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domingo, 31 de agosto de 2025

2º Premio Donostia: Jennifer Lawrence

Lawrence, no nos traigas un pestiño

 

La actriz Jennifer Lawrence recibirá el segundo Premio Donostia 2025

 

 El pasado martes, 26 de agosto, el Zinemaldia informó de que el segundo Premio Donostia iba a recaer en la actriz Jennifer Lawrence por su talento como actriz y por ser "una de las actrices más influyentes de nuestro tiempo". Añadía la nota informativa que "la ganadora de un Oscar recibirá el galardón honorífico en un gala que tendrá lugar el viernes 26 de septiembre en el Auditorio Kursaal". 

En el grupo de informadores cinematográficos que tenemos en whatsapp denominado Donostia  2025, puse lo siguiente: "Trae un truño de película. ¿Alguien se apuesta algo?" Sólo uno aceptó mi reto respondiendo al segundo: "Yo 5 euros".

La actriz recibirá el aplauso encendidísimo del público donostiarra y después se proyectará su última película, Die, My Love, "un trabajo que es un punto de inflexión en su carrera y en el que Lawrence participa como productora". El filme lo dirige la británica Lynne Ramsay, de cuya filmografía la mayoría son trabajos documentales destacaría por ser lo más conocido Tenemos que hablar de Kevin (2011). Die, My Love se presentó en la Sección Oficial de Cannes 2025... y no rascó bola. Se estrenará el 7 de noviembre.

 ¿De ahí mi mosqueo? Pues en parte sí, y en parte porque tengo el culo cansado de haber visto cómo se las gasta este teatro circense del espectáculo festivalero; de este juego de yo te ofrezco, tu me visitas y te hacemos publicidad "gratuita e internacional" de tu "producto".

Me he puesto a mirar qué ha pasado con los Premios Donostia desde que su director, José Luis Rebordinos, se hiciera cargo del Festival Internacional de Cine de San Sebastián; en otras palabras, desde 2011 en adelante. 14 años —sin contar el actual— en los que se han otorgado 32 reconocimientos a fundamentalmente actores (22), actores-directores (2) y realizadores (8). 

Rebordinos y su troupe organizadora han seguido con la tradición de repartir entre dos y tres Premios Donostia, salvo el año 2012, segundo mandato de Rebor, en el que echó la casa por la ventana premiando a Dustin Hoffman, Oliver Stone, John Travolta, Ewan McGregor y Tommy Lee Jones. Se ve que el descorche fue tan espumeante que en los años sucesivos se moderó.

La memoria me indicaba que la inmensa mayoría traían trabajos en los que habían participado bien como actores bien como realizadores e, incluso, como coproductores. Sin embargo, siempre no ha sido así, pero sí casi siempre. Por ejemplo, en 2015 la actriz británica Emily Watson, que se dio a conocer en 1996 con Rompiendo las olas de Lars von Trier, no tenía película que vender; lo mismo pasó con Danny DeVito (2018), Johnny Depp (2021) o Javier Bardem el año pasado. Pero esto es lo infrecuente.

Puedo afirmar en líneas generales que las películas que traen los premiados ese año suelen ser flojitas cuando no malas. Y lo que es peor: acaban por no verlas (casi) nadie. Que siempre hay excepciones, por supuesto. Pero me sospecho que un artista tiene más predisposición a venir a la Concha y al Hotel cinco estrellas María Cristina cuando ve que su obra no es redonda y creen ellos— un empujoncito publicitario ayudará a amortizarla.

Les pongo a continuación una tabla que lo clarifica lo anteriormente dicho:

 

Premio Donostia

Película

Director

Puntuación Filmaffinity

Hugh Jackman

Prisioneros

Denis Villeneuve

7,6

Hirokazu Koreeda

Un asunto de familia

Hirokazu Koreeda

7,4

Agnés Varda

Caras y lugares

Agnés Varda

7,3

Hayao Miyazaki

El chico y la garza

Hayao Miyazaki

6,9

Ewan McGregor

Lo imposible

J. A. Bayona

6,8

Víctor Erice

Cerrar los ojos

Víctor Erice

6,7

Sigourney Weaver

Un monstruo viene a verme

J. A. Bayona

6,6

Viggo Mortensen

Falling

Viggo Mortensen

6,5

Costa Gavras

Comportarse como adultos

Costa Gavras

6,3

Denzel Washington

El protector

Antoine Fuqua

6,2

Pedro Almodóvar

La habitación de al lado

Pedro Almodóvar

6,2

Dustin Hoffman

El cuarteto

Dustin Hoffman

6

Glenn Close

Albert Nobbs

Rodrigo García

5,9

Ethan Hawke

Los siete magníficos

Antoine Fuqua

5,9

Oliver Stone

John Travolta

Salvajes

Oliver Stone

5,8

Benicio del Toro

Escobar: paraíso perdido

Andrea Di Stefano

5,8

Mónica Bellucci

Bajo sospecha

Stephen Hopkins

5,8

Judi Dench

La espía roja

Trevor Nunn

5,7

Penélope Cruz

La red avispa

Olivier Assayas

5,7

Tommy Lee Jones

Si de verdad quieres…

David Frankel

5,6

Carmen Maura

Las brujas de Zugarramurdi

Álex de la Iglesia

5,6

Juliette Binoche

Fuego

 

5,6

David Cronenberg

Crímenes del futuro

David Cronenberg

5,6

Ricardo Darín

La cordillera

Santiago Mitre

5,5

Donald Sutherland

Una obra maestra

Giuseppe Capotondi

5,5

Cate Blanchet

Malas lenguas

Guy Maddin, etc.

4

Marion Cotillard

Bigger than Us

 

Sin votos

 

 Como pueden ver el 54% de las películas no llegan al 6; el 35% de los trajeron la lata de celuloide bajo el brazo han sido valorados entre 6 y 7; y tan sólo el 11% se puede decir que, a ojos del público votante de la base de datos Filmaffinity, supera el 7, o sea, la calificación de buena

Si me pongo a afilar el lápiz del crítico boyeril creo que tan sólo se salvarían tres o cuatro, siendo el resto entre mediocres o malas (directas al fondo de las estanterías del cineclub junto a las porno X). Por si sienten curiosidad, les diré que me satisficieron sin que levitara del asiento: Un asunto de familia, Cerrar los ojos, Prisioneros y El protector. 

