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domingo, 10 de agosto de 2025

The Sleeper. El Caravaggio perdido

 ¿La Bella Durmiente es un sleeper?

 

Cartel del documental de Javier Longoria estrenado el 13 de mayo 2025

 

Imagine que un buen día, usted, que ya peina bastantes canas y vive en el barrio adinerado de Salamanca de Madrid, decide que la casa en la que vive se hace bastante grande para la vida que le queda. Sus hijos ya han abandonado el nido y escucha en estéreo cada pisada dada por el laaargo pasillo que le conduce al baño. Imagine que usted decide comprar un pisito más pequeño, donde el paseo desde la cocina al salón no suponga un esfuerzo de maratón. 

¿Y qué hacer con ese cuadro que ha presidido comidas, meriendas y cenas durante tantos años en la familia de rango abolengo? Que dice el padre, o el abuelo, que siempre ha sido un cuadro "bueno". Antiguo y "bueno". Pero bueno, ¿por qué? Porque lo ha pintado un buen pincel. Pero no sabemos a ciencia cierta, como tantas veces pasa en la vida cuando nada se documenta y se pasa la información de forma oral, que un buen día alguien ya no recuerda de dónde vino, cómo vino y, lo más importante, quién lo pintó.

Y ahí está el cuadro en la pared: una escena en la que se ve a Cristo con una corona de espinas; delante de él a Poncio Pilatos que apoyado en una barandilla indica con las manos un "he aquí el hombre" (Ecce homo); detrás de Cristo un esbirro le retira (¿o le pone?) un manto rojo. La escena religiosa es harto famosa pues en ella Pilatos se lava las manos.

Los dueños del cuadro (metro once cm de alto por 86 cm de alto) deciden embalarlo y circunstancialmente acaba en la casa Ansorena de Madrid, una de las casas de subastas de arte y joyería más importantes (su página web dixit) del país. Y como tal el cuadrito de la familia de rango abolengo es registrado en su catálogo con la descripción: "Círculo de José de Ribera (s. XVII). La coronación de Espinas. Óleo sobre lienzo". El precio de salida es de 1500 euros. Y sin marco, pues o bien la familia o bien la propia casa lo ha vendido previamente. Un precio asequible para los que viven de la RGI si quisieran invertir en arte.

Y, claro, todo marchante que se precie no ojea ni hojea los catálogos de arte, sino que los examina, supervisa, controla o/y vigila si en alguno aparece un sleeper. O sea, una obra de un autor de relumbrón que lleva durmiendo en el anonimato décadas o cuya autoría ha sido asignada a un segundón o a un don nadie por tratarse, tal vez, de una copia. 

Así que alguien ve la imagen de esa Coronación de Espinas y empieza a sospechar que del Círculo de José de Ribera, nada de nada. Que más bien tiene pinta de un Caravaggio, ese pintor escandaloso del siglo XVI al XVII que trabaja directamente sobre el lienzo, sin bosquejar siquiera los personajes, encarcelado por lo que hoy se denomina pedofilia y posteriormente desaparecido en una playa de Roma, quizá asesinado como el cineasta Pier Paolo Pasolini. ¡La apoteósis en pintura de lo que se llamará, más tarde, el arte barroco!

De modo que los mensajes de whatsapp y las imágenes del cuadro por correo electrónico rulan por todos los teléfonos marca Iphone de todos los marchantes de arte que se precien. Y salen cuales galgos directos a la presa desde Roma, París, Londres o de Madrid a la Casa de Ansorena. ¡Un millón de euros! ¡Yo ofrezco tres! ¿Por trescientos millones de euros me lo venderías? Despacio, despacio, que el precio de salida son 1.500 euros, no 1.500.000 de euros.

Así que la familia se queda patidifusa. ¡Un Caravaggio en el salón de mi casa!, exclama la hija mayor, la mediana y la más pequeña, la madre y la señora con cofia que lleva en el servicio 20 años en la familia de rango abolengo del barrio de Salamanca, y que siempre miró con desdén la escena. 

Cuando uno se encuentra con un sleeper, lo más probable es que acabe perdiendo la cabeza, como Juan el Bautista. Primero, ¿estamos seguros de que es un Caravaggio? Se ha  de llamar a los expertos en pintura del Barroco italiano. ¿Y qué van a decir ellos, que cobran un pastón por certificar esto o lo otro? Sí, es verdad que se juegan su prestigio, pero ¿hasta qué cantidad de euros, dólares o petrodólares tienen adjudicado su prestigio y honradez?

