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domingo, 16 de noviembre de 2025

Zinebi 2025

58 películas competirán en la 67ª edición del Zinebi de un total de 156 películas de 44 países 


Ana López, Joseba Lopezortega y Gonzalo Olabarria en la presentación de la 67ª edición de Zinebi


El pasado lunes 3 de noviembre tuvo lugar en el Ayuntamiento de Bilbao la presentación de la 67ª edición del Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao, Zinebi 2025. En la rueda de prensa estuvieron el concejal de Cultura y Gobernanza, Gonzalo Olabarria, la directora de Promoción de la Cultura del Gobierno Vasco, Ana López, y el director de Zinebi, Joseba Lopezortega.

Este año el certamen arrancará el 21 de noviembre en el Teatro Arriaga, donde tendrá lugar la entrega de sendos Mikeldi de Honor al cineasta bilbaíno Pablo Berger y a la productora Esther García, que el pasado septiembre recibió también el Premio Donostia y en el que aprovechó para agradecer el detalle al Zinemaldia de "abrir el Premio Donostia a una disciplina tan poco visible como la producción". Esther García lleva desde 1986 vinculada a la productora El Deseo de Pedro y Agustín Almodóvar y en la que ha participado desde entonces en todos los proyectos del cineasta manchego. 

Pablo Berger es un cineasta bilbaíno, autor de una filmografía "coherente, arriesgada y profundamente humanista", reza el comunicado. "Berger ha sabido unir tradición y modernidad, emoción y pensamiento, humor y melancolía", añade. 

Berger recogerá el Mikeldi de Honor en la gala de inauguración del 21 de noviembre y Esther García lo hará en la gala de clausura de Zinebi el 28 de noviembre.

En total se han programado 156 películas procedentes de 44 países, de las que 132 son cortometrajes (con una duración máxima de 30 minutos), 6 son mediometrajes (entre 30 y 60 minutos) y 18 son largometrajes (duran más de 60 minutos). De los 156 filmes, el 44% está dirigido por mujeres frente al 56% por directores. Además, 41 películas son de producción vasca: 33 cortos, 6 mediometrajes y 2 largos.

Como en anteriores ediciones, las proyecciones se agrupan en dos apartados diferenciados: Sección Oficial y otras proyecciones. En el primer apartado está el Concurso Internacional de Cortometraje; en el segundo se incluyen  la sección Beautiful Docs-Panorama de Documentales del Mundo, muestra no competitiva que refleja lo que sucede en el formato documental; la sección Bertoko Begiradak, integrada por cortos y largometrajes producidos en Euskadi, así como otras sesiones especiales.

El Concurso Internacional de Cortometraje acogerá 58 películas procedentes de 33 países. Con la sección Bertoko Begiradak-Miradas desde Euskadi, Zinebi sigue apostando por el cine vasco más reciente. Muestra así un amplio panorama de las inquietudes temáticas y formales de los cineastas vascos. Se ha programado 5 largometrajes documentales y 33 cortos bien de producción vasca o en coproducción con otros territorios.

Sección Oficial

Reunirá en su 67ª edición 58 películas procedentes de 33 países, de las que19 películas son ficciones, 19 documentales y 20 animaciones. Este año destaca la presencia de cortometrajes producidos o coproducidos por compañías de Alemania (9) y Francia (7). En esta ocasión se han inscrito 9.090 películas, de ellas 650 vascas y del resto de España, una cifra que supone un récord histórico de inscripciones.

El equipo de programación del Festival ha seleccionado cinco producciones vascas que serán estrenadas a lo largo de los días 22 y 23 de noviembre en las primeras cuatro sesiones a concurso. Se tratan de El cuerpo de Cristo de Bea Lema, Geratzen den hori de Aitor Gametxo, Habana industrial de Ainhoa Ordoñez Yraolagoitia, Le prime volte de Giulia Cosentino y Perla Sardella y Ultramarino de Maren Zubeldia y Silvina Guglielmotti.


Palmarés y Jurado

Zinebi dará a conocer su palmarés el 28 de noviembre, con galardones que ascienden a una cuantía de 83.000 euros. Los ganadores de la Sección Oficial serán elegidos por un jurado internacional compuesto por cinco miembros formado por la artista marroquí y directora del Festival de Cortometrajes de Marrakech, Ramia Beladel, la escritora y cineasta francesa Callisto Mcnulty, la directora kosovar Norika Sefa, el director de cine de animación y músico croata Daniel Šulji y el director y guionista español Santiago Tabernero.


