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domingo, 18 de enero de 2026

Los Soprano

 Charles Foster Kane homenajeado en Los Soprano

  


 

No me gusta ver series —sobre todo si se tiran varias temporadas—, ni suelo verlas. Lo mejor es esperar a que pongan lo que antes en el cine era el rótulo de The End y, entonces, si merecen la pena, intentarlo. Dense cuenta de que la vida es muy corta, aunque cuando se está en la veintena uno tiene la distorsión juvenil de que hay que quemar gasolina sin temor a agotar las reservas de la Shell o Exxon juntas. 

El caso de Los Soprano (The Sopranos, 1999-2007) de David Chase, creador y coguionista, consta de seis temporadas de 86 episodios en total. He hecho un cálculo sencillo: si cada episodio son 50 minutos aproximadamente, entonces ver Los Soprano es como si hubieras ido al cine a ver unas 36 películas de dos horas. ¿Ven lo que les digo?

Así que de ver series, trato de ser muy selectivo: Breaking Bad, Juego de Tronos, Chernobyl, Black Mirror (esta no es realmente una serie), House of Cards o la danesa Borgen, junto a las españolas que no desmerecen para nada las anteriores, Patria y Antidisturbios, son las excepciones a mi frase "ni suelo ni me gustan las series".

Como me gusta escribir sobre el Cine, sí con mayúsculas, y busco como sabueso en cualquier lugar y tiempo piezas de caza que pueda mostrar en este cuartito bloguero de cazador, pues lo he hallado en Los Soprano. Esta serie de HBO, de las más reputadas entre los seriéfilos, trata de una familia de mafiosos italoamericana de Nueva Jersey encabezada por Tony Soprano. El actor que lo encarnaba, James Gandolfini fallecido a las 51 primaveras, nos guiaba por los escenarios tanto de su vida familiar como laboral, con paradas a lo Woody Allen en la consulta de la hermosa (¡cuántas veces me habré quedado mirando sus piernas y tener que darle al rewind para volver a poner atención a la conversación!) psiquiatra Jennifer Melfi (Lorraine Braco).

Las dos escenas que les traigo, como si de dos piezas de caza mayor se trataran, están en la segunda entrega de la temporada 5ª, que lleva por título otro guiño cinéfilo —no por casualidad, como suele pasar en este magnífico guion—: Rat Pack, alusión al grupo de artistas de los cincuenta y sesenta del s. XX formado por Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr. entre otros. 

Pues bien, Carmela Soprano, la esposa de Tony Soprano, invita a sus amigas (entre ellas a su cuñada Janice) a su casoplón, donde tiene montada una salita para proyecciones de cine en VHS. ¡No había llegado el digital todavía! 

—Aquí está, la primera en la lista de las mejores películas nacionales del Instituto de Cine Norteamericano, Ciudadano Kane —comenta Janice mientras saca el vídeo del estuche.

—¡Dios, es en blanco y negro! —exclama una del grupo a punto de salirle un sarpullido.

—¡Oh!, eso es lo que se pretende en un cineclub de cine: probar cosas nuevas —dice Carmela Soprano mientras abre una guía de cine de 2004—. Ahora veamos a modo de introducción qué dice Leonard Maltin. 'Un filme que rompió todas las normas e inventó algunas nuevas. La cinematografía, la música y el guion ganador de un Oscar de Welles y Herman no sé qué son de primer orden'.

En el arranque de la proyección hay un aviso de que el FBI advierte de que la difusión, alquiler y demás zarandajas están prohibidas sin el permiso del dueño del copyright. Si ven el capítulo sabrán que el FBI está al acecho sobre Tony Soprano y demás miembros que conforman la famiglia. Así que como ven todo está hilado.

Acaba la proyección y la novia de Christopher Moltisanti, primo de Tony, nos hace spoiler de la película de Ciudadano Kane:

—Bueno, así que era un trineo, ¿eh? Debería habérmelo dicho alguien.

—Creo que es fascinante que el hombre tuviera todas esas cosas —en alusión al protagonista de la película, Foster Kane, magnate de medios de comunicación—, pero no sé, que muriera solo sin nada ni nadie.

—¡Qué tío! 'Tú pones los titulares, yo pondré la guerra' —rememora otra sobre el poder de Kane—. ¡Era un creído!

La verdad es que como película... —dice una.

—Es muy buena —concluye Carmela. 