Además, el cuadro está deteriorado y hay que restaurarlo. Se llaman a los prestigiosos restauradores de... Italia, ¡cómo no! ¡Y tras casi un año los dueños pueden ver el cuadro "Ecce Homo" por fin en su restauración definitiva en la galería de arte Colnaghi!

De alguna manera, toparse con un sleeper es como una versión del cuento de la Bella Durmiente. Hay un destino como si fuera un hada que en lugar de acabar en la muerte (cubo de basura, incendio o deterioro irreversible), el cuadro, o sea, la Bella durmiente cae en un sueño mágico hasta que un príncipe (en este caso un marchante o experto en arte) le dé un beso (le ponga el ojo experto) y despierte a la vida (acabe en un casa de subasta para que un adinerado lo ponga en su pared para regocijo suyo y de las visitas).

Ahora toca venderlo. Pero, claro, con el Ministerio de Cultura de España nos hemos topado. Se declara BIC: no el bolígrafo de punta fina, punta cristal, dos escrituras a elegir, sino Bien de Interés Cultural. Eso significa que el cuadro no puede salir de España.

Así que el precio ha de bajar para aquel que tenga pasta (liquidez, dirían los economistas de Harvard).  

Todo esto se narra en el documental The Sleeper. El Caravaggio perdido de Álvaro Longoria que he visto con agradable compañía femenina en los Golem de Bilbao. Longoria es un documentalista cuya obra con más repercusión fue Hijos de las nubes. La última colonia (2012) sobre la situación política del norte de África y la responsabilidad de las antiguas potencias occidentales en esa zona.

The Sleeper está narrado con cierto aire de thriller, aunque al final el espectador se queda sin saber ni quién lo compró definitivamente ni a qué dineral llegó el acuerdo con la familia de rango abolengo madrileña del barrio de Salamanca. 

He mirado a ver cuántas obras del pintor italiano se conservan. La inteligencia artificial me responde que se conservan menos de 80 pinturas de Caravaggio, aunque se le atribuyen otras más en medio de debates. En el documental, se comenta que hay dos maneras de tratar de averiguar si un obra artística pertenece a un autor o no: una mediante el estudio del estilo con que ha sido pintado; el segundo mediante un estudio documentado de la procedencia de la pintura. Si las dos coinciden, pues lo más probable es que haya un mayor consenso entre la comunidad de marchantes, galerías de subastas e historiadores de arte. Eso añadirá ceros a la hora de subastarla en Sotheby's, Christie's o Bonhams, por poner ejemplos conocidos.

Al final del documental se indica que el Caravaggio perdido ha sido cedido indefinidamente al Museo del Prado de Madrid y que no se sabe quién lo ha comprado, aunque en la wikipedia osan afirmar que "actualmente pertenece a un coleccionista británica con residencia en España”. Otra vez la Pérfida Albión dando por culo, ¿o esta vez no?

 

 

domingo, 3 de agosto de 2025

La buena letra

 La buena letra con el arte entra

 

Renuncia a narrar los grandes acontecimientos históricos para prestar atención a lo íntimo y cotidiano.

 

 He montado en la estación de Moyúa de Bilbao de regreso a casa. Me espera un largo recorrido de 45 minutos. Si la jornada laboral no ha sido muy cansina, aprovecho el tiempo para la lectura. ¡A saber cuántos libros habrán sido devorados en estos años laborales de este modo! Sin embargo, si he dormido mal o los clientes me han dado la turra en demasía o un dolor de estómago se ha desencadenado, me dedico a observar el paisaje, a los pasajeros en derredor o a cerrar los ojos imaginándome un futuro más risueño.

Sentadas frente a frente, tengo a una madre e hija. Esta última se llama Irene; de la madre sólo puedo describirla: cuarentona, de camino a esa edad del medio siglo, donde la gordura se dirigirá a esas zonas en que nadie la quiere y escapa de donde debería permanecer, todavía de labios apetitosos, ataviada con un florido vestido con escote en V, piernas delgadas y bien torneadas, algo de maquillaje y pelo largo oscuro. 

Observo que la madre lleva entre sus manos un libro titulado La buena letra, cuyo autor logro distinguir: Rafael Chirbes. Irene, en cambio, mira el móvil con voracidad. Esta es la conversación que, más o menos, he logrado recordar entre ellas.

—Ya he acabado.

—¿Cómo? —pregunta Irene quitándose los auriculares y despegando la vista del móvil.

