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domingo, 10 de mayo de 2026

La casa en el árbol

 Ni miedo, ni interés, mal escrita y peor resuelta



El director Luís Calderón inauguraba el FANT 2026 con su ópera prima


Tiene costumbre el FANT de Bilbao de arrancar con una película fuera de concurso. Este año jugábamos en casa, pues la ópera prima de Luis Calderón (Sevilla, 1993) se había rodado en Bizkaia y, claro, en los títulos de crédito y postcrédito ahí lucía generosa tipografía que casi no cabía en la pantalla del Golem bilbaíno. 

La propuesta de Calderón tiene sobre el papel cierto atractivo, no lo negaré, pero el papel no lo aguanta todo y cuando el dire es también guionista (y productor, pues la produce La Barbería) ocurre que con frecuencia el resultado es flojo. Que se lo digan a las películas de Almodóvar... la inmensa mayoría. 

La casa en el árbol tiene la «virtud» de sacarme de la película desde el primer plano y dejarme sin ganas de mirar en el penúltimo, aunque durante los casi 80 minutos de proyección uno haya repasado mentalmente la lista de la compra en varias ocasiones. 

Arrancamos con una breve secuencia de un entierro, el de una madre que acaba de fallecer. Vemos una discusión entre dos hijos de la difunta (única vez que oímos hablar en euskera) y el lanzamiento de un escupitajo, a la que luego descubrimos que es la pareja de Jesús, la protagonista Ale (una muy notable actuación de Sandra Escacena). La actuación de los secundarios tan deficiente en ese arranque, y el subrayado de ese escupitajo en la cara, me muestran la disposición del director Calderón a que con él la sugerencia le está prohibida o negada.

Claro, me dirán, es que estamos en un slasher, un subgénero de las películas de terror en el que siempre aparece un enmascarado para acuchillar salvajemente a los protagonistas. Lo compro, pero si lo que pretende Calderón es que deje de pensar en la lista de la compra en Mercadona, no lo consigue.

Como se trata de su primera película, la Bilbao Bizkaia Film Commission le habrá ofrecido esas suculentas desgravaciones fiscales siempre y cuando "acrediten su carácter cultural". Y me paso toda la película, además de repasar que no se me olvide ningún producto de la cesta, qué tendrá de "cultural" la historia que estoy viendo. ¡Ojo, toda película es cultura! Por ahí no van los tiros. Sigamos. Después del entierro, Alejandra y su novio Jesús se van a disfrutar de un fin de semana romántico en una cabaña que está suspendida en un árbol en un bosque vizcaíno. Aquí, como en los últimos años de cosecha, no se hurta al espectador las tomas aéreas con drones (son baratos, como mi cesta de la compra) y queda superchulo, sobre todo si hay que demostrar que hemos rodado por estos pagos. Lo que sucede es que tengo la desagradable sensación de que están puestas por "atractivo turístico" para quien vean esos parajes que como motor narrativo. Todo me empieza a sonar "falso", "impostado".

Los momentos de romanticismo entre la pareja suenan tan "artificiales y acartonados" como en una entrega de Emmanuelle, que ya no sé, ahora que lo escribo, si están premeditados por la trama o simplemente por incapacidad. Pero yo ya he salido por la puerta del cine... mentalmente, al ver una bañera de catálogo en un lugar que dirías que qué coño hace eso en un bosque de Zeanuri.

En medio de la noche, Alejandra se despierta sobresaltada por los ladridos de su perro y, al bajar de la casa, ve caer a Jesús desde lo alto de la cabaña que muere instantáneamente. Cuando alza la mirada cree entrever a un individuo apoyado en la barandilla con una misteriosa máscara. Máscara muy sencilla, barata y eficaz, pues las cremalleras hacen de ojos y boca. ¿Esa visión habrá sido fruto del estrés emocional del momento o tendrá una realidad corpórea?

Un título nos informa de que ha pasado un año desde el luctuoso incidente y Alejandra vuelve a su casa en el árbol, convencida de que podrá volver a reencontrarse con su fallecido amor y que aquello no fue un accidente. Hay algo en el bosque, una presencia, a la que quiere enfrentarse para resolver lo que pasó. Empezamos a pensar que el estado mental de Alejandra no debe de estar muy equilibrado. Su visita previa a un garito de placer, con un plano introductorio del puente de Calatrava donde un rótulo nos indica Bilbao en grande, nos presenta a una madame que le ofrece unas pastillas y demás pócimas para preparar el encuentro en el bosque con su querido finado amado. Impagable el momento en que una ayudante introduce un ratoncito por un tubo entre las piernas de la madame para que esta lo destroce con su sexo. ¿Pista de lo que va todo esto?

Mientras me preguntaba qué tenía de carácter cultural para lograr desgravación fiscal y/o ayudas de la Bilbao Bizkaia Film Commission una película de terror, subgénero "apuñalamientos", el final me lo reveló. Mientras que durante la proyección estabas preguntándote de qué coño va todo esto, además de estar realizando el carrito de la compra mentalmente, tuve que esperar al final para que todas las piezas de esa tortuosa cabeza de la protagonista empezaran a tener un sentido. No quiero hacerles ningún destripamiento, lejos de fastidiarles la curiosidad, pero les dejo una pista. ¿Cuáles son los temas de hoy en día que hacen de coartada cultural para que un slasher salga adelante? Le enumero la lista de la compra woke: empoderamiento de la mujer, maltrato a la mujer, asuntos LGTBI y... este último más minoritario, pero ya visto en 20.000 especies de abejas (2023). ¿Lo pillan? La coartada ideológico-cultural (?) para levantar un proyecto.

Hacía tiempo que no tenía que taparme los ojos, soy un ser muy sensible para las agujas y para ciertos tipos de emasculaciones. Y tuvo lugar en el último plano. Agradezco la sutileza, la única que pude comprobar en el filme, de que el director pusiera unos títulos de crédito bien grandes (en Bilbao nos gusta las cosas a lo grande) para tapar lo que ahí ocurre.


Aranzazu Calleja, compositora de varias de las BSO de la reciente cosecha vasca. FANT de Honor

El viernes, 8 de mayo, tuvo lugar la inauguración del FANT en el Teatro Campos. Allí me encontré a Seve Calleja y me extrañó. Tal vez La casa en el árbol era una obra de carácter cultural verdaderamente y yo no sabía apreciar sus valores. Pero no, me aclaró que estaba porque Aránzazu Calleja, su hija, iba a ser galardonada con el premio Fant de Honor por su trabajo como compositora de bandas sonoras para películas como El hoyo (2019), Akelarre (2020), Cinco lobitos (2022), Irati (2022) o Marco (2024) o Maspalomas (2025). 

También asistió, entre otros ilustres, Kandido Uranga, actor zarauztarra al que aproveché para darle mi más efusiva enhorabuena por su papel de Xanti, el compañero de habitación de Vicente en la residencia en Maspalomas; no así (la hipocresía no va conmigo) con su pequeña e intrascendental, dramáticamente hablando, participación en el filme inaugural de Luís Calderón. 


Kandido Uranga, actor secundario y "padre" de Ale (Sandra Escacena) en La casa en el árbol



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