Se hace un silencio incómodo. El coloquio de cineclub parece que no dar más de sí. Y entonces las mujeres vuelven a su mundo real:

—¿No os he contado que vi a Laura Basi en el probador de Loehmann's? Seguro que se ha hecho un arreglo. Una talla más de pecho y un lifting.

—Bueno, dijo que estaba reformando el piso de arriba, pero no tenía ni idea. (Risas).

La segunda escena completa la anterior, con un poco de humor sobre los personajes. Volvemos al mismo escenario y con las mismas mujeres, que se reúnen en torno a un picoteo. Un matiz, Toni Soprano, en pleno proceso de divorcio de su mujer Carmela, se ha llevado el aparato reproductor de vídeo, así que no hay sesión de cineclub.

—Francamente, Carmela, esto es mucho mejor que ver Casablanca —se sincera una.

(Evidentemente, la situación no da para romanticismos como la película de Bogart y Bergman).

—De todos modos no necesitaba volver a verla. Aunque eso mate a Tony, recuperaré el equipo para la próxima vez. ¿Cuál es la siguiente en la lista? —pregunta Carmela, que se está divorciando.

—Número tres, El padrino —lee de la guía de cine de Leonard Maltin su cuñada.

En Rat Pack ven Ciudadano Kane por motivos simbólicos, no por casualidad. La serie recurre a menudo al cine para explicar a sus personajes. En este caso Tony se identifica con Charles Foster Kane, un hombre poderoso como el mafioso, que lo tiene todo pero está sólo y vacío. Tony en este punto de la historia se encuentra en un punto parecido, con poder, dinero y respeto, pero cada vez más aislado y desconfiado. La película es un espejo de Tony.

Ciudadano Kane me fascinó desde muy joven, pues se trataba de la pérdida de la infancia  —yo que era un recién náufrago abandonando ese paraíso—, simbolizado en el trineo. En el capítulo Rat Pack se refuerza la idea de que muchos problemas de Tony provienen de su infancia y su madre, algo que está presente a lo largo de los capítulos con la visita asidua a la psiquiatra. Recordemos que Foster Kane es entregado a un tutor legal por su propia madre (¡), el banquero Walter Parks Thatcher, para que lo críe y administre la fortuna que herederá, arrebatado así de su infancia y de su hogar afectivo con sus tíos que lo habían acogido. 

Por último, no querría dejar de comentar el título del episodio. La ironía surge de que los integrantes del Rat Pack original simbolizaban la amistad y la lealtad, algo que no ocurre en el grupo de mafiosos, que desconfían constantemente uno de otros, e incluso tienen confidentes policiales dentro del mismo.

Así que ya saben, Ciudadano Kane refuerza el mensaje del capítulo, pues el poder absoluto conduce al aislamiento, y la verdadera pérdida no es el dinero ni el imperio, sino la capacidad de confiar y amar. Los seres dañados desde la infancia tienden a ello. Como Foster Kane o Tony Soprano. 

 

miércoles, 14 de enero de 2026

Goyas: lectura de candidaturas 2026

Los invitados esperados asistieron a La cena


Los domingos y Sîrat se medirán frente a frente en la 40ª edición de los Goya, mientras que Maspalomas, La cena y Sorda asistirán de comparsas en el apartado de Mejor Película


Las súplicas de la monja de clausura se cumplieron: 13 nominaciones para Los domingos



El próximo día 28 de febrero si se asoman por la tele pública, la estatal o nacional, y aguantan con un cubata en la mano hasta la una y pico de la madrugada, sabrán que Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa habrá sido la ganadora de la 40ª edición de los Premios Goya, con permiso de Sirat: trance en el desierto.

Ayer martes, mi admirado Arturo Valls (admirado por encarnar a Jesús Quesada en Cámera Café y pare usted de contar) y la tinerfeña licenciada en Derecho, Toni Acosta, (su nombre real es Antonia del Carmen Acosta León, como ven mejor abreviar) dieron lectura a los aspirantes a los Goya en las 28 categorías desde la Academia de Cine que, junto al Goya de Honor al cineasta Gonzalo Suárez (¿para cuándo uno para José Luis Garci?) conformarán el menú de esta 40ª edición.

Se les notaba a Valls y a Acosta cierta emoción en la lectura (ambos tenían remotísimas posibilidades de ser nominados, ella por Padre no hay más que uno 5; él por Los futbolísimos 2) y fueron perlando la monotonía de la lectura por categorías con chistes improvisados: «Lo estamos haciendo bien, ¿no?», ella. «Yo creo que sí. Se nos está entendiendo muy bien», él. «Sabes leer», ella. «Que no me salgan los nombres en euskera, por favor», él.