—Que he finalizado La buena letra. Te lo recomiendo porque es literatura de mucha calidad, aunque es muy triste.

El arranque así lo augura. «Hoy ha comido en casa y, a la hora del postre, me ha preguntado si aún recuerdo las tardes en que tu padre y tu tío se iban al fútbol y yo le preparaba a ella una taza de achicoria. He pensado que sí, que después de cincuenta años aún me hacen daño aquellas tardes. No he podido librarme de su tristeza». 

— ¿De qué trata, mamá?

— Es la historia de Ana que le cuenta a uno de sus dos hijos las pequeñas miserias de su vida con su marido, Tomás, Antonio, hermano de éste e Isabel, su cuñada, que se cree más que los demás por haber acompañado a unos marqueses valencianos a Inglaterra siendo criada, y fuente de muchos males en la familia... como la Guerra Civil.

—Pues contado así, no me apetece su lectura.

—La guerra es telón de fondo, hija. Lo importante son los personajes y sus vicisitudes. Ah, y cómo está narrado... y escrito. Los capítulos son como postales, pues en poco espacio uno ha de escribir lo sustancial.

Chirbes apenas la nombra: es como una sombra que les acompaña. «¿Decir que fue puro o limpio el miedo? Ni la muerte ni el miedo son limpios. Aún guardo la suciedad del miedo de los tres años que tu padre se pasó en el frente...», rememora. 

—Ana, la madre, cuenta a su hijo los recuerdos. Él es tan sólo oyente en el presente de todas las miserias, alegrías, sufrimientos e ilusiones perdidas de su madre. Y el lector pega la oreja.

Como hago yo con ellas. Es una fórmula que siempre aviva el interés. Dos charlan y un tercero está presente pero sin inmiscuirse en la conversación íntima. Asistes a la confidencia sin permiso, como si te quedaras al lado de un confesionario y descubrieses a tu vecina ahí de rodillas. Ella que nunca ha sido creyente.

—Tú, hija, no te ha tocado vivir en un tiempo de zozobra. 

—Aprobar el acceso a la universidad, ¿no te parece mayor zozobra, ama?

—No me refiero a eso, Irene. Yo te hablo de no saber si tu padre volverá a casa a cenar o ir a ver a tu tío, si estuviera en la cárcel, sin saber si lo hallarás con vida. Vuestras preocupaciones, siendo serias, no tienen ni comparación con las penalidades de la generación de Ana en la novela.

«Rumores de fusilamientos que sólo a veces se confirmaban, pero que siempre hacían daño (...). Aprendimos la suciedad del miedo», escribe Chirbes, cuenta a su hijo Ana.

El metro para en Astrabudúa. Por un momento, pienso en bajar y tomar algo en el bar Stop. Pero no puedo dejar de asistir a la conversación entre madre y su hija Irene. Me quedo pensando por un momento en la expresión la suciedad del miedo. Y sonrío, pues cada vez que lo he sentido me he cagado literalmente. No sé si Chirbes se refiere a esa suciedad. Supongo que es más figura literaria, una sinestesia o así.

—Además, hay un aspecto en la novela que a papá le gustaría mucho si la leyese —le comenta la madre. Y prosigue—: Chirbes recurre mucho a citar el cine a lo largo de la narración. La primera vez que lo menciona Ana comenta que...

 «Las tardes de domingo me gustaba visitar a mi madre y luego me iba al cine con tu hermana, pero desde que llegó ella [su cuñada, Isabel] cada vez pude cumplir mis deseos con menos frecuencia. El cine le parecía una cosa chabacana».

—¿Chabacana? —preguntó Irene.

—Sí, vulgar, ordinario. La esnob de la cuñada prefería una obra de teatro o un buen concierto, pero el cine... «con toda la gente del pueblo metida en ese local espantoso», decía. Eran los tiempos en que seguía siendo un espectáculo popular para las clases más humildes.

 —Pues ahora apenas nadie va al cine. Bueno, sólo para ver las de terror y las de superhéroes.

—En la postguerra, Irene, la gente se metía en el cine porque allí al menos se aguantaba el frío. 

En esos momentos, quise participar en la conversación, pero mi timidez endémica me lo impidió. Iba a decir que acababa de leer otra magnífica novela, El gran Gatsby, en la que uno de los protagonistas sugiere ir a los grandes cines de la calle 50 de Nueva York puesto que son frescos. Cambian de idea y se llega al clímax saltando todo por los aires. Me preguntaba qué habría pasado si Scott Fitzgerald les hubiera hecho entrar en uno de ellos. Llegamos a la estación de Aiboa. Y la conversación prosigue.