Beautiful Docs

Dentro de sus secciones paralelas, Zinebi presentará algunos de los mejores largometrajes documentales de 2024 en la sección Beautiful Docs. En esta edición reunirá 9 largometrajes documentales presentados en festivales como Venecia, Amsterdam, Locarno, FID Marseille o Visions du Réel, firmados por jóvenes documentalistas o grandes maestros del género. La sección se abrirá con With Hasan in Gaza del palestino Kamal Alfajari, una reflexión sobre la memoria y la pérdida a partir de imágenes filmadas en Gaza durante la Segunda Intifada. Le seguirá National Pride: from Jericho to Gaza del belga Šven Augustijnen, que acompaña a un diplomático palestino en su regreso a su tierra natal.
La nueva y magnífica película de Gianfranco Rosi, Below the Clouds, Premio Especial del Jurado en la Biennale de Venecia y que concursó en la pasada edición de la Seminci, reflexiona sobre la memoria, el miedo de la población civil al Vesubio y la historia subterránea de Nápoles.

El veterano Werner Herzog regresará a Zinebi con Ghost Elephants, un viaje fascinante por la naturaleza de Anglo que combina tradición y tecnología. Por último, destaquemos Fuck The Polis de la portuguesa Rita Azevedo Gomes, Mikeldi de Honor en 2023, que ganó el Gran Premio del FID Marseille; Bravo Benel del italiano Franco Maresco, sátira radical sobre el cine y su proceso creativo, y The Other World de Callisto McNulty, que rescata la memoria del sanatorio de Fontilles. 



Czech Focus, la magia animada de un país

Zinebi invita a descubrir una de las tradiciones más fascinantes del cine europeo: la animación checa. De los universos poéticos de Trnka, Zeman o Svankmajer a las miradas audaces de una nueva generación encabezada por Daria Kashcheeva (con la proyección de Electra y Daughter), esta retrospectiva recorre, a través de veinte títulos, casi un siglo de animación con muñecos, sombras y sueños convirtiendo a Chequia en un país donde la animación se consideró un arte mayor.


Imagen de la 67ª edición

 El ilustrador y director artístico José Luis Ágreda, recientemente nominado al Oscar por la película Robot Dreams, se ha encargado de crear la imagen de Zinebi de este año 2025. La elección de Ágreda, justifica el comunicado emitido por el Ayuntamiento de Bilbao, responde tanto a su prestigio internacional como a su profunda vinculación con Bilbao. Con un fondo amarillo, la composición transmite energía, movimiento y trabajo en equipo: una mujer directora con un megáfono destaca en grande junto a una microfonista y un cameraman, ya en menor escala. Se trata de reflejar la diversidad de las voces que participan en un rodaje. En palabras de Ágreda, se trata de un cartel que representa «la fuerza colectiva que impulsa al cine».

 


 

Entradas

El Festival cuenta un año más con diferentes sedes: Teatro Arriaga, Museo Guggenheim Bilbao, Sala BBK, Cines Golem-Alhóndiga y Auditorio de Azkuna Zentroa.

Para las proyecciones en el Auditorio de Azkuna Zentroa y los Cines Golem-Alhóndiga se podrán adquirir, desde el 3 de noviembre, entradas individuales (4,50 euros) y bonos de 10 sesiones (35 euros) a partir del 5 de noviembre en las taquillas de los cines. Además, ZINEBI emitirá unos bonos especiales al precio de 20 euros paran personas desempleadas y jubiladas (y mayores de 60 años), que también podrán adquirir entradas habituales al precio reducido de 3,50 euros.  Dichos bonos de 20 euros también estarán disponibles para estudiantes y jóvenes menores de 26 años.
 

domingo, 9 de noviembre de 2025

Seminci 2025. Palmarés

 La gorda del bar Stop

 


 

Son las dos de la tarde de un domingo. El Athletic Club juega a esa hora en que habitualmente los parroquianos se dirigen a sus casas tras haber tomado unas rabas con vermut, un crianza o un zurito con aceitunas o algo sin alcohol. Hoy no. El fútbol manda y el bar Stop se va llenando de parroquianos convirtiendo el bareto en un mini San Mamés. Buena ocasión para la okupación de hogares abandonados.

Le pido a Cecilia, «¡Hombre, ya llegaste de Valladolid... de la seminchi!», un crianza Viña Real y una ración de rabas. Es curioso cómo se vocaliza el acrónimo de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, SEMINCI. Todos aquellos profanos lo pronuncian italianizándolo. Misterios.

A medida que el colorido rojiblanco, lleno de bufandas y camisetas, cubre el lienzo, escribo en un papel la crónica del palmarés de la 70ª edición de la Seminchi. Sé que a estas alturas a nadie le importa lo que escriba. Si vociferara, los parroquianos del Stop, cuyas miradas se concentran de hito en hito en el pantallón donde ven a los jugadores iniciar el enfrentamiento futbolístico, no me oirían.

 

En primera fila, el jurado de la 70ª edición de la SEMINCI

 

Garabateo en mi cuadernillo que un jurado compuesto por los cinco tipos de la fotografía de arriba (el crítico francés Serge Toubiana, que dirigió la revista Cahiers du Cinéma, el cineasta portugués Joao Pedro Rodrigues, la cineasta Elena López Riera, la productora italiana Laurentina Guidotti y el director artístico rumano Mihai Chirilov) han otorgado ex aequo la Espiga de Oro a dos películas: a The Mastermind de la cineasta estadounidense Kelly Reichardt y a Magallanes del filipino Lav Díaz.