En esta edición se han inscrito un total de 218 largometrajes, de los que 122 son de ficción (se nota la abundancia de subvenciones públicas y desgravaciones fiscales para tanta sopa caliente Starlux que nadie probará), 87 son documentales (esos ya ni se ponen en La 2) y 9 de animación (animada la cosa en esta sección no está). Estos fueron los datos objetivos que Toni Acosta, honrando a su generación de la cincuentena al ponerse las gafas para la lectura de cerca, con una dicción poco canaria y bien audible nos pudo dar al inicio. Completó la información afirmando que de los 218 largos, 67 son óperas primas (pocos de esos volverán a rodar de nuevo), 129 guiones originales y 42 son guiones adaptados. 

Como lo más interesante se lee al final, como mal periodista también lo pongo al final. No vaya a ser que sólo lean el titular y la entradilla y pasen a otra cosa mariposa, como hacen los jóvenes millennials, otra cagarruta anglosajona. Pues bien, las cinco películas que aspiran al Goya a Mejor Película son: Los domingos dirigida por Alauda Ruiz de Azúa; Maspalomas dirigida a cuatro manos por Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga; Sirât, trance en el desierto de Oliver Laxe; La cena de Manuel Gómez Pereira y, por último, Sorda dirigida por Eva Libertad. 

Llama la atención que en ese quinteto se haya colado una comedia como La cena, una adaptación al cine de la obra teatral del dramaturgo José Luis Alonso de Santos, La cena de los generales. La ha rodado un director abonado a ese género (tan noble y difícil) y mediocre como es Manuel Gómez Pereira, de cuya filmografía menciono títulos tan significativos de lo que se gasta como son Todos los hombres son iguales (1994), Salsa rosa (1991) o Entre las piernas (1999). 

Además del tema de la Guerra Civil en tono de comedia negra, el asunto de la intolerancia y la intransigencia aparece en Los domingos, la homosexualidad y la vejez en Maspalomas (a ella le daría el Goya), la insania trágica en un trampantojo como es Sîrat, y otra peli más sobre la discapacidad (esta vez auditiva) como es el caso de la revelación de Sorda.


Maspalomas, otro intento (¿fallido?) de lograr el Goya a Mejor Película



En cuanto a los directores sorprende saber que dos de las películas nominadas al premio gordo no tienen su réplica en la sección de Mejor Dirección: son Eva Libertad (aparece, en cambio, en Mejor Dirección Novel) y Manuel Gómez Pereira. 
 
Así, un año más se irán de vacío los vascos Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga (por mucho que diga este que "ha sido un año muy bueno para el cine vasco. Cada vez hay una cinematografía más descentralizada y es un fenómeno que afecta a todas las regiones"); la baracaldesa Alauda Ruiz de Azúa (que se convertirá en la cuarta mujer en ganar este galardón), la catalana Carla Simón, que sustituye a Eva Libertad por ser ésta directora novel, y los dos enfant terribles sucesores de Buñuel y Almodóvar como son Oliver Laxe y Albert Serra, cuya Tardes de soledad, por cierto, no ha podido estar en Mejor Película y sí está en Mejor Documental. Cosas de la Academia, o mejor, de los académicos.

Vamos con el morbo del careto de los actores que se les pone al saberse nominados y al instante perdedores salvo uno. En cuestión de Mejor Actor, sólo hay uno que puede hacerle algo de sombra al que ganará (Jose Ramón Soroiz). Se trata de Mario Casas por Muy lejos, otra peli curiosamente de temática gay (los actores heteros sacando esa parte oculta se les da muy bien al parecer). Si estuviéramos en Jolivú, habría manifas alrededor del Kodak Theather o manis digitales por las redes sociales quejándose de por qué un hetero hace de gay. Cosas de los sudnorteamericanos (manera muy mía de referirme a EE.UU.). Los demás irán ensayando el rictus de rigor: sonrisa estirada no más de los segundos en que les enfoca la cámara de La 1 (antes la televisión de todos, ahora de la mitad): Alberto San Juan por La cena, Miguel Garcés por Los domingos y Manolo Solo por la muy notable Una quinta portuguesa (si digo notable, es para hacerles una recomendación, ¿lo pillan?).

