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domingo, 26 de enero de 2025

Premios Feroz 2025

 A los Feroz se les ve la patita


La Dani cantando (?) Las cosas del querer a los maricones presentes en el Pazo de Cultura de Pontevedra


Este sábado 25 de enero de 2025 se celebró a las 22:00 en La 2 de RTVE la gala de los Premios Feroz en su 12ª edición. Los Feroz, por si alguno que lea esto no lo sepa, son unos premios a semejanza de los Globos de Oro, que otorgan la AICE, Asociación de Informadores de Cinematográficos de España. Está presidida por María Guerra y, según su web, reúne a más de 200 periodistas y críticos de cine, entre los cuales no me hallo porque no pago la cuota anual y porque...

La presidenta María Guerra es conocida por haber trabajado en SER radio y actualmente presenta un podcast sobre cine y series llamado La script producido por Kinótico. La única relación más próxima que tengo con ella suele ser a unos cincuenta metros como mínimo en las ruedas de prensa de la Sección Oficial del Zinemaldia. Suele hacer preguntas del pelo:

  1. A la actriz Pamela Anderson (presentación de The Last Showgirl): "Tengo la sensación de que hay una reflexión sobre el cuerpo de las mujeres sex symbols de los 90, ¿siente que está cambiando la concepción del cuerpo de las mujeres en Hollywood?
  2. A la directora Audrey Diwan (presentación de Emmanuelle): "Película extraña viniendo de ti, que habías rodado El acontecimiento. La he sentido como una especia de provocación porque no es solo una película, sino (un remake) de Emmanuelle (1974) otra vez. Yo era una niña, no la vi. Todas las mujeres (!) te miramos con un poco de inquietud...".

Son una muestra de por donde van los tiros, ¿me entienden? 

Los Feroz hacen una distinción entre Comedia y Drama. Este año había 42 comedias y 115 dramas. La vida, ya saben, siempre tiende a escorarse hacia la última. Las ganadoras de esta 12ª edición han sido Casa en llamas de Dani de la Orden en la sección risas y Salve María de Mar Coll en la de los kleenex, o tal como lo admite la RAE, clínex. 

La dificultad hoy en día estriba en clasificar las películas en géneros, pues salvo el drama, en ocasiones se tiende a la mixtura, haciendo una taxonomía casi imposible. Casa en llamas se podría definir como comedia dramática (drama cómico es menos usado), pues esta historia de una mujer divorciada, Montse, que va a pasar un fin de semana en la Costa Brava con la familia, recubre con una capa cómica un fondo dramático tal y como indica su título. Que la viera doblada en castellano habiendo sido rodada en catalán no me habría supuesto ningún repelús. El problema es que la Vilarasau, Auquer, Macarena García o Alberto San Juan se han doblado a sí mismos. ¡Y qué les voy a decir! Zapatero a tus zapatos. Los actores no son dobladores y los dobladores pueden llegar a ser actores pero no suelen dar el paso. Curioso.

De Salve María, tan sólo decir que pone en el punto de mira la maternidad. Bueno, una visión concreta de la maternidad: la idílica. Pero yo lo que juzgo es el resultado cinematográfico, no si el tema es interesante o no, actual o trasnochado, certero o divagador, etc. El hecho es que desde su estreno en cines en octubre del año pasado, tras su paso por la Seminci, tan sólo 9.000 espectadores sacaron la billetera. La historia de María, una joven con ínfulas de escritora, acaba de ser madre. La noticia de un suceso estremecedor -una mujer francesa ha ahogado a sus gemelos de 10 meses en la bañera, le servirá de argumento para su siguiente novela, toda vez que ella siente ganas de asesinar a su bebé para acabar con sus berridos. Yo durante la proyección tuve ganas de asesinar a la actriz Laura Weissmahr, que se pasa todo el tiempo berreando más alto que el querubín.

 

Pedro Almodóvar se lleva el Premio Feroz a la dirección por La habitación de al lado. Cortesía de AICE

 

 

Para cerrar el círculo de la progresía woke, el premio a la dirección fue a parar a Pedro Almodóvar por La habitación de al lado. Ya saben que este año en Hollywood no le ha ido bien en las nominaciones. Los Feroz han ido a consolarlo. Es el segundo Feroz que consigue tras Dolor y gloria.

El arranque de la XII edición casi me provoca un ictus. Un tipo al que no conocía -su nombre artístico es La Dani- sale desaficantando Las cosas del querer en homenaje al Feroz de Honor que fue para Jaime Chávarri. Las copas y platos de las mesas de los allí presentes debieron cuartarse en ese momento tras oír su grito de guerra: ¡Buenas noches, mariconeeeesss! 

¿Y qué decir del comentarista de turno? No tuve que afinar mucho la oreja para darme cuenta de que a Bob Pop ("Con ese aspecto nadie diría que Javi Giner ha dejado las drogas") le habían contratado. Todo queda en casa... de la SER.

Cuando le dieron a Alberto Iglesias el premio a mejor banda sonora, creo que vi subir un marciano en un planeta que ya no reconozco. El único personaje hasta el momento con el que conecté, humilde y con una voz tenue y agradable, sin estridencias y siempre con algo interesante que decir: "En el cine, la música convive con las palabras. La música en el cine es muy importante". 