Añado en la libreta que Laurentina Guidotti afirmaba en la lectura del palmarés que «había muy buenas películas para elegir». Y eligieron, como ha ocurrido en estas últimas tres ediciones, lo que nadie esperaba que fuese a ganar. El jurado justificó el premio a Magallanes, en el que participan Albert Serra y Montse Triola como coproductores, porque «nos permite sumergirnos en el pasado desde el presente, releyendo la historia colonial desde una perspectiva compleja y crítica». El jurado ha destacado asimismo «su propuesta estética, fotográfica y temporal extraordinaria y su ambición narrativa, su rigor formal, su singular manera de articular la reflexión histórica con la experiencia cinematográfica» a través de la figura del navegante portugués, donde Lav Diaz despliega una propuesta estética y temporal que relee críticamente la historia colonial. 

Mientras que el premio para The Mastermind lo justifican afirmando que «la directora Reichardt con elegancia e ironía deconstruye las reglas del género para revelar lo que se oculta detrás de la acción: el deseo, la ilusión y el fracaso. A través de una narrativa que juega con las convenciones del cine de atracos, Kelly Reichardt despliega una mirada íntima sobre la fragilidad humana y la perseverancia humanas». Y tan dichosos ellos.

Levanto la mirada, pues el Athletic Club acaba de meter un gol ante el Real Oviedo. El bullicio me desvía de mi sentimiento de desprecio (¿tal vez exagero?) hacia ese jurado, quinteto de la muerte del cine. Leo los títulos de críticas escritas por el vulgo en Filmaffinity sobre The Mastermind: «Lentitud como arte o coartada», la muy descriptiva por su tipografía «Laaaaargaaaaa», la deconstructiva «The Masterbostezo», o la que corresponde a mi sentimiento mientras la vi, «Un atracón de aburrimiento».

La Espiga de Plata ha recaído en Silent Friend de Ildikó Enyedi, película que también se alza con el Premio Espiga Verde por su «reconfortante mirada en un mundo en crisis. Silent Friend revela, con una poderosa narrativa, el tema de la comunicación silenciosa, la relación entre los seres humanos y las formas de vida no humanas, y lo invisible que impregna la realidad». No le niego mérito artístico a una triple historia en sendos tiempos distintos del siglo XX con un nexo común como son los árboles y la investigación científica, en concreto por el centenario gingko biloba, árbol curioso donde los haya, pero en mi opinión está mal montada y el conjunto es desigual en interés.

El Real Oviedo acaba de marcar el empate. Un fallo garrafal del portero Unai Cantada lo ha hecho posible. La petición de más rondas de vinos y cervezas se incrementa para pasar el mal trago. Vuelvo a mi libreta para escribir el resto del palmarés.

 

Los argentinos Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, premio Mejor Dirección

 

El Premio Ribera del Duero a la mejor dirección ha sido otorgado a los realizadores argentinos Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini por La noche está marchándose ya, «que con ternura y lucidez nos recuerda el poder del cine como espacio de encuentro y de resistencia política». El jurado añadía que el galardón subraya la capacidad de «celebrar la cinefilia, la amistad y el amor como gestos colectivos que nos invitan a seguir creyendo en el poder de la fabulación en un momento tan adverso para la creación audiovisual en la Argentina contemporánea». Como pueden ver se trata de otro premio con orientación ideológica: una patada en los dídimos de Javier Milei. Pero me apuesto a que a Javier Milei le gustará saber que la película ha sido producida sin subvención alguna del INCAA, Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina. Entre otras cosas porque no tiene un peso actualmente. 

Recuerdo que antes de la lectura del palmarés, el director José Luis Cienfuegos nos comentaba que la edición 70ª había batido récord de espectadores, superando «en un 6% aproximadamente los 98.000 de la pasada edición». Y posteriormente se caía al retroceder en un hueco del escenario convirtiéndose, como él dijo con cierto humor, en un meme: «Nunca pensé que me convertiría en un meme». 

El gol del Real Oviedo es anulado por fuera de juego. Pero la cara de Unai Cantada Simón es un poema de preocupación. La afición del bar Stop respira. Y yo también cuando he de rememorar los dos premios de interpretación, pues no la cagaron como el cancerbero bilbaíno. Eva Víctor gana el femenino por su trabajo en Sorry, Baby, película que también dirige y escribe, y Harry Melling por Pillion de Harry Lighton. «Ambos sostienen con brillantez dos dramas agridulces llenos de toques de humor. Humanizan estas películas y hacen estallar su núcleo emocional, transformando la experiencia cinematográfica en el puro placer de una narración sensible». Pues sin que sirva de precedente estoy de acuerdo. 