Y el morbo femenino. Estas lo tienen más fácil de haberse inoculado bótox previamente, lo de la sonrisa perdedora me refiero. Aquí puede que la cosa esté más reñida y el resultado arroje algo de emoción: dos vitorianas como son Patricia López Arnaiz por Los domingos (que lleva tres años seguidos logrando estar nominada, ahí es nada) y Susana Abaitua por Un fantasma en la batalla; las barcelonesas Ángela Cervantes por La furia y Nora Navas por Mi amiga Eva (Nora como el Guadiana, siempre aparece con alguna candidatura interpretativa de vez en cuando, o tiene una agencia de lobbystas en Cataluña) y, por último, la chilena Antonia Zegers por Los tortuga.

En definitiva, podemos indicar que el grado de mayor a menor satisfacción colectiva según proyectos de rodaje ha sido el siguiente: con 13 nominaciones, Los Domingos es la película más nominada, seguida de Sirât, con 11 opciones a galardón. Por su parte, Maspalomas cuenta con 9 nominaciones y La cena con 8 opciones a galardón; mientras que Sorda, El cautivo y Los Tigres tienen 7 nominaciones cada una; Romería ha logrado 6 nominaciones y Ciudad sin sueño cuenta con 5 nominaciones. 

Resto de candidaturas en este enlace:



domingo, 14 de diciembre de 2025

Premios Forqué 2025

 Empiezo a preferir Los lunes

 

 

 

 

Algún día me meterán en la cárcel. Más pronto que tarde, ya verán. No me importa mucho: tienes catre, comida caliente y una vida ordenada y disciplinada. Algo así como una vida monacal, pero sin Cristo ni Dios de por medio. Y encima gratis, a costa del erario público. Se preguntarán por qué. Verán, desde hace ya bastantes años llevo viajando en el metro de Bilbao. Y tengo una colección de fotos robadas de personas que viajan a mi lado en el vagón. Son viajeros que cumplen una única condición: leen en papel, ya bien sean libros, periódicos (los menos), páginas volanderas, cuadernos de apuntes, etc. Ustedes se preguntarán el porqué. No es obsesión, sino la necesidad de fijar algo que, me temo, ya está en vías de extinción.

Esta mañana, de regreso a casa, he inmortalizado a una mujer joven: gabardina beige, medias negras tupidas, playeras blancas con franjas negras y un bolsón colgado del hombro. Me llamó la atención por ser oriental, coreana probablemente. Lo sé por haber visto películas de directores coreanos como Bong Joon-ho, Hong Sang-soo o Park Chan-wook. Tenía en sus manos un libro en castellano. Lo supe porque mi mirada ávida rastreó las páginas hasta averiguar el idioma. Lo que hizo que, con disimulo, cogiese el móvil y la fotografiase es que pasaba las páginas e iba poniendo esas etiquetas adhesivas o marcadores de colores de una manera casi impulsiva sobre las hojas. Me preguntaba para qué necesitaba gastar dos lotes de colores distintos en los márgenes del libro. 

Cuando estuve a punto de preguntárselo, cosa harto arriesgada hoy en día porque puede considerarse violencia de género a poco que se tuerzan las cosas, algo desvió mi atención de halcón hacia otra situación más romántica. Había entrado una chica pizpireta en edad universitaria al vagón y se dirigió hacia los brazos del mocetón que tenia delante de mí, apoyado sobre la repisa de la ventana del metro. La situación me incomodó algo pues, aunque uno ya no esté para erecciones, la muchachita no hacía más que abrazarle y besuquearlo constantemente delante de mis narices. Él no parecía estar para muchos escarceos románticos. 

 



 



 

Aparté la mirada y descubrí a un hombre maduro, con gorra, barba canosa y periódico entre las manos. Leí el titular: «Los domingos alcanza la gloria en los Forqué con mejor película y actriz». Más abajo podía leer que la actriz Patricia López Arnáiz compartía protagonismo interpretativo con  José Ramón Soroiz, que se había alzado con el premio a Mejor Actor por su labor en Máspalomas. Pensé en ese momento que los directores guipuzcoanos de la productora Moriarti, Aitor Arregi y Jon Garaño, volvían a ser desbancados de la Gloria por la directora baracaldesa Alauda Ruiz de Azúa. Una pena.

Mi mirada lectora continuó bajando. Podía atisbar en la página que el Mejor Documental era para Flores para Antonio; Belén se llevaba el premio a Mejor Película Latinoamericana; Sorda al Cine y la Educación en Valores y la Mejor Serie de Ficción para Anatomía de un instante. Saqué el móvil e inmortalicé el momento del tipo leyendo con la página de los Premios Forqué delante. Pensé que la intimidad de la lectura con los móviles es más inquebrantable, salvo que escudriñes por la espalda. Ventajas del tamaño tabloide para el fotógrafo frente al más exiguo del smartphone que usan los lectores hoy en día.