—El cine era barato, más que encender el brasero. Pero Ana y su marido Tomás, que es republicano no pueden. 

—¿Por qué? —pregunta la hija.

—Porque al final de la película sonaba el Cara al sol y a Tomás le repugnaba tener que ponerse en pie con el brazo en alto.

—¿Como nosotras cuando entraba la directora y nos poníamos de pie en el colegio?

Su madre me miró por primera vez, mientras hacía un mohín alzando los ojos como diciendo con ironía: "Lo mismo, hija mía, lo mismito". Y sonreímos con complicidad.

—El paso del tiempo también afecta a las salas y en la novela así lo refleja el autor —continúa la madre.

 «Ahora, las películas ya eran habladas y el piano permanecía silencioso al pie de la pantalla, sin que nadie se ocupase de hacerlo sonar. Yo le hablaba a tu hermana de los tiempos de antes de la guerra y del sonido de eso que a ella le parecía un mueble, un armario o algo así, y que nunca había tenido ocasión de escuchar», escribe Chirbes, le cuenta a su hijo Ana.

—Para ti, Irene, haber estudiado solfeo y algo de piano ha sido muy fácil. Pero la hija de Ana se tuvo que conformar con la visión que tuvo un día al pasar por una casa elegante de la que salía el sonido de un piano. Al poco descubriría que el piano tenía la tapa levantada y por dentro le pareció que había fichas de dominó puestas en fila.

Pero Chirbes no nos deja que esa sonrisa que aflora en el lector ante la ocurrencia de la niña permanezca, porque dos párrafos después nos envuelve con esa desesperanza que reina en el relato de los sueños incumplidos: «Una vez me enseñó [tu hermana] sus manos estropeadas y me dijo con una sonrisa triste: "¡Y yo que de pequeña quería ser pianista!". A veces me acuerdo de sus palabras, cuando la veo incapaz de salir de esa burbuja a la que la vida la ha condenado, teniendo un hijo tras otro».

—Ama, tú te crees que todo ha sido para mí de color de rosas. ¡Que se ponga a estudiar piano una hora al día! —se queja Irene harta de la comparación desfavorable a ella de los tiempos pasados que hace su madre.

Se levantan y se disponen a salir en Bidezabal. Tan sólo escucho ya: 

—La cuñada es la peste de la familia: ambiciosa, arrogante, manipuladora y más falsa que un duro de madera. Se ponía como loca cuando su marido y su cuñado venían de ver el fútbol algo ya achispados. Decía que no podía soportar esa vulgaridad, su estúpida falta de ambición. ¡Y mira ahora, las mujeres jugando al fútbol!

Y Chirbes dispara en ese momento a quemarropa haciéndola decir a la cuñada: «¿No se da usted cuenta de que nos están condenando a fregar cazuelas el resto de nuestras vidas?». Pero Ana no quiere entenderla, pues después de todo lo que había pasado, «la felicidad era exactamente lo que tenía, incluidos los sueños que el cine les prestaba».

El metro siguió su curso hacia Plentzia. No sé si a Irene le convencería las palabras de su amatxu para leer La buena letra. A mí me vino la fantasía de pensar por un momento que yo podría ser el padre de esa familia y que, a la llegada a casa, me estaría esperando ese libro a modo de regalo sobre la mesita del vestíbulo.

Con el tiempo, descubriría algo en la obra de Chirbes que también a mí me ha ocurrido durante estos años de idas y venidas en el metro de Bilbao. Cuando Ana y Tomás descubren por carta que el hermano de este, Antonio, está preso en una cárcel, semana después irán a verle empezando así el calvario de los viajes en tren. «Viajar hoy desde Bovra a Mantell resulta fácil, pero entonces había que hacer transbordos, pasar horas y horas en andenes abandonados en los que el viento barría las hojas secas y los papeles, sufrir el traqueteo interminable de aquellos vagones de madera repletos de mujeres enlutadas y silenciosas». Sin embargo, poco tiempo después las cosas mejoran y el mismo viaje «era más soportable. Seguían la incomodidad de los trenes, las largas esperas, las paradas arbitrarias e interminables, el agotamiento, pero aquel deshielo que parecía haberse producido en nuestra casa también parecía afectar a los demás». Ana se sorprendía en algunos momentos del trayecto contemplando el paisaje, descubriendo los lugares que el tren recorría y se adormecía con el calor del sol.