Pero esto no dura mucho. Porque el Premio a la Mejor Fotografía recae en Christopher Blauvelt por The Mastermind, «por el refinamiento de sus atmósferas, las composiciones de luz que acompañan una visión estética en perfecta armonía con al narrativa» de Kelly Reichardt. Mira qué curioso, en este momento la señal del partido se ha ido y la pantalla en negro. Parroquianos solicitando a Cecilia, la dueña del bar Stop, que reinicie la señal. Será casualidad que mientras esto escribo recuerdo haber comentado en el Teatro Calderón a un compañero si la proyección de The Mastermind estaba sufriendo algún problema en la copia digital porque había momentos en que apenas se apreciaban los rostros de los actores. Ahora a eso le llaman fotografía.

 

 

Franco y Arostegui, Premio Miguel Delibres al Mejor Guion por Subsuelo

Fernando Franco y Begoña Arostegui se alzaron con el Premio Miguel Delibes al Mejor Guion por Subsuelo, un reconocimiento a su concepción como «una bomba de relojería llena de giros impactantes y revelacioines silencioisas que desafía hábilmente las expectativas del público». Pues vemos cómo este jurado da una de cal y otra de arena. Como si fuera las dos versiones de Mr. Hyde y Jekyll, algo parecido al juego exquisito del Athletic Club y su desacierto con el gol. Así que la contra cara vino con el Premio José Salcedo al mejor montaje para Nili Feller por Yes, obra que el jurado definió como «tanto un rompecabezas como un desafío mental» que por el «brillante y preciso montaje de Nili Feller nos invita a sumergirnos en el universo abismal de uno de los cineastas contemporáneos más fascinantes y audaces». Se trata del israelí Nadav Lapid. Y seguro que la noche del sábado en la ceremonia de la entrega de premios, un grupo animoso propalestino y antiisraelí estaría dando la murga delante del Teatro Calderón. Yo no pude comprobarlo pues ya estaba de camino a Bilbao.

El Athletic Club gana el partido por la mínima: 1-0. Alguien que acabe de llegar aquí se preguntará qué pinta en el titular la gorda del bar Stop. Pues les diré que cuando era joven, en esa década de esplendor que son la veintena, había una chica llamada Paulova de origen rumano, gordita, con grandes tetas algo caídas ya para su edad, de culo espléndido y brazos rechonchos, rostro regordete y mofletudo y su voz... Ahí creo que atesoraba su éxito: ese hilito de voz sensual y cálido. 

Estando un buen día viendo en el Stop la final de un partido de fútbol, se hallaba la cuadrilla buyanguera que llamaban Pintxo Frío. La mayoría, unos tarados, algunos despreciables y pocos pudieron regresar a la senda del camino recto. Pues bien, mientras transcurría el partido iba viendo cómo al poco rato iba entrando y saliendo del baño al fondo algún miembro de Pintxo Frío con una carita de haber ganado la final. Poco tiempo después se rumoreó que Paulova se cepilló entre gol y gol del Athletic Club a varios de la cuadrilla. Me cuadra.

Hilo esto con el palmarés en el sentido de que dos de las películas truño-fofas de entre las 21 que aspiraban a la Espiga de Oro se llevaron al catre al Jurado. En ocasiones se cree que las rubias deseadas follan más y mejor, pero eso no pasa en muchas ocasiones. Al menos no en mis tiempos, pues eran más selectivas; la feas, en cambio, tenían más tragaderas. Así que películas como Resurrection de Bi Gan, el documental Below the Clouds del italiano Gianfranco Rosi, Sound of Falling de Mascha Schilinski, La chica zurda de Shih-Ching Tsou o Dos fiscales de Sergei Loznitsa se fueron de vacío por ser las más atractivas del baile. Ahora son los filmes con flequillo cortado al hachazo, tatuajes en la espalda o en antebrazos, medias rotas, faldas cortas, botas negras militares y muslamen imposibles de digerir visualmente las que se tiran a los miembros de los jurados. Allá ellos con sus gustos.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Seminci 2025: Jornada 8ª

La vaca se quedó sin leche en la Seminci el último día


Junto a la actriz Isabelle Renauld 


La mañana de la última jornada semincera del viernes fue para ver la película de clausura, Siempre es invierno de David Trueba y las dos últimas de la Sección Oficial a concurso: Orphan y Yes.

Los festivales suelen programar casi siempre pelis -obsérvese que no digo películas o filmes- para que ese público, antaño emperejilado, que gusta de pavonearse y cerrar contratos de construcción o financieros, asista al certamen dando una buena impresión burguesa en el mismo.

Para ello tenemos a David Trueba, hombre de verso habilidoso, agradable y cálido conversador, culto y, por qué no decirlo, con cierto atractivo para algunas mujeres con ese abundante pelo cano. El amor en el mundo femenino entra mucho por la palabra, por el oído. Presentó Trueba su adaptación al cine de su novela Blitz (2015) publicada por Anagrama. 