 Jennifer Lawrence es buena actriz. Pero siempre he pensado que una carrera a la postre será más o menos brillante por la suerte y el acierto que haya tenido en elegir proyectos de calidad: ahí el trabajo interpretativo brilla más, el reconocimiento, mayor, la posteridad la pondrá en el Olimpo de las estrellas. A sus 35 años —se comenta que es la más joven en ganar el Premio Donostia—, de su carrera tan sólo puedo decir que destacaría La gran estafa americana (2013) y la muy rarita e inescrutable ¡Madre! (2017) y la estimable por su labor en Gorrión rojo (2018), no compartiendo cierta admiración existente por El lado bueno de la vida (ni ese Oscar que obtuvo). 

Ha tenido el acierto (económico) de trabajar en dos proyectos que la han hecho millonaria y mundialmente famosa: la trilogía de Los juegos del hambre basada en una obra literaria para jóvenes de la estadounidense Suzanne Collins, que la tenido atareada entre 2012 y 2015; y ha participado en la adaptación a la pantalla de uno de los grupos de superhéroes de la Marvel, los X-Men, que en mis tiempos se llamaban la Patrulla X; ahí ha estado currando de 2011 a 2019.

Con la pasta que ha ganado y a poco que una tenga conciencia social, la Jennifer ahora puede esgrimir en su currículum que es "actriz, productora y activista ganadora de un Oscar", como reza la nota informativa. Esperemos que el próximo 26 no tenga que añadir también a ese currículum el sustantivo coloquial de pestiño a su Die, My Love. Me juego 5 euros.

sábado, 23 de agosto de 2025

Perlas en el Zinemaldia 2025

Platos gourmet: Sorrentino, Baumbach, Lanthimos, Trier, Panahi y Ozon entre otros, ingredientes de la sección Perlas en la 73ª edición del Zinemaldia

Richard Linklater inaugurará la sección con Nouvelle Vague y Rebecca Zlotowski la clausurará con Vida privada


Linklater abre Perlas con Nouvelle Vague, Zlotowski la clausura con Vida privada.


El estado de ánimo de un cinéfilo para ir al Festival Internacional de Cine de San Sebastián lo mide la sección Perlas de otros festivales. Dependiendo de la pinta que tenga el menú que programa Rebordinos, su director, y resto del equipo, uno puede ir de mejor o peor humor, con mayor o menor aliciente. De alguna manera, la seccion Perlas, lo mejor de otros festivales, es un analgésico que casi siempre funciona cuando la Sección Oficial te provoca dolor de cabeza, malestar y ganas de abandonar el Kursaal 1, el teatro Victoria Eugenia o el teatro Principal, sedes donde la prensa se congrega. Siempre te queda la buena compañía de los periodistas que van a cubrir el evento y la carísima comida donostiarra a precio de gota de agua en medio del desierto.

Se puede decir brevemente que este año los caladeros donde han pescado los 16 largometrajes de la sección Perlas han sido Cannes y Venecia exclusivamente. Y por países si nos atenemos a los autores, será Francia de largo la que acapare con seis propuestas la mayor representación. No podía faltar EE. UU., Italia, Brasil, Irán, España con sendas películas, a las que se añaden otras geografías con menor músculo de producción como Irlanda, Irak, Túnez, Islandia y Noruega.


INAUGURACIÓN Y CLAUSURA

Richard Linklater tiene el honor de inaugurar Perlas con su homenaje a ese movimiento heteróclito francés de los años 60, sobrevalorado en mi opinión, titulado homónimamente Nouvelle Vague y, en especial, a la producción de 1959 de la película Al final de la escapada del, en general insufrible e intelectual del cine, Jean-Luc Godard. El estadounidense es conocido por su famosa trilogía del "antes": Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013). Las tres están protagonizadas por la misma pareja de actores, Ethan Hawke y Julie Delpy, con encuentros en distintas etapas vitales. Linklater es otro director sobrevalorado. Salvo inesperados cameos, en esta ocasión creemos que ninguno de los dos aparece en Nouvelle Vague. ¿Tendré que sufrir otra vez ver de modo inverosímil cómo recibe un disparo en la espalda mientras Belmondo corre moribundo por las calles parisinas?

La clausura viene de la mano de la directora la parisina Rebecca Zlotowski con Vida privada. Un curioso reparto encabezado por Jodie Foster, que interpreta a una reputada psiquiatra que emprende una investigación privada sobre la muerte de uno de sus pacientes al que cree que lo han asesinado, y los sempiternos e incombustibles actores franceses Daniel Auteuil y Mathieu Amalric. Vista su filmografía anterior espero que esta sección no le venga grande. 




LOS MAESTROS

Podríamos etiquetar con jamón cinco estrellas la selección de Paolo Sorrentino que con su La grazia vuelve a contar con su alter ego Toni Servillo y Anna Ferzetti. Su película inaugurará el Festival de Venecia. No se han esforzado mucho en la reseña de la película los del Zinemaldia, pues tan sólo se dice que el director de Nápoles la define como "una historia de amor ambientada en Italia". Antes de morir, les recomiendo que vean alguna de sus obras, en especial La gran belleza (2012) con el que obtuvo el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. El año pasado ya estuvo su anterior película, Parthenope (2024) que pasó ante los miopes ojos de prensa y público con más pena que gloria.



Otra figura esperada es la del director griego Yorgos Lanthimos que competirá por el León de Oro en Venecia con Bugonia, una comedia negra cuyo argumento no suele pisotear la Tierra. En esta ocasión tenemos a dos jóvenes conspiranoicos que secuestran a una presidenta de una gran compañía convencidos de que se trata en realidad de una extraterrestre (!). El director ateniense hace un tipo de cine que no es para todos los públicos, pero a mí me encanta cuando afila su colmillo para ofrecernos sátiras de humor corrosivo y raruno. Lanthimos y la actriz Emma Stone han formado un tándem productivo y bien avenido, siendo así la cuarta colaboración tras La favorita (2018), Pobres criaturas (2023) y Kinds of kindsness (2024), con excelentes resultados en general.

François Ozon es un realizador que suele frecuentar la Sección Oficial con bastante éxito. Así fue en el caso de En la casa de 2012, con la que ganó la Concha de Oro y el mejor guion, Mi refugio (2009) que obtuvo Premio Especial del Jurado, o el año pasado con Cuando cae el otoño (2024), que logró la Concha de Plata a mejor interpretación de reparto y el Premio del Jurado al mejor guion. Además, también participó con Bajo la arena (2000) y Una nueva amiga (2014). Ozon es un realizador muy prolífico que no duda en adaptar novelas, teatro, readaptaciones de otras películas o bien escribe él mismo sus propios guiones. En esta ocasión presentará en Perlas El extranjero, adaptación de la novela homónima de Albert Camus con la que concursará en Venecia. Benjamin Voisin y Rebecca Marder forman parte del elenco.

