y cual pintor con pincel en ristre, ando manchando esta parcela. En la carrera de Periodismo se estudiaba que el titular era lo último tras haber redactado el cuerpo de la noticia. Pero ando anárquico, errático o sin inspiración, vaya. A ver qué sale.

Les cuento una situación que me pasó con un buen amigo ya mayor, para 93 tacos. Le conocí en el cineclub FAS y fue durante una época su presidente en los 70. Su nombre Jesús María Etxano, abogado, sociólogo y filósofo. Ante todo buen conversador de todo, como hoy le pasa a uno si frecuenta bus, bar o metro, que entabla “interesantes conversaciones”… con su móvil.

Un buen día tras quedar con él, me fijé en que tenía desatados los cordones de uno de sus zapatos y, tras comentárselo, pronunció el imperativo bisílabo: “Ata”. Y humildemente doblé la espalda y se los até. No más mención de ello.

 

Cinco tumbas en El Cairo
Franchot Tone, Anne Baxter y Erich von Stroheim en Cinco tumbas al Cairo (1943)

      

En la primavera de 1998, en una calle lateral de Beverly Hills, ocurrió una escena parecida. Un hombre de 40 años acababa de saludar a otro de 91 delante de la oficina de trabajo de éste último. Mientras trata de abrir con la llave la puerta, observa que se le ha desatado el zapato izquierdo. Hace varios años que le es físicamente imposible agacharse cuando está de pie. No se miran pero ambos sienten cierto embarazo, así que el joven se apresura a agacharse para atarle los cordones, y no hacen mención de ello. Entran a su despacho y se sientan para tener una serie de conversaciones, más bien entrevistas, que se irán prolongando durante más de un año. El viejo es Billy Wilder y el joven, Cameron Crowe, director de Jerry Maguire (1996) o Casi famosos (2000). Las conversaciones cristalizaron en un libro: “Conversaciones con Billy Wilder” publicado en España en 2000 por Alianza Editorial.

Repasando con él su filmografía, llegan a “Cinco tumbas al Cairo” (1943). Cameron Crowe le comentaba que, según su coguionista Charles Brackett, la película no había envejecido bien pero le aseguraba que ver la película entonces era como ver un film de aventuras a lo Indiana Jones.

Y la respuesta de Billy Wilder es la que me ha dado pie a empezar este artículo con el título que lo encabeza: “Me encanta oír eso, pero las películas se hacían para que durasen una semana, en el mejor de los casos… y dos o tres días, si no había suerte. Luego se acabó. No se repetía, nada. No sé de dónde ha sacado usted todas esas películas. Ha debido buscar verdaderamente mucho para encontrarlas”. El cine entendido “sólo” como negocio, lo efímero; el cine entendido “también” como arte y testimonio, lo eterno.

La última vez que mi amigo Jesús María Etxano, ya con problemas de sordera y movilidad, vino a ver un filme en sala fue al cineclub de Las Arenas. Quise que aquella efímera tertulia sobre “La gran belleza” (2013) entre cinéfilos quedase grabada para la eternidad. Así que grabé las intervenciones de él y demás integrantes y las intercalé adecuadamente entre fragmentos de la obra de Paolo Sorrentino. Cameron Crowe y yo hicimos algo efímero: atarle los cordones a personas que admirábamos y que no podían ya agacharse por senectud. Pero también quisimos actuar para la eternidad: el uno al registrar en papel unas conversaciones con su admirado Wilder y el otro al registrar sonoramente la voz en una tertulia cinéfila de su apreciado y amigo Etxano.

martes, 18 de julio de 2023

El antídoto a veces funciona

El verano grisáceo y la alegre depresión

 

No crean que pretendo fastidiarles el estío con la lectura de este artículo. Pero lo que les voy a relatar es auténtico. Un trozo de vida. Un recorte que bien podría aparecer en la columna de “noticias humanas” de cualquier periódico si ustedes leyesen periódicos hoy en día. Y si a mí me publicaran.