La filmografía del director madrileño no destaca en demasía salvo por La silla de Fernando y Saben aquell, en esta última con un notable David Verdaguer. Vuelve a recurrir a él para encarnarse en Miguel, un arquitecto paisajístico que viaja a Lieja para asistir a un congreso de arquitectura junto a su pareja (Amaia Salamanca). Trueba se la juega en el primer plano de la peli, pues muestra la causa de todo lo que le pasará a Miguel en la historia. En un kebab, mientras pide una consumición, su novia sentada en la mesa manda por error un mensaje a Miguel en lugar de a su antiguo novio con el que ha reiniciado relaciones a espaldas del oficial. La carita de Verdaguer es de cordero degollado, junto al texto de whatsapp en la pantalla: «Hola amor. Todavía no se lo he dicho. No he encontrado el momento todavía», bueno o algo parecido. 

El tiempo se detiene. O debería detenerse porque son cinco años de relación sin hijos. Lo único que se le ocurre decir al pánfilo a su Marta es que está bien y que quiere quedarse unos días en Lieja. Allí conocerá a una sesentona llamada Olga y... paguen la entrada para saber qué pasa después. 

Me ocurrió una cosa curiosa. Mientras contemplaba a la actriz que encarna a Olga, Isabelle Renault, mi cerebro saturado, alcoholizado por millones de imágenes me decía que la conocía de algo. Y así era: estaba en una de las más emocionantes películas que vi en el siglo XXI: El pabellón de los oficiales de François Dupeyron. Así que sufrí una aparición mariana. Fruto de ello concebimos la foto de arriba.

En rueda de prensa, David Trueba no quiso mencionar que el relato es en parte autobiográfico, pues debió escribirlo tras conocer que su exmujer se había enamorado de otro. El consejo que nos dio a los allí presentes -nadie se movió de la silla hasta el final, por cierto, cosa que no ocurre con otros directores, sobre todo si extranjeros- es que si uno pasa por una crisis sentimental lo mejor es salir a la calle. Espero que a uno no le pille una crisis sentimental en Lieja, pues en opinión de David Verdaguer, Lieja, ciudad natal de los hermanos Dardenne, que pillarán premio este año me temo, es de las ciudades más feas que hay.

Hay dos frases que definen la esencia de la película. Una se la dice Olga tras encontrarle sentado en un banco público, abatido y aterido de frío, e invitarle a su casa para que no muera congelado: «Si no hay amor, siempre es invierno». La segunda la dice Miguel pero tendrán que gastarse el dinero de la entrada porque yo en estos momentos no la recuerdo.





Orphan es la propuesta de un director húngaro llamado Lászlo Nemes, que se puso en el mapa de los cinéfilos y menos en el de los espectadores comunes, por una obra que ganó el Oscar a Mejor Película Internacional titulada El hijo de Saúl. En esta ocasión, en su tercera obra fílmica, vuelve a la figura del hijo con tintes autobiográficos. La sitúa en el Budapest de 1957, después del aplastamiento por parte del régimen comunista de la disidencia. Es casi lo de menos, pues  lo fundamental es la rabia que lleva Andor, que no hace más que rezar por llegar a conocer a su verdadero padre, desaparecido en la II Guerra Mundial. Lo peor de esta obra de 132 minutos es el guion, que da vueltas a la noria por saber si hallará o aceptará a un carnicero que dice ser su padre. Contiene una secuencia final en una noria realmente sobresaliente, pero el resto del metraje me pasé deseando la muerte de un huérfano insufrible. Las heridas de la infancia se han retratado mucho mejor en otras películas de esta edición de la Seminci, por ejemplo en Sorry, Baby o en la más agradable de ver La chica zurda.




La noche se prometía movidita en el Teatro Carrión pues se proyectaba Yes del director israelí Nadal Lapid. Una manifestación de unos doscientos pro Palestina se congregaban ante las puertas del teatro gritando algo de que era una vergüenza proyectar filmes Made in Israel. Lo que más me cabrea es que los manifestantes no habían visto la película y no tenían ni puta idea de qué iba. Yo aguanté una hora de los 149 minutos de metraje. La historia está contada e interpretada como si todo el plantel artístico y técnico estuviera colocado constantemente y la cámara no deja de girar y moverse de arriba abajo y de abajo arriba, girando como si fueran Franco Battiato cantando Yo quiero verte danzar (ya saben, Yo quiero verte danzar como los zíngaros del desierto con candelabros encima...),  en un estado demencial de creación autoral, de diálogos imposibles, de besitos, de fiestuquis, de noticias de guerra. Llegué a escuchar la versión del Aserejé hasta el punto de que llegó a gustarme porque yo ya estaba en estado cocainómano. 

Llegué a entender, entre diálogos de besugo, que un tipo llamado "Y", pianista y animador de fiestas de alto nivel (aparece por ahí el jefe del Estado Mayor y otros figurantes de finanzas y demás High Society) y su bombón de esposa están tratando de sobrevivir a la guerra en la que su país está inmerso. Hasta que le mandan componer una letra para un himno nacional. Supongo que el tipo entraría en crisis entre su deber moral con la patria israelí y tener la sensación de que su alma artística se vendía por un montón de pasta que le solucionaría la vida a él y a su familia. Pero no aguanté más y recogí mi bolsa y me marché del Carrión para no perder más tiempo en majaderías. El Ribera de Duero y la buena compañía hicieron que la noche no fuera para pegarse un tiro. 