La única representación norteamericana en Perlas viene de la mano del director y guionista Noah Baumbach. El neoyorquino se ha paseado con su filmografía por todos los festivales de renombre: Venecia, Sundance, Cannes y Berlín. Tan sólo he podido admirar Historia de un matrimonio (2019), donde Scarlett Johansson y Adam Sandler tratan de superar un proceso de divorcio. En esta ocasión concursará previamente en Venecia con Jay Kelly, en la que George Clooney encarna a una gran estrella de cine que atraviesa una crisis personal. Le acompañan entre otros Adam Sandler, Laura Dern y Emily Mortimer, también coguionista. 




 LOS DIRECTORES EXITOSOS

No recuerdo si ha habido más de un director que haya ganado los tres grandes galardones festivaleros: Palma, León y Oso de oro. Lo que sí sé es que el iraní Jafar Panahi es uno de ellos. En 2000 logró con El círculo el máximo galardón en Venecia por "una imaginativa fusión entre fondo y forma en su abordaje de la situación de la mujer en una sociedad patriarcal"; luego sería con la magnífica Taxi Teherán en 2015 cuando logró el Oso de Oro en Berlín, siendo el propio Panahi el que conducía un taxi con una cámara en el salpicadero por las calles de Teherán ya que el gobierno islámico le tenía prohibido rodar; por último, el realizador consiguió la Palma con la película que veremos en San Sebastián: Un simple accidente. Sospecho que todos los premios han tenido un componente político por parte de los jurados para denunciar el régimen iraní presidido por Mahmud Ahmadinejad. Afortunadamente, el cine de Panahi no se queda en la mera propaganda, sus historias son sencillas pero con interés y gran fuerza narrativa a pesar de los escasos medios técnicos. Curiosamente, el régimen de Irán le prohibió viajar y hacer cine en 2010; desde entonces ha rodado de manera clandestina y cosechando triunfos, todo lo cual contribuyó a sufrir en 2021 una condena de seis años.


Imagen de El agente secreto, con Wagner Moura de protagonista

Multipremiada en Cannes con premio a mejor director y actor, El agente secreto del brasileño Kleber Mendonça también es cine político con envoltura de thriller. Su protagonista Marcelo, encarnado por Wagner Moura, es un experto en tecnología de 40 años con un pasado misterioso que está huyendo. Llega a Recibe durante el carnaval con la esperanza de reencontrarse con su hijo. Mendonça vuelve a la década de los 70 como ya hiciera con la notable Aquarius —que aquí se tituló Doña Clara (2016)— donde retoma temas ya abordados allí: la dictadura, el cambio del paisaje urbanístico, la música, la memoria familiar, etc. 

Por último, entre este grupo de exitosos con premio reseñamos la presencia de Valor sentimental del copeghanense Joachim Trier, con el que logró el Gran Premio del Jurado en Cannes. Trier tiene una filmografía escasa pero con títulos notables como pueda ser Oslo, 31 de agosto (2011) en el que presenta a un personaje, Anders, que busca encontrar un sentido a su vida errática, o una de las mejores obras de 2021 titulada La peor persona del mundo, que tuvo una considerable repercusión entre el público y aspiró al Oscar al mejor guion y a mejor internacional, con un tono existencial típico del cine nórdico y, en especial, del danés.


Joachim Trier presenta Valor sentimental


LOS OUTSIDERS Y OTROS PARA ECHARSE A TEMBLAR

En español, el outsider suele significar el extranjero, el marginado, el extraño, pero también dentro del argot hípico, outsider es el caballo que aún teniendo pocas opciones de ganar la carrera puede hacer de este modo rico al apostante. En este grupo caben las obras animadas, experimentales, no ficcionadas, interpretadas por actores no profesionales o aquellas que provocan sueño o, peor, ganas de asesinar al director y al programador.

Algo así pasa con películas de directores como la tunecina Kaouther Ben Hania, el madrileño Guillermo Galoe, el iraquí Hasan Hadi, el islandés Hlynur Pálmason o el haitiano Raoul Peck. Si logran el Premio del Público Ciudad San Sebastián, otorgado por los asistentes a la primera proyección púbica, conseguirán 50.000 euros o, si es europea la película, 20.000 euros para el distribuidor en España, siendo así que su obra pueda verse y su figura puesta en la retina del espectador, ya que este está más habituado a ver las pelis de Santiago Segura o las de Marvel.




De Kaouther Ben Hania, podremos ver La voz de Hind, una ficción basada en el caso real de una niña gazatí de seis años que en 2024 fue asesinada junto a parte de su familia durante un ataque del ejército israelí. De Ben Hania, puedo recomendar su anterior obra, Las cuatro hijas (2023) cuyo mayor mérito a nivel formal es narrar la historia de una madre y sus cuatro hijas en un tono de documental ficticio y que aspiró al Oscar.

Ciudad sin sueño de Guillermo Galoe es su debut en el largo. Una obra rodada con intérpretes no profesionales en la Cañada Real de Madrid, continuación de un corto anterior. Curiosidad siento por La tarta del presidente del iraquí Hasan Hadi, que narra las peripecias de una niña en el Irak de los años 90 por conseguir los ingredientes para prepararle una tarta de cumpleaños a nada más ni nada menos que Sadam Hussein. 

Pálmason presenta El amor que permanece, un año en la vida de una familia cuyos padres afrontan su separación. Y con un título curioso que hará complicado su búsqueda en internet, Orwell: 2+2=5 de Raoul Peck, trata sobre el escritor George Orwell y la que será su última y más importante novela 1984 escrita en sus últimos dos años de vida en la isla escocesa de Jura. De dicha obra provienen conceptos como la sociedad orwelliana, una sociedad donde se manipula la información, se practica la vigilancia masiva y la represión política y social. A muchos les sonarán el concepto de Gran Hermano por el reality show de Tele 5, sin saber que proviene de la novela. 

La animación estará presente de la mano de Mailys Vallade y Liane Cho Han con Little Amélie, adaptación libre de la novela Métaphysique des tubes (Metafísica de los tubos, 2000), en la que la escritora belga Amélie Nothomb recreó su infancia en Japón.