Chirbes viene a indicar que los viajes de Ana en aquellos trenes eran emocionales. Recuerdo aquella ocasión en que yendo al trabajo después del duelo por la muerte de mi ama, me sorprendió ver la ventanilla con ciertas gotas de lluvia. Al salir del vagón a mi llegada a Moyúa, descubrí que la ventanilla estaba seca. No llovía aún siendo febrero. Eran en mis ojos donde había llovido. Entonces me uno al recuerdo de Ana cuando afirma: «Qué tiempos más bonitos, cuando estábamos todos juntos y nos reíamos y no nos faltaba lo indispensable».


 

 

 

miércoles, 30 de julio de 2025

Marisa Paredes y Esther García, protagonistas del Zinemaldia 2025

 El Zinemaldia homenajea a la actriz Marisa Paredes en su cartel para la 73ª edición

 

La productora Esther García recibirá el Premio Donostia  para reconocer su trayectoria, justo cuando se cumplen cuatro décadas de la creación de la compañía El Deseo de Pedro Almodovar

 

El director de la 73ª edición del Zinemaldia junto al cartel oficial


 La actriz Marisa Paredes (1946-2024) ha sido la escogida para ser protagonista del cartel de la 73ª edición del Zinemaldia. Paredes falleció el pasado 17 de diciembre de 2024 de un infarto agudo de miocardio. La madrileña ha sido una habitual asistente del festival desde que en 1977 visitó el certamen por primera vez como parte del elenco de El perro de Antonio Isasi-Isasmendi que concursó en la Sección Oficial. 

 Desde entonces, ha trabajado en más de 75 largometrajes con directores como Fernando Trueba, Montxo Armendáriz, Jaime Chávarri y, sobre todo, con Pedro Almodóvar, para quien trabajó en Entre tinieblas (1983), Tacones lejanos (1991), La flora de mi secreto (1995), Todo sobre mi madre (1999), Hable con ella (2002) y La piel que habito (2011). 

Su relación con el Zinemaldia ha sido habitual, hasta el punto que en una pasada entrevista confesaba que fue en Donostia donde descubrió por primera vez el mar. Además de venir por su trabajo en múltiples películas, también colaboró con el Festival para entregar la Concha de Plata  al mejor actor a Javier Bardem en 1994 o los Premios Donostia a Ben Gazzara en 2005 y a Liv Ullmann en 2007. 

Son ya ocho años consecutivos en los que una figura de la cinematografía contemporánea protagoniza el cartel oficial. Desde 2018 ha estado presidido por los retratos de Isabelle Huppert, Penélope Cruz, Sigourney Weaver, Juliette Binoche y Cate Blanchett entre las féminas; y Willem Dafoe y Javier Bardem entre los actores. Según la nota de prensa, el cartel de este año con la imagen de la madrileña Marisa Paredes ha sido diseñado por el estudio donostiarra Wallijai a partir de una instantánea tomada por el fotógrafo Manuel Outumuro en Madrid en el año 2000 cuando la actriz tenía 54 años. Bueno, más que instantánea diría que posado.

  

Aunque la idea germinal de todos estos carteles es buena, ninguna de las imágenes han dejado la más mínima huella en mi memoria. ¿Por qué? Porque no me remiten a ninguna de sus películas, a ninguna famosa escena mítica o a ningún plano memorable de la historia, no ya del Cine –sí, con mayúscula– sino de alguno de sus papeles interpretativos. En una época en que ya el Star System no existe o está capitidisminuido, José Luis Rebordinos y su junta directiva insisten en estas fotos insípidas y delebles, posados que como la sopa de Mafalda se me hacen odiosos para mi ojo cinéfilo.

 Tal como ha señalado José Luis Rebordinos en la presentación de la cartelería en el Centro Internacional de Cultura Contemporánea-Tabakalera, será la segunda vez que la actriz de La flor de mi secreto protagonice el cartel del Festival. "En 2006 fue representada como La dama de Shanghái y, ahora, 19 años después, en una imagen bellísima que nos recuerda su grandeza como actriz y como persona", ha declarado Rebordinos.

Pues ahí tienen la diferencia. Un cartel de luto a la izquierda y un homenaje en la edición de 2006 a una escena que permanece en la retina de muchos cinéfilos como se ve en el cartel de la derecha: Paredes encarna a Rita Hayworth en el clásico La dama de Shanghái de 1947. Los reflejos del espejo en negro, sí, pero con un vestido rojo y los labios carmesí que, al menos, otorgan más sangre y vivacidad que el de la presente edición.