Ya no aguanté mucho más tras ver a María Guerra sentada junto a los popes de la política: el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, y la vicepresidenta, Yolanda Díaz. Ahí me dije: el Lobo Feroz ha sido tragado por Caperucita. Me fui a leer un libro.

En fin, el mal gusto y la ordinariez, el wokismo y el feminismo, la izquierda aprovechando el escaparate de La 2 -antes ninguna cadena lo quería retransmitir- para dar las consignas oportunas a un público entregado en cuerpo y dinero. En fin, como dice mi amigo E., conmigo que no cuenten. Seguiré sin pagar la cuota de la AICE. Unos premios Feroz que olvidan de premiar a La estrella azul de Javier Macipe da cuenta del nivel de la asociación. No me extraña que María Guerra se lamentara al decir que "los periodistas no encontramos relevo". 


La actriz Candela Peña vestida de... dando la nota desafinada. Cortesía de AISE

jueves, 16 de enero de 2025

Ciento volando (2024)

 Defenderé la casa de mi padre


Presentación en los cines Príncipe de Ciento volando de Arantxa Aguirre (3ª por la izq.) en la pasada edición del Zinemaldia 2024

No sé si seré capaz de escribir hermosas palabras que hagan vibrar al lector de la misma manera en que la directora Arantxa Aguirre con su documental sobre la obra del escultor Eduardo Chillida, Ciento volando, lo ha logrado en mí.

Mi flechazo, mi enamoramiento, por esta documentalista madrileña, proviene de la Seminci. Aquella tarde de 2020, en el infame Teatro Cervantes, hacia las 16:30, "hora de echar más bien la siesta, que de ver un documental" como dejó caer a modo de protesta solapada por ese horario ante el público que iba a ver Zurbarán y sus doce hijos, tuve la constatación de que Aguirre era una mujer dotada de talento visual y sensibilidad artística.

Ciento volando lo ha ratificado. 

En 2010 conocí Chillida Leku, un museo al aire libre donde reposa tanto la obra escultórica como el cuerpo del su creador donostiarra. El lugar, ubicado en Hernani, es una cita obligada. A mí me sirvió para sobrellevar una depresión fruto de una ruptura sentimental. Las esculturas abstractas de acero, hierro oxidado o piedra mostraban la solidez de la que mi alma carecía en esos momentos. Abatido, temeroso del incierto futuro  ‒como en todas las rupturas el futuro se hace obscuro‒, mi ánimo no se mostraba fuerte. Y he ahí las piezas de Chillida, sólidas, robustas, de una sola pieza. Se mostraban dobladas, curvadas, entrelazadas, abrazadas en sinuosas posiciones pero siempre sólidas a la tierra donde yacían. Ellas presentaban agujeros, oquedades, huecos como los había en mi estado anímico.

En el lugar, sobre una pequeña colina se alza un caserío de hace 500 años, que el escultor adquirió para restaurarlo. Sobre él gravita la obra de Arantxa Aguirre. Y la del propio Eduardo Chillida. Alrededor de ese viejo caserón, los "doce (o más) hijos metálicos, graníticos o pétreos" de Chillida danzan sin moverse. Porque es la luz, la lluvia, los insectos, las aves o el paso del viento los que animan esas figuras abstractas al reflejarse o posarse sobre esos tótems, enraizados en "la casa del padre". Bueno, también danzan los turistas alrededor de las obras para hacerse selfies y colgarlas de su muro de Facebook.

Cuando entré en el caserío Zabalaga, me llevé una decepcionante sorpresa: estaba vacío por dentro. No lo entendí, pues no comprendía su arte. Ahora me pregunto: ¿no hay mejor metáfora de la obra de Chillida que el vaciado de un edificio por dentro y dejarlo en su esencia? Llego a escuchar: "Pretendía vaciarlo de materia para llenarlo de espacio". Algo parecido sentía en mi interior: el abismo del vacío cuando el amor se fuga por la ventana.

Chillida rumiaba mucho su trabajo. Yo rumiaba en aquel año, mientras paseaba por las campas y abrazaba sus esculturas que bien podrían llamarse "Ausencia de amor", "Desamor II" o "Buscando el amor", el porqué de mi separación. Las abrazaba como si fuera el cuerpo de la mujer a la que ya nunca he vuelto a ver.

La directora arranca su obra con un plano cenital del mar. Los títulos se van desplegando y a medida que el oleaje del Cantábrico en encabrita y la espuma los cubre, los títulos van desapareciendo. Es como si expusiera así, visualmente, el inconformismo de Chillida ante su obra: nunca ve el camino de la creación claro, hay que persistir hasta que con paciencia y dejando que la inspiración asome su naricilla, como si fuera una ceremonia de preparación del té. Sin prisa. Allí una mujer contempla el Cantábrico por el lugar señero del extremo de la playa de Ondarreta: el Peine de los vientos. Más tarde esa mujer leerá una carta de amor que el escultor manda a su mujer, Pilar, en la que desvela el significado del título: Chillida prefería los ciento volando, antes que conformarse con el pájaro en mano. Inconformista en la creación.


Presentación en la sección Zinemira (cine vasco) del Festival de Cine de San Sebastián 2024: Jone Laspiur, Mikel Chillida, Arantxa Aguirre y Miguel Zugaza entre otros.