Hace poco quedé con un buen amigo de la universidad. Omito su nombre por respeto. Gordo –en estos tiempos diríamos con exceso de vida gastronómica acumulada–, casi ciego de un ojo –disminución visual en un 50%–, con madre enferma –no hago bromas–, con contrato fijo discontinuo –más de esto que de lo fijo– y con una novia con algún trastorno, me manifestaba, entre sorbo de café y mirada desfallecida, que estaba deprimido. Sí, deprimido. Lo extraño, pensé, es que no estuviera suicidado.

 Como hacen los amigos, escuchan, asienten y callan… mayormente. Me contaba que al preguntarle la psiquiatra qué es lo que sentía, mi amigo me revelaba que todo le daba igual. “La depresión es como ir al cine en verano, a ti que te gusta tanto –me dice con amago de sonrisa–. Te hallas en la sala a oscuras en la sesión de insomnio, la de la noche. No hay aire acondicionado. ¿Para  qué?, ya no va nadie. Y las pelis de estío son… Mientras la pantalla está iluminada, te agarrás a la vida. En cambio, llega el momento de los títulos finales y el apagón. La pantalla está en blanco pero extrañamente se decolora al color de la viudedad. Tú crees que el proyeccionista encenderá las luces. Pues no. Hoy todo está automatizado. Algún fallo se ha producido. Tal vez en tu cabeza. Y ahí estás, mirando el pasillo central iluminado como si fuera una pista de despegue… a la vida mundana. Y te orientas para buscar la puerta de salida pero las luces de emergencia, ya sabes cómo están hoy las salas, no funcionan. Así que palpo las paredes negras, pisando con cuidado el piso enmoquetado negro y respirando con angustiosa negritud como si estuviera en un cuadro de Jackson Pollock”. Silencio.

En ese momento rompí su narración por temor a un mayor descenso. Me vino a la cabeza una escena muy apropiada a lo que me contaba que, pensé, le haría reír. Se trataba del personaje Allan Félix. Un matrimonio amigo le presentan a varias chicas pero sin éxito. En un museo aborda a una visitante joven que está contemplando ensimismada un cuadro. 

 

Sueños de un seductor (1972) - Filmaffinity 

 

– Es un Jackson Pollock precioso –afirma él.

– Sí, lo es –dice ella con una voz a punto de saltar por el acantilado.

– ¿Qué te sugiere? –se hace el interesado.

– Reafirma la negatividad del universo, el terrible vacío, la soledad de la existencia… la nada, el suplicio del hombre que vive en una eternidad estéril sin Dios como una llama diminuta, que parpadea en un inmenso vacío, sin nada salvo desolación, horror y degradación, que le oprimen en un cosmos negro y absurdo –aquí recité de memoria la frasecita con tono cansino, mortuorio y con aroma a velatorio–.

– ¿Qué haces el sábado por la noche? –verónica de Allan.

– Suicidarme.

– ¿Y el viernes por la noche? –insiste. Ella se va.

Nos miramos mi amigo y yo. Ni rastro de media sonrisa. Tras una pausa algo incómoda, me dice: “Yo tengo un Jackson Pollock en la habitación”. Mi amigo está deprimido y es verano.

Ah, por cierto, la escena cuyos diálogos me sé de memoria corresponden a Sueños de un seductor (Play It Again, Sam, 1972) de Herbert Ross. Por si se sienten deprimidos. A mí en ocasiones, me funciona.

lunes, 17 de julio de 2023

CINE ESPAÑOL EN SECCIÓN OFICIAL DEL ZINEMALDIA 2023

FRAGANCIA FEMENINA EN EL ZINEMALDIA 2023

Como manda la tradición, por julio llega el anuncio de la mejor producción hispana que veremos, bueno, yo tal vez no si no me acreditan, en el Zinemaldia, entre el 22 y el 30 de septiembre A nadie a estas alturas le sorprenderá que son las directoras españolas las que mejor cine hacen –aquí un camión descargando su cargamento de ironía sobre la frasecita– y por eso se las elige: Jaione Camborda, Isabel Coixet e Isabel Herguera competirán por la Concha de Oro en la 71ª edición del Festival de San Sebastián. Han debido deslumbrar al comité seleccionador. O que hay que compensar los años –siglos más bien– de maltrato, desprecio y arrinconamiento a la mujer, y el cine no se ha librado de ello.