Por cierto, dentro del teatro, el personal de seguridad vigilaba por si algún majadero de los que se manifestaban fuera había entrado para dinamitar la proyección. ¿Creen que alguien pagó la entrada para ello? Ya saben, cuando uno se tiene que rascar el bolsillo, no hay distinción entre progres o conservadores.






viernes, 31 de octubre de 2025

Seminci 2025: 7ª jornada

Cuando la motosierra de Milei agudiza el ingenio del cine argentino y un documental sobre el Vesubio me hipnotiza



Ramiro Sonzini (izq.) y Ezequiel Salinas directores argentinos de La noche está marchándose ya


Les confieso que a estas alturas de la función, cinematográfica claro, el que esto escribe ya da síntomas de agotamiento. Uno va con el piloto automático y le cuesta saborear los platos del restaurante Colombo o lograr placer de las imágenes y sonidos en pantalla. Esto es fruto de la sobredosis. Bien es verdad que cuando encuentra alguna pepita de oro inesperada, bien en el Pisuerga bien en el Esgueva, uno sale del teatro Calderon como si hubiera rejuvenecido unos años. Así es la magia de esta droga llamada cine.

Esto ha ocurrido con la única propuesta argentina de la Sección Oficial de la Seminci. Su título procede de una canción de José Luis Perales -si hubiera nacido en Nueva Jersey y se llamara Frank Sinatra habría sido Dios, pero esa es otra canción-. Volvamos al cine. Como iba diciendo el título procede de un fragmento de la canción llamada «¿Qué pasará mañana?».  Y dice así:

Yo te diré, temblando la voz. El tiempo va deprisa y ese día que soñamos, vendrá. Apaga la luz. La noche está marchándose ya. 

La noche está marchándose ya es un filme rabiosamente político y metafórico. Habla del desmantelamiento de la cultura que está ejerciendo el presidente Javier Milei fruto de la crisis económica que llevaba el país. La historia simbólica transcurre en un cine de la ciudad de Córdoba. La situación de crisis lleva a que uno de los dos proyeccionistas, llamado Pelu, con que cuenta el cineclub deba pasar a labores de vigilante nocturno. Su vida se tuerce cuando apenas con su sueldo puede pagar el alquiler del piso donde habita y decide cobijarse en el cine transformándose en su hogar. Por allí irán siendo acogidos por Pelu los mendigos y desheredados de las calles de Córdoba. 

La cinta está rodada en blanco y negro, más por razones presupuestarias que de índole expresivo según cuentan sus realizadores Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini en rueda de prensa. Pero qué quieren que les diga esa textura granulada le va muy bien a esta fina, ingeniosa y acertada ficción política. Salinas y Sonzini juegan con el tropo alegórico de lo que pasa en el cineclub municipal para hablar de la situación actual de la cultura argentina y la motosierra de Milei. Me quedé con las ganas de preguntar para cuándo harán otra sobre cómo han llegado los argentinos, el país más culto de toda Hispanoamérica, a esa situación. Seguro que les sale un díptico maravilloso. Pero me temo que ustedes ni yo lo veremos desgraciadamente. No me extraña que Salinas y Sonzini dijeran en la rueda de prensa en el Salón de los Espejos que desde que entró el gobierno de Milei muchos del mundo del cine han tenido que buscarse otros trabajos y que ellos llevaban tiempo sin poder trabajar en el cine. Pues los hechos les desmienten por fortuna: acaban  de rodar una muy interesante película que auguró tendrá un exitoso recorrido. 



La foto superior está hecha en un momento preciso: al paso de José Luis Cienfuegos, director de la Seminci por en frente de la tienda. Tenía la ilusión de que si se ampliase la imagen, la figura de él apareciese en un reflejo al fondo, vagamente difusa. No será así pues una cosa es la pretensión del artista y otra el resultado final (decepcionante en este caso). Sin embargo, si la amplían un poco podrán descubrir al fotógrafo junto al osito de pajarita naranja. 

La Casa Brígida es una pequeña tienda situada en la calle Platerías, número 2 de Valladolid (una de las calles más antiguas de España). Desde 1995 lleva funcionando, aunque curiosamente al entrar uno parece que se ha retrotraído en el tiempo. Suelo comprar cada año que vengo al festival un panetón (panettone en italiano) para visitar a la familia. El panetón es un bollo navideño de origen italiano, de consistencia esponjosa (como tocar unas tetas blanditas) y en forma de cúpula, generalmente relleno de pasas (los pezoncillos de los pechos) y frutas confitadas.

Todo este preámbulo de carácter arqueológico-fotográfico me ha llevado a Italia. En concreto al Vesubio y a Nápoles gracias al documental de Gianfranco Rosi titulado Below The Clouds (Bajo las nubes). Es de lo mejor que veré en esta edición. Está filmado en un bellísimo blanco y negro con una amplia gama de grises. Y con una edición de sonido que contemplar las diferentes líneas de composición narrativa es toda una gozosa experiencia. 