 

Ciento volando se estructura en torno a unas catorce conversaciones con diferentes personas que nos van mostrando un crisol de quién fue Chillida. Para ello, Arantxa se sirve de una joven entrevistadora o, mejor, conversadora, estudiante de Bellas Artes y de aitas artistas, llamada Jone Laspiur. No me enamora, no me entusiasma, ni siquiera su voz me transporta al mundo de Eduardo. Cosas mías.

En cambio, esos abundantes planos panorámicos en vertical me parecen soberbios. Muchos parten del cielo, de los árboles, de los pájaros volando para acabar en su caída en cualquier escultura de Chillida Leku, creando un hermosísimo vínculo entre Arte y Naturaleza. Se nota que la directora madrileña sabe componer, cada plano merece estar en el Museo del Prado. 

Chillida tuvo una revelación: su vida y su trabajo no pertenecían a París, de moda en esos años de formación, sino a su casa: el País Vasco y a su grisácea y húmeda luz. Por eso, Arantxa Aguirre y sus tres directores de fotografía captan la variedad de luces de las cuatro estaciones vascas. Y la lluvia, el sirimiri, rebotando sobre el acero corten de muchas de sus obras, cuya oxidación me recuerda a las vías de los trenes de mi infancia. El tiempo que necesita Chillida para sus obras se ve trasladado a un plano fijo del documental en el que se ve un árbol (zuhaitza) a lo largo de las estaciones del año. Tampoco Arantxa escatima el tiempo para cincelar su visión artística sobre el escultor.

De las mencionadas conversaciones, muchas surgidas paseando, de día, nocturnas, con lluvia, con sol o anocheciendo, quisiera destacar dos. Una con una bibliotecaria que lleva más de cuatro años en la biblioteca que hay en Chillida Leku. Llega a decir que trabajando ese tiempo en los fondos sobre la obra y figura del escultor, a pesar de no haber coincidido en vida con él, tiene la sensación de conocerle, de que forma parte de su "familia". Los libros y la documentación es la materialización del espíritu de un ser.

La segunda conversación se mantiene entre Laspiur y Miguel Zugaza, el que fuera director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, ante una escultura monumental: Lugar de encuentros IV. Dicha obra estaba ubicada en el Museo bilbaíno. La recuerdo de mi juventud, pues era la primera que te saludaba con su enormidad, suspendida en el aire, cuando me dirigía a la Zinemateka del Museo que organizaba José Julián Baquedano. A la salida, tras ver la proyección, me sentía igual de ligero tras la dosis cinéfila que la pieza artística. Porque si la tocabas, a pesar de su anclaje en el techo, se movía imperceptiblemente.

Chillida era un melómano de Johan Sebastian Bach y eso se nota en las escasas pero precisas piezas que aparecen a lo largo del metraje. La banda sonora está compuesta por esos silencios labrados, cincelados con la naturaleza del lugar, lo que da pie a un montaje soberbio, donde cada conversación entre Laspiur y sus interlocutores acaba en una coda de silencio manchado del sonido natural de Chillida Leku.

El cartel es una síntesis de lo que es el espacio concebido por el artista: un lugar donde pasear por entre árboles y piezas escultóricas, cuya mayor escultura es el propio caserio Zabalaga, para encontrar la paz espiritual. No es atractivo a simple vista. Se necesita tiempo para la observación de lo que el cartelista pretende. Sin embargo, la idea sintética está ahí mostrada visualmente. Magnífico.


Cartel del documental en la delantera del Kursaal durante el Zinemaldia 2024


La historia se cierra en un círculo de vuelta al Peine de los Vientos y al Cantábrico. Y el último plano que contiene los títulos de créditos muestra una masa de metal incandescente, borboteando, es el material para ser moldeado por la creatividad de Chillida y de Arantxa Aguirre, él con sus manos, ella con sus luces y sus audios. En un momento dado, una franja negra surge a la derecha por donde transcurrirán los que participaron en esta obra inmortal, como aspira a ser Chillida Leku y Ciento volando.


EPÍLOGO

Este año los Goya han pasado de lejos para Arantxa Aguirre en las nominaciones a mejor documental. Claro, que viendo la temática de los documentales elegidos (el agro frente a las multinacionales, la figura de la actriz comunista Marisol, la violación de la Manada en Pamplona o la inmigración) está claro que la realizadora va a contracorriente de estos tiempos tan buenistas o wokistas. Sí estuvo nominada por sus anteriores Hécuba, un sueño de pasión (2006) y Dancing Beethoven (2016), pero sin fortuna.

Les dejo aquí el poema de Gabriel Aresti que aparece en el documental (la versión original está en euskera):

Defenderé

la casa de mi padre.
Contra los lobos,
contra la sequía,
contra la usura,
contra la justicia,
defenderé
la casa
de mi padre.

Perderé
los ganados,
los huertos,
los pinares;
perderé
los intereses,
las rentas,
los dividendos,
pero defenderé la casa de mi padre.

Me quitarán las armas
y con las manos defenderé
la casa de mi padre;
me cortarán las manos
y con los brazos defenderé
la casa de mi padre;
me dejarán
sin brazos,
sin hombros
y sin pechos,
y con el alma defenderé
la casa de mi padre.
Me moriré,
se perderá mi alma,
se perderá mi prole,
pero la casa de mi padre
seguirá
en pie.



domingo, 12 de enero de 2025

La cosecha 2024

 Yo soy más de los Reyes Magos. Punto



 

 Cuando llegan las Navidades uno empieza a recordar a los seres más queridos, con los que todavía sigues manteniendo un vínculo afectivo -como dicen los psicólogos- y optas por enviar mensajes por whatsapp en un intento de concentrar el cariño en un breve texto, como si fuera aceite de oliva virgen extra en un proceso de extracción caliente, como manda el corazón. Antes se usaban las tarjetas navideñas. Si usted las usa en estos tiempos, triunfará.