Finalmente, sería una agradable sorpresa si no me durmiera viendo lo último de Olivier Assayas, que trae un drama político (esta edición parece que abundará) titulado El mago del Kremlin. El argumento promete, pues narra cómo un joven artista y productor de televisión se convierte en asesor de Vladimir Putin. El plantel actoral lo componen Jude Law, que hace de Putin y que vuelve a trabajar con Alicia Vikandi tras La última reina, Paul Dano y Tom Sturridge.


La grazia del genial Paolo Sorrentino vendrá al Zinemaldia 2025


domingo, 17 de agosto de 2025

La mujer crucificada (1954) vs Barbie (2024)

 Sororidad vs fraternidad

 

 

Barbie vestida de noche

 

He bajado esta tarde al bar Stop. Son fiestas en Bilbao y pensé que nadie me molestaría para echar unas partidas de petacos. En el Stop todavía hay al fondo a mano derecha, una máquina de pinball. En mis tiempos de mocedad el vocablo inglés no había penetrado nuestras neuronas. Ahora Drake hace estragos allá donde aborda o atraca.

Saludo a Cecilia, como siempre detrás de la barra. No hay ni rictus de sonrisa. Aunque le clavaran con chinchetas las comisuras de los labios a los mofletes, seguiría sin sonreír. Y eso que no es vasca. De espaldas, sentado en una mesa, me topo con uno de la cuadrilla: Mendieta, el filósofo. Sabe de todo, sabe de nada. Y aburre.

Introduzco la moneda por la ranura. Sale la bola, estiro el tirador y sale lanzada la bola al tablero. Veo a Mendieta con el rabillo del ojo con varias cuerdas sobre la mesa donde está sentado. «¿Qué estás tramando, Mendi?», le pregunto a modo de saludo. Se levanta y se pone a mi lado.

—Estoy preparando nudos de cuerdas pues voy al monte mañana —me comenta.

—¿Con el club de montaña o con tu mujer?

La bola se engancha en un tuya mía entre varias setas del tablero y acaba viniendo recta hacia los petacos. Directa al sumidero. Mendieta me ha respondido pero no le pongo atención. Saco la segunda bola pensando en que voy a tener que hacer una buena partida para lograr otra gratis.

—Ayer traté de ver Barbie de Greta Gerwig —me comenta tratando de atraer mi atención—. La tenía desde hace tiempo pendiente.

—¿Y? —le pregunto mientras lanzo la bola por el pasillo del molinillo, buscando que gire y puntúe.

—Que no pude pasar de la media hora. El arranque es un guiño a 2001, una odisea del espacio. Hay unas niñas que juegan a muñequitas y en lugar de un monolito descubren a una Barbie. ¿Te acuerdas del mono que con  un hueso rompe unos restos de animales habiendo logrado así un paso evolutivo en la humanidad al concebirlo como una herramienta? Pues aquí la niña lista, con gafitas por supuesto y aspecto de triturar a los hombres, rompe los jueguecitos tradicionales con su muñeca hasta que la lanza al espacio. Mientras que Barbie, en traje de baño y en pose de modelo, observa monolíticamente la escena con risa de cristal esmerilado. La mujer ha evolucionado, ha espabilado.

—¡Cecilia, ponme un gin-tónic, quieres? —exclamo mientras veo la segunda bola pasar por el pasillo exterior directo al desagüe.

Mendieta tenía un defecto: que si le dejas hablar sin interrumpirle podría estar horas y horas. Puedo imaginármelo como si el nivelador de las patas de la máquina estuviera de tal manera que el tablero no estuviera inclinado. La bola podría estar dando tumbos por el tablero sin que cayera al sumidero por estar nivelada. Mendi, era igual: horizontalidad en el tono del habla. 

—¿Sabes qué es la sororidad? —me pregunta retóricamente—.  Es curioso cómo se han de inventar palabras para definir realidades sociales nuevas. Viene de, ¡cómo no!, del latín soror, que significa hermana. Así que la sororidad se demuestra en la solidaridad solo entre mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento. Y eso es Barbie. Así que el vocablo fraternidad no les vale. Porque creen que es de uso exclusivo para los hombres. Sin embargo, la fraternidad aunque se defina como amistad o afecto entre hermanos o entre quienes se tratan como tales, incluye también a las mujeres. Hasta ahora. Pues para algunas feministas no es así y ante esta lucha contra el heteropatriarcado necesitan una palabra que designe esta nueva realidad social. Pero, ¿realmente es una realidad nueva? 

Como acto reflejo de la parrafada que escuchaba como hilo musical del Stop, recordé al director japonés Kenji Mizoguchi y una de sus películas: La mujer crucificada rodada en 1954. La acababa de ver ayer. Se narra la vida de Yukiko, una estudiante que vuelve a donde su madre tras un intento de suicidio en Tokio por un desengaño amoroso. La madre, la viuda Hatsuko, regenta una casa de geishas y pretende a un doctor llamado Matoba que suele visitarlas. Sin embargo, Matoba empieza a sentir atracción por Yukiko, su hija.

Los pensamientos fueron interrumpidos por Cecilia que me traía el gin-tonic. Ahora estaba en disposición de jugar la tercera, última y decisiva bola. Accioné el tirabolas con templanza, en un empeño vano de que al ir suave la bola caería más tarde a la zona de riesgo.

—Margot Robbie es la Barbie —continúa por su parte el filósofo Mendieta a mi lado—. Vive en un mundo ideal. No tiene que hacer la cama, cuando se ducha el pelo no se moja y cuando desayuna las tostadas salen del tostador sin preocuparse previamente de meterlas. Desciende con sus taconazos por el aire directa al descapotable y saluda sororamente a todas sus convecinas mientras conduce. Es Barbilandia, una utopía. ¿Y sabes qué...? 

—Que Ken es un idiota —auguro, mientras veo que la bola entra en un pozo y sale despedida hacia abajo. Logro salvarla con el petaco izquierdo y sube de nuevo, allá entre las setas. 

—¡Que no necesita de los tíos porque no tiene vagina! Pero sí, Ken es un idiota porque la pretende constantemente. Babea, suspira y chochea por ella.