Abrí el móvil para entretenerme y pude ver en X que Alauda Ruiz de Azúa dejaba claro de qué va su película Los domingos: "Esta es una película que explora cómo el adoctrinamiento religioso puede distorsionar tu percepción o tus sentimientos. Gracias a los 600.000 espectadores que habéis ido a ver la película y que habéis estado abiertos a reflexionar y debatir porque eso solo puede hacernos más humanos y menos obedientes», declara al recoger el premio Forqué a Mejor Filme. Y me quedo con la boca abierta. O no me he enterado de qué iba su película o Alauda ha tenido un rapto de izquierdismo en el Palacio Municipal IFEMA de Madrid en su 31ª edición.

Volví a girarme y la pareja seguía en actitud cariñosa. Bueno, para ser precisos era ella la que se recostaba sobre el cuerpo de él, como si el mozo se hubiera convertido en almohada XXL. El chico le contaba que tenía partido de fútbol ese fin de semana. Ella parecía no escuchar, estaba en otra onda: la amorosa retozona. Llegamos a la estación de Leioa. Él intenta deshacerse de los brazos de su chica, con escaso éxito. Le comenta que debe bajarse y ella como si el despertador de enamorá no sonase. La puerta del metro se abre y al verse en riesgo de no salir a tiempo del vagón, el chico se zafa de ella sin poder evitar darle sin querer un cabezazo en la naricilla respingona. «¡Ay!», se queja ella mientras le ve partir, en un lamento anfibológico. Se frota la punta dolorida. Y yo no puedo evitar comentarle: «El amor, en ocasiones, también duele». Un treintañero que me escucha no puede dejar de sonreír ante la ocurrencia.

La situación vivida en el metro me recordó la anécdota que le contó Alfred Hitchcock a François Truffaut sobre «el beso más largo de la historia del cine». Así se publicitó la escena del beso entre Ingrid Bergman y Cary Grant, en la que ambos debían ir hacia el teléfono que sonaba, continuar besándose durante la duración de la comunicación, y luego un segundo desplazamiento que les conducía hasta la puerta. En esa escena Hitchcock sabía que era esencial que no se separaran y que no se rompiera el abrazo. La cámara, que representaba al público, debía admitirse como una tercera persona unida a ese largo abrazo: «Daba al público el gran privilegio de besar a la vez a Cary Grant y a Ingrid Bergman. Era una especie de matrimonio triangular temporal».

La idea le vino al director de Encadenados (1946) de un viaje en tren de Bolulogne a París. «Era domingo por la tarde; veía por el cristal una gran fábrica con un edificio de ladrillos rojos y, pegada a la pared, había una pareja de jóvenes; el chico y la chica estaban completamente abrazados y el muchacho orinaba contra la pared; la chica no dejó nunca de abrazarle; miraba lo que él hacía, contemplaba el tren pasar, luego miraba de nuevo al muchacho... Pensé que ahí tenía, de verdad, el verdadero amor "en faena", el verdadero amor que funciona», comentaba Hitchcock en la entrevista de Truffaut.

Recordando esa anécdota me di cuenta de que me había pasado de parada. En esta ocasión, no hubo zafada ni cabezazo en la nariz. Aunque, la verdad, me habría gustado... porque como dice Truffaut: «Cuando dos personas se aman, no se separan».

Postdata: Tendré que volver a ver Los domingos para ver si la entiendo. 

viernes, 21 de noviembre de 2025

Libro: Los últimos artesanos

Un libro producto de conversaciones con colegas




Esta semana ha caído entre mis manos un libro titulado Los últimos artesanos de Imanol Rayo. En la cubierta nos informa más detalladamente de que se tratan de conversaciones mantenidas con los directores Pedro Olea (Bilbao, 1938), Imanol Uribe (San Salvador, 1950), Enrique Urbizu (Bilbao, 1962) y el colectivo Moriarti, formado por José Mari Goeneaga (Ordizia, 1976), Jon Garaño (Astigarraga, 1974) y Aitor Arregi (Oñate, 1977). Lo edita Erein y contiene 214 páginas.