No les quiero ocultar que en estas Navidades uno ha rozado la depresión. Afortunadamente, el envío de uno de esos tarjetones sin música, con el siguiente texto "Que la vida te sonría en 2025. Y que yo lo vea", surtió el efecto pretendido: al cabo de dos días, la llamada de una de mis ex, a la que llamaré Brigitte Ardot, B. A., me telefoneó para agradecerme el detalle, algo que "la había llegado al corazón en un momento delicado".

Quedamos en un bar restaurante llamado Kazuela en la calle Mayor de Las Arenas. El local me gusta pues tiene una barra larga a la izquierda, al fondo unas mesas para servir y a mano derecha unas escaleras donde te llevan a un reservado. Si lo pienso, se asemeja a mi querido bar Stop de Astrabudua.

Mientras espero a la B. A. apoyado en un extremo de la barra, me doy cuenta de que en las películas del Oeste las barras estaban tan desiertas como los parajes desérticos de Arizona, Utah o California. Tan sólo florecían los vasos y la botella tras la petición de los vaqueros que entraban al local. En cambio, en los bares de hoy uno no podría lanzar el vaso de whisky al otro extremo de la barra sin que colisionase con algún objeto o alimento sobre la barra, tal es la concentración de exuberancia nutricional.

En esto divagaba mi mente, cuando apareció la B. A.: pantalones negros, camiseta con algún mensaje en inglés y un anorak fucsia le acompañaban a una sonrisa con un carmín de color desvaído. Al besarnos, percibí un perfume agradable.

—¿Nos sentamos? —le propongo, mientras le agarro por la cintura y nos trasladamos hacia el fondo.

—¿Qué tal estás? —me inquiere nada más sentarnos sin esperar a la camarera.

— Como tú... o peor. Pero pasará, como pasan todas las Navidades. Tú tienes hijos a los que aferrarte. Yo no.

— Los hijos dan preocupaciones también. Las 24 horas del día. ¿Estás tomando algo para la tristeza?

Serotonina de Houellebecq —le suelto sin saber muy bien si la ocurrencia la entiende.

Se acerca una camarera hispana –ahora ya no encuentras un autóctono en la hostelería, cosas de la natalidad, la inmigración y de los zurdos– y nos pregunta por la comanda. Pedimos mejillones al vapor (ricos), ensalada de bacalao, pan y para beber caña tostada, yo, y un botellín de agua, ella. La felicidad final se concretó en una tarta de zanahoria y en que invité yo.

La comida transcurrió sin besos, ni acercamientos de manos, ni miradas magnéticas, ni sonrisas que pudieran atisbar besos con lengua y aterrizaje en un lecho. Como decía el bueno de Houellebecq, "está claro que no se puede hacer nada con la vida de la gente, ni la amistad ni la compasión ni la psicología ni la comprensión de las situaciones tienen la menor utilidad, la gente se fabrica ella misma el mecanismo de su desdicha, le da cuerda y luego el mecanismo sigue girando, ineluctable, con algunos fallos, algunas debilidades cuando la enfermedad interviene, pero sigue girando hasta el final".

 

 


 

Todo esto lo pensé mientras seguía escuchando las desgracias de Brigitte Ardot, sin comas, sin puntos, todo relatado en una misma y única página figurada de DIN A-3, o mayor. A mi Ardot la hubiera querido preguntar si uno era capaz de ser feliz en soledad y más por estas fechas. Pero para qué. B. A. necesitaba más que yo expeler (¿o sería excretar?) toda la tristeza y preocupaciones que atesoraba como mujer, madre y ex esposa.

Tomamos la tarta de zahanoria en un platito único, una misma ración para los dos. Y como siempre ocurre, el último trozo me lo ofrecía para mí. Al venir la camarera con la cuenta, hubo pugna por pagar pero no soy moderno, 50% y esas mandangas. Hubo forcejeo pero la masculinidad se impuso agarrando la cuenta que la devolví arrugada a la camarera. 

—¿Hubo discusión por pagar? —y sonríe mientras la camarera lo pregunta.

—Ha sido una lucha por hacer feliz al otro —se me ocurre contestar tratando de ser "ocurrente".

—Pues les ha salido barata la felicidad —comenta en un alarde de ejercicio de marketing de la Kazuela.

—43,70 euros, sí.

Nos vamos. Veo que ha engordado un poco pero mi Ardot siempre fue muy delgada, extremadamente delgada para mi gusto. Así que ahora la veo más guapa sin que mi piropo la afecte -para bien- en lo más mínimo.

Ha dejado de llover fuera. Paseamos un poco hablando de los problemas de ella. En alguna ocasión, un paréntesis a lo sumo, abordo mi hundimiento. Yo trato de aconsejarla pero "la gente no escucha nunca los consejos que le dan, y cuando los pide es específicamente para no seguirlos en absoluto, lo que quiere es que una voz externa le confirme que se ha metido en una espiral de aniquilación y de muerte". Otra vez surge la Serotonina de Houellebecq.