 

Ken no encuentra lo que busca

 

 En la obra de Mizoguchi, como en general en gran parte de su filmografía que se conserva, pues tras la II Guerra Mundial el 70% de sus películas se quemaron, se centra en desarrollar en la pantalla su pasión por la intimidad femenina. ¡Y cómo no iba a hacerlo si creció en la más absoluta pobreza y presenció la venta de su hermana mayor para convertirla en geisha! Después de abandonar la escuela a los 13 años para trabajar en un hospital y a los 17, tras la muerte de su madre, se marchó a vivir con su hemana geisha. Eso pienso mientras juego y hago que escucho a Mendieta, el filósofo.

—Pero la utopía se resquebraja. A Barbie le empiezan a salir los problemillas típicos de las mujeres cuando envejecen, empezando con que sus pies ya no resisten los afilados y estilizantes zapatos de tacón. Aunque luego vendrán las varices y la cirugía, las canas y su teñido, las arruguitas y sus cremas... Y por una confusa razón ha de ir al mundo paralelo de la realidad para parar ese fenómeno raro en el mundo rosa de Barbilandia. Y ahí ya no pude con Barbie, la verdad. Empezó a desinteresarme el mundo real. Será porque me resulta insufrible y muy alejado ya. —A lo que asentí con la cabeza.

Lancé la bola de tal modo que volvió a meterse en un pozo y obtuve unos buenos puntos para el marcador. Salió y rebotó en varias setas hasta que se introdujo por pasillo con pasador. Afronté el destino de la bola cayendo. Era la tercera y eso me llevó a pensar por asociación en el triangulo entre la viuda Hatsuko, su hija y el doctor Matoba. La madre cree que su affaire con él sigue adelante, por eso le propone visitar una casa para transformarla en una clínica de maternidad, para lo cual Hatsuko ha de vender la suya, donde está el negocio de las geishas. Tras haber ido a ver una, Hatsuko, sentada junto a él a la orilla de un río, le dice: "Sabes, si viviera en esa casa y me llamaran esposa, yo también sería feliz". La indirecta no la capta Matoba, pues ha puesto el ojo en la hija Yukiko.  Posteriormente, los tres acuden a una obra de teatro. Allí Hatsuko descubre con amargura y dolor los planes del doctor y su hija: ambos planean ir a Tokio donde hay más probabilidades de prosperar y llevar una vida juntos. Aún así, la madre se sacrifica ofreciéndoles un dinero para su viaje. Sin embargo, el descubrimiento por parte de la hija del affaire entre viuda y doctor, hace que aquella no quiera seguir con su noviazgo, pues cree que el doctor ha obrado de mala fe con su madre ignorando los sentimientos de esta. 

Hatsuko, tras la marcha del doctor abandonando a ambas, cae enferma. Tal vez el desamor antes tenía más incidencia en la mujer, pues no estaba empoderada, sino a merced de la economía del hombre. Ellas afrontan la melodramática situación haciendo piña y agarrándose a lo único que les da independencia: la mancebía de geishas. Además, Mizujiro ya se encarga de mostrarnos que la madame es capaz de ser condescendiente con ciertas geishas que regresan tras ver abortado sus planes de casorio con algunos clientes desaprensivos. Sororidad aunque no existiese el vocablo. 

—¿No crees que eso es sororidad entre mujeres? —me descubro haciendo la pregunta en voz alta.

Mendieta me mira sin saber de qué le estoy hablando. Cojo el cubata, doy un rápido sorbo y me dispongo a darle con el petaco a la bola. Sube de nuevo, pero sé que volverá. Es su destino.

Recuerdo el diálogo del final de la obra de Kenji Mizoguchi entre madre e hija:

Madre: —Lamento causarte molestias a ti también, hija. Ahora me detestas, ¿no es cierto?, después de hacerte sufrir tanto.

Hija: —No digas eso. Las dos hemos sido víctimas de lo mismo, ¿no crees?

Madre: —¿Víctimas? Sí, en cierto modo, puede decirse así. Aunque tú ya habías pasado por esto.

Hija: —Cierto, en los asuntos del amor puede decirse que tengo algo más de experiencia que tú. Eso es verdad. ¡Ya no soy una niña!

Madre: —Así es. Has visto cómo funciona el mundo y has aprendido de ello.

Hija: —Pero un mundo que te obliga a encajar esos golpes me repele. 

Madre: —Bueno en cierto modo vivir significa padecer sufrimientos. Es inevitable que no nos guste. Creo que con lo que le ha sucedido a tu madre, se ha retrasado tu viaje a Tokio. Lo siento.

Hija: —Da igual, tranquila. Cuando hoy me he sentado en la recepción, he tenido una sensación extraña: me he estremecido. He sentido que ese era el lugar en el que había estado sentada toda mi vida y que quedarme sentada allí de ahora en adelante era lo que me correspondía. De tal palo, tal astilla, dicen.

Madre: —Es cierto. La verdad es que has estado sentada en ese lugar desde que te llevaba en mi vientre. 

La bola pasó por el pasillo interior y acabó ante el petaco derecho. Lancé la bola, chocó con uno de los pirulos y salió hacia abajo con si le hubieran tocado el culo. Acabó en el sumidero. Miré el marcador: me había quedado a cien puntos de lograr bola extra. Lejos todavía de una nueva partida extra.

Me quedé mirando la chica en bikini de la pantalla que parecía hacerme ojitos — o eso me parecía a mí —mientras reflexionaba: en La mujer sacrificada no hay un Ken sino muchos pero retratados con más humor, elegancia y respeto que seguramente en Barbie. No hay ninguno que se salve, ninguno positivo que se decía entonces ya que todos tratan de sacar partido de su posición dominante (la económica, con gentileza o por su status social) frente a las mujeres.  

Mendieta miró la copa de gin-tonic y me dijo: "¿Te has dado cuenta de que está inclinada?". "Bueno", le dije, "es normal pues está sobre un tablero inclinado, lo habitual en las máquinas de petacos, ¿no?". "Ya, pero además está inclinada un poco hacia la derecha", me suelta. Nos miramos y concluimos que Cecilia lo hacía para que la bola cayera hacia el lado donde menos puntos se conseguía con esa inclinación. Las partidas así serían más cortas y más gente podría jugar no habiendo manera de "quemar la máquina" como se decía entonces.

—Menos mal que nos queda la camaradería —me suelta Mendieta mientras sonríe. —¿Se lo dices tú o se lo digo yo?

—¡Ceciliaaaaa, que no te pago el cubata!