Imanol Rayo es un director de cine nacido en Arbizu en 1984. Con tan sólo 27 años –dos más que Orson Welles cuando realizó Ciudadano Kane (1941)– realizó su primer largometraje: Bi anai (Dos hermanos, 2011), una adaptación del relato breve homónimo de Bernardo Atxaga. Entró con buen pie, pues fue seleccionada para ser proyectada dentro de Zinemira (escaparate de la mejor cosecha del cine vasco) del Festival de Cine de San Sebastián ese año. Además, logró ganar el Premio Zinemira. Se estrenó el 11 de noviembre de 2011 y tan sólo la vieron en cines 3.500 espectadores.

Supongo que Imanol Rayo se llevaría una decepción (o no). Tardó nueve años en levantar un segundo proyecto que se tituló Hil Kanpaiak (Campanadas a muerto, 2020), que competió en el mismo festival pero en la sección Nuevos Directores con menos suerte. La historia está basada en la novela 33 ezkil, de Miren Gorrotxategi, que comienza con la aparición de un cráneo en los terrenos de un caserío. El estreno en cines en noviembre de 2011 supuso que 7.000 espectadores se rascaran el bolsillo para verla. 

No creo que este libro supere las cifras dadas en sus películas, pero lo merecería. Según el prólogo firmado por Miguel Zozaya Fernández, Rayo con este trabajo «nos acerca a cuatro cineastas (uno de ellos tricéfalo), cuatro generaciones y sus distintas maneras de entender y practicar el oficio cinematográfico en el contexto vasco y español». Imanol Rayo se sirve de un género (o subgénero) no muy frecuente en el panorama editorial como es el de la entrevista en profundidad, siguiendo la estela de una obra cumbre sobre el cine como es El cine según Hitchcock (Le Cinéma selon Alfred Hitchcock, 1966) de François Truffaut, un libro de entrevistas que recoge las conversaciones que mantuvieron el director inglés y el cineasta francés.

Creo que el público objetivo al que va destinado esta obra es aquel lector que tenga un interés previo por el cine y, aunque en ocasiones se hable de cuestiones técnicas, esto no es óbice para seguir con sumo interés las declaraciones a las preguntas de otro compañero de oficio como es Rayo.

De todos los cineastas que ha reunido en el libro, los integrantes de Moriarti (productora nacida en 2000 en Urnieta donde se conocieron) son los únicos que empezaron a hacer cine en el siglo XXI. Es por ello y, sobre todo, porque han estrenado hace ocho semanas su última y sobresaliente obra, Maspalomas (habiendo atraído a las salas en ese tiempo a 120.000 espectadores).  


De izq. a dcha: Jon Garaño, Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi


Rayo lanza preguntas de sumo interés y Jose Mari Goenaga, Jon Garaño y Aitor Arregi responden con no menos atractivo. Quiero exponer algunas pinceladas de lo que contiene esta entrevista a tres de los directores no ya más sobresalientes del panorama vasco (en Madrid no se les conoce por sus nombres sino por los de sus películas o por los Vascos) sino de la cinematografía española.

Así les pregunta si cada película es el reflejo del tiempo en el que se ha creado. Jon Garaño contesta que «cuando se rueda una película histórica se narra siempre desde el punto de vista actual, ¿no? Es muy bonito ver de nuevo cómo se trabajaban las distintas épocas en las películas antiguas... la ciencia ficción, el futuro, la antigüedad». Rayo reflexiona sobre que «las películas históricas son documentales de la época en la que se hicieron, más que de la época que retratan». Los Moriarti se enzarzan en una interesante reflexión, pues hay gente que aunque vive en el presente, razona como si fuese de otra época, como si tuviera una pie en el pasado. Y en el cine, según cómo se la visión del director, puede que conecte con la realidad presente o pasar de ella. Y ponen un caso concreto: «En el cine podemos encontrar un "José Luis Garci". Pero, por otra parte, no es el mismo Garci el de la película El crack de 1981  –que trata de la realidad del momento– que el de El crack cero de 2019  –que es una peli "retro", de época y nostálgica–. Garci, como ser humano, ha cambiado su pensamiento, su visión de las cosas...». Rayo participa en esas reflexiones añadiendo en este caso que creía que «tras terminar Asignatura aprobada, Garci comentó que no le interesaba más tratar el presente y que, desde entonces, haría películas de época».