Me despido de Brigitte Ardot en la parada del bus. Y de vuelta a casa, pienso que me habría gustado decirle que me siento como un pistolero del Oeste, solitario, amargado y cínico. Y sin caballo. Y sin revolver. Que me habría gustado tener familia para combatir la soledad en Navidad. En esos momentos me viene a la mente una película de Boetticher en la que hay un conversación entre un bandido y su cautivo:

—¿Está usted casado? —le pregunta el bandido.

—No.

—No es bueno vivir solo.

— Tal vez —contesta el cautivo.

—No, no es bueno. Se termina hablando de mujeres y de alcohol, y eso es malo incluso para un hombre con tan pocos escrúpulos como yo... ¿De qué vive usted?

—Tengo un rancho —le responde el cautivo.

—Algún día tendré yo uno.

—¿Lo conseguirá matando?

—A veces no es posible elegir.

Y he aquí lo inexorable de la vida, concentrado en un breve diálogo en una del Oeste, como el aceite virgen extra obtenido del prensado en frío. En el Oeste cuando se preguntaban por la felicidad, tenían claro que la misma estaba en forma de mujer y con ella en un rancho.

Del bolsillo saqué una hoja con una lista. Era una lista de las mejores películas, bueno, de las que a mí me habían cautivado el año pasado. Cuando Brigitte Ardot se fue al extranjero durante unos años, lo cual supuso nuestra ruptura, ella me pedía por Navidad la lista de las diez películas que más me habían gustado. Así durante mucho tiempo nos estuvimos carteando hablando de ellas, nuestro tema en común. Sin que ella me lo pidiera, había escrito las de 2024. Y se me había olvidado dársela: era mi regalo de Reyes Magos, porque yo soy de RR. MM. Ni de Olentzero ni de Papá Noel. Ella, en cambio, me había ofrecido unos tarros de mermelada y albaricoque hechos por ella. Era su manera de hacerme feliz en Navidad. Y lo agradecí.


  1. Parthenope.
  2. The Brutalist. 
  3. Anora.
  4.  Cónclave.
  5. Vermiglio.
  6. Memorias de un caracol.
  7. Bob Trevino likes it.
  8. Black Dog.
  9. Por todo lo alto.
  10. Los destellos.






domingo, 1 de diciembre de 2024

Obituario

 Jesús María Echano, un hombre del Renacimiento... y casi un padre


Jesús María Echano en el centro, rodeado de buenos cinéfilos en 2007


Sábado 30 de noviembre de 2024. 

A las 11:35 de la mañana de lo que iba a presentarse como un día de limpieza en el hogar, un breve mensaje por whatsapp me informa de que "ha fallecido Etxano". El mensaje lo recibo en el bar Stop de Astrabudua, sentado en la mesa del fondo, sacando fuerzas para ir a bregar con la bayeta, la lejía y la aspiradora. Ya no hay ganas. Ni lágrimas. Irán por dentro.

Le pido a Cecilia, la dueña del Stop, que me saque un cognac Napoleón III. A Jesús Mari le gustaba beberlo a poquitos, mientras saboreaba una buena conversación. Cecilia me dice que no tiene. Normal, en Astrabudua no existen Echanos. Es algo sociológico, me diría él. Abunda la gente humilde que bastante tiene con tirar del día a día. Los Schopenhauer, Heydeger, Dreyer, Pollock, Arrabal o su querido Godard quedan lejos del radio de conversación, aunque no para Echano.

Y aquí sigo. Son las 17:30 de la tarde. En la misma silla del fondo. Y con la quinta -o vete tú a saber- copa de Calisay. Es el único sustituto que me encuentra Cecilia. Se lo agradezco. Con el líquido ambarino haciendo su efecto, surge el pensamiento de que Jesús Mari me ha acompañado desde la juventud. 

Con dieciocho años, un buen día cogí los bártulos y me marché de casa. Recalé en el cineclub FAS de Bilbao, sito por aquel entonces en el ya extinto Salón San Vicente de los Jardines de Albia. La primera película a la que asistí allá por 1984 fue La noche del cazador de Charles Laughton con fotografía de Stanley Cortez en blanco y negro. Imprudentemente, participé en aquel coloquio. Era como si Iker Muniain saltase al campo de San Mamés ante el Real Madrid. Y, bueno, me enfrenté "intelectualmente" a lo que por entonces me pareció un Mihura: Echano. Salí corneado pero con las dos orejas. El rabo se quedó en el ruedo. Me di cuenta de que tan sólo era un espontáneo con grandes ganas de triunfar en esa plaza del FAS, la Vista Alegre cinematográfica. No estaba preparado. Como dice mi amigo Enrique, "el saber cuesta, pero no sólo dinero sino también, y sobre todo, tiempo". Así se lo decía Echano: para lograr amueblar la cabeza, se necesita mucho esfuerzo y tesón.

Las heridas de aquella sesión cicatrizaron con el tiempo, gracias a la amistad que poco a poco pude granjearme con él. Imponía por su saber pero no se imponía. Recuerdo que le fascinó Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas del tailandés Apichatpong y tuvo que "enfrentarse" en el coloquio al resto de espectadores que abominó de la misma. Días después, me confesaba que tal vez era él el equivocado. 