  

Recuperación de carteles de 1959 y 1971

 

 

Resulta sorprendente saber que algo tan básico como conservar la cartelería de una institución cultural como es el Zinemaldia no estaba al completo hasta ahora. Afortunadamente, el cuidar el patrimonio cultural es algo que poco a poco va calando en las instituciones. 

Así que celebremos que el Festival de San Sebastián continúe alimentando su archivo histórico con nuevas incorporaciones a su fondo. Entre los carteles que faltaban por recuperar en condiciones óptimas figuraban los de 1959 y 1971, correspondientes a la séptima y decimonovena edición, respectivamente. El Festival ha adquirido ambos posters de colecciones privadas de Londres y Madrid, respectivamente, y los ha restaurado digitalmente tras haber superado la fase de conservación curativa e instalación.

El primero de los carteles es obra de Alfredo Tienda y se lanzó en la imprenta Valverde de San Sebastián en el año en que ganó la Concha de Oro The Nun’s Story (Historia de una monja, 1959), de Fred Zinnemann, y el segundo, creado por Navarro y editado en la imprenta madrileña Edicolor, es el de la edición en que triunfó Le genou de Claire (La rodilla de Claire, 1971), de Éric Rohmer.

 

Esther García, una productora para Premio Donostia

 

 

Esther García (Cedillo de la Torre, Segovia, 1956) ha trabajado en más de un centenar de producciones. En 1986 se enroló en la productora El Deseo, creada un año antes por los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar, pero antes había participado como secretaria, ayudante o jefa de producción en películas como Pim, pam, pum… ¡Fuego! (Pedro Olea, 1975), que compitió en la Sección Oficial de San Sebastián; Siete chicas peligrosas (Pedro Lazaga, 1979), Sé infiel y no mires con quién (Fernando Trueba, 1985), El año de las luces (Fernando Trueba, 1986) o La vida alegre (Fernando Colomo, 1987). También colaboró en series como Curro Jiménez, que contó con directores como Mario Camus, Pilar Miró o los hermanos Romero Marchent, y Los pazos de Ulloa (Gonzalo Suárez), además de en gran parte de la obra de Mariano Ozores.

Pero Esther García está ligada a partir de 1986 con la figura de Pedro Almodóvar y su película Matador. Desde ese proyecto será pieza fundamental en todos los trabajos del manchego, que en la pasada edición del Festival de San Sebastián recibió también el Premio Donostia. 

Su nombre aparece asociado al de los Almodóvar en películas como La ley del deseo (1987), que dio nombre a la productora, o Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), que optó al Oscar a la mejor película extranjera; un galardón que logró una década después con Todo sobre mi madre (1999). Además de La flor de mi secreto (1995), proyectada en la Sección Oficial de San Sebastián fuera de concurso, otros títulos en común son Hable con ella (2002), que brindó a Pedro Almodóvar el Oscar al mejor guion original; La mala educación (2004), que inauguró Cannes; y Volver (2006), que consiguió en el festival galo los premios al mejor guion y a la mejor interpretación femenina para todo el reparto antes de conseguir cerca de un centenar de galardones, entre ellos el FIPRESCI en San Sebastián. El listado es inabarcable. 

 El primer premio Donostia anunciado por José Luis Rebordinos no acaparará los flashes del glamour, pues Esther García, bien conocida en el mundillo cinematográfico, no se dedica a estar delante de, sino a la trastienda: esa en la que todo debe engranarse a la perfección so pena de que el resultado final no esté a la altura. No sé si es acertado afirmar el dicho de que detrás de todo un hombre hay una gran mujer, pero forzando el asunto con calzador podemos afirmarlo.

Uno de los aspectos más destacables de la productora El Deseo, donde Esther García ha sido pieza fundamental, es que se ha caracterizado siempre por dar oportunidad a cineastas en su día emergentes como Álex de la Iglesia, Isabel Coixet, Daniel Calparsoro entre otros. Además, también ha apoyado las carreras de importantes nombres del cine iberoamericano como Guillermo del Toro, Lucrecia Martel, Damián Szifron o Pablo Trapero por poner algunos ejemplso. Entre sus últimas producciones destaca Sirāt (2025), con la que Oliver Laxe obtuvo el Premio del Jurado en Cannes. 