Tras haber salido del Stop, el filósofo Mendieta me comenta: 

—Sabes que la palabra original inglesa "pinball" se ha adaptado a la regla ortográfica española escribiéndose pimball, ya que delante de "B" o "P" siempre va una "M". El término pimball se encuentra muy extendido tanto en publicaciones del sector como en flyers y su género no está definido

—¿No está definido? 

—No. He visto que existen referencias en femenino, la pimball, como en masculino, el pimball.

—Mira, Mendieta. Me quedo con los modelos de Barbie de antaño. Eso, sin duda alguna, era femenino, femenino. Aunque pocas veces he visto barbies por las calles de Astrabudua.

—Sí, y las que había se han ido de aquí. 

Trataré de ver entera Barbie, aunque he leído el comentario de una espectadora que la ha visto que me quitan las ganas de verla: 

Una falta de respeto a todos estos años que llevamos luchando por la igualdad de género sin tener que pisotear al otro. De verdad, que paren con la cansina guerra de sexos da una vez.  

domingo, 10 de agosto de 2025

The Sleeper. El Caravaggio perdido

 ¿La Bella Durmiente es un sleeper?

 

Cartel del documental de Javier Longoria estrenado el 13 de mayo 2025

 

Imagine que un buen día, usted, que ya peina bastantes canas y vive en el barrio adinerado de Salamanca de Madrid, decide que la casa en la que vive se hace bastante grande para la vida que le queda. Sus hijos ya han abandonado el nido y escucha en estéreo cada pisada dada por el laaargo pasillo que le conduce al baño. Imagine que usted decide comprar un pisito más pequeño, donde el paseo desde la cocina al salón no suponga un esfuerzo de maratón. 

¿Y qué hacer con ese cuadro que ha presidido comidas, meriendas y cenas durante tantos años en la familia de rango abolengo? Que dice el padre, o el abuelo, que siempre ha sido un cuadro "bueno". Antiguo y "bueno". Pero bueno, ¿por qué? Porque lo ha pintado un buen pincel. Pero no sabemos a ciencia cierta, como tantas veces pasa en la vida cuando nada se documenta y se pasa la información de forma oral, que un buen día alguien ya no recuerda de dónde vino, cómo vino y, lo más importante, quién lo pintó.

Y ahí está el cuadro en la pared: una escena en la que se ve a Cristo con una corona de espinas; delante de él a Poncio Pilatos que apoyado en una barandilla indica con las manos un "he aquí el hombre" (Ecce homo); detrás de Cristo un esbirro le retira (¿o le pone?) un manto rojo. La escena religiosa es harto famosa pues en ella Pilatos se lava las manos.

Los dueños del cuadro (metro once cm de alto por 86 cm de alto) deciden embalarlo y circunstancialmente acaba en la casa Ansorena de Madrid, una de las casas de subastas de arte y joyería más importantes (su página web dixit) del país. Y como tal el cuadrito de la familia de rango abolengo es registrado en su catálogo con la descripción: "Círculo de José de Ribera (s. XVII). La coronación de Espinas. Óleo sobre lienzo". El precio de salida es de 1500 euros. Y sin marco, pues o bien la familia o bien la propia casa lo ha vendido previamente. Un precio asequible para los que viven de la RGI si quisieran invertir en arte.

Y, claro, todo marchante que se precie no ojea ni hojea los catálogos de arte, sino que los examina, supervisa, controla o/y vigila si en alguno aparece un sleeper. O sea, una obra de un autor de relumbrón que lleva durmiendo en el anonimato décadas o cuya autoría ha sido asignada a un segundón o a un don nadie por tratarse, tal vez, de una copia. 

Así que alguien ve la imagen de esa Coronación de Espinas y empieza a sospechar que del Círculo de José de Ribera, nada de nada. Que más bien tiene pinta de un Caravaggio, ese pintor escandaloso del siglo XVI al XVII que trabaja directamente sobre el lienzo, sin bosquejar siquiera los personajes, encarcelado por lo que hoy se denomina pedofilia y posteriormente desaparecido en una playa de Roma, quizá asesinado como el cineasta Pier Paolo Pasolini. ¡La apoteósis en pintura de lo que se llamará, más tarde, el arte barroco!

De modo que los mensajes de whatsapp y las imágenes del cuadro por correo electrónico rulan por todos los teléfonos marca Iphone de todos los marchantes de arte que se precien. Y salen cuales galgos directos a la presa desde Roma, París, Londres o de Madrid a la Casa de Ansorena. ¡Un millón de euros! ¡Yo ofrezco tres! ¿Por trescientos millones de euros me lo venderías? Despacio, despacio, que el precio de salida son 1.500 euros, no 1.500.000 de euros.

Así que la familia se queda patidifusa. ¡Un Caravaggio en el salón de mi casa!, exclama la hija mayor, la mediana y la más pequeña, la madre y la señora con cofia que lleva en el servicio 20 años en la familia de rango abolengo del barrio de Salamanca, y que siempre miró con desdén la escena. 

Cuando uno se encuentra con un sleeper, lo más probable es que acabe perdiendo la cabeza, como Juan el Bautista. Primero, ¿estamos seguros de que es un Caravaggio? Se ha  de llamar a los expertos en pintura del Barroco italiano. ¿Y qué van a decir ellos, que cobran un pastón por certificar esto o lo otro? Sí, es verdad que se juegan su prestigio, pero ¿hasta qué cantidad de euros, dólares o petrodólares tienen adjudicado su prestigio y honradez?

Además, el cuadro está deteriorado y hay que restaurarlo. Se llaman a los prestigiosos restauradores de... Italia, ¡cómo no! ¡Y tras casi un año los dueños pueden ver el cuadro "Ecce Homo" por fin en su restauración definitiva en la galería de arte Colnaghi!

De alguna manera, toparse con un sleeper es como una versión del cuento de la Bella Durmiente. Hay un destino como si fuera un hada que en lugar de acabar en la muerte (cubo de basura, incendio o deterioro irreversible), el cuadro, o sea, la Bella durmiente cae en un sueño mágico hasta que un príncipe (en este caso un marchante o experto en arte) le dé un beso (le ponga el ojo experto) y despierte a la vida (acabe en un casa de subasta para que un adinerado lo ponga en su pared para regocijo suyo y de las visitas).

Ahora toca venderlo. Pero, claro, con el Ministerio de Cultura de España nos hemos topado. Se declara BIC: no el bolígrafo de punta fina, punta cristal, dos escrituras a elegir, sino Bien de Interés Cultural. Eso significa que el cuadro no puede salir de España.