Su tono entarimado, por haber sido profesor en la universidad -varias carreras atesoraba-, provocaba cierto repelús a aquellos que no lo conocían a fondo. Echano era como el gordo impaciente que se sienta en el único asiento libre del autobús y te echa por ocupar más espacio intelectual que tú. Había que admitirlo y escucharle. 

En el bar Stop, mientras noto el ardor del alcohol en el estómago, rememoro cuando le operaron de la aorta abdominal. Estaría por la sesentena o en la siguiente, ya jubilado. Disfrutando de la vida. Aunque estoy convencido de que Echano ya llevaba décadas disfrutándola, bebiendo y comiéndosela. Era sartriano, socialdemócrata en ocasiones o liberal en otras, pero vitalista, curioso y hambriento de toda lectura. 

No supe de esa operación hasta años más tarde. Algo muy vasco, por eso era un Echano y de segundo Loizaga. Pero lo que son las cosas, gracias Calisay, recuerdo que un día ya en el cineclub del Getxo Antzokia de Algorta, alabó con una desmesura que me sorprendió una película que nadie en el Stop, sospecho, haya visto: La eternidad y un día de un director griego llamado Theo Angelopoulus. 

El argumento me dio pistas sobre su vida, siempre celoso de ella. El protagonista, Alexander, un escritor griego, le quedan pocos días de vida y necesita resolver un dilema: morir como alguien ajeno a los demás o aprender a amarlos y a comprometerse con ellos. Alexander elige la segunda vía, lee las cartas de Anna, su esposa fallecida, y cierra su casa en la playa. Un día lluvioso, encuentra a alguien que le ofrece la oportunidad de cumplir su compromiso: un niño albanés al que ayuda a pasar la frontera mientras le cuenta la historia de un poeta griego que vivió en Italia y que, al regresar a Grecia, compraba las palabras olvidadas para escribir poemas en su lengua natal. Entonces el niño juega a buscar para vendérselas.

Cecilia se acerca y me dice si retira la botella de Calisay. Intuyo que lo que quiere decirme es que ya he bebido bastante por hoy. Pero la necesito. Hoy necesito la bruma del alcohol que me lleva a La eternidad y un día de nuevo. Pues mi amigo tenía aquella semana posterior al coloquio que someterse a una operación a vida o muerte. Salió vida. Aunque su mujer se enteró años más tarde que, durante unos minutos, su corazón dejó de latir. Y lloró, lloró retrospectivamente.

Alexander tuvo la opción de comprometerse por alguien, por un niño. Mi querido Jesús Mari, en cambio, se fue recluyendo poco a poco. Tuvo el ofrecimiento, me confesó un día, de ejercer de Ararteko (Defensor del Pueblo), pero desconfiaba de la política y de los políticos. Creo que por eso rehusó en una época en que la democracia se consolidaba y las balas silbaban por aquí.

La vejez es una señora vestida con guadaña que nos siega las amistades. A menudo me decía "estoy cada vez más solo". Supongo que la compañía de la generación posterior no arropa como la de uno mismo. Cuestión de lenguaje y de vivencias, supongo. No tuvo niños, tal vez sí que los quisiera. Y en ausencia de ellos, el matrimonio decidió viajar hasta que llegó la jubilación. Se fue como Alexander a una zona costera, en su caso del Levante. Pero allí, aunque no hubiera días lluviosos, no encontraba esas palabras olvidadas para escribir sus poemas. Y regresa a Bilbao en busca de ellas... y del cine.

Desgraciadamente, no pudo viajar lo que quisiera debido a una enfermedad renal. Y eso a su esposa, mujer del hogar como era lo habitual en su época, la afectó, pues viajar le daba la vida. Jesús perdió los riñones y tuvo que sufrir durante muchos años -las muñecas hinchadas y deformadas así me lo mostraban- la diálisis para seguir tirando: martes, jueves y sábados. Los señalados para pasar casi todo el día postrado, era la condena por revivir. Ya no pudo viajar, limitado por ella. 

Lleno la copa de Calisay y le pido que me ponga unos hielos a Cecilia. El bar se va llenando de gente, mientras que la oscuridad empieza a penetrar en el local. Los recuerdos revolotean, mientras miro ausente.

Le acompañé en sus últimos veinte años cuando vivía ya en Aiboa (Getxo), retirado ya de su despacho de abogacía en Bilbao. Me llegó a abrir sus puertas e invitarme a su hogar, como si cruzara el Xanadú de Ciudadano Kane. No fue fácil. La amistad hay que trabajarla, como los conocimientos. Luego ya prefería salir (huir) del hogar y bajar al bar Egarri en la Avenida de los Chopos. Allí recuerdo nuestro último coloquio a dos cuando le llevé un cortometraje en mi móvil ganador del premio Korten del FAS. ¡Qué cara ponía de asombro al ver que en un smartphone se podía tener una pantalla de cine pequeña!

Llegó el acontecimiento de la enfermedad de su mujer. Y tuvo que pensar en la residencia y en deshacerse de su querida biblioteca: todo un frontal de su salón. A mí me donó todo lo relativo al cine, salvo dos o tres libros señeros como ¿Qué ese el cine? de André Bazin. Rememoro que me decía que volvía a ver películas, pero que ya no las podía acabar, o que le parecían peores, o que...