 

Galardones obtenidos por Esther García

Entre los numerosos galardones conseguidos por García, se cuentan el Premio Nacional de Cinematografía, recogido en San Sebastián en 2018, el Fotogramas de Plata 2019 y seis Premios Goya: tres como directora de producción por Acción mutante (Álex de la Iglesia, 1993), Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999) La vida secreta de las palabras (Isabel Coixet, 2005), y tres como productora por Volver (Pedro Almodóvar, 2006), Relatos salvajes (Damián Szifron, 2014) y Dolor y gloria (Pedro Almodóvar, 2019). 

sábado, 26 de julio de 2025

Cinema Paradiso

 «Hagas lo que hagas, ámalo», dice Alfredo

  

Urinarios de un cine actual, de cuyo nombre no quiero ni debo acordarme

 Siempre que miramos hacia atrás, nos surge la misma pregunta: ¿fueron mejores tiempos? Al menos, fueron tiempos vividos, ¿o no? Esto último creo recordar que fue la respuesta de un personaje en una película de la que ya no recuerdo. Y si no es así, la apunto por si rodara alguna.

En ocasiones, tengo tiempo suficiente para hacer cosas poco productivas. Y me he puesto a mirar la cartelera de cine de Bilbao en un viernes cualquiera de los años 1975, 2000 y del presente 2025. Tan sólo sentía curiosidad por ver la desaparición progresiva de las salas de cine en las ciudades –y en los pueblos también–. El resultado lo tienen en esta tabla. Como ven la oferta cinematográfica ha ido disminuyendo: de 32 películas a 20 en Bilbao. Sin embargo, no se ha reducido tan drásticamente (aún habiendo disminuido el número de cines), porque en los noventa se extendieron otro tipo de multicines, lejos de aquellas pequeñas salas de los años setenta del pasado siglo, que los espectadores en general nunca vieron con buenos ojos por diferentes motivos. 

 

Cines en Bilbao

1975

2000

2025

 

Abando

Avenidas

Cinesa Zubiarte

 

Actualidades

Ayala

Golem

 

Albeniz

Capitol

Multis

 

Arriaga

Coliseo Albia

 

 

Artagan

Ideales

 

 

Astoria

Mikeldis

 

 

Ayala

Multis

 

 

Bolueta

 

 

 

Buenos Aires

 

 

 

Campos

 

 

 

Canciller

 

 

 

Capitol

 

 

 

Carlton

 

 

 

Coliseo Albia

 

 

 

Consulado

 

 

 

Deusto

 

 

 

Filmarmónica

 

 

 

Gayarre

 

 

 

Ideal

 

 

 

Ízaro

 

 

 

Liceo

 

 

 

Ocharcoaga

 

 

 

Olimpia

 

 

 

Recalde

 

 

 

Santuchu

 

 

 

Trueba

 

 

 

Urrutia

 

 

 

Vistarama

 

 

 

Vizcaya

 

 

 

Zurbaran

 

 

Nº de películas

32

27

20

 

Los megacines habitualmente se ubicaron fuera del centro de la ciudad, en los recientemente creados parques comerciales, y reunían varias salas de tamaño más considerable que las multisalas, tenían una inmejorable calidad de sonido y, sobre todo, de visión, pues los patios de butacas estaban dispuestos en gradas: ¡nadie que se pusiera en la fila de delante te fastidiaría poder contemplar las piernas de Elsa Pataky subiendo escaleras en Ninette o los subtítulos de una peli de Andréi Tarkovsky!

Si observan la tabla, es curioso señalar que el único cine que perdura son los Multicines (conocidos popularmente como Multis). Todo lo demás ha desaparecido. Justamente los Multis corresponden a esa década de los 70 del siglo pasado en los que muchos cines tuvieron que o bien cerrar o bien dividir sus grandes locales en otros más pequeños. Sin embargo, el caso de los Multis, sitos todavía en la calle bilbaína José María Escuza, fueron construidos ex novo por el empresario Julián Vinuesa Conal. No están en la columna de 1975 porque se inauguraron al público el 15 de septiembre de 1977, dos años más tarde.

Según Alberto López Echevarrieta*, "la idea del empresario era la de aprovechar un local creando salas de cine como habitaciones pueda tener un piso". Alrededor de un vestíbulo, se distribuyen las ocho salas (ahora siete). "Como novedad se anunció que los Multicines no tendrían acomodadores, ya que casa sala dispondría de una luz ambiental que permitiría al espectador encontrar perfectamente su asiento".