Como la verán muy poquitos, me gustaría, por si logro que ensaliven como si fuera un dulce panetón, contarles uno de los ejes de construcción. Rosi muestra a lo largo de sus 115 minutos una sala de cine antigua (de esas cuyos asientos son de madera y el culo se mortifica como Cristo en la Cruz) y vamos viendo fragmentos diversos de películas sobre el Vesubio, entre otras de Te querré siempre de Roberto Rossellini con la famosa secuencia de excavación arqueológica donde Ingrid Bergman y George Sanders ven el hallazgo de una pareja de enamorados carbonizados y fosilizados.

 La idea básica de Below the Clouds es un intento de descubrir la ciudad que rodea al Vesubio desde varios puntos de vista: los tesoros expoliados que había en la ciudad enterrada por la lava, las llamadas de emergencia de la población civil por las sacudidas por temblores de tierra, la descarga de grano de trigo en el puerto procedente de la Ucrania en guerra con paralelismos visuales a la lava del volcán… En ultimo instante, Rosi deja de mostrarnos las diversas proyecciones desde diferentes butacas de la sala de cine para transformarla, es un decir, en un lugar abandonado por la crisis del negocio, con el proyector envejecido, apagado y congelado por la destrucción  del tiempo. El tiempo que destruye y conserva a su vez la memoria de un pueblo como el napolitano, cuna de Paolo Sorrentino. 

Gianfranco Rosi no olvida el bullir de la gente, centrándose en un viejo profesor que da clases particulares en esos locales llenos de libros viejos y reliquias con amplias mesas. Mientras corrige los ejercicios de sus alumnos, le vemos leer Los Miserables de Víctor Hugo. Un joven le pregunta que en cuánto tiempo se lo ha leído. El maestro le responde que en diez días. A lo que el chaval, que suele ver recetas de comida en aplicaciones de móvil, le responde: “Pues aunque tuviera menos páginas, no acabaría por leerlo”. Si las generaciones jóvenes no se preocupan por aprender el pasado, solo nos queda una turbia neblina que, como ocurre con el final del documental, borre cualquier atisbo de escultura romana o griega que atesora Nápoles. No hará falta que el Vesubio resurja para cubrirlo todo. Para eso se encarga la ignorancia.


Gael Garcia Bernal interpretando, es un decir, a Magallanes 


Mira que el día brillaba como si estuviéramos en Cádiz. Pues tuvieron que venir las nubes que amenazaron tormenta. Creo que ha sido la única vez que he escuchado pataleo esta edición. Ha tenido que ser en el teatro Cervantes tras dos horas y cuarenta minutos que nos ha enjaretado un director portugués, Lav Díaz, del que no tenía el gusto de conocerle -y menos que voy a tener a partir de ahora-. Nos propone una visión muy particular y espesa de la figura de Fernando de Magallanes. El estilo que ha embaucado a Cannes y ahora a la Seminci consiste en contarnos (?) la peripecia de su pretensión de circunnavegar el mundo en busca de rutas más seguras para la Corona portuguesa y, tras el desprecio mostrado por el rey de Portugal, ofrecérselo a la Corona de Castilla. Son planos secuencias de duran una eternidad, lo mismo que duró su viaje hasta que la palmó en Cebú, una de las islas de Filipinas. Lo encarna Gael García Bernal. Supongo que era la única manera de sacar la pasta, de entre otros cándidos productores, de RTVE. 

Como va de progre, pues tenemos toda la argumentación de la agenda revisionista del Descubrimiento de América: los conquistadores malos, imponiendo su fe a los indígenas, estos tampoco se libran mostrándolos machistas con las mujeres (una joven le alerta de los peligros de los extranjeros llegados a la isla y el jefe le contesta que no se meta en asuntos de hombres), la Corona portuguesa ambiciosa y sin importarle las nefastas masacres de la población al intentar expoliar las riquezas, matanzas por doquier…

No le negaré a Lav Díaz un estilo propio, pero es tan plomizo que llega un momento en que piensas: ¿qué necesidad hay de alargar cada plano al medio minuto? Pues tal vez Díaz se  crea que en lugar de una película esté rodando frescos pictóricos porque abundan los planos secuencia en donde el estatismo es frecuente. No rueda, por ejemplo, escenas de violencia que serían algo dinámico, sino sus resultados: cadáveres desparramados por las aldeas indígenas o por las costa de los mares. 

Leo en el folleto que «el Festival de Cannes acogió el estreno de esta película colosal que recoge el testigo de obras como Aguirre, la cólera de Dios o Apocalypse Now, para acercarse a lo cotidiano como verdadero repositorio de los misterios de la Historia».