Así que el precio ha de bajar para aquel que tenga pasta (liquidez, dirían los economistas de Harvard).  

Todo esto se narra en el documental The Sleeper. El Caravaggio perdido de Álvaro Longoria que he visto con agradable compañía femenina en los Golem de Bilbao. Longoria es un documentalista cuya obra con más repercusión fue Hijos de las nubes. La última colonia (2012) sobre la situación política del norte de África y la responsabilidad de las antiguas potencias occidentales en esa zona.

The Sleeper está narrado con cierto aire de thriller, aunque al final el espectador se queda sin saber ni quién lo compró definitivamente ni a qué dineral llegó el acuerdo con la familia de rango abolengo madrileña del barrio de Salamanca. 

He mirado a ver cuántas obras del pintor italiano se conservan. La inteligencia artificial me responde que se conservan menos de 80 pinturas de Caravaggio, aunque se le atribuyen otras más en medio de debates. En el documental, se comenta que hay dos maneras de tratar de averiguar si un obra artística pertenece a un autor o no: una mediante el estudio del estilo con que ha sido pintado; el segundo mediante un estudio documentado de la procedencia de la pintura. Si las dos coinciden, pues lo más probable es que haya un mayor consenso entre la comunidad de marchantes, galerías de subastas e historiadores de arte. Eso añadirá ceros a la hora de subastarla en Sotheby's, Christie's o Bonhams, por poner ejemplos conocidos.

Al final del documental se indica que el Caravaggio perdido ha sido cedido indefinidamente al Museo del Prado de Madrid y que no se sabe quién lo ha comprado, aunque en la wikipedia osan afirmar que "actualmente pertenece a un coleccionista británica con residencia en España”. Otra vez la Pérfida Albión dando por culo, ¿o esta vez no?

 

 

domingo, 3 de agosto de 2025

La buena letra

 La buena letra con el arte entra

 

Renuncia a narrar los grandes acontecimientos históricos para prestar atención a lo íntimo y cotidiano.

 

 He montado en la estación de Moyúa de Bilbao de regreso a casa. Me espera un largo recorrido de 45 minutos. Si la jornada laboral no ha sido muy cansina, aprovecho el tiempo para la lectura. ¡A saber cuántos libros habrán sido devorados en estos años laborales de este modo! Sin embargo, si he dormido mal o los clientes me han dado la turra en demasía o un dolor de estómago se ha desencadenado, me dedico a observar el paisaje, a los pasajeros en derredor o a cerrar los ojos imaginándome un futuro más risueño.

Sentadas frente a frente, tengo a una madre e hija. Esta última se llama Irene; de la madre sólo puedo describirla: cuarentona, de camino a esa edad del medio siglo, donde la gordura se dirigirá a esas zonas en que nadie la quiere y escapa de donde debería permanecer, todavía de labios apetitosos, ataviada con un florido vestido con escote en V, piernas delgadas y bien torneadas, algo de maquillaje y pelo largo oscuro. 

Observo que la madre lleva entre sus manos un libro titulado La buena letra, cuyo autor logro distinguir: Rafael Chirbes. Irene, en cambio, mira el móvil con voracidad. Esta es la conversación que, más o menos, he logrado recordar entre ellas.

—Ya he acabado.

—¿Cómo? —pregunta Irene quitándose los auriculares y despegando la vista del móvil.

—Que he finalizado La buena letra. Te lo recomiendo porque es literatura de mucha calidad, aunque es muy triste.

El arranque así lo augura. «Hoy ha comido en casa y, a la hora del postre, me ha preguntado si aún recuerdo las tardes en que tu padre y tu tío se iban al fútbol y yo le preparaba a ella una taza de achicoria. He pensado que sí, que después de cincuenta años aún me hacen daño aquellas tardes. No he podido librarme de su tristeza». 

— ¿De qué trata, mamá?

— Es la historia de Ana que le cuenta a uno de sus dos hijos las pequeñas miserias de su vida con su marido, Tomás, Antonio, hermano de éste e Isabel, su cuñada, que se cree más que los demás por haber acompañado a unos marqueses valencianos a Inglaterra siendo criada, y fuente de muchos males en la familia... como la Guerra Civil.

—Pues contado así, no me apetece su lectura.

—La guerra es telón de fondo, hija. Lo importante son los personajes y sus vicisitudes. Ah, y cómo está narrado... y escrito. Los capítulos son como postales, pues en poco espacio uno ha de escribir lo sustancial.

Chirbes apenas la nombra: es como una sombra que les acompaña. «¿Decir que fue puro o limpio el miedo? Ni la muerte ni el miedo son limpios. Aún guardo la suciedad del miedo de los tres años que tu padre se pasó en el frente...», rememora. 

—Ana, la madre, cuenta a su hijo los recuerdos. Él es tan sólo oyente en el presente de todas las miserias, alegrías, sufrimientos e ilusiones perdidas de su madre. Y el lector pega la oreja.

Como hago yo con ellas. Es una fórmula que siempre aviva el interés. Dos charlan y un tercero está presente pero sin inmiscuirse en la conversación íntima. Asistes a la confidencia sin permiso, como si te quedaras al lado de un confesionario y descubrieses a tu vecina ahí de rodillas. Ella que nunca ha sido creyente.

—Tú, hija, no te ha tocado vivir en un tiempo de zozobra. 

—Aprobar el acceso a la universidad, ¿no te parece mayor zozobra, ama?

—No me refiero a eso, Irene. Yo te hablo de no saber si tu padre volverá a casa a cenar o ir a ver a tu tío, si estuviera en la cárcel, sin saber si lo hallarás con vida. Vuestras preocupaciones, siendo serias, no tienen ni comparación con las penalidades de la generación de Ana en la novela.

«Rumores de fusilamientos que sólo a veces se confirmaban, pero que siempre hacían daño (...). Aprendimos la suciedad del miedo», escribe Chirbes, cuenta a su hijo Ana.

El metro para en Astrabudúa. Por un momento, pienso en bajar y tomar algo en el bar Stop. Pero no puedo dejar de asistir a la conversación entre madre y su hija Irene. Me quedo pensando por un momento en la expresión la suciedad del miedo. Y sonrío, pues cada vez que lo he sentido me he cagado literalmente. No sé si Chirbes se refiere a esa suciedad. Supongo que es más figura literaria, una sinestesia o así.