Pregunta Rayo sobre la influencia cinematográfica de los Moriarti, a lo que Goenaga responde que «si tengo que mencionar una influencia, sería Hitchcock». Jon Garaño comenta que «muchas veces nos han preguntado cómo empezó nuestra cinefilia y decimos siempre que Goenaga y yo vimos en los 80 un ciclo sobre Hitchcock en TVE que nos marcó. Fue un descubrimiento increíble. Eso y haber leído el libro de Truffaut, Le cinéma selon Alfred Hitchcock». Eran tiempos en los que ver la tele y leer un libro formaban… y servían para despertar vocaciones. 

En las 50 páginas que abarca la entrevista a los autores de Loreak, se hace un repaso por asuntos como la influencia de otros realizadores (Spielberg), el estilo cinematográfico, la autocensura, los ensayos, el orden del rodaje, la puesta en escena, cuántas tomas hacen, el formato de pantalla usado, semanas de rodaje… «La mayoría de las veces, nuestras películas se han rodado entre seis y ocho semanas. Bueno, para Handia fue un poco más, 8 y 1/2. En Loreak y 80 egunean fueron seis semanas, pero incluyendo sábados. Y Marco fueron siete sin sábados –ya se nota que no son bibliotecarios y que empiezan a ser realizadores consagrados–. 


Handia la vieron en sala 39.000 espectadores y obtuvo 10 premios Goya


No faltan tampoco anécdotas sobre si prefieren localizaciones reales, en decorados o en una combinación de ambos. Aitor Arregi comenta que «en Handia recuerdo cuando rodamos en el Palacio de la Diputación en Bilbao. El exterior era “Londres nevado” y el interior “el Palacio de la Reina en Madrid”. Cuando terminamos la secuencia exterior, subimos arriba y vimos el interior… fue un subidón increíble. Sabíamos adonde íbamos, pero no lo conocíamos. Y esto fue una hora antes de rodar. Una Epifanía total». 

Si usted quiere visitar el Palacio de la Diputacion Foral de Bizkaia y ver dónde se rodó la escena con su majestad la reina Isabel II con el gigante de Altzo, puede solicitar una visita guiada al teléfono (+34) 94 608 35 37. Es gratuito y la duración es de 45-60 minutos. 

En frente está la Biblioteca Foral donde disponemos de un ejemplar del libro que les hablo por si no quieren gastarse el dinero y desean echarle una hojeada. 

Yo , si Imanol Rayo no me envía uno gratis por este artículo, iré a comprármelo a una librería… como se hacía en el siglo XX. Soy de los que aún les erotiza el sonido de cámara que hacen las páginas al pasarlas. Cosa de viejos.  

 

 

 

 

 

domingo, 16 de noviembre de 2025

Porque te vas

 Porque te vas o por qué te vas

 


 

Esta semana he leído en X que el periódico El País ha sacado un listado de los 50 mejores libros españoles del último medio siglo, es decir, desde 1975 a 2024. No sé si es una relación por orden de calidad o simplemente están los 50 mejores sin mayor elucidación. Me alegra saber que, aún habiendo muchos que no he leído, están presentes algunos que recientemente acabo de leer o que he leído en estos últimos años y cuya sombra todavía me cobija ante esta sombría vida. Algún lector se preguntará cómo puede uno cobijarse bajo la sombra de otra sombra. Cosas de la literatura.

En el primer lugar, aparece la novela Corazón tan blanco de Javier Marías. Confieso no haber leído nada del madrileño. En mi estantería están, a la espera de que un lector monte en su locomotora e inicie la aventura lectora, esta misma obra, –en cuya faja puedo leer que "el mejor homenaje es leerlo"–, la de título tan hermosamente poético, Mañana en la batalla piensa en mí, y una de sus últimas novelas antes de morir en 2022: Los enamoramientos.

En segunda posición, aparece Crematorio de Rafael Chirbes, también fallecido, un poco antes, en 2015. Existe una serie que se hizo de esta maravillosa obra que todavía uno tiene pendiente de ver. Hubo un tiempo en que recomendaba su lectura a  todo dios para saber cómo era la España del pelotazo urbanístico y cómo estalló todo en la crisis de 2008.

Este año, sabiendo que Alberto Rodríguez iba a estrenar en el marco del Zinemaldia una serie, adaptación de la obra literaria, me leí Anatomía de un instante de Javier Cercas que escribió en 2009. Se trata de una crónica o ensayo histórico novelado y muy bien documentado sobre el fracaso del golpe de estado en España en 1981. Todavía tengo pendiente de ver la que dicen es una magnífica traslación de Alberto Rodríguez con Álvaro Morte, Eduard Fernández y Manolo Solo encarnando a figuras políticas cruciales de la Transición: Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y el teniente coronel Gutiérrez Mellado.