 

 


 

 

 

 

El anuncio lo hizo el señor Rebordinos, director del certamen, en Madrid, en la “casa del cine español” donde la sede de la Academia de Cine. Anunció allí otro fijo del  evento, Fernando Trueba, que vuelve con otra cinta de dibujos animados y la música como protagonista. Está cofirmada y dibujada por Javier Mariscal. De lo que he visto del director madrileño en el Zinemaldia lo único que se salva es Chico & Rita (2010), una historia de amor en los años 40 con la mejor música cubana de aquella época.

 

TRES DIRECTORAS A POR LA CONCHA

La donostiarra de 40 años Jaione Camborda rueda su segunda película tras la aclamada en Gijón y Sevilla, Arima (2020). Que levanten la mano quien la haya visto. Me he ido a Filmaffinity a ver de qué iba. Leo una crítica del usuario que tiene más votos –a los bien queda de los periódicos ya no los leo- y me topo con esta frase: “Y tengo que decir que hacía mucho tiempo que no me aburría tanto sobre una butaca. 77 minutos de puro tedio y bostezo impenitente”. Con O Corno (2023), su segundo trabajo, podremos disfrutar del idioma gallego y de una historia… de mujer y de algo muy propio de ella: los partos.

 

  Un amor de Isabel Coixet

De la veterana Isabel Coixet, de la que he tenido que padecer en la Seminci su cómo Nieva en Benidorm (2020) –como todos saben más que en Siberia-, Nadie quiere la noche (2015), donde sufrir y sufrir por un marido aventurero es muy de mujer, o La librería (2017), premio Goya a la mejor, ejem, ejem, ¿película? Con esta última, me viene un recuerdo amargo: ir viendo cómo Handia (2017) de Garaño y Arregi, el Titanic vasco por aquello de hacer pasar la calle Arbieto de Bilbao por un Londres del XIX, fue recogiendo premios Goya toda la noche hasta 10, y en el tramo final el Goya a película y dirección fue a parar a la barcelonesa. Leo que la Coixet no ha estado jamás en la sección oficial del Zinemaldia pero que ha recorrido con su cine festivales como Cannes, Berlín y Venecia, vamos el Big Three de los certámenes. Podría maliciarme que con Un amor (2023), su ultimísima propuesta, no ha tenido cabida en esos festivales y que Rebordinos ha estado hábil para ofrecerle su alfombra roja –creo que ahora es verde-. Isabel Coixet es muy lectora y entre sus lecturas se ha fijado en la obra homónima de Sara Mesa escrita en 2020. Según La Vanguardia, El País y el semanario El Cultural, la mejor novela de ese año. No cuenten conmigo para leerla. Me queda poco tiempo de vida como para  desperdiciarlo en nuevos maestros de la Literatura del XXI. Un amor la protagoniza Laia Costa, sí la de Cinco lobitos (2022), y en el reparto también figuran Hovik Keuchkerian, Hugo Silva, Luis Bermejo e Ingrid García-Jonsson.

 

SEGUNDA DIRECTORA DONOSTIARRA.

Y como el centro Tabakalera es al audiovisual como La Masía del Barsa al fútbol, tenemos a otra directora donostiarra en sección oficial: Isabel Herguera. En El sueño de la sultana (2023), su primer largometraje y de animación, Herguera nos presenta un relato basado en el cuento escrito en 1905 por Rokeya Hossain donde narra su historia personal y la historia de Ladyland, un mundo utópico gobernado por… mujeres. Luego dirán que soy yo el obseso, y que siempre me fijo en lo mismo.

Un huequecillo en la sección oficial fuera de concurso han hallado los Javis -Ambrossi y Calvo- para su serie La Mesías. Son siete episodios de un thriller familiar y en cuyo reparto figuran, entre otros, Roger Casamajor, Macarena García, Lola Dueñas, Carmen Machi y Cecilia Roth. Seguimos con la fórmula de meter una o dos series en un certamen de largometrajes. Si el nivel es como Patria o Antidisturbios me callo, pero mi vejiga ya no está para duraciones mayores de dos horas y media.

domingo, 25 de junio de 2023

HOLLYWOOD ANTES DE LA CENSURA, EL LIBRO

 EL CÓDIGO DE LA MORALIDAD

Hace días observé en la pantalla publicitaria del andén del metro un anuncio que decía: “Le das a tu hijo un móvil y ya…” Como toda buena frase publicitaria, decía más de lo que literalmente afirmaba. Así que en esos  puntos suspensivos estaba lo que en tu mente debería surgir: puede enviar fotos comprometidas, compartir información privada, hablar con desconocidos. ¡Riesgo!