Me comentan que detrás del proyecto está Albert Serra en la labor de producción y hay que destacar -nobleza obliga- la hipnótica fotografía de Artur Tort (Pacifiction, Tardes de soledad), para aproximarse a «uno de los episodios cruciales de la conquista de Filipinas en el que la geopolítica se revela inseparable de las pasiones humanas». Uno pasión, pasión en la interpretación de Gael Garcia Bernal interpretando a Magallanes no he notado precisamente. Hasta me costó reconocerlo pues los primeros planos si los hay yo no los vi.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Seminci 2025: 6ª jornada

Cuando la vaca de la Seminci no da más leche (de la buena)







No sé si desde el comité de selección de la Seminci creen que los espectadores somos de goma, que podemos tragarnos cualquier cosa, sin sentir la dureza de los asientos diseñados para espectáculos que no suelen superar la hora y media. El próximo año he decidido que vendré con sonda o conejo porque si los autores siguen rodando películas de más de dos horas y no me gustan lanzaré el contenido de mis efluvios a la pantalla. Que me arresten. Así tendré que contar experiencias carcelarias de las que se nutre el arte y la literatura.

A Kristen Stewart la recuerdo por su participación en Crepúsculo que le daría la suficiente pasta como para producir y dirigir esta su primera película: La cronología del agua. Su rostro ya me infunde esa prejuiciosa convicción de que si rodase algo, no sería lineal ni claro ni apto para el hueco de la tarde de A3 para sus telefilmes burgueses. Va sobre abusos sexuales. Me temo que habrá más en la selección -esta mañana se presentaba en rueda de prensa otra más con el agua de por medio titulada Cuando el río se convierte en mar.
 
La cronología del agua -¡vaya título!- está basada en un best seller -así lo indica el folleto del festival- autobiográfico de la ex nadadora Lidia Yuknavitch. Tras el ver el filme, a uno no le entran ganas de devorar el libro por muy bien escrito que esté. 
Stewart se puede gastar el dinero en lo que le dé la gana, pero me temo que, al realizar La cronología del agua, en quien menos ha pensado es en el espectador. La vida de Lidia ha sido devorada por el pederasta de su padre, hombre con buena planta, gafas de los años sesenta que inspira seducción y confianza pero que es un depredador en la noche (más bien de día) dentro de la familia. 
El problema y el acierto -disculpen el oxímoron- es que Kristen Stewart quiere reflejar con planos breves, escenas rápidas y saltos temporales las mente torturada de Lidia. Retrata bien las diferentes adicciones, excesos y búsqueda de salvación de una mujer que solo encuentra en la escritura una manera de salir de su cuerpo, que no de su mente torturada por el dolor. No seré yo quien eche por la borda la labor de la directora, pero la experiencia de ver este resultado te deja como la protagonista: con ganas de huir, ella de su figura paterna; nosotros del patio de Calderón. Convencido de que pilla premio en el palmarés.


Teatro Zorrilla, sede de la Seminci


De Alemania nos viene Mirrors No. 3 de Christian Petzold que hace películas que se ven pero no dejan huella. Esta es otra más. Su estilo es una escritura cinematográfica tan roma y pedestre que no logra cautivarme en casi ninguna escena. Parte de un arranque que se me hace inverosímil, forzado, todo para contar después algo que me convence un poco más: la aparición de una mujer, Laura, que acaba de tener un accidente de automóvil en el que su novio ha fallecido, se ve alojada en la casa de campo donde vive Betty, una misteriosa y extraña mujer. Sin saberlo ella, Laura ocupará el hueco dejado por un ser querido en la vida detenida de Betty. Lo mejor es que dura menos de 90 minutos. Les recomendaría En la habitación de Todd Field o La habitación del hijo de Nani Moretti, de temática similar y mayor calidad.

La tarde nos ofreció la última de la Sección Oficial: la china Vivir la tierra. No me resisto a citar textualmente cómo te venden la moto de una cinta que me ha clavado puñales en los ojos, provocado alteraciones acústicas en los oídos al oír las voces de los intérpretes o sudoraciones previas al desmayo al ver cómo movía y encuadraba la cámara el director Hugo Meng (¡¡¡Mejor Director en Berlín!!!). La película «nos invita al corazón del paisaje rural de la provincia de Henan a través de los ojos inocentes de Chuang, un niño de 10 años que debe quedarse con en su aldea mientras sus padres parten en busca de un futuro mejor. La cámara retrata con ternura la fuerza silenciosa de una familia que resiste, arraigada a una tierra milenaria que comienza a transformarse bajo el peso de la modernización». 
El papel lo aguanta todo. Mis ojos, en cambio, han visto una sucesión de escenas cotidianas sin la mayor vertebración, ni interés y contempladas desde planos generales alejadísimos de los personajes como si estuviera dando testimonio de hechos etnográficos (rituales funerarios, bodas, recogida de siembra, relaciones familiares…). Lo mío ha sido una experiencia de lo más dolorosamente aburrida que he tenido este año en la Seminci. Y encima le darán premio. Mi satisfacción será comprobar que no la verá ni Dios por mucha distinción que le den. Nota: pocos se han marchado de la sala de Cervantes (sala de tortura) antes de acabar. 



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