Y qué decir de Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, que el mismo año en que se publicó (2004) tiene el desparpajo de fallecer. Aunque hace años leída, todavía me queda ese grato sabor de su lectura sobre un matrimonio cuyo marido en 1940 todavía tiene que esconderse en el hueco de su dormitorio so pena de sufrir las represalias del régimen; lectura algo amargada por haber visto después una floja versión homónima en la pantalla dirigida por José Luis Cuerda.

Sorprende ver una historia gráfica titulada Arrugas de Paco Roca, publicada originalmente en 2007 por la editorial francesa Delcourt, y que luego pasó a una versión animada que tuvo muy buena aceptación, incluyendo dos Goya a mejor película de animación y guion adaptado.

Aparece también Obabakoak de Bernardo Atxaga, cuya adaptación al cine la llevó sin mucha repercusión, aunque se presentara en el Zinemaldia, Montxo Armendariz con el título Obaba. Mayor acierto al cine (transformada en sobresaliente serie) tuvo Patria de Fernando Aramburu, que pude degustar en plena pandemia de Covid en 2020, con mascarilla incluida y sin ir al baño porque no había descanso en el Kursaal, en aquel Zinemaldia sin público y con la prensa sentada a metros de distancia unos de otros.

Un amor de Sara Mesa también está en el listado para mi sorpresa y cuya traslación al cine por Isabel Coixet en 2023 me dejó aún más frio y desencantado. Como no podía faltar, ahí están los nombres de gente muy apegada al periódico: los Almudena Grandes, Carmen Martín Gaite, Antonio Muñoz Molina, Eduardo Mendoza, Enrique Vila-Matas, María Zambrano...

Por eso me sorprende, aunque no debería porque es magnífico, que esté la obra de Francisco Umbral –fallecido también, en 2007– y que estoy leyendo en estos momentos: Mortal y Rosa. Es una obra híbrida, con fragmentos propios de memorias, monólogos, diarios personales y prosa poética hermosamente escrita.

Quiero transcribir un fragmento:

«En la noche, cuando el mundo se reduce al redondel de luz de la lámpara, y todo el resto del mundo es incógnito, extenso en círculos de sombra y nada, de astros y fábricas, abro un libro y quedo ahí, preso en la luz, leyendo. ¿Qué hago yo con un libro en la mano? ¿Qué es un libro? Un objeto rectangular, una caja, practicable, una sucesión de signos monótonamente ordenados. El libro es sólo el pentagrama del aria que ha de cantar el lector. En el libro no hay nada. Todo lo pongo yo. Leer es crear. Lo activo, lo creativo, es leer, no escribir. De esos signos, de esa tipografía hormigueante y seca, mi imaginación levanta un mundo, kun bosque, una idea, y continuamente salen volando pájaros de entre las páginas del libro».


Hace un rato, mientras meditaba escribir todo esto, pasé por la lavandería de mi barrio. Vi a una pareja de jóvenes que esperaban a que la lavadora industrial les devolviera la ropa limpia de los escarceos amorosos de la tarde de un domingo. Ella le decía: «Siempre he admirado a quienes escriben». Y él, mientras ella dejaba caer su cabeza sobre el hombro del muchacho, le respondía: «Yo, a los que leen… porque es lo creativo».

Y me preguntaba en esos momentos: ¿habría leído a Francisco Umbral? Descarté la idea por su juventud –me temo que los jóvenes de ahora leen menos– y seguí rumbo a casa sin pasar por el bar Stop para escribir este artículo, sabiendo que todavía de los 50 libros me quedan muchas noches reducidas al redondel de la luz de la lámpara. 

Y en el patio, mientras tecleo en la máquina de escribir, escucho en la lejanía la letra de una canción: «Hoy en mi ventana brilla el sol. Y el corazón se pone triste contemplando la ciudad porque te vas». Siempre tuve dudas de si era "por qué te vas" o "porque te vas", pues tal y como lo pronuncia Jeanette, a la que descubrí en la película de Carlos Saura, Cría cuervos, se hacía difícil de discernir.

Y en eco apagado, un verso de la canción me llega ya apenas audible: 

Bajo la penumbra de un farolSe dormiránTodas las cosas que quedaron por decirSe dormiránJunto a las manillas de un relojEsperaránTodas las horas que quedaron por vivirEsperaránTodas las promesas de mi amor se irán contigoMe olvidarás.

 

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