Alguna que otra vez le llevamos a la radio Gorliz Irratia, a nuestro programa La Noche Americana. Allí era como un niño con zapatos nuevos o eso pretendíamos. En otras ocasiones, le llamábamos para hacer conexiones telefónicas. Todo porque Jesús no se sintiese jubilado, en la peor acepción del vocablo.

Los últimos años los pasó en la residencia Andra Mari de Algorta. Allí cada vez se me hizo más difícil ir a verle. No es agradable ver el derrumbe de un ser que te ha marcado para bien. "Se come muy bien", me decía. Era ya el último placer que le quedaba a Jesús Mari. En cuanto llegaba la hora de la cena, la visita tenía su final.

La juventud empieza a llenar el bar Stop ya por la noche. Y sigo clavado al fondo del local. La ayudante de Cecilia me ha sacado algo de picar. Tengo un agujero en el estómago pero tan sólo logro llenarlo de recuerdos nostálgicos.

Uno de los momentos más bonitos fue cuando unos amigos le sacamos de su casa -puede que fuera de la residencia- para ir al último coloquio del cineclub de Getxo. En aquellos tiempos, año 2014, le trajimos a Las Arenas para ver La gran belleza de Paolo Sorrentino. Siempre le gustó lo delicatessen. No le defraudó, pues aunque ya tenía la retina rayada de tanto cine visto y analizado, Sorrentino le llevó por vericuetos inesperados.

En aquella ocasión quise hacer algo especial, en la creencia de que Jesús Mari Echano ya no nos volvería a acompañar en aquellos coloquios posteriores a la proyección, como así fue. Grabé el coloquio y lo monté con fragmentos de la película de Sorrentino. Son 75 minutos de duración. Fue mi (su) testamento cinéfilo y sonoro.

Decía Cicerón al elogiar la vejez, que esta se apoya en los cimientos de la juventud. "Ni las canas ni las arrugas pueden adquirir autoridad de repente, sino que es la vida anterior vivida con honestidad la que toma los últimos frutos del prestigio". Y Jesús Mari fue joven de espíritu y tuvo su autoridad ante muchos de nosotros que lo conocimos. 

"¿Me dices cuánto te debo?", le pregunto a la camarera. Salgo con paso vacilante, el ánimo abatido y bañado por esa oscuridad que en tantas sesiones de cineclub hemos vivido. Pero en esta ocasión no hay banda sonora que acompañe a la palabra "fin". Y afuera ni siquiera llueve... tan solo por dentro. 

Q. E. P. D. Jesús Mari.




domingo, 10 de noviembre de 2024

Jurado nº 2 (2024)

  Soy un ohtaku de Clint Eastwood



En muchas ocasiones, ponerme delante de la hoja (ahora es una pantalla pero tan nívea como la cuartilla) se me hace cuesta arriba. No es que no sepa de qué escribir; el bloqueo surge de no saber de qué modo he de escribirlo para que tenga interés para el sagrado lector. Voy a intentarlo.

Esta semana he quedado con Harry Lime, buen amigo de la universidad. Es el único que hice. Bueno, a decir verdad, el único que conservo. Quedamos como si fuéramos dos espías, uno del CNI y otro de la CÍA en el restaurante Ohtaku Ramen de la calle Heros, 14. Sin gabardinas. Supongo que tras haber estado en los dos principales festivales de este país, querría que le pasase información valiosa. Y yo informarme de si Nico Williams seguiría en el Athletic, aunque barruntaba que en el CNI esa información, si la sabían, él no me la iba a dar.

Llegaba tarde. Él había pedido ya y nos dimos un abrazo efusivo vasco. Nos miramos para saber si el paso del tiempo nos había mejorado o no el aspecto. Él me vio inmejorable. Yo callé. También Carmen Maura tenía una aspecto divino en Mujeres al borde de un ataque de nervios y no es que, digamos, lo estuviera pasando fetén, recién embarazada de un doblador (Guillén) que la había abandonado.

—¿Qué películas has visto que merezcan la pena? —me pregunta mientras me indicaba que ya había elegido de la carta un Miso Tantanmen con extra de huevo ecológico de 15,95 €.

La verdad es que esa pregunta, que creí que me lanzaría a bocajarro, no la formuló en toda la comida, mientras la jovencita camarera se acercaba para preguntarme qué es lo que deseaba.

—Quiero una Trufa Tori, también con extra de huevo ecológico —le solicito.

—Eso sube el precio a 16. 50 € si quiere el extra —comenta a modo de aclaración.

—Da igual. Póngame, además, un copa de crianza. ¿No bebes nada? —le pregunto a Harry Lime.

 —No, el plato ya va con mucho caldo.

La camarera se va. Tras una pausa, le comento:

—He visto la última de Clint Eastwood, Jurado nº 2. Está funcionando bien en taquilla. Es una historia sencilla pero que se ve con mucho interés. Puede que la sombra de Doce hombres sin piedad de Sidney Lumet se note. Pero si en esta de lo que se trataba era de dirimir si había una duda razonable para no llevar a la pena de muerte a un acusado de asesinato, en la de Eastwood se añade un dilema.

Vuelve la camarera con los cuencos de comida japonesa y la copa de crianza marca Covila 2,95 €. Lime  me sigue escuchando con interés al tiempo que come con apetito. Echo en falta esos sorbos que tan gozosamente oigo en las películas chinas y japonesas. En Europa, es señal de mala educación. Pero a mí ese sonido me parece gozoso.