—Además, hay un aspecto en la novela que a papá le gustaría mucho si la leyese —le comenta la madre. Y prosigue—: Chirbes recurre mucho a citar el cine a lo largo de la narración. La primera vez que lo menciona Ana comenta que...

 «Las tardes de domingo me gustaba visitar a mi madre y luego me iba al cine con tu hermana, pero desde que llegó ella [su cuñada, Isabel] cada vez pude cumplir mis deseos con menos frecuencia. El cine le parecía una cosa chabacana».

—¿Chabacana? —preguntó Irene.

—Sí, vulgar, ordinario. La esnob de la cuñada prefería una obra de teatro o un buen concierto, pero el cine... «con toda la gente del pueblo metida en ese local espantoso», decía. Eran los tiempos en que seguía siendo un espectáculo popular para las clases más humildes.

 —Pues ahora apenas nadie va al cine. Bueno, sólo para ver las de terror y las de superhéroes.

—En la postguerra, Irene, la gente se metía en el cine porque allí al menos se aguantaba el frío. 

En esos momentos, quise participar en la conversación, pero mi timidez endémica me lo impidió. Iba a decir que acababa de leer otra magnífica novela, El gran Gatsby, en la que uno de los protagonistas sugiere ir a los grandes cines de la calle 50 de Nueva York puesto que son frescos. Cambian de idea y se llega al clímax saltando todo por los aires. Me preguntaba qué habría pasado si Scott Fitzgerald les hubiera hecho entrar en uno de ellos. Llegamos a la estación de Aiboa. Y la conversación prosigue.

—El cine era barato, más que encender el brasero. Pero Ana y su marido Tomás, que es republicano no pueden. 

—¿Por qué? —pregunta la hija.

—Porque al final de la película sonaba el Cara al sol y a Tomás le repugnaba tener que ponerse en pie con el brazo en alto.

—¿Como nosotras cuando entraba la directora y nos poníamos de pie en el colegio?

Su madre me miró por primera vez, mientras hacía un mohín alzando los ojos como diciendo con ironía: "Lo mismo, hija mía, lo mismito". Y sonreímos con complicidad.

—El paso del tiempo también afecta a las salas y en la novela así lo refleja el autor —continúa la madre.

 «Ahora, las películas ya eran habladas y el piano permanecía silencioso al pie de la pantalla, sin que nadie se ocupase de hacerlo sonar. Yo le hablaba a tu hermana de los tiempos de antes de la guerra y del sonido de eso que a ella le parecía un mueble, un armario o algo así, y que nunca había tenido ocasión de escuchar», escribe Chirbes, le cuenta a su hijo Ana.

—Para ti, Irene, haber estudiado solfeo y algo de piano ha sido muy fácil. Pero la hija de Ana se tuvo que conformar con la visión que tuvo un día al pasar por una casa elegante de la que salía el sonido de un piano. Al poco descubriría que el piano tenía la tapa levantada y por dentro le pareció que había fichas de dominó puestas en fila.

Pero Chirbes no nos deja que esa sonrisa que aflora en el lector ante la ocurrencia de la niña permanezca, porque dos párrafos después nos envuelve con esa desesperanza que reina en el relato de los sueños incumplidos: «Una vez me enseñó [tu hermana] sus manos estropeadas y me dijo con una sonrisa triste: "¡Y yo que de pequeña quería ser pianista!". A veces me acuerdo de sus palabras, cuando la veo incapaz de salir de esa burbuja a la que la vida la ha condenado, teniendo un hijo tras otro».

—Ama, tú te crees que todo ha sido para mí de color de rosas. ¡Que se ponga a estudiar piano una hora al día! —se queja Irene harta de la comparación desfavorable a ella de los tiempos pasados que hace su madre.

Se levantan y se disponen a salir en Bidezabal. Tan sólo escucho ya: 

—La cuñada es la peste de la familia: ambiciosa, arrogante, manipuladora y más falsa que un duro de madera. Se ponía como loca cuando su marido y su cuñado venían de ver el fútbol algo ya achispados. Decía que no podía soportar esa vulgaridad, su estúpida falta de ambición. ¡Y mira ahora, las mujeres jugando al fútbol!

Y Chirbes dispara en ese momento a quemarropa haciéndola decir a la cuñada: «¿No se da usted cuenta de que nos están condenando a fregar cazuelas el resto de nuestras vidas?». Pero Ana no quiere entenderla, pues después de todo lo que había pasado, «la felicidad era exactamente lo que tenía, incluidos los sueños que el cine les prestaba».

El metro siguió su curso hacia Plentzia. No sé si a Irene le convencería las palabras de su amatxu para leer La buena letra. A mí me vino la fantasía de pensar por un momento que yo podría ser el padre de esa familia y que, a la llegada a casa, me estaría esperando ese libro a modo de regalo sobre la mesita del vestíbulo.

Con el tiempo, descubriría algo en la obra de Chirbes que también a mí me ha ocurrido durante estos años de idas y venidas en el metro de Bilbao. Cuando Ana y Tomás descubren por carta que el hermano de este, Antonio, está preso en una cárcel, semana después irán a verle empezando así el calvario de los viajes en tren. «Viajar hoy desde Bovra a Mantell resulta fácil, pero entonces había que hacer transbordos, pasar horas y horas en andenes abandonados en los que el viento barría las hojas secas y los papeles, sufrir el traqueteo interminable de aquellos vagones de madera repletos de mujeres enlutadas y silenciosas». Sin embargo, poco tiempo después las cosas mejoran y el mismo viaje «era más soportable. Seguían la incomodidad de los trenes, las largas esperas, las paradas arbitrarias e interminables, el agotamiento, pero aquel deshielo que parecía haberse producido en nuestra casa también parecía afectar a los demás». Ana se sorprendía en algunos momentos del trayecto contemplando el paisaje, descubriendo los lugares que el tren recorría y se adormecía con el calor del sol.

Chirbes viene a indicar que los viajes de Ana en aquellos trenes eran emocionales. Recuerdo aquella ocasión en que yendo al trabajo después del duelo por la muerte de mi ama, me sorprendió ver la ventanilla con ciertas gotas de lluvia. Al salir del vagón a mi llegada a Moyúa, descubrí que la ventanilla estaba seca. No llovía aún siendo febrero. Eran en mis ojos donde había llovido. Entonces me uno al recuerdo de Ana cuando afirma: «Qué tiempos más bonitos, cuando estábamos todos juntos y nos reíamos y no nos faltaba lo indispensable».


 

 

 

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