No quisiera recurrir a la palabra decadencia al describir en lo que se han convertido los cines de Bilbao en estas últimas décadas. Pero, ¿acaso no vivimos en una deterioro cultural viendo que allí donde había una oferta cultural ahora lo que nos topamos son gimnasios, tiendas de deporte, casinos, residencias de ancianos, clínica capilar, supermercados, hoteles, palacio de justicia, parque infantil, tienda de ropa...? En los años cincuenta, se llegó a hablar del Broadway bilbaíno por el número de salas que había en el bocho. 

In illo tempore, quise hacer un reportaje sobre el antes y después de muchos de esos cines, pero alguien se me adelantó. Aquí tienen el resultado: 

Los cines de Bilbao: 1977-2018. En lo que se han convertido hoy 

Si mal no me falla la memoria, sería por el verano de 1990 cuando llevé a mi novia y a una pareja de amigos a ver Cinema Paradiso (1989) de Giuseppe Tornatore en el cine Gurea de Algorta. Al salir, recuerdo que hablando de ella me emocioné. Solté algo así como que el cine se estaba muriendo, vamos, la contemplación del mismo en salas. Muy melodramático, he de confesarlo, pero cierto. Por aquel entonces, el vídeo y las cadenas de televisión privadas habían corneado a un modo social de ver el séptimo arte. Con la llegada de las plataformas digitales, el resultado en 2025 es el que ven en la tabla: cornada mortal de necesidad.

Cuenta Martín Eguia en su obra Cines y películas a través del prospecto: 1945-1970 una anécdota divertida. Él estudiaba en el colegio de los Escolapios de la calle Alameda de Recalde de Bilbao. En la última planta había un salón de actos/cine. Recuerda que cuando había un beso todo el cine gritaba: "¡Uno cero!”. Nunca se pasaba del 3-0. Entonces el cura, que se encargaba de la proyección, tapaba el proyector con la mano, provocando un follón impresionante de protestas y silbidos. Se paraba la película y bajaba el cura desde la cabina a poner orden. Martín creía que todo estaba preparado, pues debajo de la sala de proyección habían montado un cuarto con un ventanuco en el que se vendían chucherías y no se reanudaba la película hasta que no se atendía a todos los que hacían cola.


 

 

Cinema Paradiso, como todos saben, es la relación entre un niño llamado Salvatore, huérfano, y un proyeccionista de cine de nombre Alfredo en un pueblo ficticio de Sicilia. La sala de cine era un lugar de encuentro y de sueños sin censura; de meterse mano o para descubrir otros mundos que los atlas apenas nos dejaban imaginar, de aprender o de matar el tiempo riendo. 

A la salida del cine Gurea había un cartel de la película, donde se ve a Alfredo y Salvatore montados en una bicicleta que recorre un sendero compuesto por aquellos fotogramas de los besos censurados que el público del pueblo nunca pudo disfrutar. Les conminé a mis acompañantes a que se fijaran en un "tag line" o lema –algo muy habitual entre los publicistas– que decía:

Cuando las luces del cine se apagan empieza la magia

Y después de leerla, me les quedé mirando pensativo con ojos húmedos. "A ellos les robaron los besos, a nosotros nos roban la magia", les dije.

Releo una crítica de aquella época: «Alfredo era un hombre bueno y sabio, capaz de tomar frases de los grandes héroes cinematográficos, de ver cuando está literalmente ciego, de mostrar ternura (...) Mantiene una máxima en la vida: "Hagas lo que hagas, ámalo". La lucidez le lleva a desear para el chico mejor futuro que la cabina de proyección, donde hay demasiada soledad, y a hablar de la vida como algo más duro que el cine».

La ceguera del proyeccionista Alfredo me recordaba a la de Jorge Luis Borges, el escritor argentino. Cuando le preguntaron cómo era convivir con ella, Borges dijo que era una forma de relacionarse con la soledad. De ahí lo mágico de la sala oscura. Nos sentimos solos... hasta que se ilumina la pantalla y dejamos de estar ciegos.

Y ahora que miro hacia delante, ¿aquellos que frecuentan los gimnasios, tiendas de deporte, casinos, residencias de ancianos, clínica capilar, supermercados, hoteles, palacio de justicia, parque infantil, tienda de ropa, que sustituyeron a las salas de cine, se sentirán menos solos? ¿Y menos cultos?



(*) Los cines de Bilbao (2000) 

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