—Imagínate que vas a tener un hijo pronto pero te llaman para ser miembro de un jurado. Se juzga un caso en el que un tipo en una noche lluviosa tras una discusión mata a su novia. Se juega la cadena perpetua. Pero te das cuenta, por una sospecha muy poderosa, de que él no ha cometido el asesinato. Sin embargo, si le defiendes alguien de tu familia puede verse implicado y pringar. ¿Qué harías?

—Proteger a mi familia.

—¿A pesar de que el acusado sea inocente?

—Inocente o no inocente, mi familia es lo primero.

Barrunto que Clint Eastwood sonreiría con esa mueca picarona al escuchar la respuesta de mi amigo Lime.

—¿Tiene ya más de noventa tacos, no? —pregunta Lime, mientras remata el cuenco del miso Tantanmen.

—Sí, 94 para ser exactos. Dicen que está en forma, pero a esa edad uno ya no puede más que aspirar a no defraudar... artísticamente hablando. Y, la verdad, con esta peli no defrauda. Billy Wilder llegó a los 95 años pero su última película, Aquí un amigo, la dirigió con 75 años. Después se dedicó a recoger premios y galardones. Los mismos magnates de la industria que le llenaban de honores no le dieron más oportunidades de dirigir nuevas películas.

—Eran otros tiempos.

—Y que Eastwood tiene una productora propia, Malpaso, con la que realizar sus obras que las venderá a la Warner, supongo.

Pedimos los postres. Lime, dos mochis de 5,60 €, y yo helado de chocolate por valor de 2,95 €. 

—Antaño siempre que se estrenaba una obra de Clint Eastwood iba con Molécula. Recuerdo haber visto películas con él como En la línea de fuego, Poder absoluto o Ejecución inminente.

—A mí me llevaste a ver Sin perdón.

—Sí, les llevé a mis aitas y a una novia también. Cuatro veces la vi llevando a las personas que quería.

Se hizo un silencio. Un tiempo ido en el que ir acompañado a ver una de Eastwood era un acontecimiento. ¿Qué será de Molécula?

 

Laura Poitras presentando su documental en el Museo Guggenheim de Bilbao

 

 

—Esta semana se celebra el ZINEBI como ya sabes —le recuerdo. —Fui a ver La belleza y el dolor de Laura Poitras en el Museo Guggenheim. Le han otorgado el Mikeldi de Honor en esta edición.

—¿De qué trata? —me pregunta saboreando la segunda bolita de mochi. 

—Es un documental sobre una reputada fotógrafa llamada Nan Goldin. Estuvo en la contracultura de los 70 y 80 de Nueva York, relacionada con el ambiente gay, el sida y coqueteando con la droga. Me ha gustado mucho por su estructura.

—¿Estructura?

—Sí, vamos, por el montaje. Va alternando su vida descrita con fotografías familiares y hechas luego por ella, fragmentos de cine, vídeos, etc. y la contrapone con una etapa de su vida en la que casi la lleva al cementerio por la toma y dependencia a un medicamento llamado oxycontin.

—¿Eso no es un opiáceo? —pregunta Lime, a la par que alza la mano para pedir la cuenta—. Tengo que volver al CNI —y me guiña un ojo.

—Sí, el oxycontin lo fabricaba la dinastía farmacéutica de los Sackler para el dolor desde 1995. Y se convirtió en un éxito de ventas. El problema...

—Era que creaba dependencia cada vez mayor, ¿no?

—Exacto. Hasta el punto de que más de medio millón de estadounidenses murieron por ello. Esa es la parte que lleva a una emotiva secuencia: Nan Goldin crea una asociación que lleva a los tribunales a la empresa farmacéutica de los Sackler, y les obliga a escuchar ciertos testimonios de lo que ha provocado su medicamento, el oxycontin.

La camarera deja una cajita con la cuenta. La miro y veo un total de 43,95 €. 

—Pago yo —disparo rápido como si fuera Harry Callaham.

Le comento que hay muchas concomitancias entre Nan Goldin y yo. La cámara nos servía para poder relacionarnos con el mundo, ya que la timidez y la fobia social siempre nos ha impedido conectar con el "otro". La fotografía es una manera de poder expresarte, dejar constancia de tu existencia y la de los demás y de la vida a tu alrededor. Cada vez me gustan más los documentales, los buenos, claro, por encima de la ficción. No me extraña que La belleza y el dolor de Laura Poitras ganase en Berlín el Oso de Oro hace dos años. Este año en el Zinemaldia también ganó otro documental: Tardes de soledad de Albert Serra. 

Harry Lime mira el móvil como buscando algo y comenta:

—Es curioso que el título en inglés de la obra de Laura Poitras sea All the Beauty and the Bloodshed —me comenta saliendo del Ohtaku a la calle. —Bloodshed significa matanza, no dolor. Los Sackler en este caso no estaban ante un dilema.

—No, prefirieron seguir vendiendo un fármaco que tenía consecuencias fatales. Tal vez por eso lo tituló matanza. La belleza era lo que Nan Goldin quería captar con su cámara. Era una gran fotógrafa documentalista.

Y así nos despedimos con otro abrazo, efusivo y muy vasco. Lástima que no hiciera una foto del momento. Nan Goldin seguro que lo habría inmortalizado.



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