 Se dice que nada más nacer el cine, la moralidad estuvo en peligro en la pantalla. Así lo puso de manifiesto la película de Edison The Kiss de 1896 que escandalizó a los puritanos porque se veía a dos personas dándose un beso… ¡y tan sólo duraba un minuto el corto!


Film The Kiss 1896 Nthe First On-Screen Kiss From Thomas EdisonS Short ...


La llegada del sonido hizo que la amenaza en la degradación moral de la sociedad americana aumentase con la palabra. Curiosamente, antes de que la autoridad gubernamental metiera mano, fue la propia industria cinematográfica quien intentó regular lo que era decente y lo que no. Por ello surgió la Motion Picture Producer and Distributors of America cuyo objetivo era que las normas morales y artísticas del cine fueran lo más “elevadas” posibles, además de educativas.

Dicha asociación invitó a William Harrison Hays, que había sido director general de Correos, al frente de la industria para darle el decoro que parte de la sociedad pedía.

En 1927 surgió el famoso Código Hays con una serie de normas que toda película que se quisiera exhibir habría de cumplir. Crímenes, vulgaridad, blasfemia, sexualidad, bailes, vestuario, decorados… deberían verse sometidos a este código so pena de cortes o dificultades en la distribución.

Así descubrí que las parejas casadas dormían generalmente en camas separadas. Si aparecía la cama de matrimonio, no se permitía bajo ningún concepto mostrar a la pareja en la cama al mismo tiempo. Los personajes, a pesar de que se quisieran, mostraban recato en su muestra de pasión pues “no se mostrarán besos ni abrazos de lascivia excesiva, de poses o gestos sugestivos”. Me preguntaba a menudo, ¿por qué se besan sin lengua o por qué duran tan poco? 

¿Y qué decir de las películas en que sucedía algún crimen? De joven siempre tuve la sensación de que en la vida no había escapatoria para los que hacían el mal, pues en la escuela de la vida que para tantos era el cine rodado desde los treinta hasta principios de los sesenta, “la simpatía del público no se dirigirá hacia aquellos que la violentan”. Esto significaba que siempre acabasen muriendo, fuesen detenidos y ajusticiados y que nunca pudieran evadirse del peso de la ley. La ley siempre se me figuraba como un señor obeso encima de uno.

De todas formas, el código Hays tardó unos años en aplicarse a rajatabla. De ahí que de 1929 a 1934 se rodaron en Hollywood una serie de películas en las que ocurría lo que pasaba en la vida real: el adulterio no era castigado, los delincuentes se mostraban como héroes o las prostitutas no eran simples mujeres descarriadas.




EL CINE AMERICANO DE 1929 A 1934 EN UN LIBRO

Estas películas se desmenuzan en un libro que acaba de editarse titulado Hollywood antes de la censura: las películas pre-code escrito por Guillermo Balmori. En cada una de ellas se detalla aspectos que después de julio de 1934 no se volverían a ver en una pantalla de cine hasta que el Código Hays dejó de aplicarse a mediados de los sesenta.

Debo agradecer a Hays al menos que en aquellas películas rodadas bajo dicho código, cuando alguien era intervenido por herida o enfermedad ninguna aguja o bisturí se mostrase penetrando en la piel, pues estaba prohibido. Un poco de Hays no le habría venido mal a Buñuel, pues todavía tengo en la retina el ojo rasgado por una cuchilla que aparece en la película Un perro andaluz (1929). La censura todavía no se aplicaba por estos pagos.

Cuando vean ese cine de esa época, comprobarán que la vida que se mostraba en pantalla era más amable, pues Hays y su código trataban de que la vulgaridad no apareciese, el buen gusto imperase y se respetara la sensibilidad del espectador. Como ahora con los móviles y los